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La reyerta

noviembre 7, 2012

El dragón

Hay mierda seca, semi-seca y recién salida del cuerpo. La misma gradación puede aplicarse al vómito y a la orina.

Se sienta en la taza. Caga, eructa. La cocaína le hace sentirse centro del mundo. ¿Por qué no una rayita mientras evacúa? Se sonríe. Genio. Puto genio. El arroz con bogavante sale del ojete y la blanca desgasta el tabique nasal. Genio, puto genio.

Tira de la cadena al tiempo que aspira con fuerza, buscando que el sabor amargo alcance la campanilla y le duerma la boca. Sale.

Se sienta en la barra y mueve la cabeza al son de la percusión endulzada por violines sintetizados.

Muchos héroes en la barra pero ni un puto genio. Un puto genio que prefiere mirar el culo de la rubia, las tetas de la niñata, la raja marcada de la mulata. Solo falta el golpe de suerte, el cruce de miradas y zas!, llega la conquista del monte de Venus, la erupción viscosa, oleosa, ya sin pudor, abierta, gimiente, babeante. Solo una mirada, baby.

Pero la conquista se ve retrasada por una nueva avalancha de nieve, la necesidad de repetir el empujón nervioso, el corazón acelerado, la garganta atragantada, la nariz taponada, el alma llena de palabras que desean salir y que sospechosamente se bloquean cuando intenta forzar una conversación con una de esas niñatas que entran por primera vez y buscan la carne que él ofrece, la carne del veterano, ese que con un dedito y una superpolla te hace gritar como una guarra que ha perdido el miedo a que el portero le pida el carné.

La boca dormida provoca un balbuceo. La garganta amargada acaba en varias arcadas. El estómago cerrado se convulsa buscando una vía de fuga. La coca es buena cuando te hace cagar.

La princesa

Cariño, ese viejo puta ha intentado tocarme. Ese pederasta ha dejado caer una gota de baba en mi cuello. Ese viejo verde ha intentado profanar el chochito que solo guardo para ti.

No es su culpa. Ella no tiene la culpa de ese cuerpo escultural que dibuja los huesos con la precisión de un anatomista. Ella no tiene la culpa de ser un imán para los hombres, una Venus esculpida por la descalcificación y los vómitos después de las ensaladas. No, ella no tiene la culpa de que muchos viejos putas se le arrimen en el tranvía camino del instituto, de que muchos pederastas se restrieguen en su culo aprovechando la hora de salida de los colegios. Muchas gotas de baba que no puede limpiar por la falta de espacio.

Pero la baba no es lo que más molesta. La pegajosa saliva de las dentaduras postizas rebañando su cuello se enmarca dentro del rozamiento de la entrepierna mojada, dura como la madera vieja, síntoma del sueño realizado, la foto de internet hecha carne, sangre, perfil encarnado de la jovencita caliente.

Cariño, siempre bajan en la siguiente estación, aliviados a mi costa. Esos viejos puta son unos aprovechados. Esos pederastas no me dan tiempo ni a mirarles la cara. Esos viejos verdes hacen que mi cuerpo pida sangre cuando se me acercan.

El príncipe

La rodilla se mueve al son de las percusiones. El chicle evita que los dientes chirríen por la anfetamina. A la puta de uno hay que defenderla. A la puta de ahora y la puta de mañana. Nunca a la puta de ayer.

No es difícil acabar con un viejo puta que mueve la boca floja. No obstante, le molesta tener que hacerlo. No va al gimnasio para enfrentarse a piernas enredadas por el alcohol y la cocaína cortada que a veces les vende.

Pero a la puta de uno hay que defenderla. Y no valen empujones o gritonas amenazas de muerte. No, no valen las medias tintas. Todo el mundo tiene que enterarse que a ésta nadie está autorizado a mirarla, rozarla, babearla, pedirle una mamada.

Todo jefe debe tener los músculos marcados, sobre todo de los brazos, arma primaria, puño cerrado, yunque aplasta rostros, derechazo a la mandíbula y al suelo, como un francotirador pixelado en los escombros, una bala, un muerto. Gestión económica de la violencia. Reducción de gastos. Maximización de la fama con una navaja que enfría el ambiente.

Los viejos puta sirven para eso y más. Con ellos se puede enseñar que no hay dudas a la hora de utilizar la navaja y el prestigio, que crece en la voz corrida de la calle, la que asegura que le cortó la cara a un gitanillo, que alcanzó el estómago de un portero, que consiguió pinchar las ruedas de un coche patrulla.

Viejo puta se debate entre la vida y la muerte tras una reyerta. La ley del silencio impera. La ley del respeto. Una sola mirada no demuestra nada sin una buena historia que la acompañe, sin una acción que la reafirme. Nadie habla. Todos admiran al jefe. Putos genios.

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