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La manzana

abril 9, 2014

Los bloques se disuelven por la bruma. Los cuerpos, a lo lejos, parece que pierden su materialidad y se vuelven sombras. Las luces del tráfico y de neón se aparecen poligonales por efecto de las gotas. Las manos en los bolsillos de la cazadora. Una bufanda que tapa la boca y una gorra de lana que impide que el calor se escape por la cabeza.

De vez en cuando una corriente de aire lo hiela todo. El vaho de la respiración. Las prisas. Parar es morir, es dejar que el que viene detrás te adelante y te quite el asiento individual del tranvía. Hay aglomeración de sombras al doblar la esquina. Sombras coloreadas por los anaranjados chalecos reflectantes, chaquetas plateadas que invitan al baile, sonajeros y mochilas para esquiar. Las sombras tienen codos y te jodes si tienes artrosis.

Pero te has sentado. Has ganado. Una plaza, un travelling de cinco paradas, sin música, pitidos de mensajes telefónicos, el pasar de las hojas de los periódicos, cuchicheos y el plástico de las bolsas. Al mirar a la derecha tienes la bragueta de un vaquero. El cristal mojado. Tres paradas.

Antes de una parada vuelven los codos. Este es un barrio muy poblado en el que todos quieren salir primero. Llegar a casa es una prioridad. Allí todo tiene un nombre y los rostros se vuelven nítidos. Eva, tu mujer. Sentada en el sofá mientras Caín y Abel pelean en la videoconsola. Ella media cuando Abel se cansa de perder, haga lo que haga, y le convence para que su hermano lo vuelva a matar. Caín ríe, pero Abel aprovecha su oportunidad de escapar cuando escucha como papa mete las llaves en la cerradura. Es el primero en abrazarle la pierna. Se siente el más querido hasta que llega Caín y se agarra a la otra pierna. Por poco lo hacen caer. Todo son risas. Los niños van a dormir antes de que ellos cenen. Eva se encarga de todo. Después miran la serie de los jueves. La jornada acaba. El despertador sonará a las seis.

 

Las siete y media es la hora en que la mayoría se dirige a la parada del tranvía para trabajar. Allí los nombres vuelven a perderse aunque no los rostros, algunos habituales a esa hora. Pero no es la hora de ser simpáticos y dar los buenos días. Es la hora de los codos, en donde es imposible trabar amistad y el pasado es el resentimiento, pues esa mujer tan guapa fue la que te apartó con un arañazo de los preciados asientos individuales.

El tranvía para y empieza la lucha por conseguir una plaza, un periódico gratuito, un trozo de barra donde agarrarse. Son los tres objetivos prioritarios para hacer más digerible el trayecto. Pero no has sabido luchar. Has estado lento y una vez más esa mujer tan guapa te ha birlado el periódico y la barra. Estas en medio de todo y solo ves espaldas, sostenido por la presión de los cuerpos. Las paradas desatan la lucha por los asientos que han quedado libres, pero desde tu posición solo puedes aspirar a acercarte a la espalda de uno que trabaja en el mismo edificio que tú para que te abra el camino cuando te toque bajar. Tres paradas.

La estrategia de la espalda conocida le sirve al menos para ponerse delante de la puerta y salir una parada más tarde. Todo un triunfo que los de atrás presionan para que sea un triunfo rápido y sin celebraciones. Cinco segundos para bajar que también premian al segundo, al tercero y al cuarto, mientras el quinto es empujado hacia dentro por la masa que quiere entrar. Aire fresco. Ahora a desandar. Una parada de más son diez minutos, poco más. Por izquierda y derecha le esquivan aquellos que tienen más prisa. Poco a poco la silueta del edificio Edén se vuelve sólida. Toda la quinta planta es suya. Sesenta y cinco empleados y una socia: Eva II.

Lo normal es que ella llegue media hora después que él. No comparten despacho. Él tiene asignadas la tarea de desarrollo de proyectos, derecho y contabilidad. Eva II se mueve en las relaciones institucionales y ventas. En la quinta planta del edificio Edén los rostros están definidos y aunque a alguno no sepa ponerle nombre sabe que trabaja en el departamento de informática. Más que suficiente. Allí todos se apartan cuando lo ven pasar. No hay codos. Su entrada es un saludo continuo hasta que cierra la puerta del despacho. Eva II espera. Noticias importantes. Van a cenar con la Serpiente. Al final ha mostrado interés por el proyecto Bahía Paradiso. Puede incluso que acuda ya con sus modificaciones personales, lo cual sería un sí rotundo.

Llama a casa para decir que hoy no cenará con ellos. Quizás llegue tarde. Esta vez no puede rehuir la cita como hace con otros clientes, lo cual le hace sentirse molesto. Nadie duda de que la Serpiente es un inversor importante. Además hay clientes consolidados con los que no les va mal que pueden comprometer futuros contratos por su relación con la Serpiente. De todos modos nada es seguro y en principio la cena es una toma de contacto.

La quinta planta del edificio Edén ha quedado vacía. Solo quedan Adán y Eva II. Han llamado a un taxi para ir a la cena, pero aun tienen veinte minutos. Repasan los detalles del proyecto Bahía Paradiso; más de quinientos millones de presupuesto y unas expectativas de un veinte por ciento de ganancias. Solo dos problemas: la localización y los ecologistas. La localización porque la Bahía es un pueblo de parados a los que se les regalaron las casas antes de que la empresa de pesca para la que trabajaban quebrara. Los ecologistas porque detrás del pueblo hay una cadena de colinas que lo separan del resto del mundo poblada por una masa forestal milenaria y en la que los del pueblo basan su economía actual. Antes pescadores para una empresa, ahora cazadores y recolectores. En este sentido la Serpiente es el inversor perfecto para superar estos escollos.

La idea es demoler todo el pueblo y hacer un pueblo nuevo, no muy grande, que apunte a la exclusividad. Una milla de oro a pie de playa y casas en las colinas, con perímetros ajardinables de más de cien metros y camino asfaltado hasta el pueblo o hasta la autopista. Los potenciales clientes no son la clase media. Solo tienen planeado construir diez casas. Vendemos paisaje y tranquilidad, un lugar de reposo si se quiere o de grandes fiestas si el buen tiempo lo permite; y todo sin la aglomeración que produce el turismo de sobaquillo.

 

En el taxi no hay codos. En el taxi son arrancadas y frenadas. El tráfico no da para más. Puedes pitar y maldecir. Pero solo tienes un espacio de diez metros para apaciguar la frustración antes de la próxima frenada. Al otro lado de la ventanilla los otros autos cambian de color y de modelo. A veces distingues rostros de los que solo cabe decir masculino, rubio, niño inocente que saca la lengua burlona.

La Serpiente ha presentado sus modificaciones. Todas parecían razonables y han firmado el contrato. La intención es desalojar y empezar las obras en un plazo de seis meses. Está satisfecho y no le preocupa las reacciones de otros clientes, envidiosos de la Serpiente. Pronto la lentitud del taxi empieza a desesperar. Tienes ganas de llegar a casa. Entonces piensa que con las ganancias de Bahía Paradiso podrá comprar un helicóptero y sobrevolar a todas esas sombras que se internan en el asfalto para acudir o al salir del trabajo. Dejar de ser una sombra. Dejar de confundirse con esos cuerpos hostiles y estar en diez minutos en la oficina. Adiós a los codos, a la maldita mujer rubia, a las espaldas sudorosas y las quijoteras en la cara. Al fin llegas a casa.

Eva y los niños no le esperan en el salón. Hay una tranquilidad inusitada. Las luces están apagadas. Saluda en voz alta. Nadie responde. Sube a las habitaciones. Vuelve a saludar. De la habitación de matrimonio parecen venir unos gemidos. Parece Eva. Después cree escuchar a Abel. Cuando entra vee la escena habitual. Abel se lanza a sus piernas para ser el primero en recibirle. Cree que Caín juega a estar escondido en las sábanas. Eva está de rodillas en el suelo. El rostro de Eva parece al límite de la vergüenza. Solloza. Le señala con los ojos las sábanas. Se alarma. Se acerca al bulto y simula que ha descubierto el escondite. Abel se aferra con fuerza a su pierna mientras le pide que no se enfade. Tira de las sábanas y el cuerpecito de Caín aparece ensangrentado. Eva grita mientras Abel vuelve a pedir que no se enfade, pues ha sido Dios quién ha ordenado que por esta vez, sea Caín el que muera.

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La construcción de la historia

junio 25, 2009

Une una A con una D con una A con una N y ya tienes un nombre. Con el nombre tienes a un personaje posible y con el personaje puedes tener una historia, la cual puede empezar en una habitación blanca, iluminada por una luz furiosa y exasperante que no permite ninguna sombra. Cerrar los ojos no soluciona nada, pues la luz todo lo penetra. No tarda en aparecer una polifonía constante e hiriente, seguida por una voz profunda que exige una confesión, violando los oídos y haciendo de la conciencia de estar despierto un hecho despreciable. El cuerpo no se soporta a sí mismo y pide perdón, compasión, comprensión. Ha traicionado, mentido, conspirado. Se arrepiente. Pero no es suficiente. La culpa abre una puerta. Afuera espera la selva incierta. Año cero…