Llamadas perdidas

“Nadie es más solitario que aquél que nunca ha recibido una carta.”

Elías Cannetti

Ha ido a mear con el móvil en la mano, somnoliento, sin prisas y algunos tambaleos; de modo que, mientras con la mano libre tira de la goma de los calzoncillos, con la otra sujeta pene y teléfono, aunque con el suficiente cuidado para no mancharlo. Pero quiere la casualidad que justo en ese momento suene el despertador, el cual desencadena el modo vibración junto al graznido creciente de un cuervo. El temblor entre pene y mano desencadena asimismo un acto reflejo que se expresa con la mano queriendo escapar y el móvil cayendo en el inodoro, con el agua amarillenta por la orina mañanera; lo cual le despierta definitivamente entre expresiones que se cagan en la leche o el seco y contundente mierda.

Es un móvil nuevo, lo más nuevo, novísimo, por el que estuvo haciendo cola toda una noche junto con su hermano y un bocadillo de salchichón. Recuerda el frío, y con el frío el sacrificio realizado para estar entre los cien primeros clientes, a los que regalaban todas las aplicaciones posibles. Al meter la mano en la taza solo desea que también sea impermeable. Al sacarlo se lamenta de que, impermeable o no, el golpe ha sido lo bastante contundente como para provocar daños internos y quebrar la pantalla, la cual parpadea como si quisiera arrancar, pero carente de potencia suficiente. Lo apaga y lo enciende. El resultado es el mismo.

El único alivio que encuentra es que tiene dos años de garantía, aunque no está seguro si cubre accidentes. Cubra o no cubra, la garantía no soluciona su incomunicación momentánea, lo que viene a traducirse en una ducha nerviosa y rápida, para después vestirse y salir con la intención de que le arreglen el aparato. No espera ninguna llamada importante, pero la sensación que surge del hecho de que alguien quiera contactar con él y no pueda, de que alguien haya tenido un accidente y no puedan avisarle, de que haya habido una reunión improvisada de amigos y no puedan decirle el lugar y la hora; le sitúa en la carencia y el desamparo, pues él también puede sufrir un accidente y no poder avisar a nadie o enterarse por casualidad de que alguien haya muerto y no poder comunicarlo.

La calle es a esa hora un hervidero de gentes que salen de las oficinas, de las obras, de las fábricas y de las tiendas para almorzar. Hora punta en los restaurantes, en los supermercados, en las panaderías, en las tiendas de comestibles. Algunos de los que tienen más tiempo de pausa deciden tomar el tranvía o el bus para buscar otros sitios donde comer o realizar algunas compras de urgencia. Piensa que el sobaco que le oprime la nariz y el sudor que amarillea una camisa blanca deben pertenecer a uno de esos. Desea que a lo sumo se aleje de su puesto de trabajo dos paradas de tranvía o que la parte de atrás se alivie y pueda darse la vuelta. La fortuna le sonríe cuando se topa de bruces con una anciana que le llega al ombligo y detrás de ella un barbudo con ojos llorosos y sombrero cordobés. Cuando cruzan las miradas, el barbudo le sonríe de manera ostensible, mostrando dos huecos simétricos en la dentadura, en vertical. Desde atrás el sobaco le humedece la nuca al son de los balanceos de la máquina cuando toma una curva. Decide bajar cuando se convence de que no tiene tanta prisa.

Cuando la confusión entre los que salen y entran se soluciona y cada cual está donde pretendía estar, advierte en un panel de información que el próximo tranvía llegará en veinte minutos, lo que le da tiempo para tomar un café y quizás hojear algún periódico gratuito. La única cafetería que hay en un radio de cien metros está abarrotada, y los dos camareros que hay detrás de la barra, desbordados, dan tortilla donde debía haber jamón o whisky con hielo donde solo se aspiraba a un helado de chocolate. Más de uno acepta lo que le llega pues apenas queda un cuarto de hora, quizás para volver a atender llamadas telefónicas. No obstante, hay uno que no se resigna y con voz colérica exige su tapa de chorizo al infierno y no un miserable pincho de calabacines. Uno de los camareros se defiende con el derecho de admisión y lo manda a la mierda. El quejoso, sorprendido por la respuesta, sufre un sofoco que le vacía de fuerza y hace que tres de los que le rodean impidan que caiga. La voz dominante del camarero hace que esos tres saquen al desfallecido y se queden sin almuerzo, arrepentidos de su auxilio. Desiste del café. Ahora, sentado en el banco que hay junto al panel de información, se lamenta de no poder contar lo que ha visto, como una suma más al anecdotario personal por el que tanto le aprecian sus amigos.

Duda entre si subir o no al tranvía cuando en los cinco minutos que quedaban la parada ha pasado de ser un grupo de cinco personas a una aglomeración de número indeterminado, lo que amenaza con nuevos sobacos. Pero en eso que advierte una mujer con falda roja corta y decide seguirla para que sea el cuerpo que se le pegue cuando llenen el pasillo, a ser posible de espaldas a él, pues es más que probable que los asientos estén todos ocupados. La falda marca las nalgas como dos semicircunferencias perfectas y maleables, que piden ser agarradas con las manos completamente abiertas, apretadas, estiradas, separadas. La mala suerte quiere que en el último momento, un enano con cara de sufrimiento, con la frente llena de sudor, interponga su nuca con las nalgas y con su cremallera, lo cual crea una situación un tanto incómoda tanto para uno como para otro. Con esfuerzos el enano logra darse la vuelta por lo que ahora es la oreja la que se aprieta contra la cremallera.

Quedan cuatro paradas y la pantalla de información arroja al menos diez minutos. Las nalgas se han alejado y ahora posan en uno de los asientos individuales, inaccesibles. El enano ha bajado, de modo de que ahora goza de los exagerados pechos de una sesentona que mide unos diez centímetros más que él, tanto de ancho como de alto, antigua jugadora de balonmano, rubia y ojos azules. Parece que le amamanta sin pudor y cada vez que el tranvía toma una curva, el balanceo oprime su rostro contra el mullido pecho, deviniendo la oscuridad. Cuando el acelerador se acciona a la salida de la curva, su nuca choca contra el rocoso torso de alguien que imagina como culturista a partir de un respirar nervioso que airea su coronilla.

Siente gran alivio cuando por fin baja y gana espacio, separación y movimiento, con el que se encamina directo a la tienda oficial donde compró el móvil. Teme que alguien le haya llamado para tomar unas cervezas y unas rayitas para acabar en la discoteca, esperando que el otro salga del baño y le pase el paquetillo mientras mira como ellas se contornean o las fotos del móvil o los pechos de la camarera, con la que coquetea porque a veces se deja caer un chupito. Teme que su hermano ya tenga las cervezas. Teme que ella, tan esporádica, tan caprichosa, tan voluble con las ganas de verle, le haya enviado uno de sus mensajes con lugar y hora de encuentro, adjuntando una foto de la ropa interior que lleva puesta, siempre jugando con las transparencias. Acelera el paso.

Con gran alborozo abre las puertas de la tienda oficial y se encuentra con que todos los dependientes están ocupados. Una rápida mirada arroja unas cinco personas por delante de él, lo cual crea una impresión de premura y desesperación, ya que cada minuto que pasa con el móvil inactivo puede significar muchas llamadas perdidas. La inquietud que experimenta se traduce en un punteo del pie izquierdo mientras sonríe a una mujer de mediana edad que le mira con desdén desde que ha entrado. Después ambos observan un póster en el que mediante la fotografía de la Tierra atravesada de líneas que simbolizan la comunicación, nos aseguran que todos pueden ser tus amigos gracias al nuevo modelo o-MUI. En otro poster se observa una línea de jóvenes y sonrientes telefonistas que prometen solucionar cualquier duda respecto al modelo del que se sea poseedor. Piensa que si el cometido de los dependientes es atender al mayor número de clientes en el menor tiempo posible, no lo están cumpliendo, ya que los cinco siguen atareados con los mismos que cuando entró, a los que hay que añadir a un grupo de adolescentes chiclosos que acompañan a una chica que desea adquirir el mismo modelo que su amiga, la cual, antes de la compra, allana el camino del vendedor mostrando, ante el asombro de todos, las envidias y algunas bromillas, toda una gama de fotografías, videos, juegos, y una memoria que promete almacenar un número infinito de contactos. Pasa el tiempo.

Después de repasar una y otra vez los posters, de pasear el deseo por la estantería en la que se exponen modelos, características y precios, de enfrentarse al desdén de la mujer y de poner cara molesta cada vez que el grupo de jóvenes sube el tono de voz debido a una sobrexcitación, se enfrenta al rostro rubio ojos azules de una dependienta con visera pistacho, camiseta pistacho con una abeja bordada en amarillo que tiene por aguijón un cable y una falda negra que llega hasta las rodillas. Expone su problema. Ella, antes de dejar fluir la simpatía, expone que dado que se trata de un accidente no lo cubre la garantía. Cuando él afirma que el dinero no es problema, la dependienta le informa que debe dejar el móvil para que los técnicos lo analicen y que puede pasar a recogerlo mañana a la misma hora. Alarmado, ya que había creído que se lo arreglarían al momento, alega que el móvil le es imprescindible. Ella, con ánimo sedativo, le oferta la opción PRÓXIMA, en la que se le presta un móvil hasta que el suyo esté arreglado, por tan solo diez euros en concepto de seguro. Azorado por la buena noticia pregunta si podrá saber si le han llamado o recibir mensajes atrasados, a lo que ella contesta, como alguien acostumbrado a ese tipo de preguntas, que sí, que eso no es problema. Se sonríen. Firma.

Al salir escucha la melodía de inicio con expectante impaciencia, marca el pin y mira la pantalla, esperando que salten los mensajes del total de llamadas perdidas, el número de mensajes en el buzón de voz o de sms, adjuntándose el nombre del emisor, la hora y la fecha. Decide que primero debe contestar a los más recientes, ya que son los que más probabilidades ofrecen de ser citas a las que aún puede acudir. No deja de mirar la pantalla hasta que escucha el alborozo del grupo de adolescentes saliendo de la tienda oficial, celebrando con un video el que la amiga ya tiene el nuevo modelo. Piensa que no entran los mensajes por una especie de retardo en el servidor, el cual, necesita asumir que ha abierto de nuevo la línea, de modo que llama a un taxi condicionado por el molesto recuerdo de la aglomeración en el transporte público y al tratarse ya de una hora en la que las jornadas laborales empiezan a terminarse.

Al llegar a casa y sin que el móvil haya emitido los sonidos de recibimiento, angustiado ante la posibilidad de que la dependienta haya mentido y los mensajes solo llegan al móvil que se ha roto, decide primero llamar a su hermano. Comunica. Espera cinco minutos y vuelve a llamar. Tras un pitido escucha su voz en diferido en la que jocoso afirma que como está escuchando una grabación significa que no está disponible, por lo que es mejor que deje un mensaje y que se pondrá en contacto en cuanto pueda. Después de rogar que le llame, cuelga y espera. Para calmarse abre una botella de vino y la primera copa la bebe de un trago. Las siguientes copas alternan diferentes llamadas a diferentes conocidos. Casi todos comunican o hacen saltar el contestador. Se desespera al pensar que todos están de fiesta, ajenos a las llamadas, ajenos a su existencia. Acaba la botella de vino justo cuando suena la melodía de los sms. Un alarde de euforia y felicidad le invade cuando cree que es el principio desencadenante de todas las llamadas atrasadas. Aprieta el botón que abre el texto y  lee, con una mezcla de rabia y terror, que ha agotado el saldo y que si desea realizar una recarga puede utilizar el servicio Carga Max, disponible en cualquier cajero automático. Abre otra botella de vino, con la intención de convencerse de que todo se debe a un error y que mañana podrá explicarse.

 

Anuncios

Etiquetas: , , , , , , ,

Una respuesta to “Llamadas perdidas”

  1. micromios Says:

    Hoy he leido en La vanguardia que las redes sociales producen depresión. A veces pienso en como era el mundo antes de los móviles, los ordenadores etc, hace unos 20 años y me parece que no sé si hemos avanzado tanto, lo que es seguro es que necesitamos mucho más de lo que necesitabamos no hace tanto para no digo ser felices, simplemente vivir decentemente. En fin que me voy pensando que hace una semana que estoy sin bateria en el movil. A lo mejor ni me ha llamado nadie.
    Salut
    PD: per fi acaba l’hivern, però a mi em sap greu, potser perquè no es tan dur com a la ciutat grisa. Per a mi l’hivern té una calma que sempre troba a faltar quan s’acaba. Ara a esperar que la calor tardi tant a venir com ha tardar l’hivern a marxar.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: