La vida soñada de nadie

“No; el bienestar para todos no es un sueño”

La conquista del pan. Piotr Kropotkin.

El administrativo observa el formulario. Después le mira para comprobar que lo que hay en el papel se corresponde con lo que hay en el plano físico, cotejando los ojos azules, el pelo castaño, los uno ochenta y cinco de estatura, los setenta y ocho kilos de peso y la ausencia de mermas corporales. El administrativo le pregunta por los motivos de su solicitud. Responde tajante que por una vida mejor. El administrativo le pide que firme y después le indica una puerta negra inscrita en una pared blanca. Allí hay una cinta corrediza que le trasladará al sector Z. El administrativo le advierte de que la cinta no se detiene, por lo que deberá estar atento y saltar en el momento oportuno. Se balancea levemente al subir a la cinta, pero recupera rápidamente el equilibrio. No obstante, va más rápido de lo que desea y tiene dudas de si será capaz de saltar cuando toque. Se tranquiliza al comprobar que la entrada al sector C es lo suficiente grande como para caer dentro y cree que el sector Z será igual, lo cual queda reforzado cuando pasa por la entrada del sector I. Pese a ello, mantiene la alerta ante la evidente ausencia de orden alfabético. Casi sin esperarlo llega a la puerta del sector Z y salta. Se hace daño al caer, pero al cabo comprueba que solo es un arañazo tras el pantalón rasgado, a la altura de la rodilla. Al otro lado le espera un quirófano y un cirujano, el cual celebra su llegada. Después le informa de que el primer tramo de sueldo, consistente en trescientos euros mensuales, se obtiene si acepta la amputación del dedo meñique del pie izquierdo. Ahora bien, no debe preocuparse, pues la amputación se realizará con anestesia local y con láser, el cual al mismo tiempo que corta cauteriza la herida, lo que significa que apenas sentirá molestias. Asimismo, este dedo juega un papel irrelevante en el conjunto del cuerpo y a lo sumo puede sentir pequeños desequilibrios si camina descalzo, ya que con calzado su utilidad es nula. Además, esa insignificante pérdida cubrirá la necesidad más acuciante, la cual no es sino el hambre. Sin más dilación le pregunta si acepta. No se hace esperar con el sí. No ha venido solo a cubrir la comida, de modo que el cirujano le pide que se acueste en la mesa de operaciones. Casi siente el pinchazo de la anestesia y le sorprende que la operación dure unos vaporosos quince minutos, culminada por el metálico ruido del dedo cayendo en la bandeja de los desperdicios. Pero piensa que las técnicas quirúrgicas han avanzado mucho estos años, por lo que no debería extrañarle la celeridad con que se desarrollan las operaciones más sencillas. El cirujano a continuación le invita a aumentar el sueldo tomando otra puerta negra inscrita sobre una pared blanca o por el contrario, si cree que tiene suficiente, elegir la puerta roja. El cirujano se despide advirtiéndole de que debe bajar en el sector K. Se siente estimulado. Trescientos euros por nada, por una minucia de carne, por un breve espacio de tiempo. Percibe que la cinta corrediza ahora circula a mayor velocidad. Mantiene el equilibrio. Al pasar por la entrada al sector H se da cuenta de que la entrada es más estrecha. Piensa en achacar el empequeñecimiento a la velocidad; pero lo descarta cuando razona que la velocidad no resulta suficiente como explicación del fenómeno, de modo que debe aceptar que realmente las entradas se han estrechado; más teniendo en cuenta que la entrada al sector Y repite las pautas de la entrada al sector H. No obstante, aquello no le resulta preocupante, pues siguen ofreciendo un espacio de seguridad que hace muy difícil errar en el salto. Y así ocurre, aunque en la caída se ha dañado un tanto el codo. De inmediato se presenta con cierto aire festivo un odontólogo, el cual le felicita por haber conseguido los trescientos primeros euros y le informa que ahora tiene la posibilidad de alcanzar los mil doscientos euros mensuales. Tan solo debe dejarse arrancar dos de los tres molares inferiores izquierdos y uno de los superiores también izquierdos, para lo cual se le administrará anestesia local, pero rebajada de tal forma que va a sentir un poquito de dolor. Esto no debe preocuparle, pues se trata de un dolor soportable, que no apela al horror, sino a la molestia. Y en lo que respecta a la pérdida, aún le queda el lado derecho para masticar sin mayores problemas, para lo cual se le dotará de un folleto en el que le indicarán las pautas que debe seguir para crear la  costumbre de masticar por un solo lado. Asimismo, con esos mil doscientos euros podrá pagar un alquiler modesto, comprar muchas cosillas en los hipermercados de descuento y de vez en cuando salir a tomar unas cervezas o en su defecto una velada entorno a una hamburguesa y a la sonriente cara de una chica con gorro azul que sirve las mesas montada en unos patines. A continuación le pregunta si acepta. Entonces le pide que se acueste en la mesa y abra la boca. En un primer momento cree no sentir nada, pero ese leve dolor del que fue advertido, se convierte en un grito y en unas sacudidas de la cabeza. El odontólogo le pide que se comporte como un hombre, aunque finalmente opta por amarrarle la cabeza y así poder trabajar en paz. La extirpación resulta larga y penosa, al final de la cual le inserta algodones en los huecos, por los cuales la lengua siente una especial atracción que se traduce en tocamientos con la punta. Firma. El odontólogo entonces le informa de que puede aumentar sus posibilidades económicas eligiendo la puerta negra inscrita sobre una pared blanca o por el contrario, si cree que ha cumplido con sus expectativas, tomando la puerta roja. No tiene dudas mientras la lengua continua toqueteando los algodones, húmedos de saliva y sangre. Entonces el odontólogo le informa de que debe bajar en el sector S. Al subir a la cinta le cuesta mantenerse en pie. La velocidad se ha duplicado. Extiende los brazos y flexiona las piernas. La entrada al sector F le desmoraliza, pues se ha estrechado de tal manera que la posibilidad del error en el salto resulta patente. La entrada del sector G confirma la dimensión de la estrechez, lo cual le hace consciente de que debe saltar en el momento justo, ni antes ni después, pues de lo contrario el error se convertirá en un descenso por toboganes que no se sabe adónde llevan y que descartan por completo el acceso al siguiente tramo salarial. Sin embargo, teme que el momento en el que salte sea producto de un error de cálculo. Se balancea. Pasa por el sector J, lo cual le da una idea del instante en que debe realizar el salto, siempre teniendo en cuenta la velocidad de lanzamiento que otorga la cinta. Ahora se siente más seguro. No le parece tan difícil. Salta. Al caer los algodones presionan la lengua cuando la barbilla da contra el suelo. Sangra. También se ha doblado la muñeca, aunque descarta que esté rota cuando comprueba que puede moverla, no sin dificultad. Pese a ello, se siente orgulloso de haber realizado el cálculo preciso del salto, por lo que al entrar le espera un barbero con la bata ensangrentada. Mientras se coge la muñeca dolorida y la lengua inflamada toquetea los huecos de los molares después de escupir los algodones, el barbero le da la bienvenida y la enhorabuena por esos mil doscientos euros tan valientemente conseguidos. Pero una cosa es tener una vida apacible y de bajo coste, y otra muy distinta la de disfrutar del desahogo, del capricho cumplido, del lujo ocasional, de un todoterreno, de una casa en una urbanización con seguridad privada y una inmigrante que la limpia en dos horas; acceso cuatro veces por semana a restaurantes que ofertan escargots, a clubs donde lucir los conjuntos recientemente adquiridos y tres viajes por año a cualquier destino del mundo. El barbero lo concreta con una cifra de diez mil euros mensuales. A continuación le pregunta si es zurdo. Responde que no. Entonces el barbero le informa de que el sueldo es a cambio de la amputación de su mano derecha, sin anestesia, aunque con un trago de aguardiente y un palo para morder cuando el dolor resulte excesivo. Ahora bien, efectuada la amputación, mediante laser se le cauterizará de inmediato la herida, minimizando los riesgos de infección. El barbero coge entonces un serrucho y le pregunta si acepta. La lengua toca ahora el hueco superior, el cual deja en la punta el ferroso sabor de la sangre. El dolor de la muñeca ha disminuido ante la perspectiva del serrucho. No sabe si será capaz de soportarlo, pero esa cifra es la cifra del bienestar, de la buena vida, del hedonismo, de la imagen de una terraza frente a un acantilado, acompañado de una botella fría de vino blanco y la cabeza de una mujer rubia apoyada en su hombro. Todo a cambio de perder la mano, de aprender a ser zurdo. La lengua palpa el hueco inferior, más extenso. Acepta. El barbero da una palmada. De pronto aparecen dos asistentes que le agarran y colocan el brazo sobre la mesa de operaciones. Antes ha dado un largo trago a la botella de aguardiente que configura su rostro en la amargura. No se atreve a mirar. Escupe el palo. Grita. Brama. Logra zafarse de los asistentes, quedando la mano colgando de un tendón. Se desmaya. Cuando despierta el barbero le sonríe y le da la bienvenida al mundo de los ciudadanos acomodados. Se mira el muñón. Parece que la mano fue seccionada hace mucho tiempo. Un corte limpio. No le duele, aunque siente que sigue ahí, dispuesta a agarrar lo que sea. El barbero le informa que puede acceder al último sector eligiendo la puerta negra inscrita sobre una pared blanca, o si por el contrario se siente satisfecho con lo conseguido, tomar la puerta roja. Pese al dolor sentido, pese a que las perspectivas no son halagüeñas, decide seguir. El barbero le informa de que la cinta le llevará al sector O. Al contrario de lo que imagina, la velocidad de la cinta es de paseo, de descanso, de relax; deteniéndose en la entrada del sector, la cual, enmarcada por neones pistachos, celestes y rosas se le abre de manera triunfal. Allí le espera un sacerdote, que ceremonioso se congratula del nivel de vida y bienestar que ha logrado, pidiendo misericordia para aquellos que le han cercenado alguna de las partes del cuerpo. Dicho esto, y aunque diez mil euros es una cifra elevada, también es una cifra limitada que obliga a presupuestar los tiempos vitales, de modo que puede que en algunos momentos deba posponer la satisfacción de algunos deseos o directamente renunciar a ellos, pues no es lo mismo poseer el último grito en todoterrenos que coleccionarlos, no es lo mismo viajar en clase buisness que poseer un jet para tomar un gin-tonic en París como aperitivo de una cena en Zúrich, no es lo mismo conseguir entradas de tribuna para un concierto que ser el cantante del concierto, no es lo mismo una casa con jardín que una mansión con bosque. El sacerdote habla tajante de deseos cumplidos, por lo que tanto da si se trata de comprar una isla para montar orgias o de la construcción de un centro secreto de torturas o de alquilar la planta completa de un hotel o de si quiere ser portada en todas las revistas del abrillantado papel cuché. La predicación de la oferta le imbuye de la idea de que el dedo meñique, los molares y la mano podrán ser remplazados por los últimos avances en prótesis después de visitar a los mejores especialistas y fabricantes. El sacerdote informa de que la vida soñada es a cambio de la muerte de una persona. Después añade con una sonrisita que no debe preocuparse, pues no se trata de él, sino de la hija de la inmigrante que le hubiera limpiado la casa si se hubiera contentado con la vida desahogada. La niña aparece maniatada. El sacerdote confiesa que se trata de una niña insignificante, emborronada por sus cincuenta compañeros de clase, los más de tres mil alumnos del colegio y por sus siete hermanos; destinada a vagar por trabajos de camarera, cajera, limpiadora, gasolinera o futura perseguidora de subsidios para alimentar a tres niños y una niña de dos padres distintos que se alternarán en su cama, uno adicto a la cocaína y otro a la heroína. Antes de ofrecerle un revólver y preguntarle si acepta, el sacerdote apuntilla que en todo caso contribuirá en la estadística anual de muertes violentas. Un alma más para el cielo. Una vez superada la confusión de intentar coger el revólver con el muñón, acepta sin vacilación. Se da cuenta de inmediato de que con la mano izquierda tiene dificultades para apoyar el revólver en la sien de la niña. Se consuela diciéndose que al estar sedada irá al otro mundo sin darse cuenta. Muerde la lengua con los huecos de las encías, después cierra los ojos. Aprieta el gatillo, pero con la insuficiente fuerza de una mano aún por entrenar. Respira hondo. El sacerdote apremia. Dispara. El retroceso del revólver le da en la mejilla y cae al suelo. Después llueve confeti. También suenan aplausos. Cuando se incorpora veinte chicas numeradas y en bikini esperan que elija a una de ellas  en la habitación de un hotel. Después de dudar entre la número treinta y tres y la número trece se queda con esta última. La madame con una palmada hace que las otras chicas se retiren. Un camarero les trae champagne. Se queda a solas con ella. Ella sirve dos copas y se sienta en su regazo. Tras beber de un trago la copa, toca sus pechos. La nueva mano ha suplido con eficacia a la mano natural, pero es incapaz de sentir nada con ella. Entonces piensa en el chip del que le han hablado, el cual, una vez conectado al sistema nervioso central, le puede devolver el tacto. Besa a la chica. Después ésta, movida por una curiosidad infantil, le pide entre sonrisitas si puede enseñarle los dientes de diamante, de los cuales ha notado el frío cuando la lengua los ha toqueteado y de los que todo el mundo habla. Abre lo máximo que puede la boca. Entonces ella le pregunta si brillan en la oscuridad. Como nunca se había hecho la pregunta, propone comprobarlo. La chica apaga las luces y cierra las cortinas. Abre la boca. Esperan a que se adapten los ojos, pero al cabo comprueban que nada brilla en la oscuridad.

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Una respuesta to “La vida soñada de nadie”

  1. micromios Says:

    Uf, me he quedado sin palabras. Me reservo la opinión y meditar un buen rato. Hay tanto que pensar. ¡Y tanto que leer!
    Salut
    PD: Me n’alegro que tinguis tantes ganes d’escriure i tantes coses a dir. Crec que és el text més llarg que t’he llegit. Deu ser cosa de la calor.
    Per aquí després de les pluges estem una mica més fresquets, sobretot al poble que t’has de posar una rebequeta a les nits.
    Espero que tinguis vacances aviat i puguis anar al sud. Jo el més segur es que me’n vagi més al sud uns dies a veure pedres. Serà per trobar inspiració.

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