Teoría del zombi

Pone la cafetera al fuego sin darse cuenta de que no la ha llenado de agua, por lo que en unos minutos, cuando acude a comprobar si ya ha salido el café y extrañado ante la tardanza del gorjeo que señala la salida, se lamenta de que el calor ha dañado la goma que sujeta el filtro. Al tomar conciencia de que debe comprar otra goma, le entra una abrumadora sensación de pereza. Vestirse, abrigarse, coger el autobús, entrar en el supermercado y sumergirse en esa iluminación sin sombra que todo lo resuelve en paquetes de letras grandes y coloreadas. Pero el poder tomar café es primordial. Sin café no puede empezar a andar, a pensar, a trabajar o a combatir precisamente la pereza. Es un activo vital y el horror light que le acaece cuando imagina su ausencia a las seis de la mañana, antes de ir a trabajar, le supone el empujón definitivo para ponerse los pantalones e ir a la parada del autobús.

Seis minutos despiertan la impaciencia de la espera y el aire frío del invierno el lamento por haber olvidado la bufanda que le hubiera protegido de los inicios sintomáticos de un catarro. Que malas son las prisas, piensa, pero las prisas son efecto del frío y la exigencia de exponerse a él el menor tiempo posible. Volver al refugio, al calor, la comida y el poder dormir fuera del alcance de  los depredadores. Un calor que paradójicamente dará vida a un virus inoculado en la intemperie y en el contacto con el hombro de la mujer híper-perfumada que ha dicho a regañadientes que el asiento en el que estaba su bolso estaba libre o con la del polvoriento obrero de ropas reflectantes que se ha sonado la nariz con un pañuelo de tela. Calor alimentado de radiadores, calor del edredón de pluma y de las manos de la vendedora que han rozado las suyas y se han sonrojado.

Calor que prepara una cortante hostia de frío cuando tiene que esperar de nuevo al autobús, parcialmente satisfecho porque mañana no faltará café en la mesa. Calor de los cuerpos apretujados, de los frenazos, de los treinta segundos para que unos puedan bajar y otros subir. Calor que reacciona ante la proliferación del virus, que se multiplica, que necesita espacio y que ya ha tomado las colinas de la garganta. Suda y por ello humedece la camiseta de un chaval que no tiene más remedio aguantar. Suda y huele. Tose sin poder taparse la boca mientras recibe dos o tres males de ojos. Al bajar del autobús se siente desbordado por la recuperación del espacio. Ahora ya no hay nadie sobre el que sostener su debilidad. Se desmaya.

 

Despertar y ver una pared blanca. Parpadear rápidamente como consecuencia de unos ojos molestos por el exceso de luz. Da unos cabeceos como síntoma de pánico, siente un pinchazo y se relaja, se relaja hasta que vuelve a caminar por los prados, tranquilo, acariciando la hierba mientras de lejos escucha una voz de mujer que parece cantar unas nanas. Lentamente se va dibujando, al fondo del prado, una casa de madera, que nunca ha visto pero que le resulta familiar. Se dirige hacia allí, la casa cada vez más grande. Abre la puerta y sabe que debe subir a su cuarto, en donde le espera la cuna que su abuelo talló con sus manos. Se acuesta y se relaja, se relaja.

 

Despertar y ver una pared blanca. Parpadear rápidamente como consecuencia de unos ojos molestos por el exceso de luz. Intenta dar unos cabeceos como síntoma de pánico, pero algo le sujeta. Después una voz que parece salir de un altavoz le pide calma, serenidad. Dado que no puede luchar cede, pero pregunta. No hay respuesta. Al menos no inmediata. Antes la voz le pregunta si le apetecería un zumo de naranja. El replica que mejor un café, aturdido. Solo hay zumo de naranja de tal modo que solo puede responder sí o no. Sí, aunque no puede beberlo si sigue maniatado. La voz sentencia que aún es pronto para eso de modo que le van a administrar por vía intravenosa las propiedades exactas de un zumo de naranja recién exprimido.

Intenta dar de nuevo cabezazos, mezcla de pánico y protesta. Siente un pinchazo. No ha visto quien se lo ha administrado. Solo puede mirar la pared blanca o cerrar los ojos. Siente que suda. Se queda quieto. Jadea rápidamente, parece que le falta el aire. La voz le pide calma, serenidad; estado que ya no puede ser inducido con medicamentos y que solo puede hacer por sí mismo, por propia voluntad. Dada la impotencia y el dolor de cuello cada vez que se creía con fuerzas para romper la correa que le sujeta la frente, para y afirma que se ha calmado pero que necesita saber por qué. La voz dice que el por qué es irrelevante y que lo que en realidad apremia es su disposición a colaborar. Añade además que hasta que el número de pulsaciones por minuto no descienda no pueden considerar que se haya tranquilizado, por lo que aprovecha para pedirle una vez más calma, serenidad.

La voz da paso a unos minutos con violines que no le producen ningún efecto. La pared blanca es un foco de exasperación multiplicado por el exceso de luz que atraviesa los parpados. Pero lo peor es la inmovilidad. Un cuerpo que no puede sacar el nervio. Tiene la sensación de que pronto algo va a explotar, no sabe si el corazón o su cabeza. A veces aprieta los dientes. A veces cree que puede dormirse si realiza un esfuerzo para vaciar el cerebro. Pero los violines se imponen y reclaman atención. En un arrebato escupe hacia la pared, pero el gargajo cae en su pecho. Con la cabeza inmovilizada es muy difícil llegar lejos. Debería entrenar, fortalecer músculos faciales y adquirir habilidad para producir gargajos con el peso perfecto para un vuelo directo. Imagina un gargajo verde, griposo y quizás manchado de nicotina; un gargajo que rompa el predominio del blanco. Se da cuenta de que pensar en gargajos le distrae y en un arrebato de optimismo, sin posibilidad de calcular las pulsaciones por minuto, le hace saber a la voz que se ha calmado.

Espera respuesta unos minutos pero al cabo cree que los violines van a sonar durante mucho tiempo. Intenta de nuevo agitarse, contorsionarse, removerse. Cada vez que lo intenta se cree con la fuerza suficiente para romper las correas. Pero al cabo, cuando se da cuenta de que no ha movido ni un centímetro y el dolor le hace imaginar cardenales en los antebrazos, tobillos y frente, ceja en el empeño. Vuelve a soltar un gargajo, con todas las fuerzas que es capaz de reunir; el cual llega esta vez unos centímetros más cerca del ombligo. Siente una rabia inmensa. Quiere morder. Agarrar la voz y darle un bocado en la garganta. ¡Eso no se hace! Es entonces cuando la voz interviene pidiendo de nuevo calma, serenidad; a lo que replica con un no le sale de los cojones relajarse mientras no le dejen levantarse y apaguen esos putos violines.

La voz, como si no hubiera escuchado y tan solo se ciñera a un guión o a una grabación, pregunta si le apetece comer pan, queso y disponer de medio litro de agua. Responde que comer es llevar de la mano a la boca, masticar, saborear y detenerse cuando aparece la sensación de hartazgo; y no una jodida inyección que deja el estómago vacío y que no es siquiera capaz de engañarlo. ¿Qué mierda esperan? La voz responde que tan solo tiene que decir sí o no y que por lo demás las cosas están claras, pues tan solo esperan calma, serenidad. Creyendo que hace daño, decide abstenerse; por lo que la voz, pasado un tiempo prudencial, da por hecho que se ha decantado por el no. Vuelven los violines y en ese momento los violines zarandean sus nervios hasta el punto de que piensa poder romper las correas o creer que solo parará si se rompe el cuello o un brazo o una pierna. Pero el esfuerzo no sirve siquiera para mover un milímetro, aunque sí para que se quede sin energías, muy lejos de poder romperse el cuello. Jadea.

El gargajo ronda su cabeza, pero tiene la boca seca y no le apetece sumar una mancha más o menos cerca del ombligo. Calma, serenidad. Respira hondo, como si con ello quisiera marcar la recuperación de un nivel destacado de energía, que viene envuelto por la trampa de hacerse creer que puede romper las correas. En ese momento los violines alcanzan un punto extático, que silenciosamente ha ido creciendo, preparando la explosión, la culminación. Por alguna razón cree que esta vez sí, que lo conseguirá, que las correas se disolverán como efecto de su furia y que podrá volver a ponerse en pie. Y mientras empuja imagina que una vez libre descubrirá el rostro que hay detrás de la voz, con todas las ganas que ello desata y que contribuyen a una presión que alcanza su peak cuando siente que los ojos es la única cosa que consigue mover, aunque está vez parecía que iban a saltar sobre su ombligo. Los violines se apagan. Parece que hay una pausa, lo que conduce a desvelar una abrumadora sensación de agotamiento. Cree que puede dormir, aunque piensa que ayudaría si bajaran un poco la luz.

De pronto la voz empieza a contar ovejas, susurrando los números. Una oveja. Dos ovejas. Tres ovejas… De una oveja a otra hay una pausa de un segundo que marca el ritmo de unas palpitaciones que se van acelerando. Mataría a la oveja, a las ovejas. Quince ovejas. Cada golpe de voz acrecienta la rabia. Veinte ovejas. Siente como se hinchan las venas de su cabeza. Suda, aprieta los dientes, se constriñe. Entonces la voz deja de contar ovejas. Las mandíbulas se relajan y puede escuchar con nitidez las palpitaciones que retumban en el pecho. La voz, mostrándose decepcionada, le advierte de que no hay más remedio que recurrir a medicamentos, una vez comprobada su incapacidad para serenarse, calmarse. Y antes de que pueda realizar el último intento para romper las correas, motivado porque parecía que la voz le hablaba de más cerca, casi rozándole la frente, siente un pinchazo en el brazo. Maldita hija de la gran… Todo se vuelve en una oscuridad apacible que lleva a una puerta que es un vestíbulo que da directamente a una pradera en donde solo tiene ganas de correr hasta alcanzar la casa que se recorta en el horizonte que se agranda hasta llegar a su puerta y entrar y subir a la habitación donde espera la cuna que su abuelo talló con sus manos.

 

Despertar y ver una pared blanca. Parpadear rápidamente como consecuencia de unos ojos molestos por el exceso de luz. Da unos cabeceos como síntoma de pánico, se remueve y siente como algo viscoso pringa su cara, su ropa. Da un grito y con unos manotazos se quita todo lo que tiene encima. Esta mareado, pero no lo suficiente como para saber que al despertar ha movido un cubo de basura que ha volcado directamente sobre él. Huele a plátano, pescado, ensaladilla. Da unos pasos. Esta en un callejón. Al fondo se filtra la luz que conduce a una calle principal. No sabe exactamente su ubicación, pero se siente optimista, pues sabe perfectamente que esa es su ciudad.

El mareo persiste. Le gustaría correr, pero el mareo persiste. Al menos puede caminar, piensa, y está seguro de que podrá coger un taxi. Se busca en los bolsillos. Mierda, ha perdido o le han robado la cartera, pero está seguro de que en casa sí hay. Lo difícil es convencer al taxista, y más teniendo en cuenta que carece de documentos que pudieran servir de fianza. Piensa que debería ir a la policía, pero ahora mismo no le apetece que nadie le haga preguntas. Mejor en casa, mejor una ducha, mejor intentar recordar que le ha ocurrido. No obstante, no puede dejar de sentirse optimista, pues ¡puede moverse! Avanza con el cuerpo oscilante.

Al llegar a la bocacalle se para en seco y observa de un lado para otro. Intenta reconocer la plaza, el nombre, las líneas de autobús y las paradas de taxi. También los bares y las tiendas de ropa, o el kiosco en el que ocasionalmente compra el periódico y dos paquetes de tabaco. Pero antes de que pueda darse cuenta de alguna marca, cree reconocer una voz, un tono de voz. Mira a la izquierda, buscando la procedencia y cree que corresponde al primer rostro que ve, al cual se abalanza con rabia. ¡Eso no se hace!, piensa. Maldita hija de la gran puta, eso no se hace. De un bocado le arranca parte del cuello. Saborea la sangre lo justo para darse cuenta de que la voz se ha trasladado a otro cuerpo. Mira a la derecha y lo identifica de inmediato. Por suerte está cerca, la garganta está cerca. Pero no puede detenerse en saborear la carne pues la voz es rápida y toma de inmediato otro cuerpo. Tras varios cuerpos dejados atrás piensa que quizás la voz no cambia de cuerpo, sino que está en todos los cuerpos. No tarda en darse cuenta de que otros piensan como él, de modo que facilitan la tarea a su propio cuerpo, el cual, en ningún momento, ha dejado de oscilar.

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Una respuesta to “Teoría del zombi”

  1. micromios Says:

    Uf, sinceramente se me atragantó el café. No soy mucho de zombies, a parte de los de serie B, pero este tiene un fondo real que me asusta. No por los mordiscos sino por la capacidad de la sociedad de crearlos.
    Salut
    PD: ja ha passat el fred, ara toca dies indecisos, entre tornar a l’hivern o deixar la primavera entrar. Com que no estan acostumats, alguns arbres i plantes han mort, espero que revifin amb el sol. El fred mata els virus, pero també plantes i en alguns llocs les persones. Llástima que mai hi hagi un remei sense efectes colaterals.

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