Muerte de nadie

“La muerte es la separación irremediable: los movimientos biológicos pierden toda dependencia respecto al significado, la expresión”

Emmanuel Levinas.

 Siente como la aguja penetra en la vena. Un pequeño pinchazo que no se ha atrevido a mirar. Después abre y cierra el puño, a intervalos regulares, y favorecer un mejor bombeo de la sangre a la botella, gota a gota, y bajo la supervisión de una enfermera. La sala de donaciones huele a alcohol, a desinfección. Ha rechazado el ofrecimiento de una revista. Prefiere mirar por la ventana, la cual ofrece las ramas de un castaño iluminadas por un sol furioso para a continuación posar la vista en un cartel en el que mediante un gran corazón rojo, que parece dibujado por un niño, agradecen a los donantes miles de vidas salvadas. Cuando termina la enfermera retira la aguja y sella el diminuto agujero con un poco de algodón, gasa y esparadrapo. Después le da un vale que sirve para un desayuno en la cafetería del hospital. Allí se dirige con la mente puesta en un bocadillo de tortilla y un enorme refresco de cola. La pérdida de sangre ha despertado un apetito voraz que se revuelve cuando comprueba que el desayuno estándar es una mínima tostada en la que se ha restregado un tomate dudoso y un café con leche. Pero no se queja y al terminar decide pagar para hacer efectivo el deseo que aún persiste en su cabeza. La indecisión se apodera de él cuando el camarero le pregunta si prefiere tortilla de camarones o de patatas o francesa o de atún o de pimiento o de cebolla o de calabacín o de anchoas. Escudriña en el deseo y advierte que solo quiere tortilla de una forma genérica, que apunta más a la imagen de un mordisco que le llena la boca y le sacia con el brillante amarillo del huevo batido y volteado, envuelto todo por una vaga sensación esponjosa. Sin más información, y para escapar del rostro cada vez más impaciente del camarero, pues la barra se ha llenado de pronto al ser la hora del desayuno del personal de limpieza, profiere un urgente e improvisado “de atún”. Una vez el primer bocado en la boca siente cierta decepción en las expectativas, pues se ha encontrado con un masticar seco y cansino, provocado por una tortilla fría y un pan con más de doce horas de vida. Pese a ello halla aliciente en el sabor salado del atún y termina de comer con gusto, coronando la plena satisfacción con el último y largo trago al burbujeante vaso de cola. Mira ahora de un lado para otro reparando breves segundos en una mujer que llora, un limpiador que afirma que su dolor de espalda es el peor y el camarero agobiado sirviendo un café solo con sacarina. Decide entonces dar una vuelta por urgencias para comprobar posibles destinatarios de su sangre, por mera curiosidad y como forma de confirmar su buena conciencia. Al llegar se encuentra con los bramidos de un niño con el codo dislocado y una madre histérica que busca atención. La visión del brazo retorcido, fuera de sus casillas, apela al horror y hace que aparte la vista, y con la cabeza gacha, salga a la calle, en donde coincide con la llegada de una ambulancia cuya sirena lo llena todo. Después observa como con prisas sacan de la parte trasera una camilla que contiene un cuerpo en plena fase de convulsiones y un sonido ronco y árido como retazos artificiales de una respiración. Se aleja de allí, perturbado, inquieto, con la incómoda sensación de que su cuerpo también puede verse afectado por la desmesura. Camina deprisa. Pese a los más de cuarenta grados es mucho lo que hay en la calle. Mucho tráfico, mucho embrollo, muchos rostros, muchos carteles. Su velocidad hace que choque contra hombros, roce algunas piernas, pise otros pies, esquive morfologías que vienen de frente mientras el retorcido codo del niño palpita en su pensamiento y los exagerados ronquidos que han emergido de la camilla retumban en sus oídos. Eran atentados a las medidas, referencias al imposible, a lo nunca visto, a la entraña sin que medie palabra. Quiere alejarse y no puede. Se siente perseguido por la madre que quiere salvar a su hijo y no sabe, impotente ante el violentado bracito del hijo, ese que ha visto crecer. Acosado por las cavernas interiores de los pulmones, casi obturadas, que solo dejan pasar un hálito encharcado que se devuelve a sí mismo en forma de inverosímil ronquido. Roto por esa sensación metálica de los músculos vibrando en múltiples frecuencias, como en una yuxtaposición insoportable de diferentes melodías. Es la carne indistinta, removiéndose sobre sí misma, pastosa, deforme, sorda, ciega, física, ajena, más acá de la conciencia, y que disloca el pensamiento en una fase de terror, de asco, de repulsión. No, no hay palabras, y la posibilidad de las palabras, en ese mínimo punto de contacto que mantiene con lo físico, no cae sino en el desorden y finalmente en el grito.

 Los ojos se abren entre parpadeos. Suena un pitido que sintoniza con los latidos de su corazón. Ve un rostro emborronado que le pide con calma que no se mueva, que todo está bien. Los pitidos se aceleran. Intenta levantar los brazos y no puede. Los pitidos se aceleran. Oye un lejano grito de alarma.

 Los ojos se abren entre parpadeos. Suena un pitido que sintoniza con los latidos de su corazón. Ve un rostro que va desborrándose hasta alcanzar la nitidez del fino cutis de una enfermera. Todo está bien. Ella sonríe. Intenta preguntar, pero es interrumpido bajo la recomendación de que no haga esfuerzos. Al mover los brazos ella le indica que no lo haga pues hay una aguja que le inyecta suero en el brazo izquierdo. Los pitidos se aceleran. Ella sonríe. Todo está bien. Estira las piernas. Los pitidos vuelven a una velocidad constante. Todo está bien. Intenta recordar.

 Los ojos se abren entre parpadeos. Suena un pitido regular que sintoniza con los latidos de su corazón. Después pulsa un botón que incorpora la espalda a una posición vertical, levemente inclinada. El médico ha dicho que debe de estar dos días más en observación. Ha sufrido un infarto y desconocen el mal secundario que ha podido causar, aunque le han asegurado que todo transcurre por el cauce estándar de un infarto atendido a tiempo, lo cual significa que tiene un ochenta y cinco por ciento de salir ileso de este trance. También ha ordenado que reciba por primera vez en dos días comida por vía oral después de que le retiren la sonda y el suero. Mientras remueve levemente una papilla verdosa que sabe a nada con su lengua antes de tragarla, observa como en la televisión un enorme conejo azul circula con un niño de unos siete años por un extenso prado verde, planteando sencillos enigmas matemáticos con una voz nasal y graciosa, y provocando risas estándar en off. Si cultivamos cien hectáreas de trigo, y cada hectárea arroja dos toneladas, ¿cuánto trigo tendremos al cabo de la cosecha? Risas. La papilla se acaba justo cuando el conejo y el niño echan a correr, huyendo de una inminente e inesperada borrasca. Risas y aplausos. Acompañando a la papilla hay una pera pelada, demasiado madura para su gusto, con alguna motita negra y cuyo color general marca una deriva a la putrefacción. Cuando llega la enfermera para retirar la bandeja le reprende por no haber comido aquella fuente de vitaminas y fibra, pero él hace como que no la oye mientras atiende a las imágenes limpias de una guerra lejana y al drama en cifras que ella supone. Otra vez África, otra vez un grupo de rebeldes étnicos amenazando el modus vivendi de un presidente que construye borregos de oro, otra vez el gran rotulo de catástrofe humanitaria. Hablan de muerte pero no enseñan ningún machetazo. Hablan de disparos pero solo se ven grupos de negros armados que caminan o suben a camionetas en la plaza de un poblado derruido. Hablan de la población civil y se observa un campamento formado por cuerpos que cargan bidones de  agua, cruces rojas en improvisadas tiendas de campaña y un ambiente polvoriento. La pantalla marca la distancia entre la incertidumbre de una mujer que da el pecho a un niño de grandes ojos con los senos secos y la certidumbre del helado estetoscopio paseando por su espalda mientras el doctor le ordena que respire profundo. Por la ventana entra un sol que resulta inofensivo gracias al aire acondicionado. El doctor se marcha asegurando que la cosa va bien, autorizándole a levantarse cuando quiera y recomendándole un paseo, no muy largo, para así volver a acostumbrar las piernas. Con un impulso que surge de una cuenta de a la de tres se sienta en el borde de la cama, apoyando los desnudos pies en el suelo. En esa posición siente la verdadera dimensión de una debilidad que tan solo era un apunte cuando estaba acostado. Aun no se atreve a levantarse y dar los primeros pasos. Necesita cargar sus piernas de una confianza que no tiene debido a que tiemblan. Sin embargo, la habitación resulta tan cargante, que le da valentía suficiente para ponerse de pie, sorprendiéndose de que le ha resultado más sencillo de lo esperado. Titubea con los primeros pasos, tanteando la resistencia de las piernas, hasta que queda completamente seguro de que no van a fallar. Después sale al pasillo. Puede ver a un viejo que arrastra un palo con ruedas del que cuelga una botella que conecta con su cuerpo a través de tubo, a un celador que empuja una silla de ruedas vacía y que silba sin mayor pretensión que la de escucharse a sí mismo, y que se cruza con un limpiador que con eficiencia va de papelera en papelera, vaciándolas, hasta desaparecer por la esquina izquierda que abre otro pasillo. Decide tomar la misma dirección que el limpiador y no tarda en encontrarse con un mostrador. Allí le informan que hay un patio para pacientes al fondo a la izquierda y luego a la derecha, pero le prevén contra el calor. Le recomiendan que vaya mejor a la cafetería, en donde podrá sentarse sin perder el privilegio del aire acondicionado. Pero necesita espacio y decide apostar por el patio. Al salir siente como si lo hubieran empujado dentro de un horno. Mal que bien se adapta al bochorno y comprueba que hay bancos vacíos con sombra. Decide sentarse en uno de ellos. Suda mientras observa como un valiente hombre con la pierna izquierda amputada deambula en círculos, haciendo un sobreesfuerzo que a primera vista ya se sabe que no le está haciendo ningún bien. Ocasionalmente sale alguien y se queda junto a la puerta para echar un rápido cigarrillo y volver a entrar. Al cabo de unos minutos, en el banco que a unos cinco metros le hace frente, se sienta una mujer que empieza a llorar, sin escándalo, pero de manera evidente. Cuando se calma se marcha con los ojos hinchados. Empujado por la curiosidad decide seguirla a una distancia prudente. Ella no tarda en entrar en una habitación y cuando cree que ha pasado tiempo suficiente él se acerca hasta la puerta. Esta cerrada. Pero de adentro salen voces que parecen de plegaria. Decide marcharse, pues una sensación de mal augurio se desprende de aquellas voces y además, empieza a sentirse cansado. Una vez en la cama, especula con la posibilidad de que la aparente plegaria estuviera acompañando a un muerto, y más teniendo en cuenta las lágrimas de la mujer, sobre las cuales cabe pensar que fueran de esas que surgen ante la pérdida de un ser querido. La imagen de un cuerpo morado y pálido, tendido en la cama, sin respiración, sin digestión, sin circulación de la sangre, sin electricidad, sin dolor, sin placer, como resto, como algo que ha sido arrojado, ahí, sin más, como un papel aplastado fuera de la papelera; se apodera de su pensamiento. Hay una ausencia de identificación con la imagen o presencia de un cadáver, pues este marca lo completamente ajeno, la gran distancia, el agujero negro de la empatía. Cuando se trata de un ser querido eso de ahí tenía un significado, ha sido algo, un conjunto de expresiones; pero eso de ahí, eso que queda, ese peso, esa pura gravedad, ya no dice nada y hay que enterrarla. Pasado vs. Presente. Nadie sabe lo que es no estar; y pese a todas las fantasmagorías que circulan, nunca se ha producido un volver que nos lo explique. Volver significa que se sigue vivo. Y tomar conciencia del regreso significa muchas veces una explosión de adrenalina que señala con el dedo acompañado de una carcajada que no se es eso de ahí, que el movimiento continúa y el león todavía no nos ha comido. La sangre hierve.

 Con el cuerpo lleno de electrodos afronta  la última fase de pruebas antes de que le den el alta. El doctor interpreta las señales con rostro serio. No sabe si la cosa va bien o mal hasta que, con tono de enhorabuena, le dice que ha sido afortunado, pues no encuentra ninguna consecuencia seria del infarto, del cual afirma con cierta extrañeza que ha sido, por decirlo de alguna manera, limpio. Pese a ello le recomienda que huya de las grasas, de la sal, del alcohol, del tabaco, de la cafeína, del stress, de las grandes emociones, y con una palmadita en la espalda le autoriza a vestirse y a abandonar el recinto, no sin antes darle un vale por valor de un desayuno de diez euros y señalarle como última obligación firmar su salida en el mostrador del vestíbulo principal. Cargado de buena esperanza y con el poderoso deseo de un bocadillo de lomo adobado con picadillo y un enorme vaso de refresco de naranja recorre el camino que le lleva hasta la cafetería. El cuerpo pide una comida con consistencia, que nada tenga que ver con esa maldita e insatisfactoria papilla verde que le dieron a tomar; de ahí la contrariedad cuando el camarero replica que lo que desea excede en cinco euros el montante del vale. Parece harto de los dichosos papelitos, parece harto de los enfermos, los limpiadores, los cocineros, los celadores, los médicos, las enfermeras, de los que piden cosas demasiado específicas, alejadas de una generalidad que bien puede corresponder con un sencillo café con leche y una tostada de aceite. Tras unos segundos de confusión reacciona afirmando que está dispuesto a pagar la diferencia, con determinación. Minutos después con un gesto de desaire el camarero posa el plato con el bocadillo y el refresco sobre la barra. Sus ojos admiran el jugoso interior del bocadillo, que parece prometer un festín. Pero al empezar la masticación desprende un sabor con exceso de ajo que apuñala su paladar. Mal que bien, y con la boca contorsionada, lo termina e intenta arrancarse el mal sabor de boca con el último trago al refresco, masticando los débiles cubitos de hielo para aliviar la palpitante lengua. Paga. Y con los primeros pasos en dirección al vestíbulo principal coinciden los primeros retornos del estómago en forma de bilioso sabor a ajo. En el pasillo se cruza con una mujer que acompaña entre sollozos un enorme féretro empujado por un funerario corpulento. No puede precisar si es la misma mujer de antes, aunque tampoco le interesa, pues decide adelantarlos sin mirar y con paso acelerado. Al llegar se encuentra con que en la ventanilla de bajas se extiende una cola de diez cuerpos que le preceden. Esta junto a la puerta, por lo que cuando alguien entra o sale, permite que un asfixiante fragmento de aire caliente rompa con la monotonía fría del aire acondicionado. El estómago empieza a regurgitar con mayor frecuencia. Frío, calor. La boca se vuelve pastosa. Frío, calor. Quedan nueve cuerpos por delante. Frío, calor. Los intestinos emiten sonidos que otros no escuchan. Frío, calor. El ambiente se carga de hedores de los que nadie quiere hacerse responsable. Frío, calor. Los intestinos se contraen de forma violenta e inesperada. Frío, calor. Los brazos envuelven el tronco levemente encorvado. Frío, calor. El rostro arde. Frío, calor. La frente suda. Frío, calor. El estómago se encoge al sentir como si miles de agujas se clavaran en sus paredes. Frío, calor. Se desploma. Frío, calor. Un círculo se forma entorno al cuerpo empapado de vómito y diarrea. Frío, calor. Voces lejanas piden ayuda. Frío, calor.

 Se escucha un respirador. Tres segundos, bufido. Tres segundos, bufido. Se escuchan pitidos de un corazón constante. Los ojos entrecerrados se enfrentan con un foco de luz blanca sobre el que se inscribe una difusa cabeza con mascarilla y gorrito verde. Algo le tapa la boca. Respira.

 Se escucha un respirador. Se escuchan pitidos que remiten a un corazón irregular. Con los ojos entrecerrados advierte que varias sombras blancas se mueven a su alrededor. Un tubo penetra por la boca y atraviesa la laringe y el esófago. Palabras sueltas que rebotan por un techo blanco. Penicilina, difenoxilato, cólera, epidemia. Intenta mover los brazos. No puede. Intenta mover las piernas. No puede. La cabeza se mueve de un lado para otro. Intenta desasirse del tubo. Pánico.

 Las máquinas sostienen una vida. Máquinas especializadas en los movimientos de un cuerpo que ya no puede moverse por sí mismo. El cuerpo es un obrero oscuro. Cuando funciona bien nos olvidamos de él y lo vestimos. Nos olvidamos de respirar y el cuerpo respira por sí mismo, ajeno al dilema de una nevera llena, sosteniéndose a sí mismo en la circulación de la sangre, la diálisis, la digestión, la emisión de jugos gástricos, la fabricación de esperma, el acomodamiento del ovulo, el almacenamiento de materias fecales, el envejecimiento de la piel, el crecimiento, la especialización celular. Más acá del sueño del sujeto el ojo se mueve a una velocidad endiablada. Más acá de un bocadillo de tortilla se mueve la demanda de hidratos de carbono. Más acá de los aires de grandeza hay un impulso eléctrico que recorre un nervio. Es en la enfermedad que los movimientos se desestabilizan y frente a la silenciosa regularidad se alza el clamor de una dirección diferente. La sangre se espesa, la metástasis entra en una fase sin fin, las diarreas y los vómitos agotan las reservas de agua, el estómago quema y desangra, las palpitaciones sitúan el corazón a la altura de la boca, la fiebre incendia el cerebro y la obstrucción de las arterias detiene la distribución de energía a las células. Mientras eliges un vestido rosa o turquesa el hígado se hincha. Mientras tomas un café con leche se forma un coagulo en tu ojo. Los movimientos del cuerpo tienden al colapso, a la parálisis. Todos sus esfuerzos se dedican a retrasar ese momento, el cual, precisamente acaba apareciendo por acción de esos movimientos. El cuerpo es una deriva constante. La derivada de esa curva regular que es la conciencia. Las máquinas sostienen una vida es lo mismo que decir que las máquinas suplantan los movimientos del cuerpo detenidos por la enfermedad. La máquina pulmonar, la máquina hepática, la máquina arterial, la máquina biliar. La vida en manos de la máquina, el espejo perfecto del cuerpo como un elemento ajeno, sin que importe que delirios se están produciendo, sin que importe si se ve una luz al final de un túnel en donde espera un rostro amigo o se recorra una calle poblada por mujeres de grandes pechos que ofertan múltiples descuentos en la compra de un bocadillo.

 Es tarea del doctor certificar la insostenibilidad del cuerpo y pedir autorización para desenchufarlo. Es tarea del doctor certificar que se ha producido el primer fallecido por causa de las agujas infectadas de la sala donaciones. Es tarea del doctor activar el protocolo de emergencia. Procede. Nadie muere.

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5 comentarios to “Muerte de nadie”

  1. Juan José Colomer Grau Says:

    a los que han llegado hasta el final, muchisimas gracias por el esfuerzo

  2. micromios Says:

    Decir que me ha gustado no es cierto, no me ha gustado sentir que me puede pasar a mi, no me ha gustado pensar que el frágil armazón que me sostiene puede venirse abajo sin que yo tenga ni voz ni voto en el asunto, no me ha gustado que sea tan bueno que aunque deteste leerlo no pueda dejar de hacerlo.
    No hace falta que des las gracias, al menos en mi caso debería ser yo la que te agradeciera el poderlo leer.
    Es curioso que tu, yo y otro autor que suelo leer hemos escrito estos dias sobre la muerte, con tres puntos de vista muy distintos. Dos cuadros y un grafitti.
    Salut
    PD: Ja trobava a faltar el teu text. Espero que no hagi sigut per causa de les baixes temperatures.

  3. fanou Says:

    Antes de leer el final hubiese dicho que debería evitar la comida de la cafetería del hospital. Me ha gustado mucho. Hay pasajes que me han gustado mucho, composiciones que me han sorprendido.
    “La imagen de un cuerpo morado y pálido, tendido en la cama, sin respiración, sin digestión, sin circulación de la sangre, sin electricidad, sin dolor, sin placer, como resto, como algo que ha sido arrojado, ahí, sin más, como un papel aplastado fuera de la papelera; se apodera de su pensamiento. Hay una ausencia de identificación con la imagen o presencia de un cadáver, pues este marca lo completamente ajeno, la gran distancia, el agujero negro de la empatía. Cuando se trata de un ser querido eso de ahí tenía un significado, ha sido algo, un conjunto de expresiones; pero eso de ahí, eso que queda, ese peso, esa pura gravedad, ya no dice nada y hay que enterrarla. ¨
    Me parece sencillamente genial.

  4. eduard Says:

    Brutal golpe de realidad. Para mi, por desgracia. Suscribo porque me has dejado sin palabras, las justas, adecuadas y necesarias las has utilizado para describir lo que yo me niego a recordar ni bajo tortura.
    Me ha dolido leerlo y repasarlo, a pesar de ello debo sacarme el sombrero y felicitarte y exclamar ¡Joder!

    Doc Feelgood

  5. antonio Says:

    ¿eso quedara??? Ese peso,esa pura gravedad. Escalofriante y real.Muuuy bueno.

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