El elitista

Trescientos caballos y una estabilidad fuera de lo común desperdiciados en el puto atasco. Arrancada. Frenada. Arrancada. Frenada. Pitos. Seiscientos caballos desplegados en un anuncio en el que la carretera estaba vacía y era una línea recta hasta el infinito, hasta el confort, hasta el éxtasis de la velocidad y la gasolina quemada. Arrancada. Frenada. El coche que tiene delante es una mierda. Parece de tercera mano y es casi seguro que sus piezas ya no se fabrican, por lo que apostaría a que su dueña tiene que vagar por las chatarrerías cuando algo se estropea. Esa mierda de coche debería estar prohibido, como debería estar prohibida la ropa sport de los mercadillos, las marcas blancas de los supermercados y los diamantes de plástico en la oreja. Arrancada. Frenada. Arrancada. Frenada. Pitos. Piensa en la elaboración de una Ley de la Vergüenza cuyo espíritu sea una especie de apartheid de lo barato, de lo mil veces usado, de lo remendado. No puede ser que una autopista que permite velocidades de ciento ochenta kilómetros hora esté colapsada por coches de mierda como el de esa señora de adelante o el de ese señor de la izquierda, que ha comprado la copia china de la alta gama y si bien es cierto que tiene espacio, allí todo está envuelto por el chirrido de lo plastificado. Putos imitadores. Todos quieren riqueza pero solo unos las tienen. Arrancada. Frenada. Pitos. Los que no tienen riqueza solo pueden copiar sus efectos y creen tomar caviar cuando comen chuletas de cerdo con sabor a antibiótico o en lugar de ser estrellas de fútbol sienten la gloria del último minuto en las videoconsolas. Arrancada. Frenada. Arrancada. Frenada. Pitos. Vidas baratas que atascan la suya y le impiden llegar con suficiencia a la oficina. Menos mal que el desastroso coche de delante ha tomado un desvío. Un descanso para sus ojos. Pero aún tiene a su izquierda al amante de la copia china. Piensa en la elaboración de una Ley de Distribución de los Espacios Poblacionales, en la que a cada franja de ingresos se les permita circular por determinados sitios y tenga vedados otros. Arrancada. Frenada. Está claro que los que ganen menos de cien mil al mes y los parados tendrían prohibido la utilización de esta autovía. Incluso estaría dispuesto a pagar una cuota mensual para el mantenimiento de la autovía con tal de poder dar libertad a los seiscientos caballos, de los que hace un alarde para que el puto amante de la copia china le mire y le envidie. Arrancada. Frenada. Arrancada. Frenada. Pitos. Mi coche solo puedes mirarlo. Quizás conozcas todas sus prestaciones porque lo has leído en tu revista favorita de motor, asombrándote por el precio mientras rellenas un boleto de la loto. No son baratos seiscientos caballos. No son baratos tus sueños. Arrancada. Frenada. No es barato tu deseo de tener lo que yo tengo. Pero sí es barata tu envida, gilipollas, que te lleva a comprar espaciosos automóviles chinos con motor de motocicleta. Realiza otro alarde y cuando termina siente la insistencia de los pitidos del coche de atrás y mira. Se encuentra un huesudo y largo dedo corazón tapando la cara de lo que cree es una vieja. Vuelve a mirar hacia delante. Arrancada. Frenada. Arrancada. Frenada. Pitos. Enciende la radio. Ha perdido las ganas de seguir pensando en los fracasados que colapsan la autovía. No obstante, vuelve a mirar hacia atrás para ver el rostro de esa maleducada cuyo único alarde es tirarse pedos delante de sus amigos y reír escandalosamente. Ella le mira directamente a los ojos. Él sostiene la mirada, pero no por mucho tiempo, puesto que tiene recorrer los escasos diez metros que se han abierto. Arrancada. Frenada. Desde atrás vuelve a escuchar los pitidos contra él. Vuelve a mirar y se encuentra de nuevo con el dedo corazón. Aunque no es partidario de dejarse afectar por la chusma, no evita sentir el desaire, la caída del estómago, la sorpresa que deviene en rabia. Si hubiera sido un amigo lo hubiera tolerado en espera de una oportunidad para devolver la ofensa. Una cuestión de tiempo, una cuestión de justicia en las idas y venidas. Pero con esa desgraciada, chusma barata, le resulta inconcebible y se siente violado. Arrancada. Frenada. Arrancada. Frenada. Pitos. La vieja vuelve a reclamar una mirada. No mires. Lo mejor ahora es ignorar a esa chusma. Además, él tiene la justicia de los caballos, de los que repite alarde, rugido, superioridad de la tecnología formula uno con respecto a una vieja desdentada, a la cual solo le queda el dedo corazón y un pito desinflado. Arrancada. Frenada. Piensa que lo mejor para todos sería una Ley de las Relaciones entre Clases, en la que se regularan las actitudes cuando los que ganaran menos de cien mil al mes y los que ganan más de cien mil al mes no pudieran evitar el encuentro público. Por descontada estaría la imposición de fuertes castigos cuando las vida baratas faltaran al respeto. Arrancada. Frenada. Arrancada. Frenada. Pitos. Se regodea pensando que el ruido del motor ha ahogado la arrogancia de esa desgraciada. Solo él tiene derecho a la arrogancia en ese río de metal y asfalto. A la sensación de victoria se le une la alegría de vislumbrar el desvío que conduce a la oficina. Los atascos son agotadores. Esa gente, a la que debería denegársele el derecho al automóvil, es agotadora. Arrancada. Frenada. Una vez tome el desvío espera no tener que apretar el freno hasta llegar a su aparcamiento. Pero antes decide remarcar su victoria mirando atrás mientras pisa el acelerador y orquesta el alarde final de la casta. Ella ha tenido tiempo de advertir que él se va a dar la vuelta y deja preparado el dedo. Vieja estúpida y cabezona. Arrancada. Frenada. Arrancada. Frenada. Pitos. Toma el desvío. La vieja queda a su izquierda y se despide con el dedo. Ahí te mueras. Entre los tuyos. Rodeada de chatarra y productos congelados. Ojala explote ese motor de mierda que se parece a tu corazón. Acelera. Acelera. Los pitidos quedan lejanos. Acelera. Acelera. En esa calle tiene espacio y tiempo para dejar a atrás a los elementos molestos. Acelera. Acelera. Tiene la sensación de que el dedo de la vieja hurga en sus nervios. Acelera. Acelera. No pienses. Acelera. Acelera. Por poco no atropella a lo que cree es un viejo con su perro. Acelera. Acelera. Mira por el retrovisor y cree percibir que el viejo también contesta con una peineta. Acelera. Acelera. Cuando vuelve a mirar de frente es demasiado tarde para evitar la colisión con una camioneta. No obstante, frena sin esperanza y antes de que el potente airbag le quiebre el cuello, puta vieja, le da tiempo a percibir un cadavérico dedo corazón dibujado en el morro de la camioneta.

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2 comentarios to “El elitista”

  1. Sergio B. S. Says:

    Quillo Juanjo, me gustaría saber algo de ti, pichita. Escríbeme al mail, please. Un abrazo sureño.

  2. micromios Says:

    Siempre me dejan tus textos como si hubiera recibido un golpe en una de mis ideas.
    Salut
    PD: aquí sembla que no tindrem estiu, llàstima perquè m’agrada el sol.

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