La manzana

abril 9, 2014

Los bloques se disuelven por la bruma. Los cuerpos, a lo lejos, parece que pierden su materialidad y se vuelven sombras. Las luces del tráfico y de neón se aparecen poligonales por efecto de las gotas. Las manos en los bolsillos de la cazadora. Una bufanda que tapa la boca y una gorra de lana que impide que el calor se escape por la cabeza.

De vez en cuando una corriente de aire lo hiela todo. El vaho de la respiración. Las prisas. Parar es morir, es dejar que el que viene detrás te adelante y te quite el asiento individual del tranvía. Hay aglomeración de sombras al doblar la esquina. Sombras coloreadas por los anaranjados chalecos reflectantes, chaquetas plateadas que invitan al baile, sonajeros y mochilas para esquiar. Las sombras tienen codos y te jodes si tienes artrosis.

Pero te has sentado. Has ganado. Una plaza, un travelling de cinco paradas, sin música, pitidos de mensajes telefónicos, el pasar de las hojas de los periódicos, cuchicheos y el plástico de las bolsas. Al mirar a la derecha tienes la bragueta de un vaquero. El cristal mojado. Tres paradas.

Antes de una parada vuelven los codos. Este es un barrio muy poblado en el que todos quieren salir primero. Llegar a casa es una prioridad. Allí todo tiene un nombre y los rostros se vuelven nítidos. Eva, tu mujer. Sentada en el sofá mientras Caín y Abel pelean en la videoconsola. Ella media cuando Abel se cansa de perder, haga lo que haga, y le convence para que su hermano lo vuelva a matar. Caín ríe, pero Abel aprovecha su oportunidad de escapar cuando escucha como papa mete las llaves en la cerradura. Es el primero en abrazarle la pierna. Se siente el más querido hasta que llega Caín y se agarra a la otra pierna. Por poco lo hacen caer. Todo son risas. Los niños van a dormir antes de que ellos cenen. Eva se encarga de todo. Después miran la serie de los jueves. La jornada acaba. El despertador sonará a las seis.

 

Las siete y media es la hora en que la mayoría se dirige a la parada del tranvía para trabajar. Allí los nombres vuelven a perderse aunque no los rostros, algunos habituales a esa hora. Pero no es la hora de ser simpáticos y dar los buenos días. Es la hora de los codos, en donde es imposible trabar amistad y el pasado es el resentimiento, pues esa mujer tan guapa fue la que te apartó con un arañazo de los preciados asientos individuales.

El tranvía para y empieza la lucha por conseguir una plaza, un periódico gratuito, un trozo de barra donde agarrarse. Son los tres objetivos prioritarios para hacer más digerible el trayecto. Pero no has sabido luchar. Has estado lento y una vez más esa mujer tan guapa te ha birlado el periódico y la barra. Estas en medio de todo y solo ves espaldas, sostenido por la presión de los cuerpos. Las paradas desatan la lucha por los asientos que han quedado libres, pero desde tu posición solo puedes aspirar a acercarte a la espalda de uno que trabaja en el mismo edificio que tú para que te abra el camino cuando te toque bajar. Tres paradas.

La estrategia de la espalda conocida le sirve al menos para ponerse delante de la puerta y salir una parada más tarde. Todo un triunfo que los de atrás presionan para que sea un triunfo rápido y sin celebraciones. Cinco segundos para bajar que también premian al segundo, al tercero y al cuarto, mientras el quinto es empujado hacia dentro por la masa que quiere entrar. Aire fresco. Ahora a desandar. Una parada de más son diez minutos, poco más. Por izquierda y derecha le esquivan aquellos que tienen más prisa. Poco a poco la silueta del edificio Edén se vuelve sólida. Toda la quinta planta es suya. Sesenta y cinco empleados y una socia: Eva II.

Lo normal es que ella llegue media hora después que él. No comparten despacho. Él tiene asignadas la tarea de desarrollo de proyectos, derecho y contabilidad. Eva II se mueve en las relaciones institucionales y ventas. En la quinta planta del edificio Edén los rostros están definidos y aunque a alguno no sepa ponerle nombre sabe que trabaja en el departamento de informática. Más que suficiente. Allí todos se apartan cuando lo ven pasar. No hay codos. Su entrada es un saludo continuo hasta que cierra la puerta del despacho. Eva II espera. Noticias importantes. Van a cenar con la Serpiente. Al final ha mostrado interés por el proyecto Bahía Paradiso. Puede incluso que acuda ya con sus modificaciones personales, lo cual sería un sí rotundo.

Llama a casa para decir que hoy no cenará con ellos. Quizás llegue tarde. Esta vez no puede rehuir la cita como hace con otros clientes, lo cual le hace sentirse molesto. Nadie duda de que la Serpiente es un inversor importante. Además hay clientes consolidados con los que no les va mal que pueden comprometer futuros contratos por su relación con la Serpiente. De todos modos nada es seguro y en principio la cena es una toma de contacto.

La quinta planta del edificio Edén ha quedado vacía. Solo quedan Adán y Eva II. Han llamado a un taxi para ir a la cena, pero aun tienen veinte minutos. Repasan los detalles del proyecto Bahía Paradiso; más de quinientos millones de presupuesto y unas expectativas de un veinte por ciento de ganancias. Solo dos problemas: la localización y los ecologistas. La localización porque la Bahía es un pueblo de parados a los que se les regalaron las casas antes de que la empresa de pesca para la que trabajaban quebrara. Los ecologistas porque detrás del pueblo hay una cadena de colinas que lo separan del resto del mundo poblada por una masa forestal milenaria y en la que los del pueblo basan su economía actual. Antes pescadores para una empresa, ahora cazadores y recolectores. En este sentido la Serpiente es el inversor perfecto para superar estos escollos.

La idea es demoler todo el pueblo y hacer un pueblo nuevo, no muy grande, que apunte a la exclusividad. Una milla de oro a pie de playa y casas en las colinas, con perímetros ajardinables de más de cien metros y camino asfaltado hasta el pueblo o hasta la autopista. Los potenciales clientes no son la clase media. Solo tienen planeado construir diez casas. Vendemos paisaje y tranquilidad, un lugar de reposo si se quiere o de grandes fiestas si el buen tiempo lo permite; y todo sin la aglomeración que produce el turismo de sobaquillo.

 

En el taxi no hay codos. En el taxi son arrancadas y frenadas. El tráfico no da para más. Puedes pitar y maldecir. Pero solo tienes un espacio de diez metros para apaciguar la frustración antes de la próxima frenada. Al otro lado de la ventanilla los otros autos cambian de color y de modelo. A veces distingues rostros de los que solo cabe decir masculino, rubio, niño inocente que saca la lengua burlona.

La Serpiente ha presentado sus modificaciones. Todas parecían razonables y han firmado el contrato. La intención es desalojar y empezar las obras en un plazo de seis meses. Está satisfecho y no le preocupa las reacciones de otros clientes, envidiosos de la Serpiente. Pronto la lentitud del taxi empieza a desesperar. Tienes ganas de llegar a casa. Entonces piensa que con las ganancias de Bahía Paradiso podrá comprar un helicóptero y sobrevolar a todas esas sombras que se internan en el asfalto para acudir o al salir del trabajo. Dejar de ser una sombra. Dejar de confundirse con esos cuerpos hostiles y estar en diez minutos en la oficina. Adiós a los codos, a la maldita mujer rubia, a las espaldas sudorosas y las quijoteras en la cara. Al fin llegas a casa.

Eva y los niños no le esperan en el salón. Hay una tranquilidad inusitada. Las luces están apagadas. Saluda en voz alta. Nadie responde. Sube a las habitaciones. Vuelve a saludar. De la habitación de matrimonio parecen venir unos gemidos. Parece Eva. Después cree escuchar a Abel. Cuando entra vee la escena habitual. Abel se lanza a sus piernas para ser el primero en recibirle. Cree que Caín juega a estar escondido en las sábanas. Eva está de rodillas en el suelo. El rostro de Eva parece al límite de la vergüenza. Solloza. Le señala con los ojos las sábanas. Se alarma. Se acerca al bulto y simula que ha descubierto el escondite. Abel se aferra con fuerza a su pierna mientras le pide que no se enfade. Tira de las sábanas y el cuerpecito de Caín aparece ensangrentado. Eva grita mientras Abel vuelve a pedir que no se enfade, pues ha sido Dios quién ha ordenado que por esta vez, sea Caín el que muera.

Topos, distopía y utopía (Breve reflexión sobre Ucrania)

marzo 10, 2014

http://kaosenlared.net/secciones/s/antiglobalizacion/item/82705-topos-distop%C3%ADa-y-utop%C3%ADa-breve-reflexi%C3%B3n-sobre-ucrania.html

Parábola de la crisis

febrero 20, 2014

Gira la bola. Gira la rueda. Treinta y seis números y un agujero negro, el cero, el gana la banca, esa pequeña e improbable ganancia visual que se torna tragedia del jugador cuando se hace efectiva.

Podemos imaginar que se establece más de una bola en el juego de tal modo que el jugador se siente más seguro cuando realiza su apuesta. Sobre todo apostando siempre a par e impar, ganancias modestas pero regulares. Podemos imaginar que cuando una de las bolas cae en el cero se produce el mágico momento en que gana la banca. Son las reglas. Nuestro jugador modesto se ha aprovechado de la nueva regla en la que se juega con más bolas en juego, de modo que es de justicia que acepte la derrota.

Podemos imaginar que hay tantas bolas como jugadores, y que tras un periodo de ensayos, se establece que a cada jugador le pertenece una bola, de tal modo que las bolas públicas, en las que más o menos se estaba a salvo, se resuelven en individuales, de tal modo que nuestro jugador modesto, verá aumentar la probabilidad de perdida, por lo que en los saltos del ganar y perder, la masa monetaria de la que dispone fluctúa y parece no tener dueño. El dinero viene y va.

Queda demostrado que nuestro jugador modesto, aferrado a su bolita individual, ha quedado en una situación de precariedad y advierte como otros jugadores se retiran de la mesa después de ver cómo las idas han dejado su contador a cero.

Podemos imaginar que los que se han quedado fuera se mantienen a la espera de que la banca les dé una bola con la que puedan volver a jugar, mientras observan el juego de los afortunados que se aferran a su bolita individual, escapando de las malas rachas y quizás jactándose en las buenas.

Podemos imaginar que nuestro jugador modesto muere por una enfermedad cardiovascular y queda una bola libre. Es aquí cuando los que han quedado fuera tienen la oportunidad de entrar en el juego. No obstante, una bola libre es solo una frente a unos treinta que esperan. La antigüedad en la espera no cuenta, pues la banca solo establece las reglas del juego, de modo que los que están fuera están fuera de toda regla.

Podemos imaginar que la banca lanza la bola al aire. Alguien la coge. Pero nada impide que otro que ha quedado cerca intente estrangularlo o que los otros veintinueve se abalancen con la esperanza de hacerse con la bolita. Mientras se decide la lucha, la banca sigue jugando con los jugadores restantes.

Pero con las bolitas siempre rodando puede llegar un momento en que una racha de victorias de la banca deje sin jugadores a la ruleta. Pero lejos de suponer un colapso del juego a la banca se le ocurre ofrecer a los futuribles jugadores que jueguen gratis, es decir, que jueguen sin esperanza de ganar, que simplemente se integren en el mecanismo del juego. Es en este momento cuando la banca juega contra sí misma, es decir, se piensa a sí misma. El año cero.

La autoridad competente

febrero 16, 2014

Veamos: Se ha identificado en el sujeto una propensión a la queja. Todos sabemos que la queja en un primer momento induce inevitablemente a asignar el caso a la policía del pensamiento. No obstante, contamos con pruebas de que la queja no conlleva ninguna proclama a la necesidad de un cambio en el sistema. La queja es más bien de corte existencial, es la queja ante el absurdo de la vida. En este sentido el caso compete a la policía del sentimiento, pues al fin y al cabo, esto es algo que se arregla con pastillas.

Los últimos días de Frank Sobotka

febrero 7, 2014

http://kaosenlared.net/secciones/s2/laboraleconomia/item/80141-los-%C3%BAltimos-d%C3%ADas-de-frank-sobotka.html

La confianza de los mercados

enero 22, 2014

http://www.rebelion.org/noticia.php?id=179825

http://www.kaosenlared.net/component/k2/item/78868-la-confianza-de-los-mercados.html

Laboratorio

enero 14, 2014

Eructa y le entra la alegría. El sabor del gulash retorna, más amargo, más bilioso, pero con reminiscencias del festival de calor que ha disfrutado hace unos momentos, antes del yogurt, antes de la ensalada. Paladea en un intento por retener el sabor. Sin embargo, éste se diluye. No importa. No todo puede ser disfrutar y ahora tiene que limpiar la vajilla que ese mismo gulash ha ensuciado. Un sucesivo eructo, mientras pasa el estropajo por el plato, combina el gusto por el trabajo y el paladar. No obstante, esta vez, antes de que el sabor se diluya queda un resto de acidez significativamente molesta. Mejor tomar una pastilla, ya que teme que una escalada de eructos provoque un ardor que no le deje dormir y propicie pesadillas en la duermevela.

Acostado en el sofá cambia de canal sin un objetivo definido. Eructa. No siente alegría. El sabor es ahora demasiado agrio. Otra pastilla. Gotas de sudor se escurren por su frente. Recordar ahora el gulash es sumergirse en lo desagradable, en la repulsión que provoca la imagen de la lata recién abierta y los trozos de buey apegados a una masa granate que pide calor antes de parecerse a un caldo. Cada cucharada en la memoria es una llamarada en el estómago, una arcada, una advertencia del cuerpo de que aquello en lugar de hacer bien perjudica. Se revuelve en el sofá. Tiene calor. Pero no es el calor que buscaba cuando cogió la lata en el supermercado, un calor contra el invierno. Es en cambio un calor afiebrado. Cambia de canal y vomita cuando reconoce el anuncio de la lata de gulash que ha consumido.

Cree que ha perdido el sentido. Tiene la sensación de que han pasado horas a través de un agujero negro. Sigue afiebrado, pero ahora se ríe. Cree que se siente mejor. Pero una llamarada en el estómago le retuerce y de pronto cree que la piel bulle, sobre todo la de la cara. Nota las burbujas. No hay motivos para reír, piensa, atrapado por la blanca dentadura de una tenista que anuncia un dentífrico. Después se mira los brazos. Ahí no hay ebullición. Es la cara. La puta cara. Tiene que mirarse al espejo. Al menos puede tenerse en pie. Cree incluso que camina con soltura. Se mira. La cara tiene el color del chile. Se toca. Todo es duro y quieto. Pero siente el burbujeo interno. Siente que debajo de la costra la lava se remueve violenta. Llaman al timbre. Bendita la hora. Sea quién sea cree que va a poder ayudarle. Tropieza antes de poder abrir. Pero eso no importa, pues sea quién sea la ha derribado y entrado en bandada.

Caso índice. Primeras impresiones: Temperatura cuarenta y cinco grados. No presenta convulsiones y es preso de una excepcional y agresiva energía. Como primera hipótesis cabe relacionar la fiebre con la agresividad. Los análisis del continente han revelado que ha sido el consumidor final de las muestras determinadas como foco, las cuales cabe calificar como válidas al menos en sus fases iniciales. Cabe determinar el caso índice como caso primario.

Se oye un respirador. El pitido que dibuja la línea en picos del corazón. Abrir los ojos significa abrirse a dos rostros enmascarados que parecen secar el sudor. El primer impulso es atacarlos, directo al cuello, desgarrar la yugular y escupir el trozo de carne. Los picos del corazón se han acelerado. Inyección de energía inútil por una correa que ata muñecas, tobillos y pecho. La máscara del respirador ahoga el grito. Siente una mano en la frente que presiona. Es una advertencia. Es información. Todo es inútil. Estarse quieto es lo mejor. Nota un pinchazo en el brazo. ¿Le están sacando sangre o le están metiendo algo? No puede saberlo. Lanza una dentellada que nadie percibe. Quiere lanzarse al cuello, a los cuellos. Desgarrarlos. No comerlos. Escupirlos. Notar la sangre fresca en la lengua. Solo eso puede atenuar el calor.

Se oye un respirador. Cree que ha dormido porque no recuerda nada y tiene la sensación de que han pasado horas. El corazón se acelera. Ya no son solo los cuellos. Quiere ser rociado por la sangre. Los muslos, los brazos, los corazones. Quiere carne roja, fresca, que aun no esté muerta. Pero las jodidas correas lo impiden. Es el calor, que se concentra en la boca y en la imagen de una ducha fría liberadora. Pese a la máscara, pese a que no ve, huele la sangre corriendo en el vital circuito cerrado. Es un deseo. Un deseo que acepta, sin reflexión sobre la conveniencia de dejarse vencer o no, de seguir la norma o irse a la cama con otra mujer. Ese deseo es tan natural como el germinar, el verdear, el florecer. Y si algo mueve al pensamiento es en como librarse de las correas para satisfacerse. Pensamiento estratégico. Déjales creer que te han vencido.

Se oye un respirador. Rabia y paciencia. Rabia larvada, que a medida que pasa el tiempo crece en potencia y cree que lo puede todo. Es muy difícil mantener la paciencia. El deseo es un reclamo de los cuellos, de la carne. La rabia es fruto de la recompensa por venir. Pero es muy difícil mantener la paciencia cuando kilotones de deseo se agolpan en el limitado espacio del corazón. Hay momentos en que cree que hay cantidad de rabia suficiente como para romper las correas. Pero no se atreve a desperdiciar energías porque no está seguro de que puede hacerlo. La conservación de la energía es importante porque la energía es importante para satisfacerse. Pensamiento especulativo. Llegará el momento en que toda energía encuentre una salida. Se relame. De pronto las correas ceden.

Caso primario. La temperatura corporal permanece estable, en torno a los cuarenta y cinco grados. La energía, no obstante, parece acumularse. Segunda fase después de la inoculación. Contrariamente a algunas hipótesis, no se ha producido una destrucción del mobiliario. La validez de las muestras en la segunda fase sigue intacta. El poseer un solo impulso, que cabe imaginar una intensidad sedienta, hambrienta, no ciega por completo el raciocinio.

Estar libre no significa cumplir el deseo. La esperanza de la carne que ofrecían los dos hombres enmascarados se ha esfumado. Esta solo en la habitación. Grita. Después busca la puerta. Pero allí parece no haber puerta. Solo cristaleras. No hay una silla que arrojar. Solo la camilla de la que se ha liberado. No hay nadie al otro lado. Prueba con los puños los cuales solo aciertan con la intuición de que esos cristales necesitan algo más que una silla para quebrarse. Sabe que gritar es inútil. La energía sigue acumulándose y opta por sentarse. Si les hace creer que se ha tranquilizado quizás logre que se acerquen. Entonces atacará. Se relame. La sangre bulle. Entonces piensa en morderse a sí mismo. Solo un trocito que revele la verdadera dimensión de lo que le espera al otro lado de la cristalera. Pensamiento fantasioso.

No, esto no puede ser. Ha habido satisfacción, cierto, pero no con la intensidad esperada. La energía crece. Ha sido solo un apunte que ha incrementado las ganas de carne ajena. Se mira el tajo. El rojo le pertenece. La sangre brilla. Es un reclamo. La sangre es lo que se oculta tras la piel. Necesita liberarla. Pero no su sangre, sino la sangre ajena. Nada le parece más revelador que los trozos de carne flotando en un cuenco de sangre. Hay que derramar el cuenco y ver como la sangre establece sus propios caminos. El sabor. Los dientes manchados y la cara salpicada. El sabor es la satisfacción del libertador. El deseo aprieta. Esto es solo la imagen de lo que le espera. La presión sanguínea directa a la lengua, al paladar, a la exquisitez.

Se vuelve a morder. El tajo es ahora más grande. Un poco cercano al anterior. Quiere demostrar algo. Piensa que los hombres enmascarados vendrán para impedir que se autolesione. Intuye que quieren protegerle. Intuye que en algún momento le darán la carne que pide. Ahora muerde el otro brazo. Aquí parece haber alcanzado una vía importante y la sangre chorrea. Se recrea. Observa como los latidos marcan el ritmo de la liberación. Pero la curiosidad no llena el deseo. La satisfacción viene a través del otro. Mira a las cristaleras y pide. No suplica. Pide como un derecho que los dioses deben dar al elegido. El hijo pide ser alimentado por el padre, de lo contrario, el destino inexorable para el que ha sido creado no será llevado a cabo. Se muerde el muslo. Un bocado grande que no desgarra la femoral pero que la muestra, latiendo. Pensamiento religioso. ¡Oh, Padre! ¡Dame lo que me ha sido prometido!

Caso primario. La temperatura se mantiene estable en torno a los cuarenta y cinco grados. La unilateralidad del impulso lleva a buscar formas alternativas de satisfacción, lo cual explicaría las autolesiones. Pese a la pérdida considerable de sangre no cabe temer por la vida del huésped. La energía y la rabia se mantienen estables. La fiebre mantiene la vida. Llegados a este punto, consideramos necesario, conforme a la disposición 66.6, pedir autorización gubernamental para iniciar la siguiente fase de experimentación.

Mira el cuerpo despedazado. Pide y te será dado. Se relame. Mira como la sangre corre, ahora mansa, después de las convulsiones finales del corazón. Ha llegado un momento en el que ha dicho basta y ha chasqueado los dientes. No está seguro pero el momento ha coincido cuando el cuerpo ha dejado de gritar y retorcerse. Ahora yace y no le apetece. El deseo es de carne que responda, que resista, que luche por mantenerse con vida. Morder hasta el último latido del corazón. Pero la satisfacción es momentánea. El hambre vuelve. Ahora con el recuerdo de los buenos tiempos, del maná sanguinolento, del edén revelado. Una sola pieza no basta. Quiere más. Aquello solo es el aperitivo. Un Dios de los excesos soltaría más de diez piezas en la habitación. Recreo. Bocados indiscriminados que siempre aciertan con el objetivo. Mira la puerta. Se relame.

El otro cuerpo empieza a moverse. El otro cuerpo se levanta con el cuello desencajado y las tripas saliendo por el boquete del estómago. Una compañera no le vendrá mal. La sangre liberada provee de reclutas. Sin embargo, sin piezas no hay nuevos reclutas. Se relame. El hambre permanece bajo el supuesto de que morderse a sí mismo ya no sirve para llamar la atención. La energía crece. Mira la puerta. Ábrete. Ábrela. Abridla. Dios no puede hacer una pareja sin hacerla proliferar. Necesitamos hijos. Necesitamos un ejército que rompa el cuenco. Necesitamos mano de obra que despedace siguiendo la línea de producción. La línea de producción del deseo, que no cesa, que persiste y que no permite una duda. Pensamiento social. Provéeme de un rebaño.

La imagen de una posible matanza aumenta la intensidad del hambre. Su ejército contra la sangre clausurada. Liberar y sumar. Aumentar. Cuerpos despedazados guiados según un deseo. Del rebaño a la manada. De la manada a la superpoblación. Si se unen a mí no se unen a ti. Son míos. Buscan lo mismo que yo pero sin la conciencia de ti, de vosotros, los cuales no sois más que trozos de carne que aprisionan torrentes de sangre. Pero la posibilidad del ejército depende de la posibilidad de la puerta. Mejor que esto no lo sepáis. Mejor callar aunque el hambre apriete. Pensamiento conspiratorio. Quizás un cabezazo contra la puerta ayude. El cristal se mancha. No advierte grieta alguna. La energía crece. La compañera ha comprendido y también se lanza contra el cristal. Protege a tus hijos de sí mismos y dales las llaves del edén. Se relame.

Casos primario y secundario. Temperatura en torno a los cuarenta y cinco grados. Cabe determinar que la infección se produce por mordedura, aunque sin descartar otras vías, lo cual puede confirmarse en posteriores pruebas. La fiebre y la rabia se manifiestan, salvando la diferencia de edad y sexo, sin variaciones significativas en ambos cuerpos. Llegados a este punto se recomienda la neutralización de ambos casos y con ello pedir autorización gubernamental, conforme a la disposición 66.6, para la obtención de un nuevo caso primario que pueda ser comprendido bajo la luz de la autopsia de los casos originarios.

Sempre es torna

enero 12, 2014

Al pais de la infatessa…

http://www.youtube.com/watch?v=LNsPeE6AGVI

treinta y siete vueltas al sol y ahora comprendo que el sol no se mueve

El hoyo

diciembre 16, 2013

No se que decir, se puede descargar gratis,

http://www.bubok.es/libros/229646/El-hoyo

Yo no

diciembre 10, 2013

 

“Pienso, luego existo”

Descartes.

Cuando lees cómo un adolescente han entrado con un kalashnikov en su instituto y se ha llevado por delante a treinta compañeros y a diez profesores, piensas que hubieras sido uno de los supervivientes. Cuando en alguna película bélica consumes lo azaroso que es para el cuerpo humano un bombardeo o un asalto, piensas que tú hubieras salido ileso y comandarías el contraataque. Cuando conmovido visionas las inundaciones de las noticias de las nueve con sus ciento cincuenta desplazados, trescientos cuarenta y tres desaparecidos y unos diez muertos oficiales y creciendo, piensas que a ti nunca te ocurrirá. Cuando apartas la vista de la foto de un niño negro de cráneo exagerado y un vientre que amenaza con quebrar las costillas, piensas la lejanía del hambre y la fortuna de tener la nevera llena. Cuando despiertas y procuras que el primer pie en tocar el suelo sea el derecho y no el izquierdo, piensas que llegaras por la noche a casa sano y salvo. Cuando lees que se calcula que para dentro de treinta años la población con cáncer se duplicará y alcanzará niveles críticos, piensas que serás uno de los exentos. Cuando en alguna película post-apocalíptica consumes lo trágico del fin del mundo y la posterior restauración del edén, piensas que pertenecerías al uno por ciento no infectado y que comandarías tras una larga lucha la restauración del bien. Cuando indignado visionas los despidos de quinientos trabajadores de una planta de ensamblaje aeronáutico, piensas que tu trabajo es seguro y no hay que temer por él. Cuando en la autovía ralentizas la mirada en un accidente de tráfico y lamentas los cuerpos encerrados en bolsas negras, piensas que eres el mejor conductor de mundo. Cuando ilusionado marcas los número de la loto porque hay un bote cercano a los doscientos millones, piensas en la pequeña esperanza que da el nunca se sabe.

Lo imposible

octubre 21, 2013

Advierte en la mirada de la camarera un deje de confusión cuando le dice que no quiere la pajita. Ella la retira y se va. Aunque la chica es guapa. ha habido algo en aquella mirada que no le ha gustado, algo inquietante. Pero se olvida cuando unos niños empiezan a dar vueltas sobre su mesa, persiguiéndose, riéndose. Pronto se van y observa como un acomplejado padre empuja con esfuerzos el carro de la compra. Con él se cruza una adolescente que corre alocadamente perseguida por un acnésico. Intenta coger el vaso. No puede. Pero su atención recae en la esquemática conversación de dos mujeres, en la que a las dos les va bien y nombran a una tal Juanita, y que al Carlos habría que decirle unas cuantas palabras para alejarse de una no sé sabía qué caída por las escaleras. Intenta coger el vaso. No puede. La camarera se ha acercado y le ha preguntado si todo va bien. Responde extrañado que por que tendría que ir mal. Ella se sonroja y lo deja para atender otra mesa. Entonces repara en cómo unos chavales chulean a un guardia, mientras éste con seguridad y astucia los conduce hacia fuera. Se levanta un momento para realizar un intento de auxilio a una madre con tacones que ha caído cuando intentaba que el niño saliera a la carrera tras vislumbrar una tienda de caramelos. Ha llegado tarde, de modo que observa como la madre se sacude el vestido, ya de pie, mientras reprende al pequeño. Vuelve a sentarse. Intenta coger el vaso. No puede.  Pero su preocupación se centra en responder a una pareja que se le ha acercado preguntándole si les permite hacerle una foto. No entiende por qué, pues no se considera muy fotogénico, pero acepta. El flash le da en toda la cara y la pareja se retira entre sonrisitas, no sin antes darle las gracias. La camarera se acerca de nuevo. Está preocupada por si le han molestado o por si se ha sentido ofendido. Objeta que lo que le molesta es la actitud de ella, siempre encima de él, como si fuera un niño pequeño que no sabe cuidarse de sí mismo. La camarera pide disculpas con un ceño de disgusto y se marcha. Se siente sulfurado. Intenta coger el vaso. No puede. Aquello le da un punto más de desquicio. El vaso sigue lleno. Lo intenta de nuevo. No puede. Pero unos gritos desvían su atención. Ahora el guardia corre detrás de dos jóvenes que huyen con una maleta. Una mujer también corre dando gritos. Los jóvenes huyen y el guardia intenta ahora tranquilizar a la mujer, que llora desprotegida. Llega la policía, toma declaración y se va. Intenta coger el vaso. No puede. Pero antes de poder lamentarse percibe que por megafonía profieren su nombre y la obligación de acudir a información. Se levanta y se dirige rápidamente hacia allí. Una mujer con rostro sonriente le informa que su hija ha dejado un paquete. Le ayuda a abrirlo. Se sonroja cuando comprueba que son sus brazos y que una vez más los ha olvidado antes de salir de casa.

Wally

agosto 9, 2013

Es la gota que cae en la lente de la cámara. Luces de coches amarillentas. Neones estropeados. Siluetas emborronadas. Toma el sombrero salado del marinero que se deja arrastrar por el remolino dulce de las esquinas, el río sobrexcitado de las esquinas, donde el turco te vende heroína y el tailandés metanfetamina a cambio de una bolsa infantil de pica pica. Toma la calle de esa madre que busca los pañales sietemesinos en un veinticuatro horas y a la que las bocinas y las ventanillas confunden con la puta desdentada que todo lo traga, que todo lo caga; esa que se deja hacer a cambio de la gota negra que corre por el papel de aluminio. Toma. No tienes nada que perder. Es literatura. Es la literatura que dice que no tiene suelto cuando le piden una moneda en la parada del bus. Toma tu cuento. El bus treinta y tres; ese que termina en el cemento multiplicado en un millón de ventanas. La ventana perdida. ¿Dónde está Wally? El cuento empieza por Wally, ese de la cola del pan y un café con mucho azúcar. YO.

Me pido el vaquero

julio 20, 2013

No sé si mi quedan cinco minutos, una hora o diez días de vida.

Pensar en lo que ha sido tu vida cuando te quedan cinco minutos. Recuerdo a mamá hablando de los barbudos. Nosotros y los barbudos. Para mamá no había diferencia entre los barbudos de la universidad y los barbudos de los desiertos. Eran barbudos. O nosotros o los barbudos. Cinco minutos para saber que tu vida depende ahora de un barbudo.

 

Todo parece indicar que la vida se alarga una hora. Me han dado agua. Papá siempre hablaba de los negocios. Gracias a los negocios había comida en la nevera, regalos de navidad y días de playa. Los barbudos eran enemigos de los negocios. Me han permitido tumbarme. Ellos hablan entre sí en el idioma de los barbudos. Parecen gritos. Papá decía que haya donde hay barbudos es necesaria una guerra. No importa lo lejos que estén, pues son contrarios a los negocios, la sal de la vida. Gracias a los negocios tenemos dos coches, una televisión de plasma, la videoconsola, en donde he matado a muchos barbudos. Papa dice que la guerra siempre es un buen negocio.

Una hora para recordar los juegos. A indios y vaqueros. Siempre me pido el vaquero. Nunca me han gustado las flechas. Al policía y al ladrón. Un, dos, tres, cuatro, los marines americanos. Un grupo de valientes rodeado por una horda de barbudos con sobredosis de munición, no ellos, sino nosotros, de lo contrario el juego no tendría gracia y sería la realidad en la que ahora me encuentro. Tengo el brazo roto. Estoy mellado. Hay un tajo en el muslo que sutura sin ayuda de costura. El oído sangra.

 

Diez días de hambre y sed. El corte del muslo se ha gangrenado. Tengo fiebre. A veces río de la advertencia de padre. Padre creía que no yo no debía ir a la guerra. Nosotros no somos pobres. Nosotros somos la parte de los negocios. Pero hay muchas guerras en marcha, muchos negocios y los pobres se han acabado. Padre lo sabe, pero dice que yo no debo ir. Madre me mira dolida pero yo sé que comprende. O los barbudos o nosotros. Parecen lejos pero están cerca. Y cualquier día allanan la casa y violan a madre.

Diez días para recordar que el mejor ejército del mundo necesitaba hombres. Ofrecemos sobredosis de munición, sobredosis de tecnología. No tengas miedo padre. Volveré vivo. Condecorado. Con record de puntos. Dispuesto a emprender nuevos negocios. Endurecido para las decisiones. Madre me pide con los ojos llorosos que patee a esos barbudos en donde más les duele. Voy a aprender a disparar. En los videojuegos era uno de los mejores mata-barbudos. Record de puntos entre mis amigos. Record de puntos semanal tres semanas consecutivas en las estadísticas de la red.

Cuando llegas a un pueblo y no hay nadie en las calles sabes que hay al menos un grupo de barbudos escondido. Así es en los juegos. Lo importante para conseguir el record de puntos es sobrevivir al primer disparo. Después todo es coser y cantar, pues en el modo fácil, que es donde me gusta jugar, los barbudos no toman muchas precauciones. Diez días para recordar a Jenny. Sus cartas. Su inocencia. No la toques. Su sonrisa cuando le llevo flores. Solo un beso. Tomaré a Jenny después del matrimonio. Ella no debe saber, no debe gozar hasta entonces. Jenny es una flor que florece porque florece.

Cartas a Jenny desde el campamento. Tengo buenos compañeros, mi querida Jenny. Confío en ellos como en mí mismo, amada mía. Sé que van a arriesgar sus vidas por salvar la mía si llega el momento, diamante eterno. Cuando voy a la cama, después de un día agotador de marchas, pienso en ti y les hablo a mis compañeros de ti, de lo hermosa que eres, de lo delicada, como una muñeca de porcelana que solo está hecha para ser amada y criar hijos, nuestros hijos, mi querida Jenny. Diez días para saber que no tendré hijos con Jenny.

Cartas a padre y madre. El frente está tranquilo. Solo vigilamos. Ninguna baja. Es una guerra fácil, hecha para los hijos de los que tienen negocios. Aun quedan  pobres para enviar a los pueblos más lejanos, en donde hay ositos de peluche que explotan, cortos e indeterminados ataques de mortero, barbudos que ayudan mezclados con barbudos que vigilan o se revientan pegados a una patrulla. Hay cosas que Jenny no puede saber, amada mía. Hay cosas que madre no me perdonaría. Padre podría comprender, pero prefiero no decir nada. Diez días para recordar las noches en las que nuestro general nos permitía decidir sobre la suerte de un barbudo. Era el nuevo juego. Un acto de libertad. El sandbox de la vida real. Puedes violar, pegar, rajar, ahogar, electrocutar o utilizar animales. Diez días para recordar que el frente estaba tranquilo y lleno de poder.

Voy a morir. Si no me matan ellos será está gangrena que me afiebra. En las próximas horas. Si Jenny quisiera podría freír un huevo en mi cabeza. Sería divertido. Serían días rosas. No quiero que veas mi cadáver, amada mía. Tu mirada debe seguir limpia, luz mía. Diez días para saber que quizás no encuentren mi cadáver y padre y madre tengan que enterrar a un fantasma. Desaparecido en combate. Adiós aire mío. Puede que a padre le consuele el hecho de haberme advertido. Adiós papi. Pero de madre, no sé. Le dolerá tanto que aumentará su odio por los barbudos. Adiós mami. El brazo roto me dice que no me salvarán en el último momento, justo cuando van a apretar el gatillo, un segundo antes de que explote la bomba. Los dientes que me faltan son mis compañeros muertos. La muerte es un hueco en la encía. La muerte es el cuchillo oxidado y dentellado que empuñan los barbudos. Diez días para descubrir que van a grabar un video. Shocking News. Soy el cerdo que chilla cuando comprende que no hay partida guardada.

El elitista

mayo 4, 2013

Trescientos caballos y una estabilidad fuera de lo común desperdiciados en el puto atasco. Arrancada. Frenada. Arrancada. Frenada. Pitos. Seiscientos caballos desplegados en un anuncio en el que la carretera estaba vacía y era una línea recta hasta el infinito, hasta el confort, hasta el éxtasis de la velocidad y la gasolina quemada. Arrancada. Frenada. El coche que tiene delante es una mierda. Parece de tercera mano y es casi seguro que sus piezas ya no se fabrican, por lo que apostaría a que su dueña tiene que vagar por las chatarrerías cuando algo se estropea. Esa mierda de coche debería estar prohibido, como debería estar prohibida la ropa sport de los mercadillos, las marcas blancas de los supermercados y los diamantes de plástico en la oreja. Arrancada. Frenada. Arrancada. Frenada. Pitos. Piensa en la elaboración de una Ley de la Vergüenza cuyo espíritu sea una especie de apartheid de lo barato, de lo mil veces usado, de lo remendado. No puede ser que una autopista que permite velocidades de ciento ochenta kilómetros hora esté colapsada por coches de mierda como el de esa señora de adelante o el de ese señor de la izquierda, que ha comprado la copia china de la alta gama y si bien es cierto que tiene espacio, allí todo está envuelto por el chirrido de lo plastificado. Putos imitadores. Todos quieren riqueza pero solo unos las tienen. Arrancada. Frenada. Pitos. Los que no tienen riqueza solo pueden copiar sus efectos y creen tomar caviar cuando comen chuletas de cerdo con sabor a antibiótico o en lugar de ser estrellas de fútbol sienten la gloria del último minuto en las videoconsolas. Arrancada. Frenada. Arrancada. Frenada. Pitos. Vidas baratas que atascan la suya y le impiden llegar con suficiencia a la oficina. Menos mal que el desastroso coche de delante ha tomado un desvío. Un descanso para sus ojos. Pero aún tiene a su izquierda al amante de la copia china. Piensa en la elaboración de una Ley de Distribución de los Espacios Poblacionales, en la que a cada franja de ingresos se les permita circular por determinados sitios y tenga vedados otros. Arrancada. Frenada. Está claro que los que ganen menos de cien mil al mes y los parados tendrían prohibido la utilización de esta autovía. Incluso estaría dispuesto a pagar una cuota mensual para el mantenimiento de la autovía con tal de poder dar libertad a los seiscientos caballos, de los que hace un alarde para que el puto amante de la copia china le mire y le envidie. Arrancada. Frenada. Arrancada. Frenada. Pitos. Mi coche solo puedes mirarlo. Quizás conozcas todas sus prestaciones porque lo has leído en tu revista favorita de motor, asombrándote por el precio mientras rellenas un boleto de la loto. No son baratos seiscientos caballos. No son baratos tus sueños. Arrancada. Frenada. No es barato tu deseo de tener lo que yo tengo. Pero sí es barata tu envida, gilipollas, que te lleva a comprar espaciosos automóviles chinos con motor de motocicleta. Realiza otro alarde y cuando termina siente la insistencia de los pitidos del coche de atrás y mira. Se encuentra un huesudo y largo dedo corazón tapando la cara de lo que cree es una vieja. Vuelve a mirar hacia delante. Arrancada. Frenada. Arrancada. Frenada. Pitos. Enciende la radio. Ha perdido las ganas de seguir pensando en los fracasados que colapsan la autovía. No obstante, vuelve a mirar hacia atrás para ver el rostro de esa maleducada cuyo único alarde es tirarse pedos delante de sus amigos y reír escandalosamente. Ella le mira directamente a los ojos. Él sostiene la mirada, pero no por mucho tiempo, puesto que tiene recorrer los escasos diez metros que se han abierto. Arrancada. Frenada. Desde atrás vuelve a escuchar los pitidos contra él. Vuelve a mirar y se encuentra de nuevo con el dedo corazón. Aunque no es partidario de dejarse afectar por la chusma, no evita sentir el desaire, la caída del estómago, la sorpresa que deviene en rabia. Si hubiera sido un amigo lo hubiera tolerado en espera de una oportunidad para devolver la ofensa. Una cuestión de tiempo, una cuestión de justicia en las idas y venidas. Pero con esa desgraciada, chusma barata, le resulta inconcebible y se siente violado. Arrancada. Frenada. Arrancada. Frenada. Pitos. La vieja vuelve a reclamar una mirada. No mires. Lo mejor ahora es ignorar a esa chusma. Además, él tiene la justicia de los caballos, de los que repite alarde, rugido, superioridad de la tecnología formula uno con respecto a una vieja desdentada, a la cual solo le queda el dedo corazón y un pito desinflado. Arrancada. Frenada. Piensa que lo mejor para todos sería una Ley de las Relaciones entre Clases, en la que se regularan las actitudes cuando los que ganaran menos de cien mil al mes y los que ganan más de cien mil al mes no pudieran evitar el encuentro público. Por descontada estaría la imposición de fuertes castigos cuando las vida baratas faltaran al respeto. Arrancada. Frenada. Arrancada. Frenada. Pitos. Se regodea pensando que el ruido del motor ha ahogado la arrogancia de esa desgraciada. Solo él tiene derecho a la arrogancia en ese río de metal y asfalto. A la sensación de victoria se le une la alegría de vislumbrar el desvío que conduce a la oficina. Los atascos son agotadores. Esa gente, a la que debería denegársele el derecho al automóvil, es agotadora. Arrancada. Frenada. Una vez tome el desvío espera no tener que apretar el freno hasta llegar a su aparcamiento. Pero antes decide remarcar su victoria mirando atrás mientras pisa el acelerador y orquesta el alarde final de la casta. Ella ha tenido tiempo de advertir que él se va a dar la vuelta y deja preparado el dedo. Vieja estúpida y cabezona. Arrancada. Frenada. Arrancada. Frenada. Pitos. Toma el desvío. La vieja queda a su izquierda y se despide con el dedo. Ahí te mueras. Entre los tuyos. Rodeada de chatarra y productos congelados. Ojala explote ese motor de mierda que se parece a tu corazón. Acelera. Acelera. Los pitidos quedan lejanos. Acelera. Acelera. En esa calle tiene espacio y tiempo para dejar a atrás a los elementos molestos. Acelera. Acelera. Tiene la sensación de que el dedo de la vieja hurga en sus nervios. Acelera. Acelera. No pienses. Acelera. Acelera. Por poco no atropella a lo que cree es un viejo con su perro. Acelera. Acelera. Mira por el retrovisor y cree percibir que el viejo también contesta con una peineta. Acelera. Acelera. Cuando vuelve a mirar de frente es demasiado tarde para evitar la colisión con una camioneta. No obstante, frena sin esperanza y antes de que el potente airbag le quiebre el cuello, puta vieja, le da tiempo a percibir un cadavérico dedo corazón dibujado en el morro de la camioneta.

Crónica del hombre un millón

abril 21, 2013

Esta triste. Una vez más la muerte se ha llevado un alma inocente. Lo han dicho en la tele. Lo han dicho en la radio. Lo ha leído en internet. Una vez más la muerte se ceba con alguien que aún no ha empezado a comprender lo que es la vida, sin tiempo a descubrir todos los juegos, todas las risas. Lo han dicho los violines.

Tres días de búsqueda. Tres días elevados al estado de nervio, de incertidumbre, de última hora.

La desaparición se denuncia a las cuatro de la tarde del día veintitrés. La madre, después de despertar de la siesta, se acercó a la camita para comprobar si la pequeña aún dormía. Después el shock, la preocupación y la esperanza amargada por la posibilidad de la tragedia.

Tres días en los que esperaron la llamada del secuestrador, el rescate, el precio de la pequeña teniendo en cuenta que el matrimonio se dedica a la venta de joyas. Negocio heredado. Negocio que funciona. Negocio goloso.

Pero la llamada no llegó y ha aparecido el cadáver. Noticia trágica, tremenda. La madre destrozada. La familia destrozada. La sociedad destrozada. Secreto de sumario. Se sospecha de los vecinos. El Sheriff espera la autopsia. Hay manifestaciones convocadas contra el culpable.

 

Está en estado de duda. Ha leído en internet que no hay niña muerta y la madre es una actriz. Ha leído que el Sheriff ha actuado en series de vampiros y ha sido secundario en una película de guerra. Se añade incluso que el pueblo de la tragedia no existe y es un corta pega tras una pantalla verde. No obstante, la página web que da la información contiene noticias como la de un plan secreto marciano para invadir la tierra o como la verdadera historia del chupacabras.

La duda no lo es tanto si atiende a las páginas y los canales serios, en donde unidades móviles permanecen apostadas en la casa de la tragedia buscando captar la imagen del dolor o las más impactantes declaraciones de una vida destrozada. Allí todo aun es última hora, acontecimiento por venir, el funeral, el pueblo unido, la rabia, la búsqueda del culpable, pues la investigación continúa y el Sheriff, como miembro de la comunidad, además de asistir al entierro interroga. En una página seria se apunta al tío de la víctima, hermano del padre, como la clave del caso. Solo dicen eso, “la clave del caso”. Hay que esperar, eso es todo. Lo importante es que encuentren al asesino, al maligno, al chupacabras real que tiene cara de tete, de tata.

Quien albergaba dudas acerca de la inocencia de la madre no puede dejar de sentirse culpable después de que ésta tuviera unas palabras con la prensa, a rostro descubierto, a lágrima partía. La han matado en vida. Eso es todo, pues se desmaya y el marido no puede recogerla porque está adentro, tirado en el sofá, en estado catatónico. Es tal la tensión que se opta por la publicidad y aparece una furgoneta, perfecta para el traslado de frutas, de herramientas, de cadáveres. No tarda en aparecer el que ha sido llamado como la clave del caso para asegurar que la madre se encuentra bien, un desmayo lógico dadas las circunstancias. Por lo demás, todo mal, tan mal que se desea la muerte de otra persona. El hermano del padre da media vuelta cuando alguien le pregunta donde se encontraba en el tiempo en que se supone que la niña desapareció. La pregunta no es del Sheriff, el cual le coge del hombro y lo salva de los periodistas. ¿Qué puede tener de mentira tanto dolor?

 

Todo es expectación. Ha leído que hay un detenido y en el televisor todas las cadenas se han apostado en la comisaria.

Por el momento nadie se atreve a dar un nombre y las agencias han enviado también unidades a la casa de los padres.

Las cadenas más atrevidas también se han apostado en casa del hermano del padre para averiguar si es él el que está siendo sometido a interrogación.

El Sheriff ha aparecido y ha entrado en la comisaria manteniendo en todo momento la boca cerrada.

De pronto salta la noticia de que el la clave del caso ha llegado a su casa. No solo él. Ha llegado acompañado de la madre, la cual, lejos del luto vestía una falda corta y roja, sin medias, y una blusa escotada, también roja.

Sorpresa general. En una tertulia televisiva afirman sin rubor que la madre ha perdido la cabeza. Muchos se preguntan por el padre. ¿Qué estará haciendo?

La verdadera conmoción salta cuando es el padre el que sale de la comisaría y dice con voz alta, enloquecida, que todo es una farsa y que la niña muerta es una muñeca de plástico.

Todos los tertulianos, un poco más excitados de lo habitual, coinciden en que el padre ha perdido también el sentido de la realidad, lo cual es en muchos casos la explicación del crimen.

 

Cuando es la madre, después de ser cazada saliendo de un sex shop acompañada de un musculoso galán, la que dice que todo es una farsa y que ni ella ni el padre se han vuelto locos sino que fueron contratados después de superar un casting en el que se les pedía gestos y expresiones de dolor; hay que empezar a pensar un poquito. Ahora ve imágenes de la comisaría e intenta percibir todo aquello como un decorado. Por el momento ya son unas cuantas páginas de internet que se adhieren a la teoría de lo falso, mientras que los medios más serios siguen defendiendo la tesis de la locura. La negación del dolor es el camino más corto para superar una situación traumática, y esta negación a veces favorece cambios radicales de personalidad en los cuales amas de casa se creen actrices de fama mundial. La perdida de una hija pequeña es tan traumática que hace perfectamente explicable tanto la actitud de la madre como la actitud del padre, el cual ha vuelto a aparecer, acompañado de su abogado y de su psiquiatra, más sereno, reafirmándose en la teoría de lo falso y poniendo un video en el que un actor que se parece al Sheriff, aunque con unos años menos, enseña unos dientes blanquísimos mientras muerde el cuello de una doncella de la edad media.

Ahora la duda ya no se basa en webs que afirman contubernios marcianos. El hermano del padre se ha presentado en los juzgados para poner una denuncia. Después hace unas declaraciones en las que asegura haber participado en el casting  y firmado un contrato para adaptar un guión en el que al final el asesino iba a ser él, después de que se descubrieran sus tendencias pederastas, reprimida durante años y que al final explotaron con la pequeña de su hermano. En la página 33 el Sheriff declara que hay un detenido y que cuentan con pruebas de ADN extraídas del semen y de restos de baba en el cuerpo de la víctima. En la página 34 las cámaras graban al hermano del padre entrando en la comisaria, esposado. En la página 35 aparecen informaciones que vinculan al hermano con una serie de acosos a niñas en la ciudad vecina, a pesar de que al final todo quedó sin aclarar.

Pese a aquellas declaraciones el Sheriff aparece y lo detiene. Los tertulianos se apresuran a decir que todo eso no es sino estrategia para eludir la condena, aprovechando que los padres han perdido el sentido. Pronto se sabe que el tribunal ha desestimado la denuncia del hermano. Unidades móviles se han acercado a la ciudad vecina a peinar la zona en busca de alguien que reconozca al hermano como al hombre que rondó a las niñas hace un par de años. Algunos directamente se acercan a la escuela y preguntan directamente a las niñas. Muchos reconocen que se dejó ver por el pueblo. Unos minutos después el Sheriff declara que ha presentado una acusación formal basándose en irrefutables huellas genéticas encontradas en el cuerpo de la pequeña, eso es todo, gracias. Antes de que nadie pueda preguntar el Sheriff entra en la comisaria. Todo parece que va en serio. ¿Por qué bromear con la muerte de una niña?

 

Todas las alarmas saltan cuando el Sheriff es grabado con dos jovencitas a la salida de una discoteca. Con evidentes síntomas de ebriedad y una locuacidad cocaínica, dice que su trabajo es seguir un guión preestablecido.

Estamos en la página cuarenta, justo después de la acusación formal.

Cuando el Sheriff vuelve a ponerse la placa parece otro. Es un retorno a la seriedad, al peso de la ley, a la rectitud. Pide disculpas por su comportamiento, aunque establece una diferencia entre su trabajo y su vida privada.

No obstante, las disculpas se desmoronan cuando es pillado saliendo de una partida de póker, con el rostro desencajado y los bolsillos vacíos. En su desesperación se ofrece abiertamente a desvelar la realidad del caso. Queda abierta la subasta.

Cuando vuelve a ponerse la placa dice que todo se debió a las circunstancias y que la única realidad del caso es que hay una niña muerta y un acusado. Las disculpas nadie se la cree, aunque vuelve a pedirlas, pero está vez incidiendo en que no ha hecho nada ilegal.

Algunos tertulianos apuntan a que el Sheriff, debido al stress, es el típico policía alcohólico y solitario, amargado y que apunta al exceso como modo de desahogar la visión del horror cotidiano; lo que no obsta, para que en el desempeño de su profesión sea todo perfecto.

Con la ley no se juega.

 

La duda es firme. Abajo en el bar son muchos los que creen que todo es mentira. La madre ha aparecido en un video porno y después ha dado una entrevista en la que se muestra orgullosa de su papel. Para muchos la niña muerta ya no se sostiene. El padre, más consecuente, ha optado por la reunión de firmas para que el gobierno realice una investigación a fondo. Muchos se preguntan por el sentido de la mentira. Casi todos se muestran impotentes, aunque creen tener la respuesta en la punta de la lengua. Mientras tanto, el hermano del padre sigue encerrado, aferrado a la teoría de la mentira como modo de eludir la culpa. No obstante, todo parece volver a su sitio cuando aparece el Sheriff diurno jurando con la mano en la biblia que las pruebas son irrefutables, permitiéndose recomendar al fiscal que pida la pena de muerte dada la brutalidad del acusado.

Harto de las especulaciones ya elevadas al máximo cuando en una Web afirman que el Sheriff ha vendido ya la exclusiva sobre la verdad del caso así como los derechos editoriales de un libro sobre el proceso de investigación, noticia confirmada en una de sus borracheras nocturnas en la que afirmó de manera contundente que no era el hermano del padre el que iba a morir en la cámara de gas, sino un actor que interpretaba el papel del hermano del padre y que en los inicios del caso creyó que aquello podía ser un empujón para su carrera. Harto, decíamos, decide que debe buscar la verdad por su propia cuenta; buscar la verdad a través de la constatación empírica y no a través de la opinión leída o noticiada y para ello cree que debe ir al cementerio donde está enterrada la niña y comprobar que hay dentro de la caja. No hay otra. Cuando hay opinión dividida, cuando hay pruebas por ambas partes, lo mejor es buscar la realidad del cadáver, su extrema objetividad.

Como es algo claro que no puede profanar una tumba a la luz del día, viaja de noche. En la radio se acaba de saber que el Sheriff ha sido llamado como testigo en el tercer día del juicio y en donde con gran precisión reconstruye los momentos del asesinato. Hay momentos en los que se siente un tanto ridículo y piensa en dar la vuelta. Pero intuye que pronto habrá una aparición nocturna del Sheriff, tal vez amarrado a una botella de vodka y una adolescente húngara. Es entonces cuando decide apagar la radio y escuchar solo el ruido del motor. Es noche abierta y clara. Aparca el coche. Los grillos cantan. Salta la tapia, ayudado por la escalera olvidada, quizá de un pintor. Las calles están formadas por bloques de nichos. En ningún momento siente miedo. Su abuelo decía que solo hay que tener miedo de los vivos. Está concentrado en identificar el nicho de la niña. Recorre las calles. Observa los nichos con las flores más frescas. Pero sabe que lo ha encontrado cuando da con un nicho con sobreabundancia de flores y coronas. La despedida de la niña fue multitudinaria. La foto del nicho es la misma que fue reproducida en todos los medios cuando la niña estaba aún desparecida. Ha sido precavido y se ha traído consigo un martillo y un pico. Manos a la obra. Afortunadamente no es un nicho muy alto, por lo que no necesita una escalera que no tiene. En poco tiempo acaba con la lápida y el tabique. Se asoma. No huele bien y piensa que es el natural hedor de la muerte. Después tira de la caja, la cual se estrella en el suelo, quedando la tapa floja. Se arrodilla. La tapa ha quedado atrancada por lo que tiene que utilizar el pico y el martillo otra vez. En ningún momento teme hacer demasiado ruido. La tapa cede. De pronto se encienden unos poderosos focos y empieza a caer confeti. Suena una marcha triunfal mientras desde unos altavoces se le pide tranquilidad y que empiece a asumir que ha sido elegido EL HOMBRE UN MILLÓN. Enhorabuena!!!

Adiós amigos

marzo 21, 2013

http://kaosenlared.net/component/k2/item/51090-adi%C3%B3s-amigos.html

http://rebelion.org/noticia.php?id=165715

La defensa

noviembre 16, 2012

http://www.kaosenlared.net/territorios/t2/estadoespanol/item/37622-la-defensa.html

http://www.rebelion.org/noticia.php?id=159304&titular=la-defensa-

La reyerta

noviembre 7, 2012

El dragón

Hay mierda seca, semi-seca y recién salida del cuerpo. La misma gradación puede aplicarse al vómito y a la orina.

Se sienta en la taza. Caga, eructa. La cocaína le hace sentirse centro del mundo. ¿Por qué no una rayita mientras evacúa? Se sonríe. Genio. Puto genio. El arroz con bogavante sale del ojete y la blanca desgasta el tabique nasal. Genio, puto genio.

Tira de la cadena al tiempo que aspira con fuerza, buscando que el sabor amargo alcance la campanilla y le duerma la boca. Sale.

Se sienta en la barra y mueve la cabeza al son de la percusión endulzada por violines sintetizados.

Muchos héroes en la barra pero ni un puto genio. Un puto genio que prefiere mirar el culo de la rubia, las tetas de la niñata, la raja marcada de la mulata. Solo falta el golpe de suerte, el cruce de miradas y zas!, llega la conquista del monte de Venus, la erupción viscosa, oleosa, ya sin pudor, abierta, gimiente, babeante. Solo una mirada, baby.

Pero la conquista se ve retrasada por una nueva avalancha de nieve, la necesidad de repetir el empujón nervioso, el corazón acelerado, la garganta atragantada, la nariz taponada, el alma llena de palabras que desean salir y que sospechosamente se bloquean cuando intenta forzar una conversación con una de esas niñatas que entran por primera vez y buscan la carne que él ofrece, la carne del veterano, ese que con un dedito y una superpolla te hace gritar como una guarra que ha perdido el miedo a que el portero le pida el carné.

La boca dormida provoca un balbuceo. La garganta amargada acaba en varias arcadas. El estómago cerrado se convulsa buscando una vía de fuga. La coca es buena cuando te hace cagar.

La princesa

Cariño, ese viejo puta ha intentado tocarme. Ese pederasta ha dejado caer una gota de baba en mi cuello. Ese viejo verde ha intentado profanar el chochito que solo guardo para ti.

No es su culpa. Ella no tiene la culpa de ese cuerpo escultural que dibuja los huesos con la precisión de un anatomista. Ella no tiene la culpa de ser un imán para los hombres, una Venus esculpida por la descalcificación y los vómitos después de las ensaladas. No, ella no tiene la culpa de que muchos viejos putas se le arrimen en el tranvía camino del instituto, de que muchos pederastas se restrieguen en su culo aprovechando la hora de salida de los colegios. Muchas gotas de baba que no puede limpiar por la falta de espacio.

Pero la baba no es lo que más molesta. La pegajosa saliva de las dentaduras postizas rebañando su cuello se enmarca dentro del rozamiento de la entrepierna mojada, dura como la madera vieja, síntoma del sueño realizado, la foto de internet hecha carne, sangre, perfil encarnado de la jovencita caliente.

Cariño, siempre bajan en la siguiente estación, aliviados a mi costa. Esos viejos puta son unos aprovechados. Esos pederastas no me dan tiempo ni a mirarles la cara. Esos viejos verdes hacen que mi cuerpo pida sangre cuando se me acercan.

El príncipe

La rodilla se mueve al son de las percusiones. El chicle evita que los dientes chirríen por la anfetamina. A la puta de uno hay que defenderla. A la puta de ahora y la puta de mañana. Nunca a la puta de ayer.

No es difícil acabar con un viejo puta que mueve la boca floja. No obstante, le molesta tener que hacerlo. No va al gimnasio para enfrentarse a piernas enredadas por el alcohol y la cocaína cortada que a veces les vende.

Pero a la puta de uno hay que defenderla. Y no valen empujones o gritonas amenazas de muerte. No, no valen las medias tintas. Todo el mundo tiene que enterarse que a ésta nadie está autorizado a mirarla, rozarla, babearla, pedirle una mamada.

Todo jefe debe tener los músculos marcados, sobre todo de los brazos, arma primaria, puño cerrado, yunque aplasta rostros, derechazo a la mandíbula y al suelo, como un francotirador pixelado en los escombros, una bala, un muerto. Gestión económica de la violencia. Reducción de gastos. Maximización de la fama con una navaja que enfría el ambiente.

Los viejos puta sirven para eso y más. Con ellos se puede enseñar que no hay dudas a la hora de utilizar la navaja y el prestigio, que crece en la voz corrida de la calle, la que asegura que le cortó la cara a un gitanillo, que alcanzó el estómago de un portero, que consiguió pinchar las ruedas de un coche patrulla.

Viejo puta se debate entre la vida y la muerte tras una reyerta. La ley del silencio impera. La ley del respeto. Una sola mirada no demuestra nada sin una buena historia que la acompañe, sin una acción que la reafirme. Nadie habla. Todos admiran al jefe. Putos genios.

Eichmann en Wall Street

octubre 17, 2012

“Jamás he matado a un ser humano. Jamás di órdenes de matar a un judío o a una persona no judía…

Sencillamente, no tuve que hacerlo.”

Adolf Eichmann.

Recurre a las páginas de encuentros sexuales. Cien por cien gratis. Regístrese y folle esta noche. Miles de mujeres esperan. Mira el buzón de mensajes. Todo son apelaciones a subir de nivel y tener acceso completo e ilimitado a todos los perfiles. Después intenta chatear, pescar algo para el privado, para el dialogo a dos, lejos de la frenética sala principal.

Lanza su mensaje. Lanza un mensaje con demasiados pseudónimos detrás, demasiado general, demasiado desesperado. Pero no se le ocurre nada original que pueda enganchar a alguna chica. Un vistazo a las proporciones indica que hay cinco hombres por cada mujer. Sube de nivel, le vuelven a recomendar. Apaga.

Ha llegado la mujer con los niños. Los posibles gemidos de la pantalla se trastornan en alboroto infantil por unos dibujos traídos de la escuela y bajo el motivo cómo es tu papa. La niña enseña un monigote vestido de superman en los mamarrachos coloristas de una oficina. Sabe por las gafas que es él.

 

Superman en la oficina. Compra acciones. Vende acciones. Busca inversores. Señora Galíndez, sabemos que tiene unos ahorrillos que puede hacerlos crecer. Señor Arteta, nosotros le garantizamos un cinco por ciento anual y un dos por ciento de variables. Cuelga el teléfono. Tiene que entregarle los movimientos de la mañana al supervisor. Después la pausa.

Una salchicha, a veces con kétchup, a veces con mostaza. Un trozo de pan de centeno. No obstante, hay días que se siente más hambriento y prefiere acercarse a los restaurantes de la zona en busca de un menú con dos platos más café y bebida. Los días de mucha hambre siempre escoge spaghetti boloñesa de primero y chuleta de cerdo plancha de segundo. Una vez al mes el supervisor le invita a esos mismos restaurantes. Aquí suele salirse del menú y pedir pescado. Después asiente a su balance mensual y recibe el montante de las comisiones que le pertenecen. Termina la pausa.

 

El buscador arroja imágenes de batallas de la era moderna, de mapas con puntos calientes, combates en tiempo real, disparos en videos amateurs. Pronto se aburre y se le ocurre lanzarse de nuevo al chat. La probabilidad siempre está ahí. Prueba primero con más de treinta y cinco. Intenta establecer conversación privada con cada nombre que parezca femenino, pero se deja llevar por la desilusión cuando solo responde Paca cuarenta y ocho, que en realidad es un hombre que se ha equivocado en la letra.

Intuye que si sube de nivel las probabilidades aumentaran, ya que podrá responder a todas esas interesadas en su perfil y que han dejado un mensaje pidiéndole un e-mail de contacto. No obstante, teme dar los datos de su tarjeta. Teme dejar un rastro con el que la mujer, que ahora entra por la puerta, pueda descubrir sus intenciones de infidelidad. Más fácil es ir de putas. Apaga.

Los niños corren a sus piernas y las abrazan con fuerza. Siempre papi llega antes y puede recibirlos en el salón. La casa se inunda de alegría. Hoy hay pizza para celebrar que el pequeño ha ganado un concurso de redacción. Mi papá es un hombre muy fuerte que siempre nos trae un regalo los domingos. Mamá siempre dice que es el más fuerte del mundo y yo sé que es el más fuerte del mundo porque es capaz de levantar las toneladas de amor que nos da.

 

El hombre más fuerte del mundo en la oficina. Hoy no compra. Hoy apenas vende, aunque permanece atento por si de pronto se producen movimientos bruscos. Hoy prefiere estudiar los informes sobre las previsiones de producción de maíz, soja, trigo, arroz para el año que viene. Se prevé un año seco en los grandes centros de producción. También recibe con regocijo la ruptura de las conversaciones de paz y confirma su apuesta por un paquete de acciones que agrupan a fabricantes de armas de asalto. Tiene que entregarle los movimientos de la mañana al supervisor. Ya se sabe que hoy es un día de estudio, lo cual justifica los escasos movimientos realizados. Después la pausa.

Como las moscas a la mierda, piensa, en las pausas de los días de estudio todos se buscan. Los compañeros tienen otras informaciones, otras intenciones, otras justificaciones. Un año seco siempre sube los precios. Hay que comprar ahora. Hay que comprar las reservas y guardarlas, o venderlas justo en el que la subida de precio toca techo e inicia su caída. Como siempre las armas son un valor seguro, siempre al alza. Pese a que cada uno paga su parte, en las comidas de los días de estudio corre el vino y las demostraciones de simpatía.

 

No se arrepiente de haber utilizado finalmente la tarjeta. Ha dado el paso y mantiene intercambio de mensajes con una estadounidense que va a estar en la ciudad tres meses y necesita compañía sexual sin ataduras; y con una viuda joven, fumadora, que de vez en cuando necesita aliviarse sin faltar a la memoria del difunto. Se las está trabajando. Palabras suaves. Decir en qué trabaja ayuda a aumentar el interés. Es un trabajo en el que nunca te aburres. ¿Y qué te gusta hacer? Y cambiando de tema: ¿Cuál es tu postura favorita?

Cuando ellas no están en línea se dedica a mirar perfiles que antes estaban vedados en la subscripción gratuita. Flirtea, lanza guiños, a veces deja un mensaje que busque captar el interés. Sabe que si sube una foto puede conseguir que ellas dejen los mensajes. Pero por el momento no se atreve a subirla, pues teme que amigas de su mujer muerdan en su perfil. Por lo demás, cree que el uso de la tarjeta puede esconderse mientras no deje rastro en el historial de búsquedas. Apaga.

Llega la mujer, sin los niños, que duermen en casa de la abuela. Hoy es un día especial, para lo cual ha recibido algo especial. Va al armario y coge una pequeña cajita. Ella, ajena, deja el bolso, se quita la chaqueta y coge de la nevera un refresco, después parece que piensa. Hoy en la calle un grupo de jovencitas la ha abordado con la pregunta: ¿Qué es tu marido para ti? Una tarjeta de crédito, una sonrisa al llegar del trabajo, nervioso en la ducha, seguro en el sexo y ¡un diamante! Diez años recibiendo regalos. Talla oval. Abren una botella de champagne.

 

El diamante en la oficina. Hoy solo compra en el mercado de armas de asalto. Consigna del supervisor. Alta prioridad. El supervisor informa que se avecina una guerra. Mañana hay reunión de la ONU. Los fabricantes han doblado la producción ante la necesidad de armar a los grupos opositores de los gobiernos dictatoriales. El dinero de la señora Galíndez apoya la consigna. Gracias al señor Arteta puede comprar un paquete que espera que se encarezca en dos horas. De pronto el supervisor ordena dejar de comprar. No hay que vender tampoco. Hay que esperar el desarrollo de los acontecimientos y confirmar que la apuesta por la guerra ha sido la acertada. La tarde, después del frenesí matutino, se promete rutinaria. Entrega los movimientos de la mañana al supervisor. Después la pausa.

El estómago está cerrado. Nadie se acerca al restaurante, ni al puesto de salchichas, ni al establecimiento de comida rápida. Algunos compañeros se le acercan. No hay hambre, hay tensión. Siempre existe el riesgo de que la situación se suavice y el ataque se posponga. Una guerra siempre es buena cuando se invierte en el mercado armamentístico. No obstante, los días de consigna, si todo sale bien y los acontecimientos se suceden, prometen grandes comisiones; de modo que todos más o menos se muestran optimistas al recordar que el último día de consiga trajo consigo, a parte de las comisiones correspondientes, el diamante con certificado GIA como suplemento. Todos coinciden en que un atentado terrorista haría irreversible la subida de los paquetes recién comprados. ¿A qué esperáis chicos? Termina la pausa.

Self Made Man

septiembre 28, 2012

http://www.rebelion.org/noticia.php?id=156752&titular=%3Ci%3Eself-made-man%3C/i%3E-


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