Sangre encebollada

Pide sangre encebollada y una cerveza fresca. Esta a solas con el camarero, que después de servir la comanda enciende el televisor y lo llena todo con el atronador anuncio de un todoterreno que prologa un programa dedicado a las diferentes competiciones automovilísticas y en donde los reportajes tienen como fondo variados ruidos de motor. Un ventilador de techo remueve el aire cargado de Sol y del humo de los cigarrillos que encadena mientras llega el plato. No es hasta la segunda cerveza que el camarero comenta que el piloto que está siendo entrevistado tiene una cara de capullo que no se la quita nadie. Él corrobora la aseveración poniendo la puntilla en los mediocres resultados hasta ahora conseguidos y que no corresponden con sus ínfulas de campeón. Después callan mientras observan la tabla de clasificación. No hay nadie de la patria entre los cinco primeros. El camarero declara que la cosa esta chunga. Él declara que falta sangre nueva. Después prestan expectante atención a la sección que cierra el programa, un test de ruido rotulado como EL MOTOR DE LA SEMANA. El camarero sube el volumen del televisor. El V12, turboalimentado, de veinticinco mil revoluciones por minuto, lo silencia todo con su indiscutible poderío. Con los oídos atronados ambos sonríen con ojitos que rememoran sus años mozos en donde aún podían soñar con ser campeones. El test acaba. Alaba satisfecho la finura alcanzada en su máximo grado de desarrollo. El camarero asiente y concluye que el ruido hay que demostrarlo después en carrera. Como no les interesan las últimas noticias relacionadas con corrupción política ni un reportaje sobre la endémica hambre en África ni las últimas bombas de Oriente medio ni el precio del petróleo ni el nuevo libro de Vaqueriza Menéndez, el camarero detiene el zapping en un programa que a ritmo de una endiablada guitarra eléctrica presenta imágenes en donde se puede ver, en un primer momento, a un paracaidista que cae en picado. El camarero asegura la imposibilidad de que el hombre pueda sobrevivir y él replica que casos más raros se han visto, sintiendo el gusto de la confirmación cuando el rostro del paracaidista rememora la experiencia seis meses después del accidente. Después ven a un motorista que en una curva se encuentra con que la moto empieza a dar frenéticos tumbos hasta que finalmente sale despedido hacia delante, pasando la moto, liberada del peso del cuerpo, por encima de la cabeza. Una voz triste confirma que el motorista quedó parapléjico. Ambos dicen que es una pena para prestar atención inmediata a una seguidilla de choques frontales. En el último corto pueden ver como el cuerpo del conductor parte el parabrisas y cae sobre el asfalto en un golpe seco. Ambos han puntualizado la seguidilla con exclamaciones que varían entre el hostia, el wow, el madre mía, el increíble o el ¿has visto?, pero quedan en silencio con ésta última imagen, marcada por la áspera proximidad de la cámara, la cual apunta a la íntima igualdad que hay entre el cuerpo aplastado del conductor y sus cuerpos hartos de cerveza y sangre encebollada. En la desmesura del impacto, los cuerpos muestran una solidaria fragilidad, y la única manera de obviarlo es cambiando de canal. Ahora se interesan por un reportero, que con una cámara oculta, se infiltra en los sórdidos burdeles de Vietnam haciéndose pasar por cliente adinerado que busca menor virgen. Llega un momento en que el reportero se encuentra a solas con lo que afirma que es una niña de 11 años. La habitación está iluminada por una bombilla amarillenta y el rostro de la niña no se ve, emborronado por producción; pero sí su cuerpo, ataviado con ligueros y minifalda negros más un sujetador que solo sujeta la ausencia de pecho. El trato se ha hecho por tan solo cincuenta dólares. El camarero dice no entender cómo alguien puede ponerse cachondo con esa criaturita, haciendo caso omiso de un vago revoltijo prostático. De las vísceras morales le surge un categórico habría que caparlos a todos, haciendo caso omiso del mismo e inconveniente revoltijo prostático. El reportaje acaba. Él plantea la cuestión de si el reportero aprovecha los apagones de la cámara para beneficiarse de su denuncia. El camarero contesta con un sí colmado por un innegociable tono de convencimiento. Después se marca una invitación y le plantea que haría él. Al cabo contesta que habría que verse en la situación, aunque había algunas chicas que no eran tan niñas. Tras un momento de silencio, devuelve la pregunta al camarero, el cual afirma que prefiere las carnes maduras, aunque duda en silencio de su fortaleza si alguna vez se encontrara en el caso. Para romper con el aire incomodo que atraviesa la conversación y también para acompañar a la cerveza invitada, pide otro plato de sangre encebollada. Mientras el plato se calienta en el microondas, el camarero busca otra cosa que mirar. Ambos coinciden en que toca algo ligerito, sin una moral de fondo, puro entretenimiento para pasar el rato en un lugar que siempre será mejor que estar solo en casa. La fuerza de las imágenes en tiempo real les atrapa en el devenir de una persecución policial. Las imágenes están tomadas desde un helicóptero. Informan que se trata de una furgoneta con cinco atracadores en su interior, los cuales hace una hora han asaltado el Banco Gracia de la Calle General Matabuena. El camarero asegura que esa sucursal queda cerca y especula con la posibilidad de que pasen por la calle en la que están. El camarero baja el volumen del televisor. Aguzan los oídos. Se excitan. Algo se escucha, aunque de muy lejos. Ambos desean que el volumen de las sirenas crezca. Ambos desean que la noticia pase por allí, como si quisieran saludarla, como si quisieran comprobar que la pantalla realmente remite a un afuera, como si quisieran adquirir un grado más de realidad sabiendo que ese pequeño trocito de mundo ha sido iluminado por las cámaras. Salen corriendo a la entrada cuando consideran que el volumen de las sirenas abre la posibilidad de la visión en primera persona. Al cabo pueden ver a la furgoneta negra sobre la que se recortan las luces policiales. Parece haber perdido el control. Llega un momento en que se hace evidente que va directa hacia ellos, sin frenos. Hasta ese momento ambos se habían instalado en ese tipo de dudas que frotan los ojos repetidas veces y que mantienen un eco que dice a mi no, a mi no, a mi no. Se escucha un estruendo de metal y cristales rotos.

Le zumban los oídos. La lengua toca la mejilla y se escurre por un agujero. Le zumban los oídos. Intenta calcular el diámetro del agujero. Mete y saca la lengua. Al abrir los ojos lo ve todo borroso, después doble. Le zumban los oídos. Mete y saca la lengua. Finalmente las imágenes duplicadas se funden en formas únicas, delineadas y casi nítidas. Se levanta. El camarero yace en el suelo. Gorjea con un cristal clavado en la garganta. Le zumban los oídos. Mete y saca la lengua. Sus ojos se encuentran con el televisor. En la pantalla se inscribe un cuerpo. Avanza hacia la pantalla. El cuerpo de la pantalla avanza hacia él. Empieza a discernir voces. Mete y saca la lengua. Ambos cuerpos se arrodillan. De pronto un reportero le azuza para que realice unas declaraciones. Pide sangre encebollada y una cerveza fresca. Ambos cuerpos se desploman.

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4 comentarios to “Sangre encebollada”

  1. micromios Says:

    Estupendo texto Colomer que tiene de todo. Me quedo con este estupendo final en el que nos convertimos en carne de noticia.
    Salut
    Ànims per la ciutat grisa que si més no t’aporta inspiració per escriure grans cròniques de la sempre incomprensible y /o contradictòria fauna humana. La calor fa bullir la sang.

  2. Joanvi Says:

    Molt bó! Juanjo, continua aixina q açó es lo teu.

  3. fanou Says:

    “Intenta calcular el diámetro del agujero”!
    Muy bueno, como siempre.
    Saludos.

  4. the Success Ladder Says:

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