El existente definido

Los ojos se abrieron de improviso, como si fueran los de un robot que acababa de ser conectado. Al incorporase leyó en el suelo un gran titular. Tres varones blancos y uno negro, de edades comprendidas entre los 25 y los 40 años, habían asaltado el generoso banco de la Asunción. El resultado era de tres muertos y cinco heridos sin que ninguno de los asaltantes hubiera sido detenido. No quiso poner la radio suponiendo que aquello sería un tema hiper-presente en los noticiarios de la mañana. Necesitaba reducir el mundo a las cuatro paredes de la cocina y al aroma plástico del café soluble. Después bajó a la calle y se dirigió a la parada del tranvía. Todos los rostros eran grises, agrios, y tan solo podía verlos como a varones que oscilaban entre los 10 y los 75 años, altos, delgados, de manos grandes, y como a hembras rubias, morenas, castañas, pelirrojas que oscilaban entre los 6 y los 55 años. El ruido de los pies acompañó su entrada dentro del tranvía. Pudo encontrar un asiento individual y una pequeña euforia atravesó sus nervios al no tener que compartir. Miraba por la ventana y la ciudad pasaba. Coches y cuerpos. Mercedes, BMW, Renault, Sauber… Conducidos por varones de pelos grises, ojerosos, vestidos con traje o en pantalón corto, y por hembras que calzaban amarillos, blancos o turquesas. La ciudad transitante, marcada por el son del traqueteo humano, de los cuerpos en idas y venidas. Todos juntos y nadie con nadie. El sol quemaba al bajar. En la calle no había aire acondicionado. Sudor preparado para caminar unos cien metros, que era donde quedaba el bar donde siempre desayunaba. Pudo escuchar gritos sin importancia y muchos cláxones antes de abrir la puerta. El murmullo de las nueve. Se sentó en la barra y pudo leer someramente en una revista que el 25 % de los habitantes de la ciudad tomaba para desayunar rosquillas con café con leche y que solo un 5 % tomaba fruta. Pasó página mientras pedía un croissant bien rociado de mantequilla y café solo doble. No encontró sabor alguno pero su estómago quedó satisfecho mientras leía que el 85 % de los habitantes de la ciudad estaba sobrealimentado. Pasó página. Sentía que su cuerpo no pesaba al bajar del taburete. Pero sí los pulmones cuando al salir le penetraron el aire caliente de la acera y urgentes sirenas enrabietadas. Un enorme reloj pegado a un edificio le obligó a una mirada interpretativa hacia las manecillas. Sintió que llegaba tarde y que se ahogaba, mientras pasaba por su lado uno que leía que era común morir de súbito entre los habitantes de la ciudad.

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