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Parábola de la crisis

febrero 20, 2014

Gira la bola. Gira la rueda. Treinta y seis números y un agujero negro, el cero, el gana la banca, esa pequeña e improbable ganancia visual que se torna tragedia del jugador cuando se hace efectiva.

Podemos imaginar que se establece más de una bola en el juego de tal modo que el jugador se siente más seguro cuando realiza su apuesta. Sobre todo apostando siempre a par e impar, ganancias modestas pero regulares. Podemos imaginar que cuando una de las bolas cae en el cero se produce el mágico momento en que gana la banca. Son las reglas. Nuestro jugador modesto se ha aprovechado de la nueva regla en la que se juega con más bolas en juego, de modo que es de justicia que acepte la derrota.

Podemos imaginar que hay tantas bolas como jugadores, y que tras un periodo de ensayos, se establece que a cada jugador le pertenece una bola, de tal modo que las bolas públicas, en las que más o menos se estaba a salvo, se resuelven en individuales, de tal modo que nuestro jugador modesto, verá aumentar la probabilidad de perdida, por lo que en los saltos del ganar y perder, la masa monetaria de la que dispone fluctúa y parece no tener dueño. El dinero viene y va.

Queda demostrado que nuestro jugador modesto, aferrado a su bolita individual, ha quedado en una situación de precariedad y advierte como otros jugadores se retiran de la mesa después de ver cómo las idas han dejado su contador a cero.

Podemos imaginar que los que se han quedado fuera se mantienen a la espera de que la banca les dé una bola con la que puedan volver a jugar, mientras observan el juego de los afortunados que se aferran a su bolita individual, escapando de las malas rachas y quizás jactándose en las buenas.

Podemos imaginar que nuestro jugador modesto muere por una enfermedad cardiovascular y queda una bola libre. Es aquí cuando los que han quedado fuera tienen la oportunidad de entrar en el juego. No obstante, una bola libre es solo una frente a unos treinta que esperan. La antigüedad en la espera no cuenta, pues la banca solo establece las reglas del juego, de modo que los que están fuera están fuera de toda regla.

Podemos imaginar que la banca lanza la bola al aire. Alguien la coge. Pero nada impide que otro que ha quedado cerca intente estrangularlo o que los otros veintinueve se abalancen con la esperanza de hacerse con la bolita. Mientras se decide la lucha, la banca sigue jugando con los jugadores restantes.

Pero con las bolitas siempre rodando puede llegar un momento en que una racha de victorias de la banca deje sin jugadores a la ruleta. Pero lejos de suponer un colapso del juego a la banca se le ocurre ofrecer a los futuribles jugadores que jueguen gratis, es decir, que jueguen sin esperanza de ganar, que simplemente se integren en el mecanismo del juego. Es en este momento cuando la banca juega contra sí misma, es decir, se piensa a sí misma. El año cero.

El cuento del lobo

junio 16, 2009

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