Teoría del cazador

Un rayo de sol se cuela por la persiana y da directamente en el ojo izquierdo, al que provee de calor durante cinco minutos antes de que se abra y lo deslumbre, añadiendo lucecitas flotantes a los recuerdos de la última pesadilla, que paulatinamente se desvanecen. Estabilizada la mirada y tras unos bostezos, se sienta en el borde de la cama y se frota la cabeza como modo de situarse definitivamente en la hedionda habitación, mirando el suelo lleno de botellas de agua vacías y pegajosos salpicones de café.

La costumbre dice que una vez siente la plenitud de la vigilia, en la que la persistencia de las cosas se ajusta a las leyes físicas, sin que genio maligno alguno induzca a pensar que uno más uno no son dos o el rostro de su madre mezclado con la cara del papa amonestándole por haberse comido una salchicha con mostaza, prepare café en el pequeño camping-gas que espera en un rincón de la habitación, sobre una pequeña mesa, no sin antes retirar la grasienta sartén donde abrasa los trozos de carne que tanto le gustan. Después apaga la luz, sube las persianas y abre las ventanas, para que el sol defina con mayor claridad la porqueriza en la que pasa las noches y se airee.

En el armario guarda unos vaqueros descoloridos y unas cuantas camisetas negras, algunas con manchas de lejía que forman medallones que dan efecto de diseño. No tiene más ropa, ni la necesita; y a diferencia de la habitación, la ropa siempre está limpia y planchada. Lo único que cambia son los calcetines, que gracias a una tienda de descuento que ocupa todo el bajo del bloque donde vive, se surte de ellos semanalmente a razón de diez pares por dos euros. Más dificultades presenta el calzado, del que procura abastecerse con calidades que aguanten semestralmente sus deambulares.

Siempre que sale tiene presentes las palabras de su padre, el cual aseguraba que la calle es la selva, que en la selva no existe ni el bien ni el mal y lo único que se justifica per se es la supervivencia. La calle es una selva con un solo recurso: el dinero, y una sola especie animal: el hombre. El dinero es el fruto que abre las puertas a los demás frutos, y el hombre es el obstáculo, pero también la posibilidad, para acceder al dinero. No obstante, y aunque en esencia estaba de acuerdo con su padre, al principio descartó el factor dinero, pues creyó que éste no era necesario para abastecerse de comida, pilar básico de la supervivencia, ya que dedujo que con las palomas, los perros y los gatos abandonados, y en algunas ocasiones ratas, había alimentación suficiente para sobrevivir en la calle.

Pero la supervivencia es caprichosa y acaba hartándose de aquello que dispone con regularidad, de modo que al cabo del tiempo empezó a sentirse insatisfecho. Además, era notorio que aunque con ello ahorraba dinero, no podía prescindir totalmente de él, y los animales menores le proveían de carne, cierto, pero carecían de billetera en sus vísceras. En la calle la cueva es un piso que hay que pagar si uno no se las quiere ver con el mayor de los depredadores, que es la policía, la cual bate a diario los parques y los bajos de los puentes, recolectando en los furgones cuerpos alcoholizados y drogados como modo de regular la población de carroñeros. Y estas dudas, maduradas en la voracidad de tres piezas por día y dedicación exclusiva, encontraron respuesta al recibir una carta de desahucio.

De nuevo las palabras de su padre salieron en su auxilio, al ponerse de relieve, como una cuestión olvidada, la importancia del factor humano en el frondoso juego de la alimentación. El hombre como obstáculo, pero también como posibilidad en la cual se aunaban los dos aspectos en los que basaba la supervivencia: carne y dinero. No obstante, en este horizonte también aparecían las fauces de la policía, cuyo fino olfato se basaba en pruebas de ADN, huellas dactilares, patrones psicológicos y sociales y algunas técnicas de tortura. Pero contra ello se alzaba la imagen de esas masas gregarias que salen de las cuevas a trabajar como forma de recolectar el dinero justo para pagar la cueva y la comida. En la calle esos corderos son devorados en su esfuerzo, en el desgaste diario de energía, limitados a comer ensaladas y verduritas hervidas ante el excesivo precio de la carne y tirados a la basura cuando no pueden dar más de sí, sumándose a esa masa de carroñeros que marcan huesos y huecos en la dentadura mientras huelen un tomate enmohecido.

Llegado a este punto, entendió que para estar en las partes más altas de la jerarquía trófica callejera había que competir directamente con los grandes depredadores. En este sentido, para escapar de las fauces policiales era primordial no dejar rastro, y ello pasaba necesariamente por volverse invisible. La experiencia con los animales menores ya le había demostrado que la invisibilidad también era importante cuando se trataba de cobrarse la presa. A mayor invisibilidad mayor acercamiento, siendo la cercanía la que determina si el golpe resulta definitivo.

Decidió centrarse en humanos acomodados, que vivieran solos y a los que muy poca gente pudiera echar de menos. Decidió que antes de proceder al desangrado, debía hacer creer que se trataba de un robo, por lo que había que forzarlo para que le diera el número de la tarjeta de crédito, lo cual serviría también para abastecerse de dinero. Pero antes debía realizar un seguimiento y registro de las costumbres, para así determinar el momento oportuno para realizar el ataque. Decidió que debía priorizar aquellos que superaran los setenta kilos y que no destacaran por su altura. Pensaba que sacar el máximo dinero permitido del cajero pudiera hacer creer a la policía que se trataba de un humano que había decidido dejarlo todo y largarse a otra parte. El cuerpo mejor era despiezarlo y congelarlo, con la previsión de sacar antes de dormir aquellas partes que iba a consumir al día siguiente.

No tardó en darse cuenta de que para reducir al máximo la visibilidad, debía cambiar de zona cada vez que necesitara una nueva pieza. Una serie de desapariciones en la misma barriada sería pronta excusa para el husmeo policial. También se encontró con que cuando rastreaba un área, siempre se le daban un mínimo de cuatro candidatos, decantándose siempre por los que parecían menos preparados para defenderse y más confiados a la hora de acercarse. No obstante, el ataque siempre lo realiza por sorpresa, practicando un golpe certero en la nuca que lo deja dócil para el amordazamiento. Nunca actúa hasta que no está totalmente seguro de la infalibilidad del golpe. También ha comprobado que un cuerpo da para un mes de comida, día más día, día menos; y en lo que respecta a los ingresos, con pequeñas diferencias entre las presas, ha podido asegurar la cueva contra el desahucio y además comprar un congelador de cien litros de capacidad.

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2 comentarios to “Teoría del cazador”

  1. micromios Says:

    El hombre es un lobo para el hombre, la única diferencia es que el hombre cocina y congela los alimentos.
    Ultimamente noto que tus textos tienen un regusto a desengaño y desconfianza sobre el hombre. Y las noticias te dan la razón.
    Salut
    PD: hem tingut el temps canviat, aquí pluja i fresqueta i per la ciutat grisa he llegit que sol i bon temps. Hem estat en remull molts dies, a verure si ja ve el sol. L’herba cada cop més alta i un bé de déu de flors. Cuida’t.

  2. Susan Urich Says:

    Es curioso, se me vino la frase “el esqueleto de un árbol” a la cabeza, y se me ocurrió introducirla en el navegador de google, simple curiosidad, a ver qué salía. Apareció este blog. Leí esa entrada, leí muchas entradas, y por fin caigo en esta, la más reciente. Ha sido grato descubrir tus textos. Son buenos. Un saludo.

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