La conciencia de nadie

La conciencia atiende a superficies. La conciencia es la membrana que aísla y  ordena el complejo físico formado por el estómago, el corazón, el cerebro y el mundo. El mundo es el afuera de la conciencia, la cual percibe la superficie de las cosas, su contorno, las líneas que las forman y las diferencian. El cuerpo es el aposento de la conciencia y la piel el afuera. La conciencia forma y se forma en un orden. Los regulares latidos del corazón, la respiración, el movimiento de los metacarpianos para agarrar un tenedor. El orden del cuerpo propicia que la conciencia atienda más y mejor al orden del mundo. Una rama que cae, un coche que se acerca, cinco minutos para que venga el tranvía. La conciencia dice a mi no puede caerme una viga en la cabeza, a mi el jefe siempre me mira bien y no voy a ser uno de los ciento cincuenta despedidos, a mi no me van a diagnosticar cáncer. El “a mí no” de la conciencia es una convicción firme. Su fortaleza crece en la medida en que el orden del mundo y del cuerpo no se quiebre, y hoy sea igual que ayer. Son las catorce treinta y tres y es hora de comer, levantarse y ducharse, tirar del papel de wáter y darse cuenta de que escasea. El orden del cuerpo es el principio para la estabilidad de la conciencia, la cual, no obstante, siente atracción cuando el orden de otro cuerpo ha sido quebrado y no puede dejar de mirarlo, pese a la repulsión. Un obrero empalado por las barras de hierro salientes de un encofrado, la tibia que deja colgando una pierna, el deformado rostro de un terrorista abatido. La observación del quebrantamiento de otro cuerpo demuestra la precariedad del “a mí no” de la conciencia y su carácter engañoso y convulso; y en la que hay un escrutinio que va de la pregunta al qué se sentirá a esa otra que plantea como se reaccionará. Puede la conciencia observar otros cuerpos quebrados de forma inmediata o de forma mediata. En la primera forma cabe añadir al escrutinio una capa de angustia y horror que finalmente obliga a apartar la mirada. Es en este punto en el que la precariedad del “a mí no” de la conciencia está al borde del derrumbe, debido a la extrema proximidad del quebrantamiento. La conciencia en este sentido es testigo directo. En la forma mediata el quebrado cuerpo del otro pierde lo que tiene de carne y deviene en noticia y narración. La abuela ha muerto, explosión en el metro, la limpiadora ha tenido un ataque al corazón. Debido a que la forma mediata se establece en una distancia, el “a mí no” de la conciencia no se siente tan perturbado como en la forma testigo directo. Cabe lamentarse e imaginar, pero lo mediato atenúa lo crudo, que es el fondo anónimo del horror; y sin lo crudo la conciencia se siente más protegida ante la posibilidad del desorden. Ahora bien, la posibilidad mediata guarda asimismo la noción de recuerdo, en el cual la conciencia fue testigo directo de lo crudo. El jefe de pelotón partido en dos por una mina, el compañero de escalada cortando la cuerda y rebotando por los escarpados peñascos, mamá amordazada y con un paramilitar entre las piernas. Con el recuerdo la conciencia mantiene lo crudo, y aunque se ha perdido la proximidad del testigo directo, el derrumbe dejó la herida sin cerrar en forma de pesadilla. Subir una escalera de caracol en cuyo final se encuentra la cabeza desdentada de la abuela, escuchar los desgarrados gritos de mamá en el interior de un bosque nocturno, removerse en la mesa de operaciones mientras se está maniatado y el cirujano esgrime un bisturí en el que se reflejan unos dientes felinos y amarillentos. La herida es el agujero por el que se cuelan imágenes de lo crudo en la conciencia, es la repetición de la sensación de derrumbe. La conciencia siempre busca olvidar los recuerdos de lo crudo. El olvido es la cicatriz de la herida, el ocultamiento de la experiencia del derrumbe, la restauración del “a mí no” de la conciencia. Pero hay olvidos perfectos y olvidos imperfectos. A estos últimos les basta un objeto para desvanecerse y dejar que la reminiscencia de lo crudo su cuele por la herida. Un cuchillo, unas tijeras, un petardo, el ruido de la cafetera. Como modo de emborronar los objetos que desvanecen el olvido, la conciencia acude a remedios que facilitan dicho emborronamiento. Vino de mesa, whisky con hielo, una raya de cocaína, un tirito de speed, tranquimazin, prozac, heroína acostado en el sillón. La conciencia sale a la calle reforzada por la ficticia fortaleza del “a mí no”, el cual solo se hace posible por el olvido de lo crudo. La conciencia también olvida pasando por el peaje miedo. Miedo a que se desprenda un muro, a que un parado aparezca tras la esquina, al bache de la carretera, al coche negro a la salida de la escuela, al infarto de miocardio. El miedo de la conciencia cuestiona la solidez del orden del mundo. Sin un orden del mundo sólido el “a mí no” de la conciencia no puede olvidar, de modo que la conciencia exige, impelida por el miedo, que aquello que sea una posibilidad de desorden sea eliminado de inmediato. Más control de inmigrantes, mayor presencia policial en las calles, hornos que no quemen, rejas en las ventanas, muebles sin aristas puntiagudas, dietas basadas en fibras. Con la exigencia la conciencia atiende al mundo en forma de denuncia. Ese semáforo no está bien puesto, el césped del campo de fútbol es una amenaza para los tobillos, no hay trabajo para todos, el vecino duerme de día y sale por las noches, en esa esquina se trafica con cocaína. Y en esa mezcla de amenaza de lo crudo, olvido, miedo y exigencia, el “a mí no” de la conciencia despierta y llora al son de los exactos pitidos del despertador. Hoy es igual que ayer.

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Una respuesta to “La conciencia de nadie”

  1. micromios Says:

    Muy denso y con ganas de despertar conciencias.
    No sé si la conciencia busca el olvido o prefiere cambiarlo por un complaciente recuerdo o un alisamiento de arrugas causantes de miedo.
    Salut
    PD M’agrada veure que a pesar de que les píndoles arriben de tant en tant no deixen de tenir la seva cura per sacsejar els pensaments i les conciències. Ja ve la tardor però les fulles no ho saben i no acaben de caure.

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