La frontera

Afirma de la navaja que es puramente defensiva, disuasoria como un arma nuclear, ya que solo con mostrarla puede enfriar un calentamiento verbal. Apoya esta opinión con la anécdota de que en una noche de copas tropezó con uno de esos especímenes a los que solo basta un roce de hombros para desatar las amenazas. Era un tío de unos dos metros, cultivado en un gimnasio, en donde puede que consiguiera esos anabolizantes que inflaman las fibras y convierten el cuerpo en un decorado de músculos y venas a punto de salirse de la piel; y que al ver relucir el filo supo de inmediato que su fuerza no bastaba, alejándose con improperios y haciendo creer que no peleaba porque su novia se lo había suplicado. Dice que sacar la navaja es también hacer creer que va a ser utilizada, de lo contrario el efecto no es disuasorio, sino que propicia el envalentonamiento del contrincante. Esto resulta especialmente relevante cuando el contrincante es uno de esos especímenes que también llevan navaja, lo cual en principio convierte la lucha en una lucha de voluntades. Salvo excepciones nadie tiene voluntad de matar, pero tampoco de morir, de modo que hay que mostrar que se es capaz de matar aunque en el fuero interno no sea esta una intención primaria. Quien resulta más convincente es el que propicia que el contrincante abandone. Ahora bien, cada paso demostrativo puede conducir a un punto de no retorno en el que se hace inevitable una acometida. Aconseja ser el primero, pues se rompe con las dudas en lo que a uno respecta e instala al contrincante en las dudas con respecto a su propia existencia. La acometida debe ser directa, seca, dirigida al cuello o al estómago, con una velocidad que debe insinuar que la próxima vez se hundirá sin contemplaciones y siempre procurando no exponerse a un contraataque. Este momento decide la deriva hacia el baile de filos o provoca el abandono definitivo del contrincante que no puede soportar la incertidumbre, el peso del azar que decanta la posición de la hendidura en un cuerpo u otro. Se jacta de que una sola vez ha llegado a este punto, al tiempo que reconoce que fue por un error de cálculo, ya que no esperaba que alguien bajito, rechoncho, calvo y con gafas, que vestía como si quisiera borrarse a sí mismo, con un pendiente en la nariz que le daba un aire ridículo y salvaje al mismo tiempo, reaccionara a las palabras de burla blandiendo una mariposa de diez centímetros con una habilidad que le puso en extrema alerta, apagando las carcajadas. Quiso la suerte que las gafas salieran volando cuando esquivó el ataque, quedando en miope inferioridad y como única salida la retirada. Guarda las gafas como trofeo y las enseña mientras afirma que no sabe qué hubiera pasado si el espécimen no las hubiera perdido. De lo que sí está seguro, es que en el momento justo antes del ataque, se apoderó de él el perentorio deseo de saber que sensaciones impregnan las luchas verdaderas. Haber estado tan cerca de la respuesta sin haberla obtenido, provoca que por las noches, mientras manosea las gafas, cuando ya nadie le escucha y está solo con sus pensamientos, imagine diversas resoluciones del conflicto. Todo va bien mientras especula con el abanico que se desprende cuando imagina que es él quien logra rasgar la piel del otro, recubriéndolo todo con el tufillo de la victoria y de la euforia del vencedor. Pero cuando la propia piel es la que imagina rasgada, una inquietud atraviesa sus nervios y le lleva preguntarse si es mejor no saberlo, si es conveniente aumentar el poder de disuasión con una pistola, la cual otorga el beneficio de las distancias y hace de la navaja contraria un objeto tan peligroso como un sacapuntas.

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6 comentarios to “La frontera”

  1. blopas Says:

    Hola Juan José
    Me hiciste acordar a Borges y su cuento “El Sur”. En un punto, Juan Dahlmann, que se enfrenta con los compadritos del almacén, levanta la daga del suelo y siente dos cosas: “La primera, que ese acto casi instintivo lo comprometía a pelear. La segunda, que el arma, en su mano torpe, no serviría para defenderlo, sino para justificar que lo mataran.”
    Saludos

  2. micromios Says:

    Espero no resultar pedante pero leí a Canetti me acordé de esto (lo he buscado, no me lo sé de memoria pero si lo tenía en algún lugar de la mente)
    “Resulta que no necesitamos nada con más intensidad que ataques indignos a nosotros mismos. Justificación: que no se responda a ellos. La indignidad del ataque nos confiere dignidad”
    Me ha gustado este texto, la reflexión que conlleva me ha hecho meditar en mi misma, en cuando estoy en el filo y aparece la duda, la especulación. Por suerte no uso navaja ni creo necesarias las armas disuasorias. Las armas son armas.
    Salut
    M’agrada que pugui anar-te llegint sovint.
    Ja és primavera però sembla que només al C. inglés

  3. fanou Says:

    El texto es muy bueno: porque y pero ha creado en mí cierta animadversión contra el tipo que habla. No estoy para de acuerdo, no comparto nada de nada con esa visión. Es más, creo que la detesto.
    Que extraño. Me gustan los textos que me hacen descubrir cosas sobre mí. Me pasa mucho con tus textos. Lástima que los comentarios acaben siendo siempre tan egoístas…

  4. eduard Says:

    Pues a mi pobre mente enfermiza y perturbada la evocaste esta mía y propia entrada que si tienes a bien leer no osarás evitar comentar, con vínculos directos tales como las mariposas asesinas.
    http://eduardblanco.wordpress.com/2009/01/12/la-mariposa-asesina/
    Ignoro tu posición social, pero insisto en lo mío, un elenco elegido de guionistas, una historia, una película. Incluso una publicación, una publicación digital y de papel, rompiendo los tópicos literarios, musicales, políticamente correctos.
    Tienes esa capacidad de entrever el lado más oscuro o siniestro (No sé a quién me recuerdas) Hago mías tus palabras, tus textos disecciones del alma. Creo que quizás algo kafkiano con algún matiz.
    Al margen de lo dicho, ahora dedicaré lo siguiente a la crítica o comentario del relato.
    El acero es más seguro, en manos de un profesional es idóneo para el crimen a distancia corta, no deja huellas, es más fácil hacerlo desaparecer, es certero y letal por necesidad si se es un especialista quien ejecuta el asesinato. Es silencioso, sinuoso, serpentino, tiene un margen de tiempo precioso para darse a la fuga, es relativamente seguro para el ejecutor.
    El arma, su sonido, la espiral de la bala, la señal en el casquillo, la pistola tiene procedencia, es difícil de deshacerse de ella sin riesgos, siempre deja huellas, porque cada arma tiene partida de nacimiento y cada disparo una nueva historia para el informe de la misma. Y a diferencia con las facas aceradas, las carga el Diablo aunque las dispare el dedo más nervioso.
    Tengo, a mis años, muchas historias que contar, muchas heridas y cicatrices que cerrar, tengo un par de puñaladas pues hace años un hijoputa intentó matarme directo al corazón, a resultas me adornan el bíceps derecho, lo cual por lógica, es el brazo conque cubrí el corazón y salvé el pellejo. Las circunstancias tan siquiera se relacionan con historias de mafías o crímenes pasionales, Un simple intento de robo, una leve resistencia, un cruce de palabras, de miradas, la tontería humana y la sangre.
    Y aquí acabo. Pues creo que podía haber hecho una entrada con esto mismo.
    No me canso de alabarte. Por eso me extiendo en exceso. Disculpa noi.
    Abraçada de tot cor

  5. pipermenta Says:

    Tu relato se lee de un solo golpe, apenas sin respiración. Y uno se va preguntando, analizando a conciencia cada situación vivida por el personaje.
    Es la primera vez que aparezco en escena en este teatro tuyo, pero me parece que voy a seguir colándome de vez en cuando.
    Un saludo.

  6. MX Says:

    Muy, muy bueno. Un excelente trabajo de introspección. Me resultó una lectura muy placentera, de verdad. Ya sabía que tus textos tienen mucha calidad, pero este me gustó particularmente. Saludos desde el extraviado cono sur!

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