El apagón

Se indigna cuando lee en una carta que debido a unas obras van a estar sin agua un mes. Terror. ¿Cómo se puede soportar eso? ¿Cómo puede el ayuntamiento permitir eso? Cuando vuelve a leer siente alivio. Se trata de publicidad. La carta te pone en la situación de los niños de África que viven sin agua. Pide que les ayude. Después le invade la rabia. No se puede jugar con los sentimientos de las personas decentes así. Ni un puto duro. Yo también ando justo, no de agua, pero sí de dinero. Si un niño de África tiene agua él no puede pagar la factura de la luz. Y sin luz no hay agua caliente pues el calentador es eléctrico. Tampoco hay aire acondicionado, ni el partido de los domingos, ni la serie de los jueves, ni las pajas en las live cam. Se llena un vaso de agua. Bebe la mitad. Bufido de soberbia. La verdad es que prefiere la cola y se permite el lujo de acompañarla con hielo. Si él renunciara a la factura de la luz no podría hacer hielo. Nuestros abuelos lucharon para que nosotros pudiéramos hacer hielo.

Para pagar la factura de la luz tiene que levantarse de lunes a viernes a las seis de la mañana y preparase una café de capsula, que está hecho en menos de cinco minutos, lo cual le permite ganar diez minutos de ducha y salir a coger el tranvía número catorce, a las siete y cuarto. Después le espera el jefe, al que saluda puntual, fresco, lleno de energía. Sabe que el jefe le aprecia y siente las palmaditas en la espalda, a pesar de que muchas veces no se llevan a cabo de manera física. Que la factura de la luz esté directamente relacionada con el jefe es algo obvio, de manera que siempre aprovecha, en la pausa de las diez, para llevarle un café e insinuar que López no va al baño sino a fumar, que Adelaida ha realizado dos llamadas privadas con el teléfono de la empresa a día de hoy y que el chico hace lo que se le manda y cuando se le manda, y que por el momento no se le ven intenciones de escaqueo. De sangre le viene. Al jefe hay que agradecerle que haya contratado a su sobrino y así su hermana, recién enviudada, pueda pagar la factura de la luz.

Es un buen jefe. A veces toman algo juntos a la salida del trabajo. Un poco escondidos. Son ocasiones especiales. El jefe siempre paga los cuba libre. Es en ese momento cuando se siente importante. Entonces el jefe habla del maldito déficit y dice que no le gusta despedir, que es un trauma, y que le agradece muchísimo su ayuda. Se nota que el jefe sufre. El jefe paga los cuba libre y abre su corazón. Con los amigos se puede contar hasta el final. Entonces él le cuenta que siempre le ha molestado que Adelaida utilice el teléfono de manera privada como si fuera un derecho. Además ella no es de las que invite mucho a café. De López solo puede decir que lo ha sorprendido varias veces diciendo mamaculos, pelota de mierda, malparido o despectivamente el heredero. Y eso hiere. El jefe comprende y paga los cuba libre. Con los amigos hasta el final. Con el chico no habrá problemas si estiramos las horas de trabajo sin pagarle más. Puede que si lo aprietan pueden añadir a Norberto a la lista de bajas. El jefe paga los cuba libre. Norberto no dice nada, no habla con nadie, parece que no existe, solo se desliza en las taquillas antes de empezar o terminar la jornada. Solo las cuentas notarán que ha sido despedido. En cuanto al chico, la madre comprenderá los turnos dobles y que es el jefe quién paga la factura de la luz. El jefe le abraza con lágrimas cuando se despiden.

Llegar a casa siempre es reconfortante. Está un poco mareado por el alcohol. Tiene hambre. Con el jefe nunca come cuando hay déficit. Solo cuba libres y palmaditas en la espalda. Abre el congelador. Lasaña boloñesa, pizza picante, alitas de pollo adobadas. Mientras prepara la mesa se topa con la carta del niño de África. La tira. El agua de un niño de África es incompatible con el horno a doscientos cincuenta grados. La pizza le espera. Se extraña cuando se da cuenta que debajo de la carta había otra carta, pues él siempre está muy pendiente del correo. La nueva carta es del jefe y antes de abrirla cierra los ojos y pide un deseo. Querido amigo, siento comunicarte que está tarde será nuestra última tarde juntos. Espero que comprendas que hablamos de un déficit demasiado elevado. No obstante, desde las penurias que hemos compartido y el corazón muchas veces abierto, me atrevo a pedirte un último servicio, el servicio del soldado caído que da su vida para salvar al compañero y me digas, que además de a ti, a quién más puedo despedir. Solo espero que está tarde sea una tarde más de compañerismo, emotiva y eficiente, como tú siempre has sido. Siempre tuyo, el jefe. Es entonces cuando se produce el apagón.

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Una respuesta to “El apagón”

  1. Observo Idiotas Says:

    Maldito apagón. Muy buena redacción. A puesto a que este texto lo relatas en plena calle y las lágrimas van cayendo sobre la acera.

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