La conspiración

Hay situaciones que se desencadenan tras un periodo de acumulación. Puede que se trate de una postura en la que primero se aguantaba, con ocasionales defensas, toda suerte de mandatos y puyas, pero que en algún lugar del cuerpo quedaron guardadas, creciendo, esperando el momento de ser descargadas. El momento siempre llega, aunque puede que al principio se exprese mediante una leve e irónica subida del labio superior, resoplidos que insinúan la hartura o llevarse la mano a la cabeza y arquearla como negativa; quizás todo muy débil al principio, pero ya perceptible. Es posible que la situación gire en torno a un objeto: quizás una almohada, una estantería, la marca de los mejores helados, un coche nuevo, la pegatina de Hitchcock o de Marylin en la nevera. El desencadenamiento culmina con gritos, acusaciones y portazos. Puede que se duerma en el sofá o dándose la espalda o alguien saliendo del piso, unas dos horas más o menos y tras desahogarse con unas compras innecesarias. Lo único que hasta el momento se repite, ya que las explosiones realizan variaciones en el tema, el tono de la voz, la respuesta o la opinión que finalmente sale vencedora; es que la reconciliación se inicia cuando alguno de los dos sonríe al desvelársele las causas del desaire como algo intrascendente y estúpido. Solo en una ocasión la cosa fue a mayores y durmieron separados una semana, al cabo de la cual salió reforzada la unión, estableciéndose además el sistema de reconciliaciones.

De este modo no se puede fundar como novedad la discusión; y más teniendo  en cuenta que no hay figuraciones de ruptura por ninguna de las partes. Lo novedoso es que con esta discusión se ha empezado a sospechar que el nuevo vecino les escucha; pero no gracias a que las voces están subidas de tono, haciendo inevitable que las ondas sonoras atraviesen las paredes y lleguen a sus oídos como un ruido cotidiano; sino con atención, lo que significa que puede que haya pegado su oreja a la pared en un intento por captar mejor las palabras. Ambos han escuchado pasitos apresurados después de la ruptura de un vaso, cuando el último grito de la discusión ha dado paso a un silencio en el que las miradas se desafiaban. Para confirmar lo que sospechan, uno impele al otro para que le grite. Simulan ahora insultos, reproches de trapos sucios, de descuidos molestos como la orina en la taza del wáter, la obsesión por la limpieza, el montón de platos sucios en el fregadero, el azúcar en el suelo o la obsesión por la ropa y de manera improvisada cesan, apuntando con las orejas hacia la pared, donde vuelven a captar pasos y un rápido despegue al otro lado de la pared, como cinta aislante que se separa de la piel. Ese tabique atraviesa el salón y acaba en el dormitorio, lo cual les revela aspectos de la intimidad que a los oídos de los demás pueden parecer risibles, sucios, perversos o estúpidos, tales como ver por televisión los programas pornográficos que empiezan a las doce de la noche, con preferencias por el canal amateur; o que uno de los dos gima como un caballo cuando alcanza el orgasmo mientras el restante blasfema contra el mundo y lanza proclamas apocalípticas. Ambos enrojecen. Después van a la cocina para hablar con tranquilidad. La discusión se ha olvidado por completo y todo lo centra una situación en la que cabe incluso la posibilidad de que alguien se masturbe al otro lado de la pared.

Saberse vigilado ofrece dos opciones: Una es buscar un lugar en el que es seguro que nadie escucha, en este caso la cocina y el baño; y la otra es deslizar informaciones falsas para engañar al vigilante. En una historia de espías o policial la segunda opción supone una ventaja para el vigilado, pero en un bloque de pisos en donde conviven limpiadores, cajeros de banca o de supermercado, pensionistas y parados, la vigilancia tiene más que ver con el chisme que con un kilo de cocaína o los planos secretos de una bomba nuclear. Hay que tener en cuenta que con la excusa de la falta de azúcar o de sal, o de una botella de butano vacía, han ido a casa del vecino y han descubierto el rostro amargado de una mujer de unos sesenta años que camina arrastrando los pies como síntoma de una artrosis crónica o una reciente distrofia muscular. Saberse vigilado por una persona de estas características abre la posibilidad de pasar de la indignación y el miedo a la realización de un escarmiento, el cual toma forma, tras un debate en la cocina, de simular mensajes que remitan al asesinato y al posterior robo. Acuerdan desvelar que el anterior vecino no murió de un infarto cerebral como creen todos, sino que fueron ellos los que acabaron con su vida con un sutil envenenamiento tras invitarle a un café. La información la dosifican con la intención de culminar con la invitación a una cena de compensación por las faltas continuadas de pimienta, cebolla, papel del wáter o pastillas para el lavavajillas. Con estas visitas asimismo pretenden testar el grado de miedo en la vieja así como hacerla creer que se interesan por los objetos de más valor de la casa, con expresiones por lo bonito y lo caro de unos pendientes, un collar, un cuadro de la Europa invadida por los nazis o una cubertería con vetas de oro, con cuyas cucharillas les sirve el café con amabilidad y gran habilidad para el disimulo. También deciden asegurarse de que pega su oreja a la pared para lo cual realizan ostensibles movimientos de sillas, después de los cuales esperan a que se oigan los roces de oreja en la pared, quizás complementado por el viejo recurso de un vaso.

Después de decir que la vieja tiene un buen dinero en patrimonio y quién sabe lo que guarda debajo del colchón, que lo que sacaron del otro se está acabando y que necesitan más para un televisor de pantalla plana y un viaje a Santo Domingo, que lo mejor es repetir el envenenamiento en la medida en que no provoca manchas de sangre y permite disimular la muerte con un ataque más que previsible dada la edad y la decadencia de la víctima; llega el día en que deciden realizar la invitación. Creen que la acumulación de información es suficiente para despertar la alarma en la vieja y ríen al prever el rostro de terror cuando le digan que no admiten negativas para una fuente de almejas crudas con limón, gambas tigre a la plancha, calamar en su tinta y langosta de la que aseguran estaba viva cuando la compraron. Acuerdan que al final de la cena dirán a la vieja que no es correcto escuchar conversaciones privadas y que evite en la medida de lo posible poner atención cuando las voces derivan en gritos. Creen que con la vergüenza de ser descubierta y la descarga del miedo ante la inexistencia de intenciones homicidas, la vieja entrará en razón y se dedicará a los chismes televisivos. No obstante, antes de que puedan decir nada, la vieja les invita a que pasen al salón. Allí les espera un café con unas pastitas, preparadas a base de coco y miel. El caso es que hay cuatro tazas de café y cuatro sillas preparadas, por lo que en principio se puede pensar que la vieja ha hecho mal las cuentas. Sin embargo, suena el sonido de una cisterna y la puerta del baño que se abre, dando aparición a un hombre con un traje negro. Todos se sientan. Todos se ponen azúcar en el café y unas gotitas de leche. Todos comen una pieza de las pastitas. La vieja saca entonces a relucir una cinta magnetofónica, y antes de darle al play, el hombre del traje negro, con voz rutinaria, les pide que deben confirmar o desmentir si lo que van a escuchar a continuación son sus voces. Dado que no tienen más remedio que decir que sí cuando se escuchan en tono conspirativo, y antes de que puedan decir que es una broma con intención de escarmiento, el hombre del traje negro les informa que será considerado como gesto de colaboración el que les acompañe voluntariamente a la comisaría. Asimismo les informa que dado el contenido de las cintas, se ha realizado la exhumación del cadáver del anterior vecino, cuya posterior autopsia ha arrojado restos de fluoroacetato de sodio.

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Una respuesta to “La conspiración”

  1. micromios Says:

    Cuando yo estudiaba compartía piso en un inmueble en el que cada noche una pareja deleitaba con sus alaridos amatorios a todo el bloque. Un dia decidimos grabarlos y en la reunión de vecinos mostrales su descoco y que se contuvieran un poco. La verdad es que nos lo pasamos tan bien grabando que se convirtió en lo más divertido de vivir allí. Los fines de semana era mejor que ver la tele, incluso la porno del plus. Y no lo sacamos en la reunión de vecinos. No sé que se hizo de las cintas, a lo mejor se las regalamos al nacer el niño.
    Salut
    PD: veig que has estat atrafegat escribint, mai havia trobat dos relats sense llegir al bloc. Això m’ha alegrat el diumenge la tarda bastant ensopit. Potser aniria bé tenir una parella esbalotada per trencar la monotonia.

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