Sexo, dinero, drogas

Una película a nueve francos, dos pajas, cuatro cincuenta cada una. Otra paja más supondría una mayor amortización de la película, pero ya no siente, la sangre ya no sube, mejor un vaso de leche. No obstante espera poder bajar el precio de la paja dentro de una hora, a lo sumo una hora y media. Aún faltan treinta minutos de película y la brunnette que mira como corta el césped su musculoso jardinero parece suficiente motivación. Se llama Olga, tiene 32 años y forma parte de la tercera historia del segundo volumen de “Ricas y ninfómanas”. El televisor muestra las comillas de pause en una esquina mientras Olga, tirada en la hamaca, abre lo suficiente las piernas como para enseñar que debajo de la toalla hay un cisma. No obstante, no siente estimulo alguno. Antes al contrario, el glande palpita y escuece, y rechaza cualquier nueva agitación. La excusa perfecta para rehuir una mayor amortización de la paja son unos gritos que se cuelan por la ventana.

Se asoma. Nada serio. Unos yonkis peleando, azuzados por la desconfianza y el egoísmo físico del síndrome de abstinencia. Escupe con la esperanza de darle a uno de los dos. Después es él el que grita, harto de que rompan la paz del vecindario. En un arrebato piensa coger el cuchillo jamonero y salir detrás de ellos. Piensa que si escarmenta  a uno la voz se correrá y nadie querrá pelear en su esquina. Pero los ojos semicerrados de Olga le frenan. Se acomoda en el sofá. Play. Olga se mueve, parece inquieta. El jardinero la mira de reojo mientras corta unos matojos. Ella se deshace de la toalla. Suda. Pause. Los putos yonkis vuelven a pelear. Esta vez parece que se están matando. Uno grita como si hubiera perdido al hijo. Va a la ventana.

Se asoma. Grita y amenaza con bajar y matar a los dos. Ni puto caso. Las ganas son las de ir a la cocina y coger el cuchillo jamonero. Se van a enterar. Sin embargo, escucha sirenas. Piensa que al fin alguien ha tenido cojones de llamar a la policía. Los yonkis parecen no escuchar y uno sigue pataleando al otro, sabiendo que una vez lo deje inconsciente se quedará con el corte que en principio iban a compartir. Mientras llegan o no llegan los gandules de la policía aprovecha para ir a mear. Cuando vuelve no duda entre la ventana o el sudoroso bikini de Olga. Parece que los gritos han terminado. Play. El jardinero se acerca a Olga para preguntarle si el césped es de su gusto o lo prefiere más corto. Olga responde que prefiere que le dé crema en la espalda, pues ella no llega bien. Mientras habla, Olga mira con avidez la cremallera del jardinero. Después se desnuda con naturalidad y se tumba en la hamaca. Pause. Cree haber escuchado un disparo. Aguza los oídos. La calle desprende un silencio inhabitual. Va a la ventana.

Se asoma. Puede distinguir el cuerpo tirado de uno de los yonkis, que se arrastra por el suelo, intentando alcanzar la pared donde apoyar la espalda. El coche patrulla está, pero no puede ver a los agentes. Al cabo los descubre parapetados en la parte izquierda del coche. Parece que están intentando adivinar dónde está el otro yonki. Piensa que si él hubiera bajado con el cuchillo jamonero no se hubiera llegado a esa situación, mientras también intenta adivinar dónde está el otro yonki, al que ve parapetado en un coche aparcado que hay en la acera contraria de donde empezó todo. Lo observa. Empuña una pistola. Piensa que lo más probable es que se la haya arrebatado a uno de los agentes, pues más bien parece uno de esos yonkis que ya han empeñado todo lo que tienen. De pronto grita para delatar a los agentes la posición del yonki. Se escuchan sirenas. Esos cobardes han pedido refuerzos. Un impulso le lleva a empuñar el cuchillo jamonero para acabar con los policías, por cobardes, por pedir refuerzos en una clara situación de ataque ventajoso cuando la piel desnuda de Olga se le ofrece con intensidad. Se acomoda en el sofá. Play. El jardinero se restriega sobre el culo de Olga a la vez que masajea su espalda. De pronto ella se da la vuelta y le pide crema en los pechos, mientras se decide a desabrochar la cremallera del jardinero. Pause. Está claro que han sido tres disparos y piensa que quizás los policías se han decidido a atacar. Va a la ventana.

Se asoma. El yonki armado se desangra mientras los dos agentes le dan puntapiés para ver si se mueve. Llega una ambulancia que atiende al yonki que había sido pataleado previamente. Nada grave, ningún hueso roto, solo los dos dientes que le quedaban han saltado, de ahí la profusión de sangre en la boca. Piensa que si él fuera uno de los médicos en lugar de vendas utilizaría el cuchillo jamonero como un servicio sanitario especial, como un servicio sanitario de eliminación de basuras especiales. Pero no, nadie se atreve y esos cobardes solo salvan vidas que ya no valen nada. Tiene ganas de agarrar el cuchillo jamonero y acabar con aquellos que salvan vidas inútiles. La cocina esta cerca y se dirige a ella arrebatado por el ahora o nunca. Pero la boca de Olga le frena. Play. El jardinero ha dejado atrás cualquier formalidad, experto en mujeres, toca e introduce a la millonaria en la pérdida total de conciencia. Olga grita y pide, tan acostumbrada a dar órdenes a la servidumbre, que los gemidos a veces parecen arengas de capataz, lo que hace que el jardinero empuje con más fuerza. Pause.

Una película nueve francos, tres pajas, tres francos redondos cada una. Ya no cree posible amortizar la película. Al menos por hoy. Considera ideal llegar al franco cincuenta. Pero hoy no puede ser, pese a la rubia que espera en los últimos quince minutos del segundo volumen de “Ricas y ninfómanas”. Mejor irse a dormir y recuperar fuerzas. Pero antes se acerca a la venta. Se asoma. Del jaleo solo queda la silueta del yonki dibujada en el asfalto. Piensa en lo mucho que se hubiera ahorrado si él hubiera bajado con el cuchillo jamonero. Pero ahora es demasiado tarde. Antes de irse a la cama se cruza con los juveniles ojos de Candela, cuarenta años, que mira a su anciano marido con insatisfacción, mientras comen en una de esas mesas que en lugar de acercar separan. Piensa que es una buena oportunidad de bajar el precio a dos con veinticinco francos. Stop. Todo eso ocurrirá mañana, piensa mientras bosteza.

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2 comentarios to “Sexo, dinero, drogas”

  1. Herr Luengisland Says:

    Señor Colomer !!!!
    Esa fue , es y sera mi vida contada desde la perspectiva 3000 viviendas.
    Estoy deseando volver a hacer el paseo con nuestras bicicletas por aquel territorio de cuchillos jamoneros.

  2. micromios Says:

    Dejar para mañana la dignidad o que otros la tengan por mi.
    Salut
    PD feia dies que no passava, veig que segueixes vapulejant consciències. Molt pol·len

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