El inexistente

Deja la bolsa encima de la mesa de la cocina. Llena un vaso de agua. Bebe. Después empieza a guardar las provisiones. Chorizo, salami, queso de cabra, filetes de cerdo, pechugas de pollo, berenjenas, patatas, cola, pan, sal. En el baño deja la pasta de dientes y el champú. Después prepara un café. Mira el móvil. Nadie ha llamado, nadie ha escrito. Solo la hora le da alguna información. Ante la falta de perspectivas decide darse una ducha. El agua tibia resbalando por el cuerpo y el aroma a fresa del gel le sientan bien, dándole un empujón optimista. Tras secarse vuelve a la cocina. Sondea sus apetencias. No le apetece nada. Mira el móvil. Nadie ha llamado, nadie ha escrito. Han pasado treinta minutos. Mira dentro de la nevera. Saca la cola. Llena un vaso. Bebe de un trago, lo cual provoca que las burbujas rasquen la garganta. Contrae el rostro. Después va al salón y se sienta en el sillón. La pantalla del televisor le refleja sobre el fondo gris de la desconexión. Se levanta. Se dirige al balcón. Mira abajo. Cabezas de transeúntes y coches. Desde ahí arriba no le dan miedo, no le pueden hacer nada. Vuelve al salón. Da unas cuantas vueltas. Después mira el móvil. Nadie ha llamado, nadie ha escrito. Va a la cocina. Corta un trozo de chorizo y arranca un cacho de pan. Le quita la piel al chorizo. Muerde y muerde. Mastica absorto en las baldosas blancas de la cocina. El chorizo deja un sabor áspero después de tragar. Le gustaría hacer algo. Cuando acaba mira el móvil. Nadie ha llamado, nadie ha escrito. Retira las migas que han caído al suelo. Se pone un vaso de agua. Tras beberlo eructa, lo que provoca un retorno degradado del sabor del chorizo. Con rostro amargo va al baño. Se lava los dientes. Sangran las encías. Mira el tubo de la pasta. Promete que los dientes brillarán después del lavado. Levanta los labios. Con un suspiro sarcástico comprueba que los suyos siguen amarillentos, pero se enorgullece de que las muelas están perfectas, sin una sola picada. Entonces vuelve al salón. Ya en el sofá vuelve a mirar la pantalla del televisor. Le resulta insoportable verse reflejado y decide encenderlo. Es en este momento cuando se alegra de haber adquirido el mando a distancia más rápido del mercado, con el cual puede cambiar de canal sin que dé tiempo a retener alguna imagen o palabra o sonido, en una especie de monólogo onomatopéyico en el que a lo sumo se puede captar la presencia de dos letras o el resto de un color. Ma, ta, f, hi, lo, re, al, af, uf, do… Pero al mando más rápido del mercado le es indiferente si el pulgar se cansa o no, ya que solo responde cuando es pulsado. Los cambios empiezan a alargarse y objetos, palabras y sonidos pueden colarse. Cuando ocurre esto decide apagar el televisor y la imagen de una polla entrando en una boca que gime queda cortada por su reflejo en el fondo gris de la pantalla. Suda. Le tiembla una mano. Se levanta. Mira el móvil. Nadie ha llamado, nadie ha escrito. La imagen flota en su pensamiento. Siente los nervios. Corre a la cocina y coge una bolsa de plástico, se la pone en la boca y respira profundamente. El monóxido de carbono conjura el estrés. Más tranquilo llena un vaso de agua. Con el primer sorbo llaman al timbre. El vaso se fragmenta al contactar con el suelo y marca el punto exacto en el que el corazón se desboca. Paralizado, aguza el oído. Solo han llamado una vez. Alerta, permanece quieto a la espera de que suene de nuevo el monolítico pitido del timbre. Todo su cuerpo es un pálpito, pero como los segundos se alargan se atreve a avanzar unos pasos. Más cerca espera de nuevo. Nadie llama y cree que nadie va a volver a llamar. Llega hasta la puerta y pega la oreja. No escucha nada. Antes de de que el ojo asome por la mirilla comprueba el móvil. Nadie ha llamado, nadie ha escrito. Esto le da un plus de valor para, después de comprobar que no hay nadie en el rellano de la escalera, abrir. En el suelo hay un folio a modo de mensaje. Lo coge. Si nadie te mira no existes. Lo lee una vez más. Si nadie te mira no existes. Se siente aliviado cuando advierte que es su letra y que por tanto nadie ha podido dirigirse a él. Después, con una aspiración que llena sus pulmones de tranquilidad, mira de un lado para otro y desaparece tras la puerta.

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2 comentarios to “El inexistente”

  1. micromios Says:

    Cuesta mucho desaparecer, dejar de ser uno mismo. Algunos lo consiguen pero en general muchos se quedan en el intento.
    Me ha gustado este relato que ha ido por caminos distintos a los que yo imaginé.
    Salut
    PD encara amb molta calor he començat a treballar. No es que vulgui més vacances, que ja en tinc prou, el que em fa falta es una mica de fresqueta per poder fer alguna cosa en condicions, ni que sigui passejar. Espero que per aquí la temperatura et permeti activitats de tota mena.

  2. jordi M. Novas Says:

    Mi objetivo en la vida es salir de mí.

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