Sobre como nos convertimos en nadie

Pertenecer a la estirpe de, por ejemplo, los canijos significaba poseer buenas manos para la mecánica del automóvil en caso de que se fuera hombre y un buen vientre para la producción de cuerpos pequeños si se era mujer, pues quien tuviera algo de canijo siempre estaba unos centímetros por debajo del resto. Su pequeñez iba asociada a la velocidad. Hablaban rápido y caminaban como si cargaran sobre sus espaldas con una prisa eterna, vestidos con el mono azul, moteados por manchas negras y pardas, y los domingos y festivos limpios y guapos, agarrados de los brazos de sus mujeres o novias.

En el momento que se los veía, se podía pensar de inmediato que el coche funcionaba a la perfección después de aquel problema con las bujías o del dolor que suponía perder contra ellos un buen pico jugando a las cartas en el bar de las marcialas, pues de ellos emergía la terrible, misteriosa y dulce atracción del juego, ya que volvías una y otra vez a la mesa para retarlos, creyendo que esta vez sí les ibas a ganar, porque cuando lo hacías atravesaba tu cuerpo una sensación de euforia contenida y dopamínica. Después podías contar como lograste ganarles en torno a un vaso de vino mientras todos te escuchaban con atención, pues victorias había pocas y te daban prestigio; dando pie a que otros recordaran sus triunfos o los momentos en que se estuvo a punto de ganar y el canijo te sacaba una mano inesperada pero secretamente guardada.

Los que nunca ganaron a los canijos fueron los retocados. Pero a su favor hay que decir que nunca jugaron contra ellos. Siempre miraban las partidas, en silencio, observando detenidamente. Parecía que estudiaban el juego. Ello no molestaba a nadie, pues después en la barra se convertían en buenos comentadores y te hacían darte cuenta de que si en vez de con As hubieras jugado con sota todo hubiera sido distinto. Ahora bien, de un retocado siempre se esperaban pocas palabras. Más bien te miraban y te observaban, pero sin agobiarte con la sensación de que estabas siendo objeto de escrutinio. Al contrario, de ellos emergían unas orejas dispuestas a escuchar. Uno podía verlos con sus caminares largos y demorados, y sabía que siempre estaban dispuestos a detenerse si tenías unas palabras para ellos.

En el pueblo cada nombre era un espacio y una esperanza, y en el bar de las marcialas se reunían los cuerpos en torno a un vaso de vino o una partida de cartas, llenando con palabras propias un ambiente de risas y muchas veces chanzas. Allí siempre había un gerundio hablando con un cartilaginoso, puede que comentando con labios entrecerrados el último disparate del más joven de los pajaricos, que andaba revoloteando en torno de una canija de 40 años y soltera o de los daños de la granizada de la semana pasada.

La cosa se ponía un poco seria cuando un ventolera se encontraba con un seco y empezaban a tratar temas relacionados con el ayuntamiento. Con ellos el pueblo se dividía y unos querían una fuente cerca de la calle mayor y otros necesitaban que en vez de una fuente se pusiera una farola moderna que diera fuerte luz por la noche y así potenciara la belleza de la estatua del buen amor. Los secos eran estirados y labiudos, siempre agachando la cabeza, como si estuvieran escuchando una petición. Los ventolera se les parecían mucho, aunque siempre con el punto de distinción que les daban sus espesas barbas y un toque canijo que las más de las veces hacía que tuvieran que levantar los ojos para escuchar al peticionario. El buen vino de las marcialas animaba mucho estos debates, todos con la convicción de que nunca se llegaría a un acuerdo pero con las mejillas enrojecidas por el buen rato con los amigos.

Quien no hablaba con nadie era ese. Ese había sido un retocado que una vez se fue a la ciudad y volvió cambiado. Era un hombre gris y si alguien se atrevía a mirarlo detenidamente podía apreciar que carecía de contornos. Fue abandonado por su familia porque decían que se había vuelto imposible. Y la verdad es que lo era. Todos rehuíamos su mirada, pues te trasladaba a unas sensaciones ignotas, incómodas, angustiantes. Con ella te diluía, te vaciaba convirtiéndote en extraño de ti mismo y del mundo, emborronándote y haciéndote indistinto a todo. Simple cuerpo moviéndose en el espacio, sin razón, sin nombre. Ese como este o como aquel. Un punto negro que dejaba de moverse. Una voz asignificativa, sin peso, sin densidad. Gota de nada estrellada en la inmensidad del mar. En el pueblo se era alguien hasta que la mirada de ese te atrapaba y tu nombre desaparecía, quedando tan solo el hueco, sin esperanza y un sudor frío, neutro.

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