La mano corrupta

octubre 19, 2014

http://www.kaosenlared.net/component/k2/98253-la-mano-corrupta

http://rebelion.org/noticia.php?id=191000

Novedad Dyskolo Ediciones

octubre 18, 2014

Noche de ensayo
Yannis Petsópoulos

Un grupo de niños y niñas juegan en el bosque a uno de sus entretenimientos favoritos: hacer teatro. De pronto algo sucede y aparece ante ellos la maga Beatriz.

Para salvarse del castigo que la bruja parece preparar contra ellos, los pequeños artistas tendrán que enseñar a Beatriz qué es el teatro y conmoverla con sus historias inventadas, antes de que llegue la noche.

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Novedades Dyskolo ediciones

septiembre 24, 2014

Ya disponible el libro:

“Solidaridad y autogestión en Grecia. La hora de las alternativas” de Antonio Cuesta Marín.

“En este texto Antonio Cuesta realiza un recorrido por el camino de resistencia en Grecia y lo hace de una forma rigurosa y bien conectada con la realidad política, social y económica en la que nacen estas iniciativas.Al relatarlas genera un instrumento necesario para extender estas nuevas prácticas políticas permitiendo su diálogo con las que se están dando en otras regiones. Su trabajo ayuda al renacimiento de la convicción de que la emancipación humana, la justicia, la sostenibilidad o la lucha contra el patriarcado constituyen luchas internacionalistas, luchas en las todas las personas somos importantes y ocupamos un lugar protagonista.”

Yayo Herrero

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Premium

septiembre 4, 2014

Eres Premium. Gold. VIP-pass. Imaginemos una cola de cientos de millones y tú acabas de llegar. Tú puedes ir directamente a la puerta, sin mirar a esos miles que esperan. Tienes el derecho de sobrepasar a los demás. Pero de pronto te encuentras en la cola de los Gold y ahí prima el orden de llegada, en donde eres el trece mil quinientos treinta y dos. Ahí es nada. Mejor que ser el veinte millones cuatrocientos cuarenta y tres. La cola VIP también es más efectiva, un descenso calmo pero constante. Cierras los ojos y eres el siete mil cuatro cientos veinticuatro en tan solo un cuarto de hora. Lo cierto es que los Gold cuentan con más puertas de acceso, mientras los demás solo tienen una y está custodiada por Carolina63, de voz dulce pero sin piedad. Cierras los ojos y en una hora y poco ya estás entre los trescientos noventa y tres. Toda una ventaja. Miras hacia atrás e intentas vislumbrar al diez millones quinientos ochenta y dos. Jejeje. Cierras los ojos y Cerbero66 escanea tu tarjeta VIP-pass. Sientes la satisfacción y el prestigio al comprobar que todo está en orden. En las puertas Gold te preguntan cómo estas, que tal tu madre mientras te quitan la chaqueta. Ahora es momento de ponerse a trabajar. Llamas al primer cliente e intentas venderle una navaja suiza. Empiezas por lo más difícil, una operación arriesgada que no obstante te permitiría renovar la cuenta Premium a una semana de que expire el contrato actual.

Princesa

agosto 18, 2014

http://www.rebelion.org/noticia.php?id=188554

Novedades dyskolo

julio 26, 2014

Ya disponible “Historia de una indocumentada”, de Ilka Oliva Corado:

La historia que nos cuenta Ilka Oliva Corado en las siguientes páginas es la de millones de seres humanos que buscan un destino mejor lejos de su tierra. Migrantes, indocumentados, aliens, intrusos, espaldas mojadas…

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Presentación del libro:

Santa Cruz de Tenerife. Viernes 1 de agosto
Librería de Mujeres de Canarias

Presentación del libro “Historia de una indocumentada”, de Ilka Oliva

 

 

 

El ganador

julio 9, 2014

“El hombre solitario es una bestia o un dios”

Aristoteles.

“Hoy es el día”, piensa cuando sale a la calle y se topa con el hedor que desde hace una semana sale de las cloacas. Ese hedor lo impregna todo. Hace días que la noticia salió en las televisiones y periódicos: esa plaza delimitada por cuatro bloques de tres pisos era un foco de infección. Nadie hacía nada. El hedor permanecía pero ya era una noticia pasada. En los días de más fresco el hedor no resultaba tan invasor. Pero es verano y nada más abrir la puerta del entresuelo entra por las fosas un aire caliente, dulzón, avinagrado, de huevo podrido, de fruta mohosa. Son muchos los que tosen y arrancan con prisas para salir de la plaza. Las ventanas están cerradas. Los niños no juegan al tobogán. El mismo ha comprobado como a la luz de las farolas el agua pudenta arroja al ambiente densos vapores.

El hedor amenaza asimismo el optimismo aparejado al “Hoy es el día”. En el piso y con las ventanas cerradas se puede respirar bien, se puede ser optimista y pensar que será un día inmejorable, lleno de pequeñas aventuras y quizás excitantes conversaciones con mujeres. Pero el martillo de las emanaciones no deja tiempo para pensar en lo bien que se estaba en el piso y solo hace posible un objetivo: cruzar la esquina conteniendo la respiración.

El optimismo que resta se topa con las salidas de la plaza cerradas por alambradas y grupos ataviados con trajes anticontaminantes. Algunos van armados y a ninguno se le puede ver los ojos: Más bien parecen salidos de una película sobre el fin del mundo. Es más, hubiera pensado que más que humanos son entes extraterrestres de no ser porque de uno de esos trajes una voz femenina le ordena ponerse la máscara, se tranquilice, vuelva al piso y cierre la puerta. Pregunta si puede quitarse la máscara una vez en el piso. En su piso es usted libre. No obstante, fuera de él está sometido a nuestra jurisdicción. Entonces el ente señala a los entes armados y después el camino de vuelta.

Puede comprobar que otros vecinos han tenido el mismo encontronazo que él. Entonces suena un silbato. Cuando se da la vuelta supone que es la voz femenina la que hace gestos para que se apresure en volver. Se da cuenta de que un ente le apunta. Aunque le hubiera gustado hablar con los vecinos para ver si sabían algo más obedece y sale corriendo. Es entonces cuando el fantasma del contagio aparece y con él las ganas de ver la televisión. Seguro que esos sí que saben algo, piensa.

 

Al encender la tele se encuentra con que no hay señal. Una pantalla azul. Sin mensaje. Todo es igual cuando cambia varias veces de canal. El teléfono tampoco tiene línea. Después mira por la ventana. Varios vecinos se han encontrado con los entes. Parece que piden explicaciones. Hay disparos al aire. Los vecinos huyen a sus pisos. Después los entes apuntan a las ventanas. Se agacha. Mierda. Piensa que todos están enfermos y que son contagiosos. Piensa que la enfermedad es brutal y por eso la actitud brutal de los entes. Entonces decide ir a los vecinos para preguntar como están, si se sienten mal, si han vomitado o les ha salido un bulto.

Decide ir primero a casa de Catalina, una anciana que apenas sale del piso y quizás no sepa nada del hedor. Muchas veces él le hace la compra y charlan un rato, sobre todo de los dolores de ella. Piensa que al ser la más vieja es la más débil y si se trata de una enfermedad agresiva puede ser la primera en caer. No obstante se para. Se trate de lo que se trate es algo contagioso, de lo contrario no habría trajes anticontaminantes, así que quizás Catalina ya esté sucia y él aun no, pues es evidente que no se siente mal, ni ha vomitado ni ha salido ningún bulto nuevo. Catalina ahora da miedo.

Piensa que si prueba con la familia encabezada por Durán, sanotes, que llevan en la sangre el gen del obrero sin bajas por enfermedad, los peligros sean mínimos. Entonces sorprende  a un grupo de entes tapiando la puerta de Durán. Solo se le ocurre decir lo siento antes de que una bala pase rozando la oreja e impacte en la pared. Sube corriendo y se parapeta en la habitación, con un cuchillo jamonero en la mano y temblando por su inutilidad. Espera. La tensión hace imposible saber si han pasado minutos u horas. No obstante, cada vez cree con más convicción que no le han seguido y empieza a tomar conciencia del paso del tiempo y de que nadie ha dado una patada en la puerta para aniquilarle.

Ahora también es consciente de que la oreja escuece. Se la toca. Mira la mano. No hay sangre. Aguza el oído antes de ir al lavabo y mirarse. Una raya roja traza el camino de la bala. Entonces escucha ruidos en la puerta. Se da la vuelta. Está más que resignado y decide entregarse en el salón. Si no le matan prevé que le van a pedir que se arrodille y ponga las manos en la cabeza. Lo hace antes de que entren. Pero nadie entra pese a que se siguen escuchando ruidos. Piensa que quizás los entes creen que está armado y hagan una entrada a lo grande, con explosivos y gases. Entonces grita que no va armado y que les espera en posición sumisa. Nadie entra. No es una trampa, estúpidos. Las rodillas empiezan a doler cuando concluye que nadie va a entrar. Decide entonces observar por la mirilla. Todo negro. Se alarma cuando cree que le han tapiado a él también. Un muro de metal aparece tras la puerta. Golpea con la palma de la mano. Él no está enfermo. El metal ni siquiera tiembla. Los ruidos afuera han cesado.

Le queda la ventana. La abre. Cree que puede hacer entender a los entes que él no está contaminado. Quizás la familia Durán y la vieja Catalina sí, eso no lo discute; pero que él no y que es una injusticia tratarlo como a los demás. La respuesta es que cierre la ventana y permanezca tranquilo en su casa. Es una respuesta dirigida a todo el vecindario, mediante altavoz y la misma voz femenina de antes. Pero se lo toma como algo personal. Ha pasado de temer por su vida a estar enfadado. Al tener la ventana abierta el hedor se cuela, así que no tiene más remedio que cerrar y acatar. Entonces se le ocurre que puede ponerse la máscara y tener la ventana abierta. No tarda en descartarlo, pues el hedor impregnaría toda la casa, además de que la perspectiva del hambre se le revela como nueva preocupación. Se acerca a la tapia de metal. Es completamente lisa y no hay ninguna ranura por la que puedan colar comida. Entonces se acerca a la nevera y hace recuento. ¡Maldita sea! Cuando pensaba que hoy sería el día lo hacía con la esperanza de conocer a alguien en el centro comercial, mientras realizaba la compra de la semana. Aún guarda la lista en el bolsillo.

Dado que la ventana es la única vía de comunicación con los entes decide preguntar quién le dará de comer. No tiene tiempo de comentar que hoy era el día que había elegido para abastecerse y que lo que le queda en la nevera solo son restos con los que puede tirar a lo sumo tres días. La respuesta son dos disparos que le silban las orejas e impactan en el retrato de su madre cuando tenía veinte años. ¡Mierda! Después la voz femenina repite mecánicamente que cierre la ventana y permanezca tranquilo. Ahora parece una grabación que salta cuando alguien abre la ventana. Cierra. Se sienta en el sofá. La pantalla azul del televisor cambia. Aparece un mensaje. En tu casa eres libre. Mira las paredes. Mira el retrato roto de su madre. Los agujeros de bala. Hubiera salido gustoso para denunciar que su libertad ha sido violada. El mensaje cambia. Afuera estas a merced de nuestra jurisdicción. A continuación aparecen unos dibujos esquemáticos que representan como se entra en la jurisdicción de los entes. La plaza. Eso es evidente. Un muñeco como el de las señales de tráfico muere acribillado en la plaza. Cómo se supone que todos están ahora tapiados, la próxima animación muestra que asomar la cabeza por la ventana es entrar en la jurisdicción de los entes. Esta vez el muñeco cae abatido por un único disparo en la cabeza. Los entes también están autorizados a resolver conflictos si se abren las ventanas, ya que dan pie a interpretar que el sujeto ha entrado en la plaza. Vuelve la pantalla azul.

Tras largo tiempo mirando la pantalla azul llega a la conclusión de que tiene ante sí la perspectiva del hambre y la perspectiva de la enfermedad. Que les hayan tapiado hace suponer que todos están enfermos, o al menos que consideran que todos están enfermos. Quizás se trata de una enfermedad asintomática, que ya les está corroyendo por dentro. Pero, ¿por qué no les hacen pruebas para intentar encontrar el remedio? ¿Por qué nadie les ha sacado sangre? ¿Es que piensan dejarles morir de hambre? ¿Es eso un remedio? Se levanta y mira la nevera. Un cartón de leche que la situación revela como medio vacío es el resumen de sus sentimientos. Después comprueba que no les han cortado el agua. Se toma un vaso. Piensa que puede racionar más eficientemente si reduce la comida a una o ninguna al día y disimula el hambre llenando el estomago de agua. Renovado de esperanza cree que si aguanta puede demostrar que está sano y quizás le saquen de allí, cuando crean que el peligro de contagio haya pasado. No obstante, se pregunta cómo pueden saber eso si decir algo por la ventana se sanciona con la muerte. Ahora cree que el objetivo es dejarles allí hasta que desfallezcan. No se puede vivir eternamente de agua. Él no cree en esas historias de ermitaños que solo beben de una fuente y pasan el resto del día meditando hasta morir con ciento treinta y cinco años. Se tumba en el sofá y mira preocupado la pantalla.

 

La pantalla arroja una imagen de los Durán reunidos en el salón. No hay sonido. Se puede deducir que están preocupados. No es habitual que los niños de esa familia no formen alboroto. Siempre los escucha corretear y gritar, sonreír y llorar, acusar y perdonar. Habla el padre, aunque para él solo mueve los labios. La madre, sentada, agita la pierna como si fuera una batidora y se muerde las uñas. Se pregunta cuanta comida tendrán, sin olvidar que son cuatro bocas. No obstante, no duda de que es una familia que puede durar mucho tiempo antes de desfallecer. Son arrogantes en la salud. Eso lo sabía antes de que los encerraran. Cuando se cruzaba con ellos en la escalera pensaba en la alegría de esos cuerpos, su fortaleza, la impermeabilidad a las bacterias. Entonces los Durán desparecen por unos segundos y puede leer un mensaje en el que le indican que dado que está en su casa y es libre puede cambiar de canal si así lo desea. Lo hace. Aparece la vieja Catalina tirada en el suelo. Piensa que si está viva al menos no se atragantará con la lengua ya que ha caído de lado. Mira con atención para intentar captar si respira. No obstante, al cabo esto parece imposible, pues la imagen parece tomada por una de esas cámaras nocturnas que lo revelan todo en gris emborronado. Los Durán en ese sentido eran más nítidos.

Ahora es una pareja. No sabe quiénes son y no le suena haberse cruzado con ellos en la plaza. Están discutiendo. Ella parece querer ir a la ventana mientras él se lo impide, a veces con empujones. Poco a poco ella parece calmarse, lo cual se demuestra como estrategia cuando él baja la guardia y ella puede colarse. Cae abatida. Ha sido un disparo certero en la cabeza. Apaga el televisor. Esta vez no ha visto caer a un muñeco. Los entes no dejan dudas. Tras dar varias bocanadas de aire se decide a encender de nuevo el televisor. El canal de la pareja arroja a los dos abatidos. Vuelve al canal de los Durán, que ahora comen con la cabeza gacha y le recuerdan que él también tiene que comer o al menos tomar tres o cuatro vasos de agua para saciar. Después prueba con la vieja Catalina, de la que está más que claro que ha muerto. Entonces decide comprobar cuántos canales hay. Algunas veces reconoce algún rostro, alguna familia de los domingos, a muchos niños y niñas que al salir del colegio se pasaban por el tobogán antes de encarar la cena. Deduce que cada canal corresponde a uno de los pisos que conforman los cuatro bloques de tres plantas que delimitan la plaza fétida. ¿Se trata de ver morir a los demás?

Se detiene en uno que conoce de vista y que todos los días coge el tranvía a las seis y media. Al desconocer su nombre él en el tranvía lo llamaba para sí el ojeroso. No obstante, siempre pensó que era un hombre con familia, sobre todo por lo bien que estaba planchada la ropa, y no, como está viendo ahora, un tipo solitario que llena la mesa de latas de cerveza. El ojeroso ha tenido la ocurrencia de poner una servilleta blanca en el palo de la escoba y agachado abrir la ventana para mostrarlo. Por el momento no se atreve a asomar la cabeza y habla. Intenta leerle los labios, pero no logra articular nada que se asemeje a unos diálogos de paz. En pocos minutos comprueba que los entes se han tomado la banderita como una provocación y lanzan una granada. El ojeroso muere despedazado. Cuando el humo se volatiliza la imagen arroja manchas en la quebrada lente de la cámara. Ahí no hay nada más que ver y reinicia la ronda. No tarda en toparse con otra situación extraordinaria. Esta vez es una familia. No está seguro si conoce a la mujer, con la que puede haber coincidido en la panadería. Al marido no lo conoce para nada y piensa que quizás es carne de los turnos de noche. Tienen cinco niños. Uno de los niños es un bebé y el padre lo lleva en brazos hacia la ventana. Con el niño por delante el padre parece creer que los entes no se atreverán con un bebé. Error de cálculo. La bala atraviesa al niño y al padre, que aun parece vivo. La madre se lanza sobre ellos para cubrirlos mientras los otros niños se van a las habitaciones. La ventana sigue abierta en clara violación de la jurisdicción. Hay dos explosiones. Una que puede ver y otra que supone ocurre en las habitaciones. Ya nadie se mueve. Apaga la televisión por unos momentos. Se le acaba de ocurrir que quizás no solo sea disuasión, sino también eliminación. ¿Pero por qué no acaban con todos de una vez? Más bien parece un concurso en el que no hay que acercarse a la ventana. Pero la ventana es la tentación cuando hay un bebé al que se le acaba la leche de farmacia o un diabético con solo una inyección de insulina. En un concurso de eliminación los primeros en caer son los enfermos y los débiles. La ventana, piensa embargado por la iluminación, es tabú para aquellos que pretenden ganar. Y él quiere ganar.

 

Los concursos de eliminación son también concursos de resistencia. En muchos pisos se ha decidido abrir la ventana como modo de finalizar, de abandonar. Aguantar es ganar. Los canales se han llenado de cadáveres. Los entes eliminan concursantes de dos formas: Disparo directo o granadas. Una vez abierta la ventana se castiga al perdedor. Pero la ventana también es la salida a la penuria del interior. Él mismo ahora tiene que lidiar con media chuleta de cerdo y un huevo. Los Durán parece que tienen una despensa con fondo. Ellos aguantan. Los únicos seres vivos que hay en la pantalla son los Durán. No obstante, nota a los niños apáticos y a los padres desesperados, aunque sin dar señales de querer acercarse a la ventana. A veces siente la impotencia de no poder eliminarlos él mismo. La victoria está tan cerca que le gustaría decirles a los entes que él mismo está dispuesto a lanzar una granada contra los Durán. Pero la ventana es la derrota. Hablar con los entes es regalar la victoria a los Durán. Tienen que ser los Durán los que se acerquen a la ventana, no queda otra, pero el tiempo pasa y calcula que la comida se acabará en los próximos dos días. El estómago ruge. Ya no se conforma con tres vasos de agua del tirón, pues lo mea de inmediato. Desear que los Durán sean eliminados acrecienta la desesperación que produce la falta de tiempo. Al menos ahorra energías viendo la televisión. Piensa que minimizar los movimientos del cuerpo alarga la resistencia. A veces cambia de canal para asegurarse de que no queda ningún concursante más y como modo de evitar la rabia creciente de no poder eliminarlos él mismo.

Solo cabe la sorpresa, piensa con tendencia a la derrota, ya que tal y como está la situación los Durán tienen ventaja. Comen caliente dos veces al día. Él empieza a sentirse cansado y nota que sus movimientos se han ralentizado, consciente de que la carencia la que empieza a hacer mella. Ha dejado de ser el favorito. Si la cosa continua como hasta ahora, calcula que en menos de una semana desfallecerá. Quizás no muera de inmediato y se quede por unos días tirado en el suelo, inmóvil, quebrado. Imaginándose de este modo piensa que quizás sea mejor abrir la ventana. La única esperanza que le queda es pues la sorpresa y el tiempo que le otorga el medio huevo que guarda para mañana o quizás con mucha disciplina para pasado mañana. Bebe. Desear la sorpresa no significa necesariamente que se vaya a producir, más bien lo contrario; pero si se produce, la coincidencia con el deseo desata un efecto de felicidad precedido por la expectación, y es esto lo que ocurre cuando uno de los chicos Durán empieza a convulsionarse. No puede distinguir bien si es Joselito, el que le saluda con sonrisa silenciosa en la escalera, o Gabriel, que siempre va detrás de la pelota en las tardes del parque. Nadie sabe cómo reaccionar. Primero los padres miran compungidos como los golpetazos del cuerpo se ensañan con el niño. Necesita atención médica, piensa. Tras la paralización inicial es el padre el que intenta sujetar al pequeño para que no se golpee la cabeza. La madre parece que grita mientras dice no con la cabeza. Estar cerca de la victoria y ser consciente de que vas a perder propicia que los actos se vuelvan desesperados y caóticos. El niño Joselito o Gabriel, es decir, el que ha quedado en pie, llora y se pega a la pierna de su madre, la cual, al notar el contacto se deshace del pequeño de una patada y se abalanza a la ventana para pedir auxilio. Entonces aparece confeti en la pantalla al tiempo que su rostro. No hay sonido. Hace muecas para comprobar si la imagen es en tiempo real. Está viendo al ganador, se está viendo a sí mismo. Levanta los brazos. Grita por la euforia. Siente que la victoria le estaba destinada. Entonces puede leer que el premio espera tras la ventana. El hecho del confeti no le hace albergar dudas de que le van a dejar salir. Están ustedes ante el ganador. No se escuchan aplausos pero el ambiente es de aplauso. El efecto de felicidad se acrecienta mientras se acerca a la ventana. Después siente un golpe seco en la cabeza.

The day

Novedades Dyskolo ediciones

julio 7, 2014

Prefacio de “Historia de una indocumentada” de Ilka Oliva Corado:

http://www.dyskolo.cc/blog/adelanto-editorial-de-historia-de-una-indocumentada

Reseña de “El hoyo”:

http://www.rebelion.org/noticia.php?id=186799

Presentaciones:

Piedralaves (Ávila). Lunes, 14 de julio
Sala La Faena. 21.00 h.
Presentación del libro “Órdenes del corazón” de Daniel Noya Peña

Madrid. Martes, 15 de julio
Librería La Marabunta (Lavapiés) 20.00 h.
Presentación del catálogo de Dyskolo

 

Bienvenido Mr. Rey

junio 19, 2014

http://www.rebelion.org/noticia.php?id=186248

http://www.dyskolo.cc/blog/bienvenido-mr-rey

El apagón

mayo 8, 2014

Se indigna cuando lee en una carta que debido a unas obras van a estar sin agua un mes. Terror. ¿Cómo se puede soportar eso? ¿Cómo puede el ayuntamiento permitir eso? Cuando vuelve a leer siente alivio. Se trata de publicidad. La carta te pone en la situación de los niños de África que viven sin agua. Pide que les ayude. Después le invade la rabia. No se puede jugar con los sentimientos de las personas decentes así. Ni un puto duro. Yo también ando justo, no de agua, pero sí de dinero. Si un niño de África tiene agua él no puede pagar la factura de la luz. Y sin luz no hay agua caliente pues el calentador es eléctrico. Tampoco hay aire acondicionado, ni el partido de los domingos, ni la serie de los jueves, ni las pajas en las live cam. Se llena un vaso de agua. Bebe la mitad. Bufido de soberbia. La verdad es que prefiere la cola y se permite el lujo de acompañarla con hielo. Si él renunciara a la factura de la luz no podría hacer hielo. Nuestros abuelos lucharon para que nosotros pudiéramos hacer hielo.

Para pagar la factura de la luz tiene que levantarse de lunes a viernes a las seis de la mañana y preparase una café de capsula, que está hecho en menos de cinco minutos, lo cual le permite ganar diez minutos de ducha y salir a coger el tranvía número catorce, a las siete y cuarto. Después le espera el jefe, al que saluda puntual, fresco, lleno de energía. Sabe que el jefe le aprecia y siente las palmaditas en la espalda, a pesar de que muchas veces no se llevan a cabo de manera física. Que la factura de la luz esté directamente relacionada con el jefe es algo obvio, de manera que siempre aprovecha, en la pausa de las diez, para llevarle un café e insinuar que López no va al baño sino a fumar, que Adelaida ha realizado dos llamadas privadas con el teléfono de la empresa a día de hoy y que el chico hace lo que se le manda y cuando se le manda, y que por el momento no se le ven intenciones de escaqueo. De sangre le viene. Al jefe hay que agradecerle que haya contratado a su sobrino y así su hermana, recién enviudada, pueda pagar la factura de la luz.

Es un buen jefe. A veces toman algo juntos a la salida del trabajo. Un poco escondidos. Son ocasiones especiales. El jefe siempre paga los cuba libre. Es en ese momento cuando se siente importante. Entonces el jefe habla del maldito déficit y dice que no le gusta despedir, que es un trauma, y que le agradece muchísimo su ayuda. Se nota que el jefe sufre. El jefe paga los cuba libre y abre su corazón. Con los amigos se puede contar hasta el final. Entonces él le cuenta que siempre le ha molestado que Adelaida utilice el teléfono de manera privada como si fuera un derecho. Además ella no es de las que invite mucho a café. De López solo puede decir que lo ha sorprendido varias veces diciendo mamaculos, pelota de mierda, malparido o despectivamente el heredero. Y eso hiere. El jefe comprende y paga los cuba libre. Con los amigos hasta el final. Con el chico no habrá problemas si estiramos las horas de trabajo sin pagarle más. Puede que si lo aprietan pueden añadir a Norberto a la lista de bajas. El jefe paga los cuba libre. Norberto no dice nada, no habla con nadie, parece que no existe, solo se desliza en las taquillas antes de empezar o terminar la jornada. Solo las cuentas notarán que ha sido despedido. En cuanto al chico, la madre comprenderá los turnos dobles y que es el jefe quién paga la factura de la luz. El jefe le abraza con lágrimas cuando se despiden.

Llegar a casa siempre es reconfortante. Está un poco mareado por el alcohol. Tiene hambre. Con el jefe nunca come cuando hay déficit. Solo cuba libres y palmaditas en la espalda. Abre el congelador. Lasaña boloñesa, pizza picante, alitas de pollo adobadas. Mientras prepara la mesa se topa con la carta del niño de África. La tira. El agua de un niño de África es incompatible con el horno a doscientos cincuenta grados. La pizza le espera. Se extraña cuando se da cuenta que debajo de la carta había otra carta, pues él siempre está muy pendiente del correo. La nueva carta es del jefe y antes de abrirla cierra los ojos y pide un deseo. Querido amigo, siento comunicarte que está tarde será nuestra última tarde juntos. Espero que comprendas que hablamos de un déficit demasiado elevado. No obstante, desde las penurias que hemos compartido y el corazón muchas veces abierto, me atrevo a pedirte un último servicio, el servicio del soldado caído que da su vida para salvar al compañero y me digas, que además de a ti, a quién más puedo despedir. Solo espero que está tarde sea una tarde más de compañerismo, emotiva y eficiente, como tú siempre has sido. Siempre tuyo, el jefe. Es entonces cuando se produce el apagón.

Teoría de la alegría

abril 22, 2014

De pronto una lágrima se escurre por la mejilla. Piensa que puede deberse a una infección. Hace días que nota el ojo derecho siempre húmedo y aunque en el espejo no encuentra diferencia con el ojo izquierdo, está claro que algo no encaja. Toma la lágrima como una buena señal, una señal de curación. A lo sumo en dos días la sensación de humedad en el ojo desaparecerá. Una segunda lágrima en un intervalo de treinta minutos parece una confirmación. No obstante pregunta al compañero si nota algo raro. El compañero se acerca y pregunta dónde está el problema. El problema es la sensación de humedad en el ojo, la sensación de estar a punto de llorar. Pero, eso sí, sin cuestiones sentimentales, ya que es obvio que se trata de una infección. El compañero dice que no ve nada fuera de lo normal aunque si le duele mejor que vaya a un médico. Él dice que no es dolor. Quizás incomodidad. Por lo demás, cuando cierra el ojo sano sigue viendo bien y duda de si realmente es necesario un médico, pues parece que no se trata de algo grave. En cualquier caso quizás en la farmacia puedan ayudarle. Una tercera lágrima le reconforta y apaga un tanto la preocupación. Cree sentir el ojo seco o al menos con los estándares imperceptibles de humedad. Piensa que el cuerpo se cura a sí mismo. Piensa que el cuerpo necesita su tiempo para completar la curación cuando siente que la humedad va creciendo.

Cuando sale del trabajo, después de tres lágrimas más, acude a la farmacia mientras la humedad se reagrupa. Piensa que si en la farmacia son testigos de una de las explosiones lacrimales les será más fácil atinar con el remedio. Sin embargo, cuando la chica que le atiende dice no ver nada extraño lo atribuye a la inexperiencia de ésta, quizás infalible en las gripes y catarros más comunes, pero ciega para las infecciones oculares. Se demora en la salida observando una estantería donde se acumulan milagrosas latas para adelgazar. Piensa que si espera un poco saldrá otro dependiente con más experiencia, quizás el propietario, capacitado para responder a los más sutiles síntomas. Pero antes de que esto llegue a ocurrir sufre una explosión lacrimal y esperanzado se dirige otra vez al mostrador, con el dedo señalando el camino dibujado en la mejilla y saltándose la cola. La chica reacciona a la defensiva y para quitárselo de encima le expende un botellín de gotas desinfectantes, nerviosa, desbordada. Dos cuarenta. Pero no, el sabe que eso no es el remedio, pero traga y se va, pues sabe que de allí no va a sacar nada que le ayude. No obstante, se mete en el primer baño público para probar las gotas. No pierde nada, piensa, pero antes lee el prospecto y se ofende cuando se encuentra con una simple solución salina que ayuda a eliminar cuerpos extraños al ojo. Tira el botellín a la basura, contrariado, mientras una nueva explosión acontece.

La infección parece extenderse al otro ojo. Piensa que ya no es cuestión de farmacias, sino de médicos. Duda de si es mejor acudir directamente a un especialista o seguir la cadena y visitar a su médico de cabecera. Cierto temor a que se rían de él por una minucia le inclinan hacia el doctor Rodríguez, el cual es siempre eficiente en el tratamiento de sus quejas. Así, cuando las lágrimas se precipitan de los dos ojos, algo que ya había previsto, apresura el paso con intención de que le atiendan sin cita previa, lo cual, ha olvidado, significa esperar y esperar hasta que haya un hueco, sentir la frustración de ver como hay quién entra y en un máximo diez minutos la asistenta del doctor le llama. Pronto se da cuenta de que allí no es bienvenido. El doctor está ocupado todo el día y es reacio a hacer horas extra. Solo tiene posibilidad en caso de que una de las citas no acuda. Es en este momento cuando vuelve a llorar y una alegría inmensa le invade. La gravedad de la infección se ha hecho patente. Lo ve. Mire. Estoy enfermo. No es un catarro. Estoy enfermo de verdad. Pero la asistenta no opina lo mismo y le pide que se deje de tragedias, que hoy es un día con muchas embarazadas y los niños siempre van primero. Aunque intenta explicarle que las lágrimas no se deben a la decepción sino a una infección y que es razonable que se trate de algo urgente, finalmente se rinde y pide cita para el próximo día, cuanto antes mejor. La mujer dice que para mañana están completos pero que tiene posibilidad de ser el primero para pasado mañana. Después llama al siguiente paciente. Se resigna mientras las lágrimas vuelven a caer y esta vez, quizás, sí ayudan a aliviar la frustración.

Al salir, mientras se reproduce el mecanismo de condensación en los ojos, se pregunta si está dispuesto a esperar o acudir a urgencias. Siente que las condensaciones son cada vez más rápidas, de modo que las lágrimas saltan con más asiduidad. No quiere ser un hombre que llora. Es una infección muy extraña. También le inquieta el alivio que sintió después de llorar tras los rechazos de la asistenta. En cierto modo el alivio que sintió se debía a la coincidencia entre unos nervios que necesitaban escapar y la sucesiva explosión lacrimal. En este sentido la infección, con toda la carga de maldad que se le quiera atribuir, con toda la carga de amenaza, sirvió como remedio a una excesiva carga de frustración. Piensa que quizás no se encuentra en una situación de verdadera urgencia. Lo mejor es llamar al trabajo y tomarse unos días libres. No se siente con fuerzas para explicar a los compañeros que es una reacción frente a una infección y no un estado emocional precario. Puede imaginar la molesta carcajada de González, hecha para certificar a todo el mundo que algo le hace gracia, hecha para arrastrar otras carcajadas y devenir en coro chistoso de la tragedia. Los hombres no lloran en el trabajo. Los enfermos no van al trabajo. El jefe es comprensivo aunque lo apunta todo. Pero peor es que lo vean llorando.

Parece que la infección ha empeorado cuando ha apagado la lámpara de la mesilla de noche. Justo en ese momento, justo cuando empezaba a escuchar su respiración, ha roto a llorar, de manera continua, al menos unas dos horas. Alarmado se ha mirado en el espejo, esperando encontrar una fuente de pus o legañas gelatinosas. Pero los ojos parecían normales, para nada enrojecidos e incluso no se podía decir que fueran unos ojos llorosos, aunque quizás, sí, los parpados un poco hinchados. Lo extraño era que las lágrimas no parecían pertenecer a los ojos y más bien caían como esos globitos de agua que los actores revientan para vencer la dificultad de llorar ante las cámaras. Está inquieto. Intenta comprender buscando en páginas web que finalmente no aclaran nada, ya que en muchas de las patologías descritas presenta unos síntomas pero le faltan otros. Después de las dos horas de lloro continúo, las lágrimas caen a intervalos de más o menos treinta minutos. Piensa que ahora hay luz, y aunque no puede asegurarlo al ciento por ciento, cree que ha ayudado a cortar la hemorragia. No obstante, la herida sigue abierta. Pero dado que considera que es demasiado tarde para acudir a urgencias en tanto que no hay razones que conduzcan a pensar que va a morir esa noche, decide experimentar y apaga la luz. Espera, mira su sombra, se escucha respirar y de pronto las lágrimas se vuelven torrenciales. El pulso se acelera.

Le parece inobjetable que hay una relación entre oscuridad y lágrimas. La luz atenúa la infección. Es algo que debe decir al médico. Quizás el virus, o la bacteria, quien sabe, se incubó de noche y es fotosensible. Pero dado que la luz no neutraliza la infección, cabe pensar que al agente patógeno le es más dificultoso llevar a cabo sus ataques, lo cual, paradójicamente, es síntoma de su fortaleza. Le preocupa que la infección pueda estar creciendo y pronto la luz ya no sirva como última defensa. Mientras acontece de nuevo una explosión, investiga en la red sobre bacterias y virus fotosensibles y la mejor forma de combatirlos de forma casera, al menos provisionalmente. El mejor consejo que puede leer es que acuda a un médico. La alarma se desata cuando aparece la palabra cáncer. No obstante, no presenta ningún síntoma. No siente dolor, no tiene visión doble, no hay llenura en los párpados o en la cara. No tiene siquiera enrojecimiento. Este no tener atenúa las alarmas. Seguro que no es nada. Pero dado el exceso de ansiedad se produce otra coincidencia y las lágrimas logran aligerar la carga nerviosa. Parece sentirse mejor. Incluso esboza una sonrisa. Se pregunta si cuando hay coincidencia llora de verdad y no hay infección. Quizás hay alivio porque antes ha habido emoción. Con la infección hay preocupación. No quiere quedarse ciego.

Se imagina ciego. Solo. Sin nadie que le ayude, a tientas, desorientado, desesperado. Se imagina el rechazo de los vecinos, quizás un alma caritativa que le hace la compra y le roba las monedas, quizás un compañero haciéndole una visita para contarle como está el ambiente, los últimos despidos, los últimos ascensos, los nuevos lameculos. El miedo a salir a la calle, expuesto, debilitado. Se imagina en el suelo, pidiendo auxilio en la oscuridad mientras escucha el zapateo de los viandantes. Llora. Hay de nuevo emoción. Apaga la luz porque sabe que hay un torrente de tristeza que necesita salir. Llora. Lentamente la emoción se apaga. Llora. La sensación de alivio se extiende por todo el cuerpo. Lentamente la coincidencia se apaga. Llora. Enciende la luz. Las lágrimas caen durante un rato más. Ahora son molestas. Las infecciones son molestas. El llanto cesa. Es solo una tregua. Pronto volverá a llorar, enfermo, automáticamente, lágrimas sin emoción. Lo mejor es ir a urgencias. No puede esperar, de lo contrario, intuye que caerá en un pozo sin fondo. Se pregunta si aún hay tranvías o si lo mejor es pedir un taxi. Le molesta la idea de que alguien pueda verle llorando. Lo mejor sería ir a pie, amparado por la luz anaranjada de las farolas y unas gafas de sol. Mientras se viste  reconoce que la infección ha dado gusto a la hipotética tristeza del ciego, aunque es reacio a otorgar valor a tal emoción.

Cree que la transparente iluminación de la sala de espera restará posibilidades a la ofensiva bacteriana. Le han dicho que en cuanto puedan le atenderán. Cuenta las personas que esperan junto a él. Diez es un número redondo y excesivo para sus intereses, aunque no tarda en darse cuenta de que el número varía según los que entran y los que salen. Parece una noche tranquila, según deduce de los bostezos del guardia de seguridad. Pero de pronto irrumpen las sirenas de una ambulancia y tres hombres con batas blancas salen a la carrera. Empieza a llorar. Un cuerpo se convulsiona en la camilla. Piensa que aquello extenderá la espera mientras un niño con rostro amarillento le señala y se ríe burlonamente hasta que la madre le llama al orden y le pide disculpas. Pese a la enfermedad el niño no pierde la alegría. No pasa nada. El niño no sabe que él es una máquina estropeada y no un cobarde, un cagón que no se atreve a saltar por encima del pozo. Se impacienta cuando llega otra ambulancia. De pronto por los altavoces se les pide que si no es estrictamente necesario vayan a sus casas, pues en las próximas horas van a recibir a los heridos de un accidente múltiple. Su mirada se cruza con la de un hombre con el brazo partido que lleva esperando más o menos el mismo tiempo que él. Llora. Sopesa la gravedad de las lágrimas y decide marcharse. Al salir observa como bajan a un niño con la cara rajada y el horror grabado en los ojos. Llora. Marcado de por vida, señalado por niñatos amarillentos en el todo vale de los recreos. Entonces se sumerge en una calle sin farolas. Las lágrimas arrecian.

La visita al doctor Rodríguez no ha servido absolutamente de nada. Primero se ha mostrado escéptico con la descripción de los síntomas reforzada por dos demostraciones reales. La luz empieza a no tener efecto. Después, el doctor ha examinado los ojos como la forma más eficaz de consumir los quince minutos que se ha asignado por paciente, para al final soltarle en la cara que o bien era un farsante o bien debía remitirle a un mecánico del alma. Le ha parecido preocupante que el doctor no se sintiera intrigado por una enfermedad rara y mientras rompía a llorar por tercera vez se ha atrevido a sugerirle que un examen superficial no era suficiente, que era necesario ir a la sangre. La infección está en la sangre. Después le ha despachado con unos ansiolíticos y el número de teléfono de la doctora Cecilia, una buena especialista. Ha llorado, y una vez en la calle, el desaire ha coincidido con las lágrimas. Una vez aliviado se pregunta si el doctor tiene razón. Al fin y al cabo es el experto. Quizás más que una infección lo que le aqueja es una disfunción de la mente. Se toma una pastilla. Se pregunta si la coincidencia es más que eso, simple coincidencia, y va más allá y es un camino que debe recorrer para curarse. En ese sentido, piensa mientras la pastilla hace efecto, el alivio bien pudiera ser la recompensa por tomar el camino.

Mientras llora de nuevo por medio de la infección, piensa que el alivio sentido en las lágrimas de tristeza comparado con las de la frustración era, por qué no decirlo, más poderoso, más gustoso. Entonces busca en la tristeza y la burla del primer niño le empuja a la cara rajada del segundo y la tristeza similar que le aquejó cuando se imaginó ciego. Ambas eran situaciones de desamparo. Era este un gusto por el vaciamiento, por la descarga de una condensación emocional en la que la precariedad era el vector que aumenta la presión. La tristeza fruto del desamparo. Recuerda a su madre. La pobre dejó un día de luchar. Estaba cansada. Sonriente hasta el último momento. La última caricia. Llora. Recuerda cuando le cogió la mano, cuando sintió la tensión del último segundo, la distensión del segundo después y el frío de un mundo sin madre que te tiende la mano cuando te has caído. El ciego en el suelo, la raja en la cara que te convierte en un viejo de doce años. Llora. Recuerda cuando Marta lo abandonó. Lo siento. Me gusta otro. No lo conoces. Me hace sentir especial. Tú me gustas, pero… Llora. Cuando Lorena, después de haberle dado esperanzas, se decantó por Pedro. Sabe tratar bien a las chicas. Es encantador. Lo siento. Tiene algo que tú no tienes. Llora. No preocupas a nadie. Mamá siempre era una mano que te acariciaba cuando estabas bajo de moral. Pasaba suavemente los dedos por los cabellos, sin cantar, aunque no importaba, pues el hecho de tocarte era el canto mismo. Llora.

Llega un momento en el que se da cuenta de que el alivio no llega. Se alarma. Llega un momento en el que deja de llorar y la tristeza sigue ahí, mesando las entrañas. No ha habido deshago, descarga. No puede imaginarse que la infección se haya curado. No puede ser. Se desespera. Hundido en la tristeza no pueden faltarle las lágrimas ahora. Camina. Siente los ojos hinchados. Escuecen. No ve salida sin el alivio que producen las lágrimas. Testa. No hay condensación. Camina. Testa de nuevo. Lo que antes era una incomodidad es ahora una necesidad. No puede admitir que una vez se ha lanzado al pozo se ha quedado sin lágrimas. Llueve. Camina. La infección ha cancelado sus servicios. Las defensas han ganado. El cuerpo se ha curado a sí mismo. Quizás necesitaba la tristeza para provocar una tormenta que limpie todo. Quizás ha tenido que sacrificar defensas propias. Sacrificar el alma para seguir viviendo. Camina. La enfermedad ha sido vencida a costa del alma. No ve salida. No le tranquiliza la salud. Necesita llorar más. Necesita el alivio, no su perspectiva interrumpida. Camina. Llueve. Al fondo se dibuja la estación de tren. Se dirige a ella. Testa. No hay condensación.

Entonces piensa que no hay más esperanza que los raíles. Los ojos se han secado y el alma no está aliviada. No habrá coincidencia. Los trenes salen y entran. Las ruedas resbalan después de que se activen los frenos. Las salidas son un poco más bruscas debido al momento de aceleración. Siempre hay una resistencia con la que contar, eso es obvio, y el cuerpo, curado, se resiste a saltar con un interregional que acaba de llegar. No obstante, se siente arrebatado por la idea de que los raíles son el alivio, el alivio definitivo, quizás el más placentero, la descarga del alma. Quizás al otro lado le espera la madre por la que ya no puede llorar. Quizás pronto llegará ese niño con la cara rajada y rendido a la idea de la horca. Allí habrá paz, el fin del desgarro. Ningún niño te podrá señalar, aislar, repudiar. Hay una línea de seguridad que aparta del peligro de las ruedas. El corazón se acelera cuando coloca los pies en la zona amarilla. Pronto llegará un intercity. Todo está programado. El tren partirá en diez minutos. Se pregunta si no es mejor aprovechar la salida y el momento de aceleración. Una salida le parece incluso más optimista. El tren arranca y antes de que cierren las puertas salta. Abre los ojos. La ventana guarda los restos de la lluvia, el reflejo de su rostro. No sabe adónde va. No tiene billete. La condensación vuelve a organizarse. En breves minutos llora de alegría.

La manzana

abril 9, 2014

Los bloques se disuelven por la bruma. Los cuerpos, a lo lejos, parece que pierden su materialidad y se vuelven sombras. Las luces del tráfico y de neón se aparecen poligonales por efecto de las gotas. Las manos en los bolsillos de la cazadora. Una bufanda que tapa la boca y una gorra de lana que impide que el calor se escape por la cabeza.

De vez en cuando una corriente de aire lo hiela todo. El vaho de la respiración. Las prisas. Parar es morir, es dejar que el que viene detrás te adelante y te quite el asiento individual del tranvía. Hay aglomeración de sombras al doblar la esquina. Sombras coloreadas por los anaranjados chalecos reflectantes, chaquetas plateadas que invitan al baile, sonajeros y mochilas para esquiar. Las sombras tienen codos y te jodes si tienes artrosis.

Pero te has sentado. Has ganado. Una plaza, un travelling de cinco paradas, sin música, pitidos de mensajes telefónicos, el pasar de las hojas de los periódicos, cuchicheos y el plástico de las bolsas. Al mirar a la derecha tienes la bragueta de un vaquero. El cristal mojado. Tres paradas.

Antes de una parada vuelven los codos. Este es un barrio muy poblado en el que todos quieren salir primero. Llegar a casa es una prioridad. Allí todo tiene un nombre y los rostros se vuelven nítidos. Eva, tu mujer. Sentada en el sofá mientras Caín y Abel pelean en la videoconsola. Ella media cuando Abel se cansa de perder, haga lo que haga, y le convence para que su hermano lo vuelva a matar. Caín ríe, pero Abel aprovecha su oportunidad de escapar cuando escucha como papa mete las llaves en la cerradura. Es el primero en abrazarle la pierna. Se siente el más querido hasta que llega Caín y se agarra a la otra pierna. Por poco lo hacen caer. Todo son risas. Los niños van a dormir antes de que ellos cenen. Eva se encarga de todo. Después miran la serie de los jueves. La jornada acaba. El despertador sonará a las seis.

 

Las siete y media es la hora en que la mayoría se dirige a la parada del tranvía para trabajar. Allí los nombres vuelven a perderse aunque no los rostros, algunos habituales a esa hora. Pero no es la hora de ser simpáticos y dar los buenos días. Es la hora de los codos, en donde es imposible trabar amistad y el pasado es el resentimiento, pues esa mujer tan guapa fue la que te apartó con un arañazo de los preciados asientos individuales.

El tranvía para y empieza la lucha por conseguir una plaza, un periódico gratuito, un trozo de barra donde agarrarse. Son los tres objetivos prioritarios para hacer más digerible el trayecto. Pero no has sabido luchar. Has estado lento y una vez más esa mujer tan guapa te ha birlado el periódico y la barra. Estas en medio de todo y solo ves espaldas, sostenido por la presión de los cuerpos. Las paradas desatan la lucha por los asientos que han quedado libres, pero desde tu posición solo puedes aspirar a acercarte a la espalda de uno que trabaja en el mismo edificio que tú para que te abra el camino cuando te toque bajar. Tres paradas.

La estrategia de la espalda conocida le sirve al menos para ponerse delante de la puerta y salir una parada más tarde. Todo un triunfo que los de atrás presionan para que sea un triunfo rápido y sin celebraciones. Cinco segundos para bajar que también premian al segundo, al tercero y al cuarto, mientras el quinto es empujado hacia dentro por la masa que quiere entrar. Aire fresco. Ahora a desandar. Una parada de más son diez minutos, poco más. Por izquierda y derecha le esquivan aquellos que tienen más prisa. Poco a poco la silueta del edificio Edén se vuelve sólida. Toda la quinta planta es suya. Sesenta y cinco empleados y una socia: Eva II.

Lo normal es que ella llegue media hora después que él. No comparten despacho. Él tiene asignadas la tarea de desarrollo de proyectos, derecho y contabilidad. Eva II se mueve en las relaciones institucionales y ventas. En la quinta planta del edificio Edén los rostros están definidos y aunque a alguno no sepa ponerle nombre sabe que trabaja en el departamento de informática. Más que suficiente. Allí todos se apartan cuando lo ven pasar. No hay codos. Su entrada es un saludo continuo hasta que cierra la puerta del despacho. Eva II espera. Noticias importantes. Van a cenar con la Serpiente. Al final ha mostrado interés por el proyecto Bahía Paradiso. Puede incluso que acuda ya con sus modificaciones personales, lo cual sería un sí rotundo.

Llama a casa para decir que hoy no cenará con ellos. Quizás llegue tarde. Esta vez no puede rehuir la cita como hace con otros clientes, lo cual le hace sentirse molesto. Nadie duda de que la Serpiente es un inversor importante. Además hay clientes consolidados con los que no les va mal que pueden comprometer futuros contratos por su relación con la Serpiente. De todos modos nada es seguro y en principio la cena es una toma de contacto.

La quinta planta del edificio Edén ha quedado vacía. Solo quedan Adán y Eva II. Han llamado a un taxi para ir a la cena, pero aun tienen veinte minutos. Repasan los detalles del proyecto Bahía Paradiso; más de quinientos millones de presupuesto y unas expectativas de un veinte por ciento de ganancias. Solo dos problemas: la localización y los ecologistas. La localización porque la Bahía es un pueblo de parados a los que se les regalaron las casas antes de que la empresa de pesca para la que trabajaban quebrara. Los ecologistas porque detrás del pueblo hay una cadena de colinas que lo separan del resto del mundo poblada por una masa forestal milenaria y en la que los del pueblo basan su economía actual. Antes pescadores para una empresa, ahora cazadores y recolectores. En este sentido la Serpiente es el inversor perfecto para superar estos escollos.

La idea es demoler todo el pueblo y hacer un pueblo nuevo, no muy grande, que apunte a la exclusividad. Una milla de oro a pie de playa y casas en las colinas, con perímetros ajardinables de más de cien metros y camino asfaltado hasta el pueblo o hasta la autopista. Los potenciales clientes no son la clase media. Solo tienen planeado construir diez casas. Vendemos paisaje y tranquilidad, un lugar de reposo si se quiere o de grandes fiestas si el buen tiempo lo permite; y todo sin la aglomeración que produce el turismo de sobaquillo.

 

En el taxi no hay codos. En el taxi son arrancadas y frenadas. El tráfico no da para más. Puedes pitar y maldecir. Pero solo tienes un espacio de diez metros para apaciguar la frustración antes de la próxima frenada. Al otro lado de la ventanilla los otros autos cambian de color y de modelo. A veces distingues rostros de los que solo cabe decir masculino, rubio, niño inocente que saca la lengua burlona.

La Serpiente ha presentado sus modificaciones. Todas parecían razonables y han firmado el contrato. La intención es desalojar y empezar las obras en un plazo de seis meses. Está satisfecho y no le preocupa las reacciones de otros clientes, envidiosos de la Serpiente. Pronto la lentitud del taxi empieza a desesperar. Tienes ganas de llegar a casa. Entonces piensa que con las ganancias de Bahía Paradiso podrá comprar un helicóptero y sobrevolar a todas esas sombras que se internan en el asfalto para acudir o al salir del trabajo. Dejar de ser una sombra. Dejar de confundirse con esos cuerpos hostiles y estar en diez minutos en la oficina. Adiós a los codos, a la maldita mujer rubia, a las espaldas sudorosas y las quijoteras en la cara. Al fin llegas a casa.

Eva y los niños no le esperan en el salón. Hay una tranquilidad inusitada. Las luces están apagadas. Saluda en voz alta. Nadie responde. Sube a las habitaciones. Vuelve a saludar. De la habitación de matrimonio parecen venir unos gemidos. Parece Eva. Después cree escuchar a Abel. Cuando entra vee la escena habitual. Abel se lanza a sus piernas para ser el primero en recibirle. Cree que Caín juega a estar escondido en las sábanas. Eva está de rodillas en el suelo. El rostro de Eva parece al límite de la vergüenza. Solloza. Le señala con los ojos las sábanas. Se alarma. Se acerca al bulto y simula que ha descubierto el escondite. Abel se aferra con fuerza a su pierna mientras le pide que no se enfade. Tira de las sábanas y el cuerpecito de Caín aparece ensangrentado. Eva grita mientras Abel vuelve a pedir que no se enfade, pues ha sido Dios quién ha ordenado que por esta vez, sea Caín el que muera.

Topos, distopía y utopía (Breve reflexión sobre Ucrania)

marzo 10, 2014

http://kaosenlared.net/secciones/s/antiglobalizacion/item/82705-topos-distop%C3%ADa-y-utop%C3%ADa-breve-reflexi%C3%B3n-sobre-ucrania.html

Parábola de la crisis

febrero 20, 2014

Gira la bola. Gira la rueda. Treinta y seis números y un agujero negro, el cero, el gana la banca, esa pequeña e improbable ganancia visual que se torna tragedia del jugador cuando se hace efectiva.

Podemos imaginar que se establece más de una bola en el juego de tal modo que el jugador se siente más seguro cuando realiza su apuesta. Sobre todo apostando siempre a par e impar, ganancias modestas pero regulares. Podemos imaginar que cuando una de las bolas cae en el cero se produce el mágico momento en que gana la banca. Son las reglas. Nuestro jugador modesto se ha aprovechado de la nueva regla en la que se juega con más bolas en juego, de modo que es de justicia que acepte la derrota.

Podemos imaginar que hay tantas bolas como jugadores, y que tras un periodo de ensayos, se establece que a cada jugador le pertenece una bola, de tal modo que las bolas públicas, en las que más o menos se estaba a salvo, se resuelven en individuales, de tal modo que nuestro jugador modesto, verá aumentar la probabilidad de perdida, por lo que en los saltos del ganar y perder, la masa monetaria de la que dispone fluctúa y parece no tener dueño. El dinero viene y va.

Queda demostrado que nuestro jugador modesto, aferrado a su bolita individual, ha quedado en una situación de precariedad y advierte como otros jugadores se retiran de la mesa después de ver cómo las idas han dejado su contador a cero.

Podemos imaginar que los que se han quedado fuera se mantienen a la espera de que la banca les dé una bola con la que puedan volver a jugar, mientras observan el juego de los afortunados que se aferran a su bolita individual, escapando de las malas rachas y quizás jactándose en las buenas.

Podemos imaginar que nuestro jugador modesto muere por una enfermedad cardiovascular y queda una bola libre. Es aquí cuando los que han quedado fuera tienen la oportunidad de entrar en el juego. No obstante, una bola libre es solo una frente a unos treinta que esperan. La antigüedad en la espera no cuenta, pues la banca solo establece las reglas del juego, de modo que los que están fuera están fuera de toda regla.

Podemos imaginar que la banca lanza la bola al aire. Alguien la coge. Pero nada impide que otro que ha quedado cerca intente estrangularlo o que los otros veintinueve se abalancen con la esperanza de hacerse con la bolita. Mientras se decide la lucha, la banca sigue jugando con los jugadores restantes.

Pero con las bolitas siempre rodando puede llegar un momento en que una racha de victorias de la banca deje sin jugadores a la ruleta. Pero lejos de suponer un colapso del juego a la banca se le ocurre ofrecer a los futuribles jugadores que jueguen gratis, es decir, que jueguen sin esperanza de ganar, que simplemente se integren en el mecanismo del juego. Es en este momento cuando la banca juega contra sí misma, es decir, se piensa a sí misma. El año cero.

La autoridad competente

febrero 16, 2014

Veamos: Se ha identificado en el sujeto una propensión a la queja. Todos sabemos que la queja en un primer momento induce inevitablemente a asignar el caso a la policía del pensamiento. No obstante, contamos con pruebas de que la queja no conlleva ninguna proclama a la necesidad de un cambio en el sistema. La queja es más bien de corte existencial, es la queja ante el absurdo de la vida. En este sentido el caso compete a la policía del sentimiento, pues al fin y al cabo, esto es algo que se arregla con pastillas.

Los últimos días de Frank Sobotka

febrero 7, 2014

http://kaosenlared.net/secciones/s2/laboraleconomia/item/80141-los-%C3%BAltimos-d%C3%ADas-de-frank-sobotka.html

La confianza de los mercados

enero 22, 2014

http://www.rebelion.org/noticia.php?id=179825

http://www.kaosenlared.net/component/k2/item/78868-la-confianza-de-los-mercados.html

Laboratorio

enero 14, 2014

Eructa y le entra la alegría. El sabor del gulash retorna, más amargo, más bilioso, pero con reminiscencias del festival de calor que ha disfrutado hace unos momentos, antes del yogurt, antes de la ensalada. Paladea en un intento por retener el sabor. Sin embargo, éste se diluye. No importa. No todo puede ser disfrutar y ahora tiene que limpiar la vajilla que ese mismo gulash ha ensuciado. Un sucesivo eructo, mientras pasa el estropajo por el plato, combina el gusto por el trabajo y el paladar. No obstante, esta vez, antes de que el sabor se diluya queda un resto de acidez significativamente molesta. Mejor tomar una pastilla, ya que teme que una escalada de eructos provoque un ardor que no le deje dormir y propicie pesadillas en la duermevela.

Acostado en el sofá cambia de canal sin un objetivo definido. Eructa. No siente alegría. El sabor es ahora demasiado agrio. Otra pastilla. Gotas de sudor se escurren por su frente. Recordar ahora el gulash es sumergirse en lo desagradable, en la repulsión que provoca la imagen de la lata recién abierta y los trozos de buey apegados a una masa granate que pide calor antes de parecerse a un caldo. Cada cucharada en la memoria es una llamarada en el estómago, una arcada, una advertencia del cuerpo de que aquello en lugar de hacer bien perjudica. Se revuelve en el sofá. Tiene calor. Pero no es el calor que buscaba cuando cogió la lata en el supermercado, un calor contra el invierno. Es en cambio un calor afiebrado. Cambia de canal y vomita cuando reconoce el anuncio de la lata de gulash que ha consumido.

Cree que ha perdido el sentido. Tiene la sensación de que han pasado horas a través de un agujero negro. Sigue afiebrado, pero ahora se ríe. Cree que se siente mejor. Pero una llamarada en el estómago le retuerce y de pronto cree que la piel bulle, sobre todo la de la cara. Nota las burbujas. No hay motivos para reír, piensa, atrapado por la blanca dentadura de una tenista que anuncia un dentífrico. Después se mira los brazos. Ahí no hay ebullición. Es la cara. La puta cara. Tiene que mirarse al espejo. Al menos puede tenerse en pie. Cree incluso que camina con soltura. Se mira. La cara tiene el color del chile. Se toca. Todo es duro y quieto. Pero siente el burbujeo interno. Siente que debajo de la costra la lava se remueve violenta. Llaman al timbre. Bendita la hora. Sea quién sea cree que va a poder ayudarle. Tropieza antes de poder abrir. Pero eso no importa, pues sea quién sea la ha derribado y entrado en bandada.

Caso índice. Primeras impresiones: Temperatura cuarenta y cinco grados. No presenta convulsiones y es preso de una excepcional y agresiva energía. Como primera hipótesis cabe relacionar la fiebre con la agresividad. Los análisis del continente han revelado que ha sido el consumidor final de las muestras determinadas como foco, las cuales cabe calificar como válidas al menos en sus fases iniciales. Cabe determinar el caso índice como caso primario.

Se oye un respirador. El pitido que dibuja la línea en picos del corazón. Abrir los ojos significa abrirse a dos rostros enmascarados que parecen secar el sudor. El primer impulso es atacarlos, directo al cuello, desgarrar la yugular y escupir el trozo de carne. Los picos del corazón se han acelerado. Inyección de energía inútil por una correa que ata muñecas, tobillos y pecho. La máscara del respirador ahoga el grito. Siente una mano en la frente que presiona. Es una advertencia. Es información. Todo es inútil. Estarse quieto es lo mejor. Nota un pinchazo en el brazo. ¿Le están sacando sangre o le están metiendo algo? No puede saberlo. Lanza una dentellada que nadie percibe. Quiere lanzarse al cuello, a los cuellos. Desgarrarlos. No comerlos. Escupirlos. Notar la sangre fresca en la lengua. Solo eso puede atenuar el calor.

Se oye un respirador. Cree que ha dormido porque no recuerda nada y tiene la sensación de que han pasado horas. El corazón se acelera. Ya no son solo los cuellos. Quiere ser rociado por la sangre. Los muslos, los brazos, los corazones. Quiere carne roja, fresca, que aun no esté muerta. Pero las jodidas correas lo impiden. Es el calor, que se concentra en la boca y en la imagen de una ducha fría liberadora. Pese a la máscara, pese a que no ve, huele la sangre corriendo en el vital circuito cerrado. Es un deseo. Un deseo que acepta, sin reflexión sobre la conveniencia de dejarse vencer o no, de seguir la norma o irse a la cama con otra mujer. Ese deseo es tan natural como el germinar, el verdear, el florecer. Y si algo mueve al pensamiento es en como librarse de las correas para satisfacerse. Pensamiento estratégico. Déjales creer que te han vencido.

Se oye un respirador. Rabia y paciencia. Rabia larvada, que a medida que pasa el tiempo crece en potencia y cree que lo puede todo. Es muy difícil mantener la paciencia. El deseo es un reclamo de los cuellos, de la carne. La rabia es fruto de la recompensa por venir. Pero es muy difícil mantener la paciencia cuando kilotones de deseo se agolpan en el limitado espacio del corazón. Hay momentos en que cree que hay cantidad de rabia suficiente como para romper las correas. Pero no se atreve a desperdiciar energías porque no está seguro de que puede hacerlo. La conservación de la energía es importante porque la energía es importante para satisfacerse. Pensamiento especulativo. Llegará el momento en que toda energía encuentre una salida. Se relame. De pronto las correas ceden.

Caso primario. La temperatura corporal permanece estable, en torno a los cuarenta y cinco grados. La energía, no obstante, parece acumularse. Segunda fase después de la inoculación. Contrariamente a algunas hipótesis, no se ha producido una destrucción del mobiliario. La validez de las muestras en la segunda fase sigue intacta. El poseer un solo impulso, que cabe imaginar una intensidad sedienta, hambrienta, no ciega por completo el raciocinio.

Estar libre no significa cumplir el deseo. La esperanza de la carne que ofrecían los dos hombres enmascarados se ha esfumado. Esta solo en la habitación. Grita. Después busca la puerta. Pero allí parece no haber puerta. Solo cristaleras. No hay una silla que arrojar. Solo la camilla de la que se ha liberado. No hay nadie al otro lado. Prueba con los puños los cuales solo aciertan con la intuición de que esos cristales necesitan algo más que una silla para quebrarse. Sabe que gritar es inútil. La energía sigue acumulándose y opta por sentarse. Si les hace creer que se ha tranquilizado quizás logre que se acerquen. Entonces atacará. Se relame. La sangre bulle. Entonces piensa en morderse a sí mismo. Solo un trocito que revele la verdadera dimensión de lo que le espera al otro lado de la cristalera. Pensamiento fantasioso.

No, esto no puede ser. Ha habido satisfacción, cierto, pero no con la intensidad esperada. La energía crece. Ha sido solo un apunte que ha incrementado las ganas de carne ajena. Se mira el tajo. El rojo le pertenece. La sangre brilla. Es un reclamo. La sangre es lo que se oculta tras la piel. Necesita liberarla. Pero no su sangre, sino la sangre ajena. Nada le parece más revelador que los trozos de carne flotando en un cuenco de sangre. Hay que derramar el cuenco y ver como la sangre establece sus propios caminos. El sabor. Los dientes manchados y la cara salpicada. El sabor es la satisfacción del libertador. El deseo aprieta. Esto es solo la imagen de lo que le espera. La presión sanguínea directa a la lengua, al paladar, a la exquisitez.

Se vuelve a morder. El tajo es ahora más grande. Un poco cercano al anterior. Quiere demostrar algo. Piensa que los hombres enmascarados vendrán para impedir que se autolesione. Intuye que quieren protegerle. Intuye que en algún momento le darán la carne que pide. Ahora muerde el otro brazo. Aquí parece haber alcanzado una vía importante y la sangre chorrea. Se recrea. Observa como los latidos marcan el ritmo de la liberación. Pero la curiosidad no llena el deseo. La satisfacción viene a través del otro. Mira a las cristaleras y pide. No suplica. Pide como un derecho que los dioses deben dar al elegido. El hijo pide ser alimentado por el padre, de lo contrario, el destino inexorable para el que ha sido creado no será llevado a cabo. Se muerde el muslo. Un bocado grande que no desgarra la femoral pero que la muestra, latiendo. Pensamiento religioso. ¡Oh, Padre! ¡Dame lo que me ha sido prometido!

Caso primario. La temperatura se mantiene estable en torno a los cuarenta y cinco grados. La unilateralidad del impulso lleva a buscar formas alternativas de satisfacción, lo cual explicaría las autolesiones. Pese a la pérdida considerable de sangre no cabe temer por la vida del huésped. La energía y la rabia se mantienen estables. La fiebre mantiene la vida. Llegados a este punto, consideramos necesario, conforme a la disposición 66.6, pedir autorización gubernamental para iniciar la siguiente fase de experimentación.

Mira el cuerpo despedazado. Pide y te será dado. Se relame. Mira como la sangre corre, ahora mansa, después de las convulsiones finales del corazón. Ha llegado un momento en el que ha dicho basta y ha chasqueado los dientes. No está seguro pero el momento ha coincido cuando el cuerpo ha dejado de gritar y retorcerse. Ahora yace y no le apetece. El deseo es de carne que responda, que resista, que luche por mantenerse con vida. Morder hasta el último latido del corazón. Pero la satisfacción es momentánea. El hambre vuelve. Ahora con el recuerdo de los buenos tiempos, del maná sanguinolento, del edén revelado. Una sola pieza no basta. Quiere más. Aquello solo es el aperitivo. Un Dios de los excesos soltaría más de diez piezas en la habitación. Recreo. Bocados indiscriminados que siempre aciertan con el objetivo. Mira la puerta. Se relame.

El otro cuerpo empieza a moverse. El otro cuerpo se levanta con el cuello desencajado y las tripas saliendo por el boquete del estómago. Una compañera no le vendrá mal. La sangre liberada provee de reclutas. Sin embargo, sin piezas no hay nuevos reclutas. Se relame. El hambre permanece bajo el supuesto de que morderse a sí mismo ya no sirve para llamar la atención. La energía crece. Mira la puerta. Ábrete. Ábrela. Abridla. Dios no puede hacer una pareja sin hacerla proliferar. Necesitamos hijos. Necesitamos un ejército que rompa el cuenco. Necesitamos mano de obra que despedace siguiendo la línea de producción. La línea de producción del deseo, que no cesa, que persiste y que no permite una duda. Pensamiento social. Provéeme de un rebaño.

La imagen de una posible matanza aumenta la intensidad del hambre. Su ejército contra la sangre clausurada. Liberar y sumar. Aumentar. Cuerpos despedazados guiados según un deseo. Del rebaño a la manada. De la manada a la superpoblación. Si se unen a mí no se unen a ti. Son míos. Buscan lo mismo que yo pero sin la conciencia de ti, de vosotros, los cuales no sois más que trozos de carne que aprisionan torrentes de sangre. Pero la posibilidad del ejército depende de la posibilidad de la puerta. Mejor que esto no lo sepáis. Mejor callar aunque el hambre apriete. Pensamiento conspiratorio. Quizás un cabezazo contra la puerta ayude. El cristal se mancha. No advierte grieta alguna. La energía crece. La compañera ha comprendido y también se lanza contra el cristal. Protege a tus hijos de sí mismos y dales las llaves del edén. Se relame.

Casos primario y secundario. Temperatura en torno a los cuarenta y cinco grados. Cabe determinar que la infección se produce por mordedura, aunque sin descartar otras vías, lo cual puede confirmarse en posteriores pruebas. La fiebre y la rabia se manifiestan, salvando la diferencia de edad y sexo, sin variaciones significativas en ambos cuerpos. Llegados a este punto se recomienda la neutralización de ambos casos y con ello pedir autorización gubernamental, conforme a la disposición 66.6, para la obtención de un nuevo caso primario que pueda ser comprendido bajo la luz de la autopsia de los casos originarios.

Sempre es torna

enero 12, 2014

Al pais de la infatessa…

http://www.youtube.com/watch?v=LNsPeE6AGVI

treinta y siete vueltas al sol y ahora comprendo que el sol no se mueve

Yo no

diciembre 10, 2013

 

“Pienso, luego existo”

Descartes.

Cuando lees cómo un adolescente han entrado con un kalashnikov en su instituto y se ha llevado por delante a treinta compañeros y a diez profesores, piensas que hubieras sido uno de los supervivientes. Cuando en alguna película bélica consumes lo azaroso que es para el cuerpo humano un bombardeo o un asalto, piensas que tú hubieras salido ileso y comandarías el contraataque. Cuando conmovido visionas las inundaciones de las noticias de las nueve con sus ciento cincuenta desplazados, trescientos cuarenta y tres desaparecidos y unos diez muertos oficiales y creciendo, piensas que a ti nunca te ocurrirá. Cuando apartas la vista de la foto de un niño negro de cráneo exagerado y un vientre que amenaza con quebrar las costillas, piensas la lejanía del hambre y la fortuna de tener la nevera llena. Cuando despiertas y procuras que el primer pie en tocar el suelo sea el derecho y no el izquierdo, piensas que llegaras por la noche a casa sano y salvo. Cuando lees que se calcula que para dentro de treinta años la población con cáncer se duplicará y alcanzará niveles críticos, piensas que serás uno de los exentos. Cuando en alguna película post-apocalíptica consumes lo trágico del fin del mundo y la posterior restauración del edén, piensas que pertenecerías al uno por ciento no infectado y que comandarías tras una larga lucha la restauración del bien. Cuando indignado visionas los despidos de quinientos trabajadores de una planta de ensamblaje aeronáutico, piensas que tu trabajo es seguro y no hay que temer por él. Cuando en la autovía ralentizas la mirada en un accidente de tráfico y lamentas los cuerpos encerrados en bolsas negras, piensas que eres el mejor conductor de mundo. Cuando ilusionado marcas los número de la loto porque hay un bote cercano a los doscientos millones, piensas en la pequeña esperanza que da el nunca se sabe.


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