cuerpo cancelado

1

Necesitaba la televisión para dar brillo a los recuerdos, para que los recuerdos fueran lo más similares a como los había sentido. Un despacho oscuro y una pantalla encendida. Solo respondía a los estímulos del hambre, siempre en horas de comer, y siempre deseando el alimento recién visionado. Últimamente mucha pizza, mucha hamburguesa con mucho ketchup y mucha mostaza, baicon, chuletas de cerdo, lasañas congeladas, palitos de merluza, terneras grasientas, patatas fritas congeladas, todo con su especificidad en la marca, pues quería que fueran GoFFy´S, Chunkis, La tía Fabiola, La abuela cazuela, Antonelli o Pescafrito. No sentía siquiera la necesidad de sexo, ni siquiera cuando veía algo que remitía a él como reclamo, pues la mente bullía y rebullía sobre antiguos y espectaculares recuerdos. Aun disfrutaba, aun gozaba con los aplausos, con el reconocimiento, con los senos de Lena y Marta en sus pausadas fricciones. Era un hombre pegado a una imagen. No había análisis. Solo quizás, y visto desde fuera, una risa tonta o una boca masticando muslos de pollo hiperfritos. Dormía en el sofá del despacho. “Quizás le dimos demasiados deseos cumplidos en tan poco tiempo. Es normal que reaccione con un pensamiento en el que después de… ya no queda nada. ¿Y si inyectamos un poquito de realidad? Una leve amenaza de muerte. La posibilidad física de  la muerte”.

 

 

2

Y empezó a engordar y con ello a respirar de manera un tanto forzada. Empezó a sentir un cuerpo pesado, que ya no reaccionaba a los estímulos de aquellos agradables recuerdos. Un cuerpo de movimientos lentos y con el que los recuerdos se le hacían más difíciles, de modo que la presencia del televisor aumentó con fuerza. La difícil continuidad de los recuerdos se vio interrumpida cuando apareció la Voz Salud en el rostro sonriente de una joven presentadora. No obstante, fue capaz de reconducirse. Había algo que tiraba de él hacia fuera pero él solo quería mantenerse dentro, recogido sobre los cuerpos de Lena y Marta retozando ante sus ojos. Pero se daba cuenta de que se aferraba de una manera desesperada, porque los recuerdos se iban perdiendo. Cada vez recordaba menos detalles. El cuerpo pesado era incapaz de retener lo que había sido vivido con tanta intensidad. Se estaba sumiendo en una sensación de perdida. Empezaba a atenazarle la posibilidad de una desaparición de los hechos. Y no sabía cómo reaccionar, porque sabía que nada del futuro podía igualar lo que fue vivido. Fue entonces cuando pensó que lo mejor era desaparecer con los recuerdos, con los restos, pues dudaba si Marta tenía los ojos azules o negros, o si Lena tenía un lunar en la mejilla o en la pantorrilla. “Dado el momento actual, deberíamos explorar el deseo de aniquilación”.

 

3

Y frente aquella desesperación el sentimiento de injusticia. Y frente a la injusticia la rabia. Y con la rabia la pregunta: “¿Por qué a mí?”. De pronto pensó que si aquello se desvanecía nada merecía permanecer. Sintió odio por la permanencia muda de las cosas. De pronto aquel cuerpo pesado se incorporó del sillón. “¿Por qué a mí?”. Dio un brutal golpe a la mesa, como si con la destrucción encontrara la respuesta. No obstante, el manotazo le dejó dolorida la mano y buscó otras formas de golpeo. Había que destruir las cosas con las cosas. Entonces entró el asistente con un hacha y se la entregó. En pocos minutos el despacho amueblado con maderas nobles quedó reducido a una amalgama de astillas. Miedo.

 

4

Se dio cuenta de que aquello se había convertido en una trampa cuando sintió que una pata astillada del sillón se le clavaba en la pantorrilla. Sangraba, aunque la herida no era muy profunda. No osó a realizar movimiento alguno. La rabia había dejado paso a la cautela, a la extrema atención del entorno. “Dada la situación recomendamos la aplicación del protocolo para la cancelación del sujeto”. Se dio cuenta de que si se movía cualquier trozo de madera se clavaría en su cuerpo. La herida dolía. Tuvo la certeza de que a menos que alguien viniera en su auxilio sería hombre muerto. Porque su cuerpo no podía permanecer quieto indefinidamente. Amenazaba con desfallecer, la sedimentación del cansancio. No obstante, el terror de la certeza le daba fuerzas para permanecer quieto. El terror era la esperanza del cuerpo. Solo deseaba que apareciera el asistente. Gritó todo lo que pudo. Nadie. Se lamentó de poseer aquel cuerpo grueso, que en un inopinado movimiento en falso se produjo un rasguño en el antebrazo. Poca sangre comparada con la que había brotado de la pantorrilla. Nada serio, un pequeño latigazo que tuvo el efecto de presentarle la madera como una realidad inexorable. No había esperanza de salvación. El asistente no aparecería. Moriría. De pronto recordó que él lo había deseado. Pero no así, no empalado en un caos de madera. No agujereado. Tuvo pánico. Otro movimiento y sintió en la zona del riñón la fricción de la entrada y la salida. Reaccionó con un paso adelante que le agujereó el estómago. Era cuestión de poco tiempo. “Cuerpo cancelado”.

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Una respuesta to “cuerpo cancelado”

  1. Mariana Says:

    Muy interesante lo que has escrito, lo he disfrutado mucho. Espero que en este año que comienza continues obsequiandonos estas historias, nos leemos muy pronto.

    http://gymbrainstorming.blogspot.com/

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