Todos los días

“Podemos considerarnos fracasados sólo si la vida tiene sentido”

E.M. Cioran.

Protestan las tripas a causa de un café frío. Al ser la bata más larga que el cuerpo, el borde se restriega por un suelo pegajoso que traduce los pasos en sonidos de esparadrapo. En la pila de la cocina se amontonan cazuelas, platos, vasos y cubiertos que guardan restos de comida de semanas pasadas. Lo último que cocinó fueron unas alcachofas fritas en aceite de colza junto con un filete de ternera que el súper ofertó como una delicia que no se podía dejar escapar. A partir de ahí empezó a comer fuera, en el bar de la esquina, que brinda menús de seis euros con cuatro primeros platos para elegir y cuatro segundos, con variables tales como macarrones boloñesa, judías con jamón o filete de lomo a la plancha con guarnición, más helado de vainilla o chocolate, café y agua. Algunas veces el dueño se estira y con voz contundente anuncia que invita la casa o deja caer una botella de vino con gaseosa. Esto suele ocurrir entre las trece y trece veinte, de modo que para cubrir el tiempo, teniendo en cuenta que suele levantarse entre las diez y las once, se estira en el sofá con el regusto del café y enciende la tele. Hay en los últimos días tres temas dominantes que ocupan los comentarios y opiniones de rostros que se presentan como periodista y escritor, experto en economía, psicólogo criminal, diputado, secretario general, coordinador social, presentador, poeta. Se habla de las revueltas en el barrio del Trigal. Se habla de causas posibles como pobreza, paro, droga, dejación institucional, mafias. Se arenga con la necesidad de un plan de actuación integral y global que combine prevención, integración y aplicación contundente de la ley. Se muestran imágenes de fuego en las calles, gases lacrimógenos, coches calcinados, masas arrojando piedras a los antidisturbios, niños llorando, grupos corriendo o parapetándose en contenedores de basura que funcionan como barricadas. Se leen datos que arrojan cientos de detenidos y heridos. Se habla de la operación Langosta, se habla de corrupción, tráfico de influencias, comisiones, inocencias, culpabilidades, recalificaciones, alcaldes, diputados, partidos. Hay defensas de los acusados, pero también condenas. Hay apelaciones a reputaciones personales y profesionales, pero también grabaciones clandestinas. Hay consenso generalizado al declarar que las corruptelas son intolerables en una sociedad democrática madura. Se muestran imágenes de los trajeados cuerpos imputados a su entrada en el juzgados, algunos esposados, algunos corriendo con carpetas en las manos, algunos deteniéndose y respondiendo de vidas intachables tocadas de sonrisas y teorías conspirativas que pretenden acabar con un ser honrado. Se habla del estreno de la película Plaga, se habla del actor Gerson Bugalow que interpreta a un francotirador a sueldo y adicto al sexo que recibe el encargo divino, labrado a fuego en dos grandes tablas de mármol, de matar a diez niños para evitar el apocalipsis. Se habla de que los niños se llaman Jesús, Mahoma, Moisés, Lutero, María, Confucio, Siddhartha, Zaratrusta, Sócrates y Hubbard. Se anuncian protestas de las diferentes comunidades religiosas, que han lanzado proclamas a favor del boicot, mientras los grupos más fanáticos han colgado promesas de fuego en internet bajo la verdadera palabra de DIOS. Se muestran imágenes en las que los ojos malignos de una niñita rubia se interrumpen por un disparo bajo el lema “solo un demonio puede salvar el mundo”. Suele intercalar a la actualidad conexiones a los canales 438, 439 y 440, los cuales emiten fotografías de mujeres con los pechos descubiertos y en actitud de espera, envueltas por voces sensuales que incitan a llamar a números de teléfono mediante formulas que invocan a jovencitas escolares, maduras insaciables, amas de casa insatisfechas o ejecutivas aburridas en la oficina. En ocasiones una combinación entre fotografía y voz provoca que la testosterona actúe sobre el sistema límbico. Cuando esto ocurre cierra los ojos, imagina, se toca, gime. Pero ocurra o no ocurra, el hipotálamo lateral, siempre regular, le obliga a arrastrase hasta la habitación y a vestirse, bajo el influjo imaginario de los posibles menús del día y la especulación sobre lo que apetece y no apetece. Hoy ha elegido ensaladilla rusa de primero y chuletas de cordero a la plancha con patatas fritas de segundo. Come sin interrupción, mirando al plato, escuchando la animación del mediodía provocada por un grupo de obreros que trabajan cerca y que disfrutan de su pausa. Come un tanto decepcionado, pues hubiera deseado de segundo riñones al jerez, cuya imagen se formó poderosamente en su cabeza mientras cerraba la puerta del piso. Solo al acabar con el último trozo de carne, dejando como resto unas cuatro tiras de patata bañadas de mayonesa y kétchup, llena el vaso de agua y lo bebe de un trago, repitiendo el proceso hasta acabar con la botella de litro. Saciado, siempre rechaza el helado y pide acabar con un café solo y una copita de aguardiente. Después, para paliar la pesadez de estómago, suele dar un paseo. Los primeros pasos coinciden con el reinicio de las excavadoras, las hormigoneras, las voces de los obreros, los volquetes, los martillos hidráulicos. El tráfico añade su ruido mientras observa el escaparate de una juguetería en el que muñecos de plástico representan escenas entorno al cultivo de una granja, a una pequeña estación de tren, a un barco pirata, al castillo de un rey y la novedosa inclusión de un pueblo de adobe en el que infantes de marina parece que combaten casa por casa a los enemigos ocultos en ellas, y que ha sustituido a la gran mansión del Hombre Hormiga expuesta hasta ayer. Aparta los ojos del escaparate cuando escucha un frenazo, un golpe y gritos que auguran una pelea. Mira un rato la discusión entre dos hombres que se echan las culpas de la colisión, y que desatan los pitidos de los que intentan avanzar. No obstante, los conatos de pelea se esfuman cuando llegan dos policías en moto que imponen un parte amistoso de accidente y la restauración de la fluidez automovilística. Perdido el interés reanuda el paseo hasta que se detiene frente al escaparate de una agencia de viajes, en donde predominan playas de arenas blancas llenas de un sol que no quema, salpicadas de muchachas en biquini, sonrientes y ocasionalmente acompañadas por fornidos muchachos que las cogen de las manos, marcadas todas por nombre de destino, con precios que apuntan a lo increíble, al chollo, a la oportunidad. También puede verse, junto a las recurrentes pirámides, un misterioso viaje a los dominios del Conde Drácula o una estremecedora inmersión en los campos de concentración, todo marcado por el lema: “Conoce la verdadera historia” o “Siéntelo”. Rechaza la invitación de entrar e informarle de manera personalizada de uno de los dependientes de la agencia, que ha salido después de interpretar que cinco o diez minutos de mirar el escaparate significa un interés real pero inseguro. Se vuelve a poner en marcha, acompañándose de una rápida lectura con sonrisita de decepción de un gran panel publicitario del gobierno, en el que se justifica la congelación de los subsidios con una fotografía en la que una multitud empuja, en la misma dirección, una colosal piedra que simboliza los tiempos duros que se avecinan. El paseo termina en un parque, sentado en un banco, ni muy lejos ni muy cerca de un sector donde juegan niños y niñas entre toboganes, columpios, balancines, caballitos y el exitoso rectángulo de arena. De entre toda la chiquillería hay una niña a la que mira con especial atención. Piensa que es la más guapa, la más inteligente, la más encantadora, la más grácil. Piensa que podría acercarse y decirle hola, ofrecerle la mano, ofrecerle un abrazo, un beso en la mejilla, un inofensivo chiste para menores, acariciarle el cabello. Todos los días lo piensa y ningún día lo hace. A cambio se parapeta en unas abandonadas y anaranjadas páginas de la sección de economía de un periódico, y en la que lee a trozos recomendaciones para invertir en las empresas farmacéuticas más sólidas. Siempre llega el instante en el que la tensión entre lo que desea y la imposibilidad de llevarlo a cabo se vuelve exasperante, traduciéndose en un creciente tic en el párpado izquierdo. Es en esa coyuntura cuando decide regresar a casa, no sin antes enviar un beso mental al cuello de la niña tras un suspiro de rendición. Siempre se marcha con la sensación de que esta vez ha estado a punto de conseguirlo, de que el momento se acerca y quizás sea mañana cuando por fin todo se resuelva. El regreso viene acompañado por una columna de humo que se recorta por encima de los bloques de pisos. Piensa que es por allí donde queda el barrio del Trigal, mientras se inicia el contaminado ocaso de un día que se ha vuelto a repetir.

http://www.youtube.com/watch?v=ZiPI45ACapU

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2 comentarios to “Todos los días”

  1. micromios Says:

    Tener todo el tiempo del mundo y soñar con trabajar.
    trabajar para quejarse de no tener tiempo.
    Todas las paradojas unidas en el menú que comemos, soñando con otro pero que no queremos cocinar porque tenemos demasiado tiempo y queremos trabajar para quejarnos de que no tenemos tiempo.
    Salut
    PD: m’ha alegrat veure que segueixes tant punyent com sempre. Feia dies que no et llegia però com sempre, ha valgut la pena l’espera.
    Desitjo que la ciutat grisa s’ompli de flors per la primavera i que no t’afectin les al·lèrgies.

  2. MX Says:

    Excelente, me quedé enganchado a la fluidez y el clima que generás. Me gusta mucho el estilo, Saludos!

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