Teoría de la duda

Una sombra se recorta sobre la fina lluvia que cae, incesante, empapando silenciosamente la ropa. Las luces fosforescentes ofrecen refugios temáticos. Una cueva, una barra, el desierto. Chocar los hombros de otros no es algo infrecuente, como tampoco es recibir un insulto que es mejor ignorar, pues se camina hacia una esquina, hacia un contenedor de basura que rebosa de moscas y de ese hedor agriado que es la suma de restos de café, cola, yogurt, caramelos, zumo de naranja, de manzana, de plátano que también deja su ausencia en piel o como yogurt recargado de bifidus y vitaminas E, D y B.

Allí, bajo la parpadeante farola, aparece y desaparece una silueta que fuma, que espera a que se acabe la pausa para volver al frenesí de una cocina un sábado por la noche. Siempre con la pausa aprovecha para tirar uno o dos sacos de basura. Él está autorizado a utilizar ese contendor, pero hay otros que no y alevosos tiran sus basuras porque no pueden pagar un contenedor propio. A esos se les persigue. El dueño del restaurante se ha quejado de que le es imposible mantener la calle limpia mientras no se detenga a los furtivos. Cuando llega se pone unos guantes de plástico y con una vara revuelve buscando papeles rotos que muestren el principio de una dirección o un nombre completo. Muchos se cuidan de tirar el correo en lugares lícitos, pero a veces ni las más extremas precauciones les privan del movimiento rutinario de abrir la puerta de debajo del fregadero y tirar la carta del banco que informa de los últimos movimientos del mes realizados por Elizondo Gonsalveç.

Un nombre es suficiente razón para sancionar. Cada cual es dueño de su propia basura y las cartas desechadas son el certificado de propiedad. Juan José Colomer Grau. Un nombre significa una dirección donde enviar la cuantía de la multa así como dos folletos en donde se explica lo injusto y abusivo que es utilizar los contenedores de otros. Los nombres se encuentran en la factura salpicada de kétchup de dos hamburguesas plus prima, dos colas gigantes y tres porciones de alitas de pollo picantes. María Lamela. Una dirección puede conducir a nombre después de descubrir los restos discretos de los paquetes utilizados para distribuir vibradores o muñecas de tamaño real que copian a las chicas en bikini de los ángeles. Jonás McFarlan. La pregunta surge cuando lo que se encuentra es un dedo, pues cabe dudar de si su dueño es dueño asimismo de la basura.

Ahora bien, lo que sí está claro es que en un primer momento el asunto compete al estamento de policía criminal, por lo que no duda en llamar. Entretanto, y una vez finalizada la jornada, se le ocurre preguntar en el parte si un dedo, de cuyas huellas dactilares cabe colegir un nombre y una dirección, es causa suficiente para determinar comportamiento alevoso.

Abierto el debate, finalmente el jefe del departamento de basuras determina que solo cabe la multa en caso de que carezca de requerimientos judiciales o condenas por cumplir o forme parte del victimario, accidental o no. En el caso que nos ocupa y una vez la parte policial determinó en un noventa y cinco por ciento de probabilidad de que el corte se debiera a un accidente casero, y atendiendo a la circular del jefe, le es lícito cursar una multa. Ahora bien, pese a la claridad con la que debe actuar, cierta picazón en el estómago le ayuda a tomarse una licencia profesional y averiguar si el dueño del dedo era el dueño de la basura, pues aún duda de que pueda haber una relación directa entre basura y dedo como puede haberla con los restos de correos.

Toda dirección remite a un habitáculo y todo nombre a un cuerpo, en este caso uno al que le falta el índice. Todo habitáculo tiene un camino que lleva a cruzar la gran autopista, siempre colapsada y llenada por las veloces voces de la radio, que continuamente apelan a la última hora, al último minuto, al último segundo. La originalidad reducida al instante en que aparece lo nuevo, aunque solo sea una infidelidad más o una nueva guerra o el hundimiento del euro o el comienzo de la campaña estival. De un segundo a otro pasamos de la primavera al verano, de la calefacción al aire acondicionado, de la autopista a un barrio con baches en el asfalto y niños descalzos en las aceras. Al bajar pisa una jeringuilla y al entrar en el vestíbulo una cara desdentada le pide una moneda. El ascensor está roto y en el descansillo del cuarto hay un ente que duerme bajo el calor de su propio hedor. Intenta no pisarlo y sigue hasta llegar a la planta quince, en donde llama al número quinientos veintitrés.

Nadie abre pero al cabo advierte que la puerta está abierta. Entra. Las persianas están bajadas. Huele a calcetines usados, tabaco, sudor genital y aliento matutino. De pronto se enciende la luz y puede ver a su supervisor sentado en el sillón, detrás de una mesa con una bandeja de acero y unas tijeras de podar. Lo primero que hace es observar las manos, pero el supervisor parece completo y con un gesto le pide que se siente. Sin más dilación el supervisor le informa que se ve obligado a cursar denuncia y punibilidad una vez demostrada violación en la aplicación del protocolo de elaboración de multas según el cual: un dedo perteneciente a persona jurídica es prueba suficiente para definir propiedad de la basura una vez descartados requerimientos judiciales o pertenencia al victimario de un crimen. Dicha violación se castiga con la amputación del índice derecho y su posterior abandono en un contenedor restringido a fin de detectar la presencia de agentes negligentes. En caso de que el sujeto activo de la acción punible rechace la pena se le acusará de deslealtad, por lo que se cursará expulsión inmediata del cuerpo.

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Una respuesta to “Teoría de la duda”

  1. micromios Says:

    Esta teoría tiene muchas probabilidades de obtener resultados a corto plazo. Ya hay contenedores personalizados, pagamos según la basura que generamos y la autoridad competente legislando sobre qué es basura y a los artistas creando directamente basura.
    Salut
    PD: avui plou, lo suficient com per a què el sol reposi i la terra es renti la pudor d’un estiu sec. Encara que dintre de poc ho maleiré, tinc ganes de que arribi el fred.
    M’ha alegrat saber de tu. El sud està convuls per la infeficacia d’uns i altres.

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