Muérdete la lengua

agosto 17, 2015

Un porrito y a dormir, piensa. O quizás una película mala, de zombis, barata, que ayude a cerrar los ojos. O quizás preparar algo de comer, una pizza margarita congelada, canelones boloñesa congelados o un filete barato pero en buen estado de ternera. La indecisión aumenta con las caladas. Cierto que los ojos ya se están entrecerrando, que el objetivo es dormir; pero cree que lo conseguirá con mayor confort si apaga las luces y enciende la pantalla o con el estómago lleno. Lo que más pereza le da es cocinar, pero sabe que el estómago no tardará en reclamar y se desvelará. SI tuviera la suerte de dormirse antes de que ocurra sería lo perfecto, pues se ahorraría el trabajo y adelgazaría un poco, jeje. Pero antes de que pueda decidir nada, cuando el estómago empieza a emitir las primeras señales y parece inevitable abrir la nevera, llaman a la puerta. Huele a porro. No quiere abrir, pero insisten con el botoncillo. Se asoma a la mirilla. Es un hombre, calvo, con una camisa blanca, pantalones de pinza negros. Parecería un camarero de no ser por la bolsa que lleva, cuya correa parte en diagonal el pecho. Vuelve a llamar y dice en voz alta que es la policía. Mierda. Huele a porro. Se pregunta si los vapores se cuelan por la ranura de la puerta. El tío insiste. Mierda. Sé que está ahí. Sin orden de registro no está obligado a dejarle pasar. Además, el porrito lo ha fumado en su casa, de forma privada. Antes de que dé otro timbrazo abre. Hubiera querido cortar el paso del policía pero este se cuela sin problemas. Experiencia. Una vez dentro hace gestos de oler mientras le muestra la placa. Mierda. Le pide que salga a la entrada, que no le ha dado permiso para entrar; y que si tiene orden de registro que la muestre y que si no la tiene que salga. El policía se sonríe. ¿Orden de registro de quién? Del juez. El policía se sonríe. ¿Qué juez? El juez competente. Después el policía le suelta una bofetada. ¿Has visto por aquí un juez?, pregunta el policía mientras le muestra la palma de la mano, la cual hace a la vez de orden de registro que no va a hacer efectiva dado el aroma a cáñamo. Solo pasaba por aquí y me he dicho: ¿por qué no pararme en esta puerta y soltar una bofetada al afortunado?

El pueblo rebelde

julio 10, 2015

http://kaosenlared.net/el-pueblo-rebelde/

Solidaridad con Grecia

julio 3, 2015

oxi

La tela de araña

julio 3, 2015

Antes de ir a dormir se da cuenta de que en el techo, justo encima de la parte de almohada en la que duerme normalmente, pende el hilo de una araña. Piensa en matarla, pues teme que mientras sueña, con la boca abierta por los ronquidos, el hilo se rompa y se atragante con la araña o lo que es peor, le dé un picotazo en la garganta. Sin embargo, cuando se pone de pie sobre el colchón, con el pañuelo de papel en la mano para aplastarla, se da cuenta de que no alcanza. Piensa en ir a por el aspirador y tragarla, pero al cabo la pereza le vence, pues tiene que ir al trastero, recoger la máquina, sacar el cable, enchufar, apuntar y tragar, recoger el cabe, ir al trastero, dejar la máquina y volver a la habitación. Reconoce que el hilo parece frágil aunque en realidad son muy resistentes. Así, cree que una noche podrá soportar a la araña y se conmina a succionarla al día siguiente.

Con las prisas porque llega tarde al trabajo se olvida de la araña y cuando vuelve a la tarde está demasiado cansado y preocupado por tomarse una ducha y preparar la cena mientras ve la televisión. Solo cuando va a la habitación y la ve recuerda que se había dispuesto a acabar con ella. La observa. Parece que nada ha cambiado. El hilo no es más largo ni más corto. Se pregunta si habrá cazado algo. No parece. También se pregunta si ese es el mejor sitio para que una araña atrape a los bichitos. No parece una araña gorda. Movido por la curiosidad la deja vivir una noche más. Eso sí, esta vez decide dormir en la otra parte de la almohada por si el hilo se rompe.

Como siempre, se ha quedado dormido y las prisas por no llegar tarde al trabajo le impiden descubrir que la araña no está. Tampoco percibe el picorcillo en el odio, en la parte más profunda del canal auditivo, picorcillo que surge de un leve rascar. Rac rac. Que no lo perciba no impide que de vez en cuando, ya en el tranvía, mientras lee el periódico gratuito, el cuerpo reaccione e introduzca el dedo meñique en la oreja. Saca algo de cera, que deja pegada en las páginas del periódico, nada más. El picorcillo, el rac rac, podría calificarse como placentero si fuera consciente de que existe, pero está tan atareado que no se deja atrapar por el gusto. Tampoco en la pausa del mediodía repara y solo lo hará después de llegar a casa, de ducharse y comer, cambiar de canal, sentir que el sueño vence e ir a la habitación. Entonces tomará conciencia de que la araña no está.

No sería justo hablar de pánico, pero va al baño en busca de un bastoncillo. Hurga. Mete. Saca. Solo cera. Pero sigue escuchando el rac rac. La pregunta por la higiene no le permite tomar conciencia de que hay un pequeño placer en el picorcillo. Decide entonces taparse la nariz y cerrar la boca y espirar con fuerza. Nada. Entonces piensa que es una estupidez creer que la araña se ha colado por el pabellón auditivo. Allí dentro no hay posibilidad de montar una tela y esperar que lleguen las moscas y los mosquitos. El rac rac debe de ser otra cosa, quizás un pelo que se ha ido hacia dentro y se mueve cada vez que menea la mandíbula. Entonces tiene la idea de cazar él mismo un mosquito y acercarlo a la oreja. Quizás, ante la manca de alimentos en la cueva auditiva, si hay araña ésta se decida a salir a por el pan. Lo hace frente al espejo, en una posición incómoda, para ver. Después deja el cadáver del mosquito en la cavidad y espera.

 

Es invierno y los bichitos se han terminado. La falta de experiencia en el cuidado de arañas no le hizo prever que necesitaba almacenar alimentos para cuando llegara el frío. La araña lleva tres días sin comer. Hay que decir que a medida que ha ido alimentándola el picorcillo se ha convertido en picor y con ello el placer que siente con el rac rac, sobre el que se concentra una vez ha terminado de trabajar y se acuesta en el sofá. Ya no puede imaginar su vida sin sumergirse en el rac rac, el cual se extiende por todo el cuerpo y lo atrapa en un orgasmo continuado. Después se duerme. Pero tres días sin comer han disminuido la potencia del rac rac, el cual ahora resulta insatisfactorio. Quiere una araña grande, sana, no raquítica. Una araña que rasque la orejita con potencia. Una vez preparada la cena se pregunta si puede ir a una tienda para animales. Allí venden bichitos y puede ser una solución eficaz. Pero eso será mañana y tiene que encontrar una solución inmediata. No puede tolerar que la araña esté una cuarta noche sin comer. Prepara la cena. Después de dar el primer bocado al filete de cerdo a la plancha que se ha preparado decide cortar un trocito pequeño y posarlo en la entrada del oído. Espera. Entonces siente como asoman las patitas.

Al principio la carne a la noche pareció funcionar y creyó que la araña volvía a tomar brío. Pero esto no fue más que un espejismo, pues al cabo de dos o tres días notó una caída de peso en la araña y ahora el rac rac vuelve a ofrecer un placer insuficiente, en el cual apenas puede sumergirse y dejarse llevar para así alcanzar la línea continua del nervio excitado y relajado. También ha probado con los bichitos de la tienda de animales. Pero nada. Después de reflexionar mucho entiende que lo que la araña necesita es alimento cazado. Esto parece probarlo los días de verano, cuando les quitaba las alas a los mosquitos y la misma araña daba el estoque final. Esos meses fueron los meses de mayor disfrute, donde sentía jolgorio por llegar a casa y por fin dejarse atrapar por el rac rac. Se lamenta de que no haya bichitos que cazar. Sin embargo, que la araña se mostrara receptiva a la carne le hace pensar que bien pudiera hacerse con una paloma de parque y ofrecerla a la compañera.

Las palomas del parque funcionan bien durante un tiempo y puede decir que ha disfrutado de un placer mejorado con respecto a los mosquitos del verano. Sin embargo, parece que la araña se ha cansado de la paloma y el rac rac vuelve menguar. Es cierto que siguen asomando las patitas cuando él acaba con las palomas en casa y corta el trocito de carne. Pero no nota la ilusión de los primeros días y parece que todo se ha convertido en rutina. Cierto que el espectáculo de la sangre puede resultar atractivo para un cazador, piensa. Pero con el tiempo el cazador quiere probar sus cualidades, disparar sus armas, utilizar sus triquiñuelas. La pregunta surge donde puede conseguir carne que la propia araña pueda cazar, al tener en cuenta de que se trata de una araña pequeñita cuya tela no va a poder atrapar cuerpos vertebrados.

Ha resultado un poco más complicado de lo esperado, pero al final el yonki que ha elegido como presa yace en el sofá, inconsciente. Se asegura de que todavía respira, de lo contrario todo resultaría vano. Entonces acerca la cabeza al cuerpo y da unos golpecitos en el lóbulo de la oreja. Las patitas asoman y a tientas buscan el trocito de carne diario al que está habituada. Asoma la cabeza cuando descubre que no hay carne. Después se lanza sobre el cuerpo, como si hubiera comprendido de inmediato. Hermosa araña negra, piensa. Entonces recorre con velocidad el tronco y sin apenas advertirlo se cuela por la boca. Al cabo de unos minutos el yonki parece que se ahoga y se lleva las manos al cuello. Tras varias arcadas y un poco de espuma blanca, muere. Piensa que la hermosa araña negra puede ella misma arrancar los trocitos de carne, saborear mientras los desgaja. Mientras espera que se sacie, reconoce que el yonki era un experimento y que deberá mejorar la calidad de la carne, centrarse en presas más jóvenes y saludables. Sin embargo,  es un primer paso exitoso y que da con la llave de la felicidad, ya que después se devela un rac rac alegre, poderoso, sagrado, que con paciencia le guía por diferentes estados extáticos que le transforman y le hacen tomar conciencia de ser la tela de la hermosa araña negra.

Yo no creo en fronteras

abril 20, 2015

LA BAMBA REBELDE

TRABAJADOR TRABAJADORA

Cómo cazar humanos

marzo 30, 2015

Elíjase una calle. La calle debe ser conocida, sobre todo la densidad peatonal y los horarios de máxima y mínima afluencia. Es preferible comenzar cuando la densidad es mínima, tendente a cero. Comiéncese a barrer y hágase montoncitos de deshechos. Dada la tendencia del humano por acercarse a la basura es preferible una calle de hoja caduca pues permite montones más frondosos y visibles, sin descartar el poder de las colillas y las latas de cerveza. Decídase el método de atrape, que puede variar del cepo a la cuerda tensa. Entoces espérese a que las leyes de atracción se cumplan.

Una hora más

febrero 13, 2015

Queridos trabajadores y trabajadoras, colaboradores y colaboradoras, becarios y becarias, nos hemos reunido hoy aquí por un doble motivo: por un lado, señalar que los daños producidos en el incendio han sido cuantiosos y no están todos cubiertos por el seguro. Por otro lado, aunque relacionado con el primer punto, desde la dirección queremos mostrar nuestra decepción tras haber comprobado que no había nadie trabajando cuando se produjo el incendio. Desde la dirección siempre hemos reconocido a un empleado comprometido cuando éste trabaja horas extras sin cobrarlas. Queridos trabajadores y trabajadoras, colaboradores y colaboradoras, becarios y becarias, todos ustedes estaban en sus casas o en su defecto en el cine, desafectos a la cultura del esfuerzo, el sacrificio y el compromiso con un proyecto que al fin y al cabo sustenta nuestras vidas. Queridos trabajadores y trabajadoras, colaboradores y colaboradoras, becarios y becarias, desde la dirección ordenamos las tareas de desescombro con la esperanza de encontrar a alguno de ustedes. De haber sido así, el seguro hubiera cubierto el cien por cien de los desperfectos y no el ochenta por ciento que es la situación actual. Dado que es la propia empresa la que debe acarrear con un veinte por ciento de gastos de reparación, desde la dirección hemos decidido el despido de dos trabajadores, dos trabajadoras, la totalidad de los becarios y la reducción de un cuarenta por ciento en la obra de los colaboradores y colaboradoras, y el aumento en diez horas semanales de trabajo para la plantilla que resta. Queridos todos, espero que esto os sirva como reflexión y penséis que uno de vosotros hubiera podido salvar nuestro proyecto sin apenas costes con que tan solo hubiera decidido quedarse a trabajar una hora más.

¿Te acuerdas?

enero 30, 2015

Han cambiado el panel publicitario que hace frente a su casa. Antes era un coche deportivo de gama alta metalizado en negro, con solo dos plazas pero con seiscientos caballos de potencia. Ahora no esta claro lo que quieren vender. Hay una pregunta, ¿te acuerdas?, escrita sobre la fotografía en blanco y negro de una furgoneta blindada aparcada en medio de una planicie. Quizás quieran vender el remake de alguna película o serie de recientes acontecimientos históricos. Algo así como el robo del siglo o más político tipo ejecuciones sumarias. Publicidad progresiva. Mañana se concretará la fotografía, quizás en un actor y pasado mañana tendremos la respuesta final. Mantener la expectativa hasta el impacto final para conseguir al cliente. La fotografía del furgón se queda durante toda la semana, no obstante, la siguiente placa publicitaria hace referencia a la libertad consecuente de poseer un V12, una carretera vacía y un horizonte infinito, anaranjado. Se olvida del furgón. Ya le gustaría tener ese coche, ese ronroneo que con el solo roce del calcetín alcanza no sé cuantos miles de revoluciones. El deseo del coche, preferentemente rojo, chillón, para que todo el mundo mire, para que todo el mundo lo desee y le deseen a él. Espera el tranvía. El deseo y el triste asiento individual que le ha arrebatado a una vieja, la cual parece que tiene dificultades para escuchar y que con la cabeza gacha no se lo toma a mal. La única pena es no haber cogido el periódico gratuito, pero sabe que si ahora se levanta el moro de la izquierda o la negra de la derecha le quitarán el sitio. Están esperando, acechando, cuando repara que hay un cartel colgado, justo enfrente de él, en donde hay una pila de cadáveres en una fotografía en blanco y negro. Piensa que solo faltan los palés. Quizá distribuirlos en grupos de cien. Lee. La historia se repite. Le extraña que no haya ninguna cuenta bancaria, pues parece publicidad humanitaria. Estudia la foto. Solo están los cadáveres sobre un fondo gris. Parece que no hay responsables. Solo están ahí, perfectamente ordenados. La historia que se repite es una pila de cadáveres. ¿Te acuerdas? Entonces acontece el infarto.

Je suis charlie

enero 8, 2015

je suis charlie

Je suis Pablo Hasel

Je suis Facu Diaz

Je suis “el Jueves”

Je suis Julian Assange

Je suis José Couso

Je suis Egin

Je suis le mort de l’hépatite C

Je suis….

Novedades Dyskolo ediciones

diciembre 23, 2014

Ya esta disponible “Naufragos en un fregadero” de Carme Carles Félix:

El presente libro lo componen una serie de relatos y cuentos iguales pero a la vez diferentes.  Huyendo de lo obvio y lo fácil, la autora trata de expresar sus ideas con palabras sencillas para que su prosa no oculte lo que busca decir.

Descarga aquí:

http://www.dyskolo.cc/cat010.html

También el catálogo completo de dyskolo en la libreria digital Lektu, libros sin DRM:

https://lektu.com/e/dyskolo/112

La mano corrupta

octubre 19, 2014

http://www.kaosenlared.net/component/k2/98253-la-mano-corrupta

http://rebelion.org/noticia.php?id=191000

Novedad Dyskolo Ediciones

octubre 18, 2014

Noche de ensayo
Yannis Petsópoulos

Un grupo de niños y niñas juegan en el bosque a uno de sus entretenimientos favoritos: hacer teatro. De pronto algo sucede y aparece ante ellos la maga Beatriz.

Para salvarse del castigo que la bruja parece preparar contra ellos, los pequeños artistas tendrán que enseñar a Beatriz qué es el teatro y conmoverla con sus historias inventadas, antes de que llegue la noche.

Descarga aquí

Novedades Dyskolo ediciones

septiembre 24, 2014

Ya disponible el libro:

“Solidaridad y autogestión en Grecia. La hora de las alternativas” de Antonio Cuesta Marín.

“En este texto Antonio Cuesta realiza un recorrido por el camino de resistencia en Grecia y lo hace de una forma rigurosa y bien conectada con la realidad política, social y económica en la que nacen estas iniciativas.Al relatarlas genera un instrumento necesario para extender estas nuevas prácticas políticas permitiendo su diálogo con las que se están dando en otras regiones. Su trabajo ayuda al renacimiento de la convicción de que la emancipación humana, la justicia, la sostenibilidad o la lucha contra el patriarcado constituyen luchas internacionalistas, luchas en las todas las personas somos importantes y ocupamos un lugar protagonista.”

Yayo Herrero

Descarga aquí

Premium

septiembre 4, 2014

Eres Premium. Gold. VIP-pass. Imaginemos una cola de cientos de millones y tú acabas de llegar. Tú puedes ir directamente a la puerta, sin mirar a esos miles que esperan. Tienes el derecho de sobrepasar a los demás. Pero de pronto te encuentras en la cola de los Gold y ahí prima el orden de llegada, en donde eres el trece mil quinientos treinta y dos. Ahí es nada. Mejor que ser el veinte millones cuatrocientos cuarenta y tres. La cola VIP también es más efectiva, un descenso calmo pero constante. Cierras los ojos y eres el siete mil cuatro cientos veinticuatro en tan solo un cuarto de hora. Lo cierto es que los Gold cuentan con más puertas de acceso, mientras los demás solo tienen una y está custodiada por Carolina63, de voz dulce pero sin piedad. Cierras los ojos y en una hora y poco ya estás entre los trescientos noventa y tres. Toda una ventaja. Miras hacia atrás e intentas vislumbrar al diez millones quinientos ochenta y dos. Jejeje. Cierras los ojos y Cerbero66 escanea tu tarjeta VIP-pass. Sientes la satisfacción y el prestigio al comprobar que todo está en orden. En las puertas Gold te preguntan cómo estas, que tal tu madre mientras te quitan la chaqueta. Ahora es momento de ponerse a trabajar. Llamas al primer cliente e intentas venderle una navaja suiza. Empiezas por lo más difícil, una operación arriesgada que no obstante te permitiría renovar la cuenta Premium a una semana de que expire el contrato actual.

Princesa

agosto 18, 2014

http://www.rebelion.org/noticia.php?id=188554

Novedades dyskolo

julio 26, 2014

Ya disponible “Historia de una indocumentada”, de Ilka Oliva Corado:

La historia que nos cuenta Ilka Oliva Corado en las siguientes páginas es la de millones de seres humanos que buscan un destino mejor lejos de su tierra. Migrantes, indocumentados, aliens, intrusos, espaldas mojadas…

Descarga aquí

Presentación del libro:

Santa Cruz de Tenerife. Viernes 1 de agosto
Librería de Mujeres de Canarias

Presentación del libro “Historia de una indocumentada”, de Ilka Oliva

 

 

 

El ganador

julio 9, 2014

“El hombre solitario es una bestia o un dios”

Aristoteles.

“Hoy es el día”, piensa cuando sale a la calle y se topa con el hedor que desde hace una semana sale de las cloacas. Ese hedor lo impregna todo. Hace días que la noticia salió en las televisiones y periódicos: esa plaza delimitada por cuatro bloques de tres pisos era un foco de infección. Nadie hacía nada. El hedor permanecía pero ya era una noticia pasada. En los días de más fresco el hedor no resultaba tan invasor. Pero es verano y nada más abrir la puerta del entresuelo entra por las fosas un aire caliente, dulzón, avinagrado, de huevo podrido, de fruta mohosa. Son muchos los que tosen y arrancan con prisas para salir de la plaza. Las ventanas están cerradas. Los niños no juegan al tobogán. El mismo ha comprobado como a la luz de las farolas el agua pudenta arroja al ambiente densos vapores.

El hedor amenaza asimismo el optimismo aparejado al “Hoy es el día”. En el piso y con las ventanas cerradas se puede respirar bien, se puede ser optimista y pensar que será un día inmejorable, lleno de pequeñas aventuras y quizás excitantes conversaciones con mujeres. Pero el martillo de las emanaciones no deja tiempo para pensar en lo bien que se estaba en el piso y solo hace posible un objetivo: cruzar la esquina conteniendo la respiración.

El optimismo que resta se topa con las salidas de la plaza cerradas por alambradas y grupos ataviados con trajes anticontaminantes. Algunos van armados y a ninguno se le puede ver los ojos: Más bien parecen salidos de una película sobre el fin del mundo. Es más, hubiera pensado que más que humanos son entes extraterrestres de no ser porque de uno de esos trajes una voz femenina le ordena ponerse la máscara, se tranquilice, vuelva al piso y cierre la puerta. Pregunta si puede quitarse la máscara una vez en el piso. En su piso es usted libre. No obstante, fuera de él está sometido a nuestra jurisdicción. Entonces el ente señala a los entes armados y después el camino de vuelta.

Puede comprobar que otros vecinos han tenido el mismo encontronazo que él. Entonces suena un silbato. Cuando se da la vuelta supone que es la voz femenina la que hace gestos para que se apresure en volver. Se da cuenta de que un ente le apunta. Aunque le hubiera gustado hablar con los vecinos para ver si sabían algo más obedece y sale corriendo. Es entonces cuando el fantasma del contagio aparece y con él las ganas de ver la televisión. Seguro que esos sí que saben algo, piensa.

 

Al encender la tele se encuentra con que no hay señal. Una pantalla azul. Sin mensaje. Todo es igual cuando cambia varias veces de canal. El teléfono tampoco tiene línea. Después mira por la ventana. Varios vecinos se han encontrado con los entes. Parece que piden explicaciones. Hay disparos al aire. Los vecinos huyen a sus pisos. Después los entes apuntan a las ventanas. Se agacha. Mierda. Piensa que todos están enfermos y que son contagiosos. Piensa que la enfermedad es brutal y por eso la actitud brutal de los entes. Entonces decide ir a los vecinos para preguntar como están, si se sienten mal, si han vomitado o les ha salido un bulto.

Decide ir primero a casa de Catalina, una anciana que apenas sale del piso y quizás no sepa nada del hedor. Muchas veces él le hace la compra y charlan un rato, sobre todo de los dolores de ella. Piensa que al ser la más vieja es la más débil y si se trata de una enfermedad agresiva puede ser la primera en caer. No obstante se para. Se trate de lo que se trate es algo contagioso, de lo contrario no habría trajes anticontaminantes, así que quizás Catalina ya esté sucia y él aun no, pues es evidente que no se siente mal, ni ha vomitado ni ha salido ningún bulto nuevo. Catalina ahora da miedo.

Piensa que si prueba con la familia encabezada por Durán, sanotes, que llevan en la sangre el gen del obrero sin bajas por enfermedad, los peligros sean mínimos. Entonces sorprende  a un grupo de entes tapiando la puerta de Durán. Solo se le ocurre decir lo siento antes de que una bala pase rozando la oreja e impacte en la pared. Sube corriendo y se parapeta en la habitación, con un cuchillo jamonero en la mano y temblando por su inutilidad. Espera. La tensión hace imposible saber si han pasado minutos u horas. No obstante, cada vez cree con más convicción que no le han seguido y empieza a tomar conciencia del paso del tiempo y de que nadie ha dado una patada en la puerta para aniquilarle.

Ahora también es consciente de que la oreja escuece. Se la toca. Mira la mano. No hay sangre. Aguza el oído antes de ir al lavabo y mirarse. Una raya roja traza el camino de la bala. Entonces escucha ruidos en la puerta. Se da la vuelta. Está más que resignado y decide entregarse en el salón. Si no le matan prevé que le van a pedir que se arrodille y ponga las manos en la cabeza. Lo hace antes de que entren. Pero nadie entra pese a que se siguen escuchando ruidos. Piensa que quizás los entes creen que está armado y hagan una entrada a lo grande, con explosivos y gases. Entonces grita que no va armado y que les espera en posición sumisa. Nadie entra. No es una trampa, estúpidos. Las rodillas empiezan a doler cuando concluye que nadie va a entrar. Decide entonces observar por la mirilla. Todo negro. Se alarma cuando cree que le han tapiado a él también. Un muro de metal aparece tras la puerta. Golpea con la palma de la mano. Él no está enfermo. El metal ni siquiera tiembla. Los ruidos afuera han cesado.

Le queda la ventana. La abre. Cree que puede hacer entender a los entes que él no está contaminado. Quizás la familia Durán y la vieja Catalina sí, eso no lo discute; pero que él no y que es una injusticia tratarlo como a los demás. La respuesta es que cierre la ventana y permanezca tranquilo en su casa. Es una respuesta dirigida a todo el vecindario, mediante altavoz y la misma voz femenina de antes. Pero se lo toma como algo personal. Ha pasado de temer por su vida a estar enfadado. Al tener la ventana abierta el hedor se cuela, así que no tiene más remedio que cerrar y acatar. Entonces se le ocurre que puede ponerse la máscara y tener la ventana abierta. No tarda en descartarlo, pues el hedor impregnaría toda la casa, además de que la perspectiva del hambre se le revela como nueva preocupación. Se acerca a la tapia de metal. Es completamente lisa y no hay ninguna ranura por la que puedan colar comida. Entonces se acerca a la nevera y hace recuento. ¡Maldita sea! Cuando pensaba que hoy sería el día lo hacía con la esperanza de conocer a alguien en el centro comercial, mientras realizaba la compra de la semana. Aún guarda la lista en el bolsillo.

Dado que la ventana es la única vía de comunicación con los entes decide preguntar quién le dará de comer. No tiene tiempo de comentar que hoy era el día que había elegido para abastecerse y que lo que le queda en la nevera solo son restos con los que puede tirar a lo sumo tres días. La respuesta son dos disparos que le silban las orejas e impactan en el retrato de su madre cuando tenía veinte años. ¡Mierda! Después la voz femenina repite mecánicamente que cierre la ventana y permanezca tranquilo. Ahora parece una grabación que salta cuando alguien abre la ventana. Cierra. Se sienta en el sofá. La pantalla azul del televisor cambia. Aparece un mensaje. En tu casa eres libre. Mira las paredes. Mira el retrato roto de su madre. Los agujeros de bala. Hubiera salido gustoso para denunciar que su libertad ha sido violada. El mensaje cambia. Afuera estas a merced de nuestra jurisdicción. A continuación aparecen unos dibujos esquemáticos que representan como se entra en la jurisdicción de los entes. La plaza. Eso es evidente. Un muñeco como el de las señales de tráfico muere acribillado en la plaza. Cómo se supone que todos están ahora tapiados, la próxima animación muestra que asomar la cabeza por la ventana es entrar en la jurisdicción de los entes. Esta vez el muñeco cae abatido por un único disparo en la cabeza. Los entes también están autorizados a resolver conflictos si se abren las ventanas, ya que dan pie a interpretar que el sujeto ha entrado en la plaza. Vuelve la pantalla azul.

Tras largo tiempo mirando la pantalla azul llega a la conclusión de que tiene ante sí la perspectiva del hambre y la perspectiva de la enfermedad. Que les hayan tapiado hace suponer que todos están enfermos, o al menos que consideran que todos están enfermos. Quizás se trata de una enfermedad asintomática, que ya les está corroyendo por dentro. Pero, ¿por qué no les hacen pruebas para intentar encontrar el remedio? ¿Por qué nadie les ha sacado sangre? ¿Es que piensan dejarles morir de hambre? ¿Es eso un remedio? Se levanta y mira la nevera. Un cartón de leche que la situación revela como medio vacío es el resumen de sus sentimientos. Después comprueba que no les han cortado el agua. Se toma un vaso. Piensa que puede racionar más eficientemente si reduce la comida a una o ninguna al día y disimula el hambre llenando el estomago de agua. Renovado de esperanza cree que si aguanta puede demostrar que está sano y quizás le saquen de allí, cuando crean que el peligro de contagio haya pasado. No obstante, se pregunta cómo pueden saber eso si decir algo por la ventana se sanciona con la muerte. Ahora cree que el objetivo es dejarles allí hasta que desfallezcan. No se puede vivir eternamente de agua. Él no cree en esas historias de ermitaños que solo beben de una fuente y pasan el resto del día meditando hasta morir con ciento treinta y cinco años. Se tumba en el sofá y mira preocupado la pantalla.

 

La pantalla arroja una imagen de los Durán reunidos en el salón. No hay sonido. Se puede deducir que están preocupados. No es habitual que los niños de esa familia no formen alboroto. Siempre los escucha corretear y gritar, sonreír y llorar, acusar y perdonar. Habla el padre, aunque para él solo mueve los labios. La madre, sentada, agita la pierna como si fuera una batidora y se muerde las uñas. Se pregunta cuanta comida tendrán, sin olvidar que son cuatro bocas. No obstante, no duda de que es una familia que puede durar mucho tiempo antes de desfallecer. Son arrogantes en la salud. Eso lo sabía antes de que los encerraran. Cuando se cruzaba con ellos en la escalera pensaba en la alegría de esos cuerpos, su fortaleza, la impermeabilidad a las bacterias. Entonces los Durán desparecen por unos segundos y puede leer un mensaje en el que le indican que dado que está en su casa y es libre puede cambiar de canal si así lo desea. Lo hace. Aparece la vieja Catalina tirada en el suelo. Piensa que si está viva al menos no se atragantará con la lengua ya que ha caído de lado. Mira con atención para intentar captar si respira. No obstante, al cabo esto parece imposible, pues la imagen parece tomada por una de esas cámaras nocturnas que lo revelan todo en gris emborronado. Los Durán en ese sentido eran más nítidos.

Ahora es una pareja. No sabe quiénes son y no le suena haberse cruzado con ellos en la plaza. Están discutiendo. Ella parece querer ir a la ventana mientras él se lo impide, a veces con empujones. Poco a poco ella parece calmarse, lo cual se demuestra como estrategia cuando él baja la guardia y ella puede colarse. Cae abatida. Ha sido un disparo certero en la cabeza. Apaga el televisor. Esta vez no ha visto caer a un muñeco. Los entes no dejan dudas. Tras dar varias bocanadas de aire se decide a encender de nuevo el televisor. El canal de la pareja arroja a los dos abatidos. Vuelve al canal de los Durán, que ahora comen con la cabeza gacha y le recuerdan que él también tiene que comer o al menos tomar tres o cuatro vasos de agua para saciar. Después prueba con la vieja Catalina, de la que está más que claro que ha muerto. Entonces decide comprobar cuántos canales hay. Algunas veces reconoce algún rostro, alguna familia de los domingos, a muchos niños y niñas que al salir del colegio se pasaban por el tobogán antes de encarar la cena. Deduce que cada canal corresponde a uno de los pisos que conforman los cuatro bloques de tres plantas que delimitan la plaza fétida. ¿Se trata de ver morir a los demás?

Se detiene en uno que conoce de vista y que todos los días coge el tranvía a las seis y media. Al desconocer su nombre él en el tranvía lo llamaba para sí el ojeroso. No obstante, siempre pensó que era un hombre con familia, sobre todo por lo bien que estaba planchada la ropa, y no, como está viendo ahora, un tipo solitario que llena la mesa de latas de cerveza. El ojeroso ha tenido la ocurrencia de poner una servilleta blanca en el palo de la escoba y agachado abrir la ventana para mostrarlo. Por el momento no se atreve a asomar la cabeza y habla. Intenta leerle los labios, pero no logra articular nada que se asemeje a unos diálogos de paz. En pocos minutos comprueba que los entes se han tomado la banderita como una provocación y lanzan una granada. El ojeroso muere despedazado. Cuando el humo se volatiliza la imagen arroja manchas en la quebrada lente de la cámara. Ahí no hay nada más que ver y reinicia la ronda. No tarda en toparse con otra situación extraordinaria. Esta vez es una familia. No está seguro si conoce a la mujer, con la que puede haber coincidido en la panadería. Al marido no lo conoce para nada y piensa que quizás es carne de los turnos de noche. Tienen cinco niños. Uno de los niños es un bebé y el padre lo lleva en brazos hacia la ventana. Con el niño por delante el padre parece creer que los entes no se atreverán con un bebé. Error de cálculo. La bala atraviesa al niño y al padre, que aun parece vivo. La madre se lanza sobre ellos para cubrirlos mientras los otros niños se van a las habitaciones. La ventana sigue abierta en clara violación de la jurisdicción. Hay dos explosiones. Una que puede ver y otra que supone ocurre en las habitaciones. Ya nadie se mueve. Apaga la televisión por unos momentos. Se le acaba de ocurrir que quizás no solo sea disuasión, sino también eliminación. ¿Pero por qué no acaban con todos de una vez? Más bien parece un concurso en el que no hay que acercarse a la ventana. Pero la ventana es la tentación cuando hay un bebé al que se le acaba la leche de farmacia o un diabético con solo una inyección de insulina. En un concurso de eliminación los primeros en caer son los enfermos y los débiles. La ventana, piensa embargado por la iluminación, es tabú para aquellos que pretenden ganar. Y él quiere ganar.

 

Los concursos de eliminación son también concursos de resistencia. En muchos pisos se ha decidido abrir la ventana como modo de finalizar, de abandonar. Aguantar es ganar. Los canales se han llenado de cadáveres. Los entes eliminan concursantes de dos formas: Disparo directo o granadas. Una vez abierta la ventana se castiga al perdedor. Pero la ventana también es la salida a la penuria del interior. Él mismo ahora tiene que lidiar con media chuleta de cerdo y un huevo. Los Durán parece que tienen una despensa con fondo. Ellos aguantan. Los únicos seres vivos que hay en la pantalla son los Durán. No obstante, nota a los niños apáticos y a los padres desesperados, aunque sin dar señales de querer acercarse a la ventana. A veces siente la impotencia de no poder eliminarlos él mismo. La victoria está tan cerca que le gustaría decirles a los entes que él mismo está dispuesto a lanzar una granada contra los Durán. Pero la ventana es la derrota. Hablar con los entes es regalar la victoria a los Durán. Tienen que ser los Durán los que se acerquen a la ventana, no queda otra, pero el tiempo pasa y calcula que la comida se acabará en los próximos dos días. El estómago ruge. Ya no se conforma con tres vasos de agua del tirón, pues lo mea de inmediato. Desear que los Durán sean eliminados acrecienta la desesperación que produce la falta de tiempo. Al menos ahorra energías viendo la televisión. Piensa que minimizar los movimientos del cuerpo alarga la resistencia. A veces cambia de canal para asegurarse de que no queda ningún concursante más y como modo de evitar la rabia creciente de no poder eliminarlos él mismo.

Solo cabe la sorpresa, piensa con tendencia a la derrota, ya que tal y como está la situación los Durán tienen ventaja. Comen caliente dos veces al día. Él empieza a sentirse cansado y nota que sus movimientos se han ralentizado, consciente de que la carencia la que empieza a hacer mella. Ha dejado de ser el favorito. Si la cosa continua como hasta ahora, calcula que en menos de una semana desfallecerá. Quizás no muera de inmediato y se quede por unos días tirado en el suelo, inmóvil, quebrado. Imaginándose de este modo piensa que quizás sea mejor abrir la ventana. La única esperanza que le queda es pues la sorpresa y el tiempo que le otorga el medio huevo que guarda para mañana o quizás con mucha disciplina para pasado mañana. Bebe. Desear la sorpresa no significa necesariamente que se vaya a producir, más bien lo contrario; pero si se produce, la coincidencia con el deseo desata un efecto de felicidad precedido por la expectación, y es esto lo que ocurre cuando uno de los chicos Durán empieza a convulsionarse. No puede distinguir bien si es Joselito, el que le saluda con sonrisa silenciosa en la escalera, o Gabriel, que siempre va detrás de la pelota en las tardes del parque. Nadie sabe cómo reaccionar. Primero los padres miran compungidos como los golpetazos del cuerpo se ensañan con el niño. Necesita atención médica, piensa. Tras la paralización inicial es el padre el que intenta sujetar al pequeño para que no se golpee la cabeza. La madre parece que grita mientras dice no con la cabeza. Estar cerca de la victoria y ser consciente de que vas a perder propicia que los actos se vuelvan desesperados y caóticos. El niño Joselito o Gabriel, es decir, el que ha quedado en pie, llora y se pega a la pierna de su madre, la cual, al notar el contacto se deshace del pequeño de una patada y se abalanza a la ventana para pedir auxilio. Entonces aparece confeti en la pantalla al tiempo que su rostro. No hay sonido. Hace muecas para comprobar si la imagen es en tiempo real. Está viendo al ganador, se está viendo a sí mismo. Levanta los brazos. Grita por la euforia. Siente que la victoria le estaba destinada. Entonces puede leer que el premio espera tras la ventana. El hecho del confeti no le hace albergar dudas de que le van a dejar salir. Están ustedes ante el ganador. No se escuchan aplausos pero el ambiente es de aplauso. El efecto de felicidad se acrecienta mientras se acerca a la ventana. Después siente un golpe seco en la cabeza.

The day

Novedades Dyskolo ediciones

julio 7, 2014

Prefacio de “Historia de una indocumentada” de Ilka Oliva Corado:

http://www.dyskolo.cc/blog/adelanto-editorial-de-historia-de-una-indocumentada

Reseña de “El hoyo”:

http://www.rebelion.org/noticia.php?id=186799

Presentaciones:

Piedralaves (Ávila). Lunes, 14 de julio
Sala La Faena. 21.00 h.
Presentación del libro “Órdenes del corazón” de Daniel Noya Peña

Madrid. Martes, 15 de julio
Librería La Marabunta (Lavapiés) 20.00 h.
Presentación del catálogo de Dyskolo

 

Bienvenido Mr. Rey

junio 19, 2014

http://www.rebelion.org/noticia.php?id=186248

http://www.dyskolo.cc/blog/bienvenido-mr-rey

El apagón

mayo 8, 2014

Se indigna cuando lee en una carta que debido a unas obras van a estar sin agua un mes. Terror. ¿Cómo se puede soportar eso? ¿Cómo puede el ayuntamiento permitir eso? Cuando vuelve a leer siente alivio. Se trata de publicidad. La carta te pone en la situación de los niños de África que viven sin agua. Pide que les ayude. Después le invade la rabia. No se puede jugar con los sentimientos de las personas decentes así. Ni un puto duro. Yo también ando justo, no de agua, pero sí de dinero. Si un niño de África tiene agua él no puede pagar la factura de la luz. Y sin luz no hay agua caliente pues el calentador es eléctrico. Tampoco hay aire acondicionado, ni el partido de los domingos, ni la serie de los jueves, ni las pajas en las live cam. Se llena un vaso de agua. Bebe la mitad. Bufido de soberbia. La verdad es que prefiere la cola y se permite el lujo de acompañarla con hielo. Si él renunciara a la factura de la luz no podría hacer hielo. Nuestros abuelos lucharon para que nosotros pudiéramos hacer hielo.

Para pagar la factura de la luz tiene que levantarse de lunes a viernes a las seis de la mañana y preparase una café de capsula, que está hecho en menos de cinco minutos, lo cual le permite ganar diez minutos de ducha y salir a coger el tranvía número catorce, a las siete y cuarto. Después le espera el jefe, al que saluda puntual, fresco, lleno de energía. Sabe que el jefe le aprecia y siente las palmaditas en la espalda, a pesar de que muchas veces no se llevan a cabo de manera física. Que la factura de la luz esté directamente relacionada con el jefe es algo obvio, de manera que siempre aprovecha, en la pausa de las diez, para llevarle un café e insinuar que López no va al baño sino a fumar, que Adelaida ha realizado dos llamadas privadas con el teléfono de la empresa a día de hoy y que el chico hace lo que se le manda y cuando se le manda, y que por el momento no se le ven intenciones de escaqueo. De sangre le viene. Al jefe hay que agradecerle que haya contratado a su sobrino y así su hermana, recién enviudada, pueda pagar la factura de la luz.

Es un buen jefe. A veces toman algo juntos a la salida del trabajo. Un poco escondidos. Son ocasiones especiales. El jefe siempre paga los cuba libre. Es en ese momento cuando se siente importante. Entonces el jefe habla del maldito déficit y dice que no le gusta despedir, que es un trauma, y que le agradece muchísimo su ayuda. Se nota que el jefe sufre. El jefe paga los cuba libre y abre su corazón. Con los amigos se puede contar hasta el final. Entonces él le cuenta que siempre le ha molestado que Adelaida utilice el teléfono de manera privada como si fuera un derecho. Además ella no es de las que invite mucho a café. De López solo puede decir que lo ha sorprendido varias veces diciendo mamaculos, pelota de mierda, malparido o despectivamente el heredero. Y eso hiere. El jefe comprende y paga los cuba libre. Con los amigos hasta el final. Con el chico no habrá problemas si estiramos las horas de trabajo sin pagarle más. Puede que si lo aprietan pueden añadir a Norberto a la lista de bajas. El jefe paga los cuba libre. Norberto no dice nada, no habla con nadie, parece que no existe, solo se desliza en las taquillas antes de empezar o terminar la jornada. Solo las cuentas notarán que ha sido despedido. En cuanto al chico, la madre comprenderá los turnos dobles y que es el jefe quién paga la factura de la luz. El jefe le abraza con lágrimas cuando se despiden.

Llegar a casa siempre es reconfortante. Está un poco mareado por el alcohol. Tiene hambre. Con el jefe nunca come cuando hay déficit. Solo cuba libres y palmaditas en la espalda. Abre el congelador. Lasaña boloñesa, pizza picante, alitas de pollo adobadas. Mientras prepara la mesa se topa con la carta del niño de África. La tira. El agua de un niño de África es incompatible con el horno a doscientos cincuenta grados. La pizza le espera. Se extraña cuando se da cuenta que debajo de la carta había otra carta, pues él siempre está muy pendiente del correo. La nueva carta es del jefe y antes de abrirla cierra los ojos y pide un deseo. Querido amigo, siento comunicarte que está tarde será nuestra última tarde juntos. Espero que comprendas que hablamos de un déficit demasiado elevado. No obstante, desde las penurias que hemos compartido y el corazón muchas veces abierto, me atrevo a pedirte un último servicio, el servicio del soldado caído que da su vida para salvar al compañero y me digas, que además de a ti, a quién más puedo despedir. Solo espero que está tarde sea una tarde más de compañerismo, emotiva y eficiente, como tú siempre has sido. Siempre tuyo, el jefe. Es entonces cuando se produce el apagón.


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