La vida de nadie

Deslicemos un reguero de sangre que nos remita a un color y a una densidad. Rojo como el kétchup, el tomate maduro, el pimiento, la cajetilla de winston, la puesta de sol, el corazón enamorado, la boca de un vampiro, el comunismo, el filete de ternera, la amapola. Líquido como la lluvia, la sopa, la lava, el mar, el café, el refresco de cola, el zumo, la diarrea, el petróleo, el mercurio.

 Buscar la proveniencia de un reguero líquido y rojo puede arrojarnos frente a la presencia de un cadáver, que obliga a una pregunta por la causa de su muerte. Podemos determinar como causa física una cabeza horadada, a la altura de la sien, punto de salida exacto de la sangre. La causa física se bifurca con la sospecha de si el agujero es fruto de un accidente o bien de una decisión. La casualidad de una piel de plátano en la escalera, de una excesiva bola de granizo, de un techo desprendido, de un tranvía que no se ha visto, de una maceta desgajada del balcón. La intención de una mano que empuña un atizador, una beretta, un martillo, un hueso, un punzón, un gancho, un cuerno, una daga, un escalpelo.

 La presencia de un cadáver nos remite a una identidad, a una ficha policial, a un estado civil, a un sexo, a un número de la seguridad social, a un pasaporte, a una huella dactilar, a una radiografía dental, a una fecha de nacimiento. Dado que un cadáver no habla, la posibilidad del nombre nos abre a otros que pueden hablar de él, formando una madeja de afectos, desafectos e indiferencias.

 Para hacer presente a un cadáver se precisa de alguien que lo descubra. Podemos decir que el descubridor es el primer narrador, la voz de alarma, la noticia del suceso, la llamada a la policía, a una ambulancia, el que acredita el final de una vida y el principio de una historia.  

 Este primer testigo es el hilo suelto por el que empezar a deshilachar la madeja y ponerla en la línea recta de una biografía, que nos situará en el pasado más inmediato, junto a esos otros que bien podrían haber llamado a las ocho cuarenta y tres para tomar una cerveza, a las dieciocho veintidós para realizar la entrega, a las cuatro y cuarto para reparar una tubería, a las catorce treinta y seis para llevar a los niños al médico, a las doce cero cero para firmar el consentimiento con la indemnización.

 En el tronco de ese pasado inmediato podemos escuchar a alguien que dice que siempre limpiaba la cafetera empezando por el filtro y acabando por el depósito de agua, que dice que de lunes a viernes salía de casa a las seis cero cero y esperaba la llegada del autobús, que dice que siempre mezclaba el pvc con los residuos biológicos, que dice que siempre desayunaba jamón de york con un trocito de pan integral, que dice que pronunciaba poblema en lugar de problema, que dice que cuando quería imponer su punto de vista fruncía el ceño y se ponía rojo, que dice que le gustaba presumir de reloj y de cartera.

 Todo decir conlleva una impresión causada por aquel del que se dice, de modo que escuchamos tonos desdeñosos, confiados, secretos, imposibles, cautelosos, empáticos, inciertos, impasibles, engañosos, sorprendidos, intrigados, dramáticos, tolerantes, respetuosos, afines, rabiosos, desazonados, resignados, desconfiados, alegres.

 Las impresiones pueden ser efecto de recordar que una vez dijo que si por él fuera saldríamos a la calle con botellas de oxígeno, que una vez dijo que la liga estaba decidida a falta de tres jornadas, que una vez dijo que todo paquete contiene una promesa que no corresponde con el contenido, que una vez dijo que o lo hacemos ahora o nunca, que una vez dijo que no sabes con quien te estás metiendo, que una vez dijo que para tomar una curva no siempre es necesario accionar el pedal del freno, que una vez dijo que renunciaba al diez por ciento del jornal si a cambio lo mantenían como peón en la sala de despiece.

 De entre las voces que recuerdan podemos imaginar una que lentamente, en un tono maternal, se va imponiendo, derivando las palabras a los borrosos momentos de la infancia, a cuando creyéndose superman se abrió una brecha en la cabeza y tuvieron que ir a urgencias a que le pusieran dos puntos, a cuando llegó llorando porque no le habían admitido en el equipo de voleibol, a cuando con voz valiente reclamaba atención para mostrar los primeros e indecisos pedaleos en una bicicleta sin ruedas auxiliares, a cuando profirió el primer papamama mientras con golpes de cuchara hacía saltar la papilla, a cuando por fin entre sus brazos, envuelto todo por las grandes esperanzas, el pediatra certificó que se trataba de un bebé sano que pesaba tres kilos veintiún gramos.

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3 comentarios to “La vida de nadie”

  1. micromios Says:

    Una espiral para llenar el agujero de la bala que dejó el reguero de sangre Tiramos del hilo pero en el fondo todo se reduce a nacer y morir.
    Salut
    No saps com he alegrat de trobar un relat teu. Desitjo que tot vagi bé i en puguem gaudir de molts més.

  2. MX Says:

    Impecable, no tengo mucho más que decir, salvo que me impresionó lo perfecto de tu texto. Saludos!

  3. eduard Says:

    Tres kilos ¿Ventiún gramos? Dejo ir la maquinaria desencadenante de pensamientos relacionados para obtener este resultado: Tres kilos de materia física, 21 gramos de materia espiritual: el Alma.

    Además de ser un verdadero placer encontrar nuevos textos en tu blog, debo recriminarte tu falta de solidaridad, pues en el mío las mujeres se han hecho fuertes y me encuentro solo ante ese peligro.

    Bromas aparte, te haces muy caro de leer. Y es una verdadera lástima.
    PD Ens hi deixarem la pell

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