Malestar

Noviembre 4, 2009 por Juan José Colomer Grau

Pesan las manos. Pesan las piernas. Pesa la cabeza por la que cae un reguero de sudor que parece incontenible. Los ojos enrojecidos, escocidos, debido a que algunas gotas han logrado saltarse la barrera de los parpados. Se los frota. La camiseta empapada. Los calzoncillos empapados. Los pies que resbalan uno sobre otro en un intento por hacer algo que no requiera mucho esfuerzo, porque le cuesta moverse; y cuando lo hace, son pequeñas acciones que buscan paliar el creciente malestar. Sobre la mesa en la que se apoya hay una taza con posos de café secos y negros, junto con migas de pan y manchas de salsa parduzca. A veces le da un golpecito a la taza con los dedos. A veces estira las piernas o cambia de nalga en la que dejar caer la mayor parte de su peso. Se levanta. Abre la nevera. Solo hay tres botellas de cerveza y un trozo de queso rancio cuyo hedor penetra por las fosas nasales de forma invasiva. Tiene una arcada que logra controlar, aunque ha dejado un poso de sabor a bilis que le provoca un gesto de desagrado. No obstante paladea hasta que da un trago después de sentarse. Mira la botella. Se la pone en el cuello y resopla. Atraídas por la humedad de la botella se acercan unas cuantas moscas. Con un manotazo se lleva a dos por delante. Se despereza. Apoya los codos en la mesa. Bebe el resto de la cerveza con un largo y ansioso trago. Después observa como una de las moscas se posa sobre una de las manchas, dando saltitos hasta que vuela directamente a su boca y entra hasta la garganta. Se levanta de un salto y gorjea, tose, carraspea, maldice. Se pone boca abajo. Intenta subirla hasta la boca para después escupirla. Pero no puede y traga con fuerza, una y otra vez, con mohines de asco. Lo que no mata engorda, piensa. Se restablece y se sienta. Con un manotazo lleno de rabia mata a otra mosca. Después añade más sudor al sudor cuando se pasa la mano por la frente. Observa las moscas muertas sobre la mesa. Después las tira al suelo y las pisa. Aprieta los labios mientras lo hace. Una vez se ha desgañitado coge otra cerveza. Pasa la botella fría por su rostro, por el cuello, por la panza. Resopla. Cruza las piernas. Se da una bofetada cuando una mosca se posa en su mejilla. No ha podido con ella y ahora revolotea entorno a su cabeza. Se levanta. Da unas dos o tres vueltas y vuelve a sentarse. Da un largo trago y después apoya su cabeza sobre la mano izquierda hasta que el tiempo hace que un rayo de sol le dé directamente en la coronilla. Le molesta. Cambia de posición. El aire caliente entra con dificultad en los pulmones. Reacciona con un salto cuando una mosca vuela directo hacia una de las fosas nasales. Se tapa la otra fosa con fuerza, cierra la boca, agacha la cabeza y espira con violencia. La mosca se estampa contra el suelo. Aun está viva, pero sus alas empapadas de mucosidades le impiden volar. La aplasta. Se termina la cerveza con escozor en la nariz. Se levanta. Se sienta. Se levanta. Se sienta. Se suena la nariz. El escozor no mengua. Maldice. Cree que si esnifa agua sentirá alivio, pero el agua se cuela por la garganta y tose, se arquea, se crispa. Da un puñetazo a la mesa. Las botellas de cerveza bailan sobre sí mismas hasta que caen, haciéndose añicos, justo cuando una mosca vuela directamente hacía su oreja y la penetra. La vibración de las alas ahí dentro es escandalosa. Se mete el dedo meñique y hurga mientras intenta dar unos pasos. Pero se corta los pies y cae. Se corta los brazos, el tronco. La vibración no cesa. Pánico. El cerebro se nubla hasta tocar el punto definitivo de la catatonia.

Narciso

Octubre 21, 2009 por Juan José Colomer Grau

Se mira el ombligo. Se gusta. Mueve la mano. Se gusta. Se levanta. Se gusta. Da vueltas por el salón. Se gusta. Recibe una llamada. Se explica. Se gusta. Se prepara un café. Le gusta. Limpia la taza y la cafetera. Se gusta. Se viste y se mira al espejo. Se gusta. Se besa. Sale a la calle. Se gusta. Sabe que otros lo miran. Se gusta. Se reúne con otro y charlan. Se gusta. Le elogia. Le ama. Lo  rechaza. Se levanta y pasea por el parque. Se gusta. Entra en un bar. Se gusta. Todos los miran en silencio. Se gusta. Pide una cerveza. Le gusta. Vuelve el murmullo. Se gusta. Sabe que hablan de él. Se gusta. Paga y se marcha. Se gusta. Ve a un gordo. No le gusta. Se burla. Ve a un desdentado. No le gusta. Se burla. Ve a un calvo. No le gusta. Se burla. Se gusta. Entra en una tienda de ropa. Les gusta. Le atienden. Opina. Se gusta. Compra dos pantalones, una camisa y un cinturón. Se gusta. Se marcha con lo comprado puesto. Se gusta. Tira la ropa vieja en un contenedor. Se gusta. Camina con alegría. Se gusta. Una pareja le frena. Sonríe. Se gusta. Le interrogan. Se explica. Se gusta. Sospechan. Lo esposan. Se asusta. Se defeca. Se disgusta.

Gris

Octubre 20, 2009 por Juan José Colomer Grau

Le cuenta cómo se cruzó con ella en el parque. Él suele pasear y pasear, de aquí para allá, sin rumbo, mirando todos y cada uno de los rostros. Casi nunca siente nada, pero en algunas ocasiones salta un resorte sentimental, sin nombre, quizás pura química que se inscribe sobre un fondo de apatía y mirada neutra. Al fin y al cabo es humano. Le cuenta que cuando esto ocurre necesita comprender por qué; y que esa es la razón por la que después la acechó hasta que cayó en sus brazos. Intenta penetrar en sus ojos, buscando la reproducción del sentimiento, pero una vez más vuelve a sentir la decepción de la cercanía. No siente amor cuando la mira. La tira.

La perfección

Octubre 14, 2009 por Juan José Colomer Grau

Al entrar en casa la máquina le abre suavemente la puerta del excusado en donde le espera un baño con el agua a una temperatura de cuarenta grados. Afuera es invierno. La máquina no puede quitarle la ropa ni ayudarle a entrar en el agua, pero si tiene preparado un vaso de vino blanco que le acompañará junto a una suave melodía. La máquina interpreta los ojos cerrados como una orden de reducir la luz y dar un toque de iluminación de vela. Se ha quedado dormida después del último sorbo. La máquina sabe que el sueño debe durar una hora y media, de modo que lentamente va deslizando un suave pitido que provoca un agradable despertar. La máquina no puede ayudarle a salir del agua ni a colocarse el albornoz ni a mirarse al espejo, pero sí puede interpretar el deseo y modificar la imagen para ofrecerla como perfección de sí misma.

Luna llena

Octubre 7, 2009 por Juan José Colomer Grau

Cae la noche. De tu cuerpo no van a emerger ávidos y ciegos colmillos mientras te pones a cuatro patas. La tragedia está más cerca de un humeante plato de lentejas hervidas que te da en la cara mientras los termómetros marcan cincuenta grados. O a los constantes golpecitos en la espalda sudorosa que te da el jefe mientras escuchas la desvariada voz de un locutor que canta gol como si el mundo hubiera llegado al culmen de la perfección en una habitación donde la luz blanca lo vuelve todo transparente. Una hamburguesa en la que se exige cebolla, pan de centeno, una gotita de mayonesa, sin kétchup, carbonizada por fuera y sangrienta por dentro, sin ensalada pero con tres rodajas de tomate, a ser posible fresco, es suficiente para desencadenar un imprevisible tic en tu ojo izquierdo mientras apuntas la comanda. Ya no es necesario que un lobo te muerda a las doce de la noche con luna llena en un desangelado bosque. Basta con que te llames Lorenzo Benavides, Natalia Jiménez, Julio Hinojosa, Ludovica O´Schlissen, Carmelo Onaidía, Josefa Esparza, Pere Fenastrell y la posibilidad de estar escuchando el ajeno ruido de una potente turbina mientras intentas conciliar el sueño con el apoyo de unos inútiles tapones para las orejas. O que te quemes la lengua con el café, te resbales al salir del baño, te caigas por la escalera y unos indiscretos adolescentes desaten carcajadas sin compasión. O que veas la moqueante nariz de un comensal mientras masticas un trozo de una grasienta chuleta de cerdo en un bar con exceso de murmullo o debas limpiar una amarillenta taza de wáter salpicada de orina y con vetas marrones de mierda. El agudo zumbido de un mosquito que ronda tu sangre o los chillones comentarios de la vecina en el rellano de la escalera, el constante y depresivo suspiro del perro que te acompaña en la cama o los bramidos de regocijo de un niño detrás de una pelota. Un semáforo rojo, un inoportuno choque, el dedo corazón estirado para que te duela, la sangre invadida por un gramo de cocaína mientras escuchas la voz acelerada de un amigo que no para de decir vamos, vamos, vamos. Cae la noche mientras las voraces sirenas acuden a recoger los restos de la tragedia.

Rutina

Octubre 1, 2009 por Juan José Colomer Grau

Lentamente va vislumbrando la entrada del edificio, el primer control de identidad, la taquilla donde le aguarda el uniforme, el largo pasillo definido por celdas, gritos, insultos que no van a más. Lentamente va vislumbrando como se abren las puertas del Bloque Este y entra en la sala. Vislumbra el cuerpo encapuchado y sentado en la silla. Pensará como siempre que es mejor no verle el rostro. Caminará con paso firme, por entre el público escaso, directo al botón, para que después el doctor pueda acreditar que se trata una Ejecución Legal por Electrocución. Lo que no vislumbra es que antes de apretar el botón lamentará haber olvidado los guantes en la cocina.

La explotación feliz

Septiembre 28, 2009 por Juan José Colomer Grau

La vida abstracta

Septiembre 24, 2009 por Juan José Colomer Grau

Hacer del personaje una mera presencia, una línea vacía entre dos acontecimientos. La sola representación de un nombre, una edad, un grupo sanguíneo, un sexo. Hacer de su cuerpo un espaciamiento, que puede ir de un sitio a otro o quedarse estático, ser pesado o ligero, ancho o fino. Hacer que sus nervios posean un punctum de ansiedad, sin causa definida, de veloz respiración y carente de palabras. Hacer de la voluntad un cúmulo de acciones interrumpidas, impotencias, conatos y determinaciones fracasadas. Hacer que solo tenga fuerzas para cambiar de canal y tragar más que escuchar o mirar. Hacer que los oscuros movimientos del cuerpo le provoquen una trombosis mientras la demoledora estadística del colesterol ilumina una pantalla.

Foto y video

Septiembre 19, 2009 por Juan José Colomer Grau

Arrastra los pies con el brazo izquierdo sujetando el derecho, del que cae un reguero de sangre que carece de buen augurio. La gente lo mira con horror al pasar, pero prefiere seguir su camino y no se molesta en ayudarle. Su rostro pálido tampoco ayuda a despertar caridad, pues posee un soplo maléfico que produce rechazo inmediato. No obstante, se forma una aglomeración en torno a su cuerpo cuando se desploma y muere entre convulsiones, mientras algunos le hacen fotos y otros lo graban en video.

Bukowski infantil

Septiembre 18, 2009 por Juan José Colomer Grau

Ha leído sobre la belleza de la carroña, sobre alcohol indiscriminado, sobre drogas, la muerte de dios, el superhombre, las flores del mal, la esquizofrenia y el punk. Siente en su estómago el hambre de la distinción, de la originalidad de constituirse en punto de vista maldito. Experimenta con un lenguaje bizarro, maloliente, oscuro y maniático que siempre empieza por Yo, que siempre tiene como centro a Yo y todo lo ve a través de Yo. Sueña con ser catalogado algún día como perteneciente a una generación que trajo aire fresco a una literatura estancada. Presume de amigos cada cual más excéntrico y asqueado, con los que se pone ciego de cocaína, viagra, anfetaminas y alcohol en clubes de música discontinúa, haciendo gala de su diferencia con movimientos de apertura de brazos, cagadas en dios y oraciones ocurrentes. Jódeme en la cocina entre hedores de carne estofada y ensalada de dos días, después si quieres tomamos leche con cacao. Sueña con ser entrevistado y desatar la polémica, con ser provocador y sonrojar al oponente hipócrita con su auténtico estilo de vida cuando le den una columna. Pero una noche se perderá por las sombras y encontrará un paisaje de rostros desdentados y de amenazadores cuchillos de cocina, de gritos y miradas de odio, adicción y rabia. Allí sabrá que el miedo se  materializa por el ano y que las piedras ni ríen ni lloran, pues todo les es indiferente.

Discontinuidad

Septiembre 11, 2009 por Juan José Colomer Grau

Da vueltas alrededor del salón. La nueva decoración no le acaba de convencer. Es demasiado agresiva, por lo que no se siente a gusto cuando se deja caer en el sillón. Pero antes de quejarse decide realizar unos pequeños cambios por su cuenta. Mueve la mesa, cambia un jarrón, piensa que una lámpara compuesta de cristales multicolores encajaría mejor y daría un toque de intimidad que ahora le falta. Se pone el índice en la barbilla y percibe que entra demasiada luz por la ventana, por lo que unas cortinas oscuras darían la posibilidad de elegir entre luz o sombra. Da dos pasos y entonces suena el teléfono. No se atreve a contestar. No esperaba una llamada tan temprana. El miedo a la verdad ha paralizado su cuerpo, aunque sabe que tarde o temprano deberá de dar una respuesta.

Perfil

Septiembre 9, 2009 por Juan José Colomer Grau

La oferta del periódico abrió la esperanza. Buscaban Varón, de entre 35 y 50 años de edad, soltero, cercano a los dos metros de altura y unos cien kilos de peso. No especificaban para qué, pero eso no le importó, pues supo de inmediato que encajaba en el perfil.

Todos y nadie

Agosto 26, 2009 por Juan José Colomer Grau

Cuando hablamos de él no tenemos mucho que decir, o tal vez sí. Lo cierto es que en su primera aventura fue Jurgens Binz, un acaudalado hombre de negocios oscuros que limpiaba su conciencia ayudando a la asociación HUERFANOS DEL PARO y patrocinando exposiciones de pintores ilustres, el cual en un movimiento inconsciente, asesinó a Manuela Gorriarán, la limpiadora. A Jurgens Binz le siguió Hans Benavides, un desafortunado chaval de 16 años que se cayó al río y nunca lo encontraron, justo cuando iba a debutar como base titular en el equipo de baloncesto del instituto BLANCA ARENA DEL TIEMPO. Después fue Carlo Carlovich, un humorista de provincias que hacía reír a los borrachos de los pueblos durante cinco minutos antes de dar paso a la GRAN ORQUESTA VANIDAD. A éste le siguió José Ruiz, albañil que presumía de comer lentejas todos los días y que un día cayó del andamio trabajando para CONNSTRICTA, dejando tres niños de menos de diez años y una viuda en pleno descenso hacia un alcoholismo vinoso. De entre todos los que fue su preferida, hemos podido inferir, fue Julia Constanza, ama de casa laboriosa y cantante solitaria, madre de doce rollizos hijos y abuela de unos 36 nietos, y cuya vivencia más excitante fue romperse una pierna con 54 años en el hipermercado CONTIMAS. De entre todos los que fue su denostado, hemos podido deducir, fue Anselmo Bekintosh, mendigo hambriento de cocaína, heroína y paracetamol, tramposo ocasional, autor inédito al que se le encontró entre los desgarres de su ropa la obra psico-vital LUCES Y SOMBRAS.

De él ya no queda nada, pues encontramos su cuerpo desnudo en una habitación desnuda.

Führer rosa o turquesa

Agosto 26, 2009 por Juan José Colomer Grau

Desguace

Agosto 22, 2009 por Juan José Colomer Grau

Una vez desgajado el yo del cuerpo, si la imagen objetiva no coincide con la imagen subjetiva, se recurre a la cirujía para reproducir la reconciliación.

El esquema de la sospecha

Agosto 21, 2009 por Juan José Colomer Grau

Varón de entre 35 y 55 años. De piel morena, característica de rayos uva artificiales. 1´85 de estatura. De pelo rubio tintado tocado por raíces oscuras. Melena caracoleada y limpia. La última vez que se le vio iba vestido con una camisa negra, unos jeans rosa ajustados a sus mínimas piernas y deportivas amarillas, complementado por un bolso de lunares multicolor. Suele utilizar grandes gafas de sol. Ojos de mosca. Lleva tatuado con letras pequeñas y góticas en el culo el lema IN GOD WE TRUST. Altamente peligroso. Se autoriza abrir fuego en caso de identificación.

Agosto 15, 2009 por Juan José Colomer Grau

buscando la palabra precisa me encuentro con mierda…

La existencia ajena de las cosas

Agosto 14, 2009 por Juan José Colomer Grau

Me despierto con un grito. Me había quedado dormido con la luz encendida por lo que ahora puedo ver el armario, la ventana abierta y los visillos moviéndose por la brisa nocturna. Me doy la vuelta atravesado por la imprecisa sensación de la pesadilla y veo el reloj despertador cambiando de las 00:30 a las 00:31 con un golpe seco y sordo. Ha caído un minuto. El paquete de tabaco y el mechero llaman mi atención. Me enciendo un cigarro y miro al techo. Hay un resto de telaraña colgando de la lámpara. También se mueve al son de la brisa. Cierro los ojos mientras doy una calada y los abro cuando expulso el humo. La telaraña sigue ahí, indiferente a mí, indiferente a sí la veo o no la veo. Su existencia no depende de mí. Tampoco la del armario y la ropa que contiene y reconozco que nada de lo que me rodea me necesita para existir. Pero esto no me deprime y lentamente voy cerrando los ojos mientras el cerebro me traslada a un mundo en donde las narices largas se ponen de moda.

Impulso

Agosto 4, 2009 por Juan José Colomer Grau

Un impulso nervioso recorre en millonésimas de segundo el camino que va del cerebro a la punta del dedo gordo del pie. Los ojos han visto algo y es necesario buscar las palabras que encajen con ello. ¿Ansiedad?

La cosntrucción de la noticia

Agosto 2, 2009 por Juan José Colomer Grau

Un niño cae inocente al suelo. Accidente en la calle Menéndez Pelayo, al menos un herido por contusión. Un cadáver se descompone en una cocina llena de moscas. Encontrado el cuerpo de Candela Alí Al-Mahadi, La Princesa de la secta Cristo Vence. Un avión despega. Continúa la ofensiva aérea contra la guerrilla separatista de los Soldados Redentores. Un hombre regala embrujado una flor. Adulterio!!!! Roberto Fresnadosa cazado. Corre libre el agua. Al menos veinticinco muertos y diez mil desplazados por las últimas inundaciones. Un cuerpo grita desgarrado. Fuentes no oficiales informan de torturas contra los disidentes. Un hombre bebe. El Consejo de Sanidad advierte que el 25 % de la población activa bebe alcohol todos los días. Un hombre sonríe. Carlos Alberto de Foi, autor de El secreto de las ánimas, ganador del premio literario Núñez de narrativa. Un cuerpo deja de respirar. Minuto de silencio.