Teoría de la alegría

De pronto una lágrima se escurre por la mejilla. Piensa que puede deberse a una infección. Hace días que nota el ojo derecho siempre húmedo y aunque en el espejo no encuentra diferencia con el ojo izquierdo, está claro que algo no encaja. Toma la lágrima como una buena señal, una señal de curación. A lo sumo en dos días la sensación de humedad en el ojo desaparecerá. Una segunda lágrima en un intervalo de treinta minutos parece una confirmación. No obstante pregunta al compañero si nota algo raro. El compañero se acerca y pregunta dónde está el problema. El problema es la sensación de humedad en el ojo, la sensación de estar a punto de llorar. Pero, eso sí, sin cuestiones sentimentales, ya que es obvio que se trata de una infección. El compañero dice que no ve nada fuera de lo normal aunque si le duele mejor que vaya a un médico. Él dice que no es dolor. Quizás incomodidad. Por lo demás, cuando cierra el ojo sano sigue viendo bien y duda de si realmente es necesario un médico, pues parece que no se trata de algo grave. En cualquier caso quizás en la farmacia puedan ayudarle. Una tercera lágrima le reconforta y apaga un tanto la preocupación. Cree sentir el ojo seco o al menos con los estándares imperceptibles de humedad. Piensa que el cuerpo se cura a sí mismo. Piensa que el cuerpo necesita su tiempo para completar la curación cuando siente que la humedad va creciendo.

Cuando sale del trabajo, después de tres lágrimas más, acude a la farmacia mientras la humedad se reagrupa. Piensa que si en la farmacia son testigos de una de las explosiones lacrimales les será más fácil atinar con el remedio. Sin embargo, cuando la chica que le atiende dice no ver nada extraño lo atribuye a la inexperiencia de ésta, quizás infalible en las gripes y catarros más comunes, pero ciega para las infecciones oculares. Se demora en la salida observando una estantería donde se acumulan milagrosas latas para adelgazar. Piensa que si espera un poco saldrá otro dependiente con más experiencia, quizás el propietario, capacitado para responder a los más sutiles síntomas. Pero antes de que esto llegue a ocurrir sufre una explosión lacrimal y esperanzado se dirige otra vez al mostrador, con el dedo señalando el camino dibujado en la mejilla y saltándose la cola. La chica reacciona a la defensiva y para quitárselo de encima le expende un botellín de gotas desinfectantes, nerviosa, desbordada. Dos cuarenta. Pero no, el sabe que eso no es el remedio, pero traga y se va, pues sabe que de allí no va a sacar nada que le ayude. No obstante, se mete en el primer baño público para probar las gotas. No pierde nada, piensa, pero antes lee el prospecto y se ofende cuando se encuentra con una simple solución salina que ayuda a eliminar cuerpos extraños al ojo. Tira el botellín a la basura, contrariado, mientras una nueva explosión acontece.

La infección parece extenderse al otro ojo. Piensa que ya no es cuestión de farmacias, sino de médicos. Duda de si es mejor acudir directamente a un especialista o seguir la cadena y visitar a su médico de cabecera. Cierto temor a que se rían de él por una minucia le inclinan hacia el doctor Rodríguez, el cual es siempre eficiente en el tratamiento de sus quejas. Así, cuando las lágrimas se precipitan de los dos ojos, algo que ya había previsto, apresura el paso con intención de que le atiendan sin cita previa, lo cual, ha olvidado, significa esperar y esperar hasta que haya un hueco, sentir la frustración de ver como hay quién entra y en un máximo diez minutos la asistenta del doctor le llama. Pronto se da cuenta de que allí no es bienvenido. El doctor está ocupado todo el día y es reacio a hacer horas extra. Solo tiene posibilidad en caso de que una de las citas no acuda. Es en este momento cuando vuelve a llorar y una alegría inmensa le invade. La gravedad de la infección se ha hecho patente. Lo ve. Mire. Estoy enfermo. No es un catarro. Estoy enfermo de verdad. Pero la asistenta no opina lo mismo y le pide que se deje de tragedias, que hoy es un día con muchas embarazadas y los niños siempre van primero. Aunque intenta explicarle que las lágrimas no se deben a la decepción sino a una infección y que es razonable que se trate de algo urgente, finalmente se rinde y pide cita para el próximo día, cuanto antes mejor. La mujer dice que para mañana están completos pero que tiene posibilidad de ser el primero para pasado mañana. Después llama al siguiente paciente. Se resigna mientras las lágrimas vuelven a caer y esta vez, quizás, sí ayudan a aliviar la frustración.

Al salir, mientras se reproduce el mecanismo de condensación en los ojos, se pregunta si está dispuesto a esperar o acudir a urgencias. Siente que las condensaciones son cada vez más rápidas, de modo que las lágrimas saltan con más asiduidad. No quiere ser un hombre que llora. Es una infección muy extraña. También le inquieta el alivio que sintió después de llorar tras los rechazos de la asistenta. En cierto modo el alivio que sintió se debía a la coincidencia entre unos nervios que necesitaban escapar y la sucesiva explosión lacrimal. En este sentido la infección, con toda la carga de maldad que se le quiera atribuir, con toda la carga de amenaza, sirvió como remedio a una excesiva carga de frustración. Piensa que quizás no se encuentra en una situación de verdadera urgencia. Lo mejor es llamar al trabajo y tomarse unos días libres. No se siente con fuerzas para explicar a los compañeros que es una reacción frente a una infección y no un estado emocional precario. Puede imaginar la molesta carcajada de González, hecha para certificar a todo el mundo que algo le hace gracia, hecha para arrastrar otras carcajadas y devenir en coro chistoso de la tragedia. Los hombres no lloran en el trabajo. Los enfermos no van al trabajo. El jefe es comprensivo aunque lo apunta todo. Pero peor es que lo vean llorando.

Parece que la infección ha empeorado cuando ha apagado la lámpara de la mesilla de noche. Justo en ese momento, justo cuando empezaba a escuchar su respiración, ha roto a llorar, de manera continua, al menos unas dos horas. Alarmado se ha mirado en el espejo, esperando encontrar una fuente de pus o legañas gelatinosas. Pero los ojos parecían normales, para nada enrojecidos e incluso no se podía decir que fueran unos ojos llorosos, aunque quizás, sí, los parpados un poco hinchados. Lo extraño era que las lágrimas no parecían pertenecer a los ojos y más bien caían como esos globitos de agua que los actores revientan para vencer la dificultad de llorar ante las cámaras. Está inquieto. Intenta comprender buscando en páginas web que finalmente no aclaran nada, ya que en muchas de las patologías descritas presenta unos síntomas pero le faltan otros. Después de las dos horas de lloro continúo, las lágrimas caen a intervalos de más o menos treinta minutos. Piensa que ahora hay luz, y aunque no puede asegurarlo al ciento por ciento, cree que ha ayudado a cortar la hemorragia. No obstante, la herida sigue abierta. Pero dado que considera que es demasiado tarde para acudir a urgencias en tanto que no hay razones que conduzcan a pensar que va a morir esa noche, decide experimentar y apaga la luz. Espera, mira su sombra, se escucha respirar y de pronto las lágrimas se vuelven torrenciales. El pulso se acelera.

Le parece inobjetable que hay una relación entre oscuridad y lágrimas. La luz atenúa la infección. Es algo que debe decir al médico. Quizás el virus, o la bacteria, quien sabe, se incubó de noche y es fotosensible. Pero dado que la luz no neutraliza la infección, cabe pensar que al agente patógeno le es más dificultoso llevar a cabo sus ataques, lo cual, paradójicamente, es síntoma de su fortaleza. Le preocupa que la infección pueda estar creciendo y pronto la luz ya no sirva como última defensa. Mientras acontece de nuevo una explosión, investiga en la red sobre bacterias y virus fotosensibles y la mejor forma de combatirlos de forma casera, al menos provisionalmente. El mejor consejo que puede leer es que acuda a un médico. La alarma se desata cuando aparece la palabra cáncer. No obstante, no presenta ningún síntoma. No siente dolor, no tiene visión doble, no hay llenura en los párpados o en la cara. No tiene siquiera enrojecimiento. Este no tener atenúa las alarmas. Seguro que no es nada. Pero dado el exceso de ansiedad se produce otra coincidencia y las lágrimas logran aligerar la carga nerviosa. Parece sentirse mejor. Incluso esboza una sonrisa. Se pregunta si cuando hay coincidencia llora de verdad y no hay infección. Quizás hay alivio porque antes ha habido emoción. Con la infección hay preocupación. No quiere quedarse ciego.

Se imagina ciego. Solo. Sin nadie que le ayude, a tientas, desorientado, desesperado. Se imagina el rechazo de los vecinos, quizás un alma caritativa que le hace la compra y le roba las monedas, quizás un compañero haciéndole una visita para contarle como está el ambiente, los últimos despidos, los últimos ascensos, los nuevos lameculos. El miedo a salir a la calle, expuesto, debilitado. Se imagina en el suelo, pidiendo auxilio en la oscuridad mientras escucha el zapateo de los viandantes. Llora. Hay de nuevo emoción. Apaga la luz porque sabe que hay un torrente de tristeza que necesita salir. Llora. Lentamente la emoción se apaga. Llora. La sensación de alivio se extiende por todo el cuerpo. Lentamente la coincidencia se apaga. Llora. Enciende la luz. Las lágrimas caen durante un rato más. Ahora son molestas. Las infecciones son molestas. El llanto cesa. Es solo una tregua. Pronto volverá a llorar, enfermo, automáticamente, lágrimas sin emoción. Lo mejor es ir a urgencias. No puede esperar, de lo contrario, intuye que caerá en un pozo sin fondo. Se pregunta si aún hay tranvías o si lo mejor es pedir un taxi. Le molesta la idea de que alguien pueda verle llorando. Lo mejor sería ir a pie, amparado por la luz anaranjada de las farolas y unas gafas de sol. Mientras se viste  reconoce que la infección ha dado gusto a la hipotética tristeza del ciego, aunque es reacio a otorgar valor a tal emoción.

Cree que la transparente iluminación de la sala de espera restará posibilidades a la ofensiva bacteriana. Le han dicho que en cuanto puedan le atenderán. Cuenta las personas que esperan junto a él. Diez es un número redondo y excesivo para sus intereses, aunque no tarda en darse cuenta de que el número varía según los que entran y los que salen. Parece una noche tranquila, según deduce de los bostezos del guardia de seguridad. Pero de pronto irrumpen las sirenas de una ambulancia y tres hombres con batas blancas salen a la carrera. Empieza a llorar. Un cuerpo se convulsiona en la camilla. Piensa que aquello extenderá la espera mientras un niño con rostro amarillento le señala y se ríe burlonamente hasta que la madre le llama al orden y le pide disculpas. Pese a la enfermedad el niño no pierde la alegría. No pasa nada. El niño no sabe que él es una máquina estropeada y no un cobarde, un cagón que no se atreve a saltar por encima del pozo. Se impacienta cuando llega otra ambulancia. De pronto por los altavoces se les pide que si no es estrictamente necesario vayan a sus casas, pues en las próximas horas van a recibir a los heridos de un accidente múltiple. Su mirada se cruza con la de un hombre con el brazo partido que lleva esperando más o menos el mismo tiempo que él. Llora. Sopesa la gravedad de las lágrimas y decide marcharse. Al salir observa como bajan a un niño con la cara rajada y el horror grabado en los ojos. Llora. Marcado de por vida, señalado por niñatos amarillentos en el todo vale de los recreos. Entonces se sumerge en una calle sin farolas. Las lágrimas arrecian.

La visita al doctor Rodríguez no ha servido absolutamente de nada. Primero se ha mostrado escéptico con la descripción de los síntomas reforzada por dos demostraciones reales. La luz empieza a no tener efecto. Después, el doctor ha examinado los ojos como la forma más eficaz de consumir los quince minutos que se ha asignado por paciente, para al final soltarle en la cara que o bien era un farsante o bien debía remitirle a un mecánico del alma. Le ha parecido preocupante que el doctor no se sintiera intrigado por una enfermedad rara y mientras rompía a llorar por tercera vez se ha atrevido a sugerirle que un examen superficial no era suficiente, que era necesario ir a la sangre. La infección está en la sangre. Después le ha despachado con unos ansiolíticos y el número de teléfono de la doctora Cecilia, una buena especialista. Ha llorado, y una vez en la calle, el desaire ha coincidido con las lágrimas. Una vez aliviado se pregunta si el doctor tiene razón. Al fin y al cabo es el experto. Quizás más que una infección lo que le aqueja es una disfunción de la mente. Se toma una pastilla. Se pregunta si la coincidencia es más que eso, simple coincidencia, y va más allá y es un camino que debe recorrer para curarse. En ese sentido, piensa mientras la pastilla hace efecto, el alivio bien pudiera ser la recompensa por tomar el camino.

Mientras llora de nuevo por medio de la infección, piensa que el alivio sentido en las lágrimas de tristeza comparado con las de la frustración era, por qué no decirlo, más poderoso, más gustoso. Entonces busca en la tristeza y la burla del primer niño le empuja a la cara rajada del segundo y la tristeza similar que le aquejó cuando se imaginó ciego. Ambas eran situaciones de desamparo. Era este un gusto por el vaciamiento, por la descarga de una condensación emocional en la que la precariedad era el vector que aumenta la presión. La tristeza fruto del desamparo. Recuerda a su madre. La pobre dejó un día de luchar. Estaba cansada. Sonriente hasta el último momento. La última caricia. Llora. Recuerda cuando le cogió la mano, cuando sintió la tensión del último segundo, la distensión del segundo después y el frío de un mundo sin madre que te tiende la mano cuando te has caído. El ciego en el suelo, la raja en la cara que te convierte en un viejo de doce años. Llora. Recuerda cuando Marta lo abandonó. Lo siento. Me gusta otro. No lo conoces. Me hace sentir especial. Tú me gustas, pero… Llora. Cuando Lorena, después de haberle dado esperanzas, se decantó por Pedro. Sabe tratar bien a las chicas. Es encantador. Lo siento. Tiene algo que tú no tienes. Llora. No preocupas a nadie. Mamá siempre era una mano que te acariciaba cuando estabas bajo de moral. Pasaba suavemente los dedos por los cabellos, sin cantar, aunque no importaba, pues el hecho de tocarte era el canto mismo. Llora.

Llega un momento en el que se da cuenta de que el alivio no llega. Se alarma. Llega un momento en el que deja de llorar y la tristeza sigue ahí, mesando las entrañas. No ha habido deshago, descarga. No puede imaginarse que la infección se haya curado. No puede ser. Se desespera. Hundido en la tristeza no pueden faltarle las lágrimas ahora. Camina. Siente los ojos hinchados. Escuecen. No ve salida sin el alivio que producen las lágrimas. Testa. No hay condensación. Camina. Testa de nuevo. Lo que antes era una incomodidad es ahora una necesidad. No puede admitir que una vez se ha lanzado al pozo se ha quedado sin lágrimas. Llueve. Camina. La infección ha cancelado sus servicios. Las defensas han ganado. El cuerpo se ha curado a sí mismo. Quizás necesitaba la tristeza para provocar una tormenta que limpie todo. Quizás ha tenido que sacrificar defensas propias. Sacrificar el alma para seguir viviendo. Camina. La enfermedad ha sido vencida a costa del alma. No ve salida. No le tranquiliza la salud. Necesita llorar más. Necesita el alivio, no su perspectiva interrumpida. Camina. Llueve. Al fondo se dibuja la estación de tren. Se dirige a ella. Testa. No hay condensación.

Entonces piensa que no hay más esperanza que los raíles. Los ojos se han secado y el alma no está aliviada. No habrá coincidencia. Los trenes salen y entran. Las ruedas resbalan después de que se activen los frenos. Las salidas son un poco más bruscas debido al momento de aceleración. Siempre hay una resistencia con la que contar, eso es obvio, y el cuerpo, curado, se resiste a saltar con un interregional que acaba de llegar. No obstante, se siente arrebatado por la idea de que los raíles son el alivio, el alivio definitivo, quizás el más placentero, la descarga del alma. Quizás al otro lado le espera la madre por la que ya no puede llorar. Quizás pronto llegará ese niño con la cara rajada y rendido a la idea de la horca. Allí habrá paz, el fin del desgarro. Ningún niño te podrá señalar, aislar, repudiar. Hay una línea de seguridad que aparta del peligro de las ruedas. El corazón se acelera cuando coloca los pies en la zona amarilla. Pronto llegará un intercity. Todo está programado. El tren partirá en diez minutos. Se pregunta si no es mejor aprovechar la salida y el momento de aceleración. Una salida le parece incluso más optimista. El tren arranca y antes de que cierren las puertas salta. Abre los ojos. La ventana guarda los restos de la lluvia, el reflejo de su rostro. No sabe adónde va. No tiene billete. La condensación vuelve a organizarse. En breves minutos llora de alegría.

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