El impasible

Sobre la ventana se dibuja la espigada silueta de la torre 88. Sus ansias de inmortalidad contrastan con la enfermedad que le corroe. Una célula cambia su destino y arrastra a las otras hacia la novedad de la metástasis. Tose. Es la revolución sin futuro. La revolución que avanza por los pulmones, el riñón, el hígado, el estómago. En la piel se dejan ver algunos efectos en forma de manchas que varían entre las negruzcas del cuello a las violáceas de los genitales. Su cuerpo va camino del colapso mientras la torre se mantiene firme, bajo el sol y la luna, la lluvia, el viento y la nieve. Dicen que adentro disfrutas de unos agradables veintidós grados. Se pregunta si dentro de quinientos años aún seguirá en pie, o por qué no, exagerando un poco la pregunta llega hasta los doscientos millones de años. Aunque intuye que no quedará en pie sino quizás enterrada o derruida dentro de pocos años para construir otra más grande, más alta, con más capacidad para fagocitar a los empleados que todas las mañanas se dirigen a sus cuatro portales de acceso. Nada hay eterno, porque el tiempo es desgaste, degradación, pérdida de un diente, de la piel, del pelo; erosión de una formidable roca que cambia a roquita y termina en polvo. El error de la división celular, que se repite con una merma silenciosa que acaba explotando en una proliferación incontrolada que aprieta y asfixia los tejidos sanos. No puede imaginar unos andamios que duren doscientos millones de años. El viento, el agua, la nieve, la aluminosis. También cabe la posibilidad de que la guerra se pierda y el enemigo decida demoler la torre. La paz no es eterna, ya que tan solo es tiempo de entreguerras.

Ahora comparten tiempo. La torre se puede ver desde cualquier punto de la ciudad. Siempre está presente, como un punto de referencia, de confluencia, de norte y salvación. Los desorientados la buscan, los turistas la fotografían, los desconocidos se citan en sus aledaños, los aburridos buscan acción en sus más de cinco mil tiendas y treinta cines, los habitantes la observan desde sus ventanas. En el pico tiene un mirador que según dicen, los días más claros, se puede ver el mar. Piensa que si se puede ver el mar también pueden verle a él o a cualquiera que no tenga protegidas sus ventanas con cortinas y no vivan en bajos o detrás de edificios más altos. De todas formas, ¿quién va a querer observarle? Lo más normal es apartar la vista ante la degradación después de un rápido y morboso vistazo. No son agradables las manchas de la cara, las más visibles, y cada vez es más difícil ocultar las del cuello, que crecen hacía arriba como si intentaran unirse con las otras. Son los colores de un mapa de guerra, que tras los sucesivos años van adquiriendo la tonalidad de un color dominante frente a la paulatina reducción de otro. Es una guerra perdida. ¿Por qué no se rinde?, se pregunta.

No se rinda fueron las palabras que el doctor de la planta agroalimentaria en la que trabajaba apuntilló la noticia de que padecía cáncer, muy avanzado, al tiempo que le remitía un volante para que se presentase en la cuarta planta números 457-456-455-454-453-452-451 de la torre 88. Recomendaba quimioterapia, aunque era su responsabilidad determinar si prefería seguir otro tratamiento. No se rinda le dijo también el jefe de personal que le esperaba con rostro preocupado en su despacho después de esgrimir el contrato, en el que se hacía legitimo despedir al empleado dada la incapacidad presente o futura de desempeñar su trabajo, por lo que se le aplicaba la generosa bonificación 8.8, consistente en bonos comida mensuales, con los que podría cubrir la parte alimentaria del resto de su vida.

Aquella fue la primera y única vez que fue a la torre. Aquella fue la primera vez que vio la plantas baja, primera y segunda, que juntas formaban el centro comercial más grande del mundo. No pudo evitar un comprar un desaborío helado de limón antes de subir y esgrimir el volante, a partir del cual fue enviado a la habitación 451. Allí el doctor que le esperaba le informó que había sido debidamente informado de su situación, por la cual se veía en la obligación de denegar tratamiento dada las nulas posibilidades de supervivencia, por lo que se le hacía beneficiario de la clausula .88, consistente en el uso de un apartamento de treinta metros cuadrados dotado de cama, nevera y ducha, por lo que gozaba de tres días para preparar la mudanza. Un empleado de servicios sociales le visitaría todos los martes a las doce del mediodía para comprobar que aún seguía vivo, por lo que estaba obligado a morir dentro del apartamento o en su defecto estar presente para firmar el parte al empleado, por lo cual se le instaba a reducir sus salidas al mínimo posible. En caso de que el empleado le encontrara en condiciones de total y definitiva incapacidad estaba autorizado a aplicar la disposición 88., por la cual se le daría un final digno a su paso por el mundo.

Los días pasan. La torre es un impasible. El asistente sordo, ciego y mudo de una desaparición. Un ente sentado en una silla en una habitación oscura. Puede pensarse que ni siquiera tiene tacto, que no huele. Solo aspira y transpira cuerpos, algunos de los cuales se desmayan. Cuando despertó creyó no poder moverse. Al final se levantó. La mancha de la mejilla ha recibido el mensaje de sus compañeros de armas y pugna por abrirse paso para unir los frentes y el territorio conquistado. Mira la torre. De allí sale el empleado que controla semanalmente su estado vital. Está casado con la muerte. Divorciado de la vida. La comida ha cambiado de sabor. Se ha acogido a la disposición .8.8, por la que renuncia a un diez por ciento de recursos alimenticios básicos a cambio de no salir a comprarlos y recibirlos por paquete. La tercera vez que firmó el parte el empleado parecía impaciente. Quizás una fiesta. Quizás misiones retrasadas. Ahora espera que llegue la cuarta firma. Curiosa forma de medir el tiempo. Un parte firmado significa una semana más de vida oficial, aunque te mueras minutos después de que el empleado se haya ido. La fecha se demora una semana. Pero cada semana ganada supone una semana menos. Imagina morir en presencia del empleado. Imagina que al menos le coge la mano mientras exhala la última bocanada de vida, sin importar que solo sea porque debe tomar el pulso y en sus ojos no haya más compasión que la del número ciento ochenta y ocho.

Sin embargo, es consciente de que lo más probable es que acontezca fuera de la hora exacta en la que aparece el empleado. Un día caerá y no podrá levantarse. Quizás pueda arrastrarse y llegar al sofá, del que siempre sobresalen las torcidas tibias, las cuales cuelgan sin llegar a tocar el suelo. Le duele la espalda. Acostado también puede ver la torre, aunque la perspectiva reduce su visón al último piso, al pico, que según dicen fue diseñado tan afilado que apenas hay doce metros cuadrados de espacio en su interior, justo encima del mirador. Espacio suficiente para albergar una campana inmóvil, desposeída de ruido y cuyo único fin es girar en caso de que los enemigos hayan alcanzado el centro de la ciudad. Desbandada general. Ruido de bombas. Los últimos focos de resistencia. Los irreductibles que no creen en la victoria, pero tampoco en la rendición. Morir matando es otra perspectiva de la muerte digna, de la muerte del héroe, del inicio del recuerdo y la leyenda. Manchas de cara y cuello se han encontrado y las manos le tiemblan. Algún día caerá y no podrá levantarse. La diferencia entre el empleado y él se centra en la conciencia de duración. ¿Quién se acordará de nosotros dentro de doscientos millones de años?

La torre tiene forma de cuchillo de cocina, aunque con la base un poco más ancha. Cierra el ojo izquierdo y superpone el cuchillo sobre la torre. Intenta ajustarlos pero los bordes de la torre sobresalen. Siente un leve mareo. Las horas se acaban, aunque parece que hoy podrá firmar el parte. Quizás mañana sea el último día. El cuerpo se desmorona. La campana suena en su cerebro. Las células malignas superan a los defensores. Hay violaciones. Asesinatos sumarios. Saqueos. Juegos de pistola y arbitrariedad en las ejecuciones. El empleado entra y le ofrece el formulario. El bolígrafo que le presta tiene la forma exacta de la torre. Una reproducción en miniatura que crea la ilusión de ser dueño de la misma. Imagina que un día vendrá y lo encontrará en el suelo, desencadenado con ello el protocolo para la recogida de cadáveres, limpieza del apartamento y reocupación inmediata de otro moribundo al que visitará todos los martes a las doce del mediodía. Después llevará el parte a la torre para insertarlo en el registro, que los historiadores quizás analizarán en busca de un nombre o de la cifra exacta de defunciones en la década 88. Que el nombre sea el del empleado o el suyo se hace indiferente cuando esgrime el cuchillo de cocina y lo lanza a la garganta. El corte es preciso y el empleado se desangra con la misma frialdad con la que previamente anotó la fecha y la hora. Según la disposición .8.8., al asesino se le aplica pena de muerte súbita una vez comprobada su autoría. Espera.

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Una respuesta to “El impasible”

  1. micromios Says:

    Impactante. Un misterioso K, una Torre sin gemela con la que sucumbir, un viaje por el Scriptorium pero con un final más interesante y las noticias de ayer todo bien aderezado hacen que este texto me haya gustado mucho. No puedo evitar me remita a libros leidos. Me ha parecido que la muerte es el mejor final
    Salut
    PD: Jo ja he tornat de vacances (Nàpols, entre els emperdors i les ecombraries) i la feina es presenta atractiva, al menys fins al proper mes. La calor que no ha fet s’ha guardat tota per ara i els carrers bullen. No acaba de ploure.

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