La existencia ajena de las cosas

Me despierto con un grito. Me había quedado dormido con la luz encendida por lo que ahora puedo ver el armario, la ventana abierta y los visillos moviéndose por la brisa nocturna. Me doy la vuelta atravesado por la imprecisa sensación de la pesadilla y veo el reloj despertador cambiando de las 00:30 a las 00:31 con un golpe seco y sordo. Ha caído un minuto. El paquete de tabaco y el mechero llaman mi atención. Me enciendo un cigarro y miro al techo. Hay un resto de telaraña colgando de la lámpara. También se mueve al son de la brisa. Cierro los ojos mientras doy una calada y los abro cuando expulso el humo. La telaraña sigue ahí, indiferente a mí, indiferente a sí la veo o no la veo. Su existencia no depende de mí. Tampoco la del armario y la ropa que contiene y reconozco que nada de lo que me rodea me necesita para existir. Pero esto no me deprime y lentamente voy cerrando los ojos mientras el cerebro me traslada a un mundo en donde las narices largas se ponen de moda.

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