Teoría del deseo

Imagina uno de esos miles de software pensados para facilitarte las cosas. Imagina que de entre esos miles hay uno que tras un periodo de aprendizaje en el que memoriza todos los movimientos que realizas, posteriormente delinea pautas con las que anticiparse y ofrecer servicio inmediato.

Así, registra que las páginas de fútbol son las primeras que ves, siempre la sección de noticias para pasar a la parte de las clasificaciones, pichichi, tarjetas recibidas, tarjetas señaladas, curiosidades, palmarés.

Con el tiempo es capaz de diferenciar entre costumbres arraigadas, como la futbolística, y aficiones temporales, que adquieren aspecto de costumbre hasta que llega el día en que se abandonan, como fue esa pasión inesperada por saber que ocurrió en la segunda guerra mundial. Imagina que llegas a casa y te espera un libro que el software ha encargado, adelantándose agradablemente a tus intenciones o que te recuerda que toca el trimestre Enero-Marzo de 1941.

Imagina que cuando cambiaste la contienda mundial por el seguimiento de los lugares en los que se han perpetrado los mayores crímenes, el software contrata un billete de avión para visitar Cielo Drive y el hogar de “La familia”, con guía incluida. Es cierto que quizás hubieras preferido Auswitch, pues seguías fascinado por la organización industrial del genocidio. Pero hay que tener en cuenta que dado que se trata de un software basado en el aprendizaje, estos errores se subsanarán con el tiempo.

Imagina que no falla cuando te interesas por los venenos más letales e indetectables y el software te obsequia con las instrucciones de fabricación del fluoroacetato de sodio. Pero dadas las dificultades para producirlo en casa, el software se decide por realizar un pedido que al cabo de los días recibes, pero en el que se exige una autorización del gobierno. Que no te sorprenda que el software haya gestionado los permisos, quizás falsificando algunos datos en los que se asegura que es para preparar tu tesis doctoral. Es en este momento en el que debes decidir si quedarte con el veneno o por el contrario explicar que se trata de un error o de otro que tiene tu mismo nombre.

Almacenado el veneno, aunque sin ninguna utilidad por el momento, quedas gratamente sorprendido por la eficiencia del software y decides simular que te interesas por las mejores maneras de borrar las pruebas de un crimen. Investigas y aprendes que hay que quitar las huellas dactilares y asegurarse de que no hay cámaras ni micrófonos ocultos ni testigos físicos o que dado el ADN, lo mejor es simular un incendio si se cuenta con suficiente tiempo, evitando en lo posible llenarlo todo de gasolina y dejar caer una cerilla. Imagina que el software te detalla las mejores maneras de provocar un cortocircuito cercano a objetos inflamables o aprovechar que la víctima fumaba, pues se podría jugar con la mala fortuna que supone la caída de una colilla encendida en la espuma del colchón.

Imagina que el software te consigue una cita con una mujer, rubia natural o artificial, alrededor de uno setenta de estatura, sesenta kilos de peso, ojos preferiblemente azules, liberal, fumadora, después de analizar y determinar como costumbre las regulares visitas a páginas que prometen este tipo de fotos. El software ha enviado la foto de un actor de cine, poco conocido, eso  sí, pero que se te parece, de tal modo que pesa más la hermosura de un mentón ancho que la fama. Imagina que el software es capaz de realizar combinaciones entre aficiones  y costumbres y considera a esta mujer como víctima, de modo que te recuerda que ha encargado la cena y te avisa de que llegará a las nueve a casa de ella, señalándote que debes servir las bebidas pero nunca beber.

Imagina que alarmado sales disparado hacia la cita y que el software te consigue un taxi, pero llegas quince minutos tarde. Llamas al timbre. Sientes un gran alivio cuando ella abre la puerta. Os presentáis. Te gusta y piensas proponerle salir a cenar, no sin antes deshacerte de las bebidas. Pero antes ella te dice que pases, que ya ha preparado la mesa y espera que no te importe que haya tomado un vaso de vino. Lo que no te imaginas es que cuando el cuerpo de ella colapsa, en lugar de llamar a una ambulancia, te dejas llevar por el placer de ver como se retuerce entre convulsiones, violentas al principio, pero que lentamente van perdiendo intensidad. Después la miras a los ojos, esperando captar el momento exacto en que se apagan.

Ahora, tan solo tienes que apretar el botón.

Anuncios

Etiquetas: , , , , , , ,

Una respuesta to “Teoría del deseo”

  1. micromios Says:

    Puede hacer todo, todo menos morir por ti. O …
    Esclofriante.
    Salut
    PD: ja de vacances el temps passa més ràpid, però no tant com per a què no em deixi gaudir dels petits plaers de les coses. Com llegir i a vegades escriure o veure una posta de sol. O agrair que no fa tanta calor com era d’esperar. Potser algú ho havia desitjat.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: