Teoría del desprecio

El nervio sobreexcitado. La nariz continuamente aspirando. La boca mascando de manera furiosa un chicle que hace horas que perdió el sabor, observando como si fuera un radar que lanza sus ondas de búsqueda. La cabeza va de un lado para otro sin que los ojos parpadeen, excesivamente abiertos. Sigue líneas de recorrido que rápidamente cambian de dirección. La rodilla se mueve al son de una batería que se repite y engancha. Va al baño, rápido. Orinar y una línea. Sacar primero los mocos. El cerebro como una turbina. Volver y apoyarse en la misma columna de antes, creyendo que todas las luces le iluminan. Cuando cree que se ha equivocado de local y que allí nadie parece apreciar su aura, sale.

El sol dota de ardor a los ojos enrojecidos. Se pone las gafas. No sabe adónde ir. Lo único que tiene claro que a dormir no, que aún le quedan dos y que para nada tiene sueño. Siente que todos le miran, le admiran. Siente que irradia alegría, paz, felicidad, clase. Todo a gusto del que le mira, irradia lo que te gusta, lo que necesitas, lo que apetece, lo que no eres y quisieras ser. No le importa sonreír cuando choca con un chaval ajetreado, esperando unas disculpas. Pero el chaval le mira con el desafío que proporcionan tres colegas a sus espaldas. Está claro que si quisiera les daría una tunda. Quizás podría probar con una sola mano, para entretenerse un poco. Pero a cambio cree percibir unas buenas nalgas a las que pretende seguir y cuando está lo bastante lejos realizar una sonrisa de desprecio. Si quiero los mato.

Pero la vida triunfa ante la muerte cuando unas luces anaranjadas se dibujan en sus gafas de sol. Girl´s. Algo le dice que allí, que allí es fácil, que tan solo tiene que contactar con los ojos que le darán en el baño la mamada de su vida. Todo se hará más fácil si insinúa que aún le quedan dos. Algo le dice que allí abundan esas bocas esqueléticas que abren los ojos de alegría y pasividad cuando descubren que eres un hombre que aún le quedan dos. Pero el paraíso esperado viene coartado por dos porteros sudorosos y anabolizados. El paraíso cuesta cincuenta euros con derecho a copa, le informan. Puede pagar. Advierte la desilusión de los porteros, que esperaban un pequeño altercado. Realiza un bufido de desprecio mientras entra, no sin antes dejar propina. Sois mis empleados, estáis a mi servicio.

Al entrar vuelve a hacerse de noche con luces fosforescentes, cambiantes y que iluminan por intervalos los rostros de aquellos que mascan un chicle que hace horas que perdió el sabor, observando como si fueran radares que lanzan sus ondas de búsqueda. Los nervios sobreexcitados. Las narices continuamente aspirando. La pista de baile está vacía y los rostros se alinean en la barra. A todos les quedan dos y en algunos momentos alguno abandona la barra para ir al baño y prepararse unas líneas, no sin antes sacarse unos mocos que ya parecen marcianos. Cerebros como turbinas. Aunque está decepcionado porque allí no hay cacho que coger no puede dejar de caminar hacia la barra, como si fuera un metal atraído por un imán. Pide un cubata y su cabeza se alinea con la de los otros, mirando a izquierda y derecha, moviendo las rodillas al son de la música. Antes de dar el primer trago, se pone un chicle de menta en la boca. A diferencia de los demás, su chicle sí que tiene sabor, y los desprecia. Patéticos.

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2 comentarios to “Teoría del desprecio”

  1. Herr Luengisland Says:

    Aun me quedan dos y si quieres… tengo 50 euros

  2. micromios Says:

    Cualquier cosa nos hace sentir superiores, aunque la realidad nos iguale.
    Sin tener ninguno hay gente que lo tiene todo.
    Salut
    PD la primavera a part del corte inglés ja és aquí, amb pol·len i al·lèrgies, i sant jordi a punt d’arribar. Que la ciutat grisa canvii aviat de color.

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