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La conspiración

febrero 12, 2011

Hay situaciones que se desencadenan tras un periodo de acumulación. Puede que se trate de una postura en la que primero se aguantaba, con ocasionales defensas, toda suerte de mandatos y puyas, pero que en algún lugar del cuerpo quedaron guardadas, creciendo, esperando el momento de ser descargadas. El momento siempre llega, aunque puede que al principio se exprese mediante una leve e irónica subida del labio superior, resoplidos que insinúan la hartura o llevarse la mano a la cabeza y arquearla como negativa; quizás todo muy débil al principio, pero ya perceptible. Es posible que la situación gire en torno a un objeto: quizás una almohada, una estantería, la marca de los mejores helados, un coche nuevo, la pegatina de Hitchcock o de Marylin en la nevera. El desencadenamiento culmina con gritos, acusaciones y portazos. Puede que se duerma en el sofá o dándose la espalda o alguien saliendo del piso, unas dos horas más o menos y tras desahogarse con unas compras innecesarias. Lo único que hasta el momento se repite, ya que las explosiones realizan variaciones en el tema, el tono de la voz, la respuesta o la opinión que finalmente sale vencedora; es que la reconciliación se inicia cuando alguno de los dos sonríe al desvelársele las causas del desaire como algo intrascendente y estúpido. Solo en una ocasión la cosa fue a mayores y durmieron separados una semana, al cabo de la cual salió reforzada la unión, estableciéndose además el sistema de reconciliaciones.

De este modo no se puede fundar como novedad la discusión; y más teniendo  en cuenta que no hay figuraciones de ruptura por ninguna de las partes. Lo novedoso es que con esta discusión se ha empezado a sospechar que el nuevo vecino les escucha; pero no gracias a que las voces están subidas de tono, haciendo inevitable que las ondas sonoras atraviesen las paredes y lleguen a sus oídos como un ruido cotidiano; sino con atención, lo que significa que puede que haya pegado su oreja a la pared en un intento por captar mejor las palabras. Ambos han escuchado pasitos apresurados después de la ruptura de un vaso, cuando el último grito de la discusión ha dado paso a un silencio en el que las miradas se desafiaban. Para confirmar lo que sospechan, uno impele al otro para que le grite. Simulan ahora insultos, reproches de trapos sucios, de descuidos molestos como la orina en la taza del wáter, la obsesión por la limpieza, el montón de platos sucios en el fregadero, el azúcar en el suelo o la obsesión por la ropa y de manera improvisada cesan, apuntando con las orejas hacia la pared, donde vuelven a captar pasos y un rápido despegue al otro lado de la pared, como cinta aislante que se separa de la piel. Ese tabique atraviesa el salón y acaba en el dormitorio, lo cual les revela aspectos de la intimidad que a los oídos de los demás pueden parecer risibles, sucios, perversos o estúpidos, tales como ver por televisión los programas pornográficos que empiezan a las doce de la noche, con preferencias por el canal amateur; o que uno de los dos gima como un caballo cuando alcanza el orgasmo mientras el restante blasfema contra el mundo y lanza proclamas apocalípticas. Ambos enrojecen. Después van a la cocina para hablar con tranquilidad. La discusión se ha olvidado por completo y todo lo centra una situación en la que cabe incluso la posibilidad de que alguien se masturbe al otro lado de la pared.

Saberse vigilado ofrece dos opciones: Una es buscar un lugar en el que es seguro que nadie escucha, en este caso la cocina y el baño; y la otra es deslizar informaciones falsas para engañar al vigilante. En una historia de espías o policial la segunda opción supone una ventaja para el vigilado, pero en un bloque de pisos en donde conviven limpiadores, cajeros de banca o de supermercado, pensionistas y parados, la vigilancia tiene más que ver con el chisme que con un kilo de cocaína o los planos secretos de una bomba nuclear. Hay que tener en cuenta que con la excusa de la falta de azúcar o de sal, o de una botella de butano vacía, han ido a casa del vecino y han descubierto el rostro amargado de una mujer de unos sesenta años que camina arrastrando los pies como síntoma de una artrosis crónica o una reciente distrofia muscular. Saberse vigilado por una persona de estas características abre la posibilidad de pasar de la indignación y el miedo a la realización de un escarmiento, el cual toma forma, tras un debate en la cocina, de simular mensajes que remitan al asesinato y al posterior robo. Acuerdan desvelar que el anterior vecino no murió de un infarto cerebral como creen todos, sino que fueron ellos los que acabaron con su vida con un sutil envenenamiento tras invitarle a un café. La información la dosifican con la intención de culminar con la invitación a una cena de compensación por las faltas continuadas de pimienta, cebolla, papel del wáter o pastillas para el lavavajillas. Con estas visitas asimismo pretenden testar el grado de miedo en la vieja así como hacerla creer que se interesan por los objetos de más valor de la casa, con expresiones por lo bonito y lo caro de unos pendientes, un collar, un cuadro de la Europa invadida por los nazis o una cubertería con vetas de oro, con cuyas cucharillas les sirve el café con amabilidad y gran habilidad para el disimulo. También deciden asegurarse de que pega su oreja a la pared para lo cual realizan ostensibles movimientos de sillas, después de los cuales esperan a que se oigan los roces de oreja en la pared, quizás complementado por el viejo recurso de un vaso.

Después de decir que la vieja tiene un buen dinero en patrimonio y quién sabe lo que guarda debajo del colchón, que lo que sacaron del otro se está acabando y que necesitan más para un televisor de pantalla plana y un viaje a Santo Domingo, que lo mejor es repetir el envenenamiento en la medida en que no provoca manchas de sangre y permite disimular la muerte con un ataque más que previsible dada la edad y la decadencia de la víctima; llega el día en que deciden realizar la invitación. Creen que la acumulación de información es suficiente para despertar la alarma en la vieja y ríen al prever el rostro de terror cuando le digan que no admiten negativas para una fuente de almejas crudas con limón, gambas tigre a la plancha, calamar en su tinta y langosta de la que aseguran estaba viva cuando la compraron. Acuerdan que al final de la cena dirán a la vieja que no es correcto escuchar conversaciones privadas y que evite en la medida de lo posible poner atención cuando las voces derivan en gritos. Creen que con la vergüenza de ser descubierta y la descarga del miedo ante la inexistencia de intenciones homicidas, la vieja entrará en razón y se dedicará a los chismes televisivos. No obstante, antes de que puedan decir nada, la vieja les invita a que pasen al salón. Allí les espera un café con unas pastitas, preparadas a base de coco y miel. El caso es que hay cuatro tazas de café y cuatro sillas preparadas, por lo que en principio se puede pensar que la vieja ha hecho mal las cuentas. Sin embargo, suena el sonido de una cisterna y la puerta del baño que se abre, dando aparición a un hombre con un traje negro. Todos se sientan. Todos se ponen azúcar en el café y unas gotitas de leche. Todos comen una pieza de las pastitas. La vieja saca entonces a relucir una cinta magnetofónica, y antes de darle al play, el hombre del traje negro, con voz rutinaria, les pide que deben confirmar o desmentir si lo que van a escuchar a continuación son sus voces. Dado que no tienen más remedio que decir que sí cuando se escuchan en tono conspirativo, y antes de que puedan decir que es una broma con intención de escarmiento, el hombre del traje negro les informa que será considerado como gesto de colaboración el que les acompañe voluntariamente a la comisaría. Asimismo les informa que dado el contenido de las cintas, se ha realizado la exhumación del cadáver del anterior vecino, cuya posterior autopsia ha arrojado restos de fluoroacetato de sodio.

Caza y captura

marzo 13, 2010

“el nacimiento es esta línea divisoria en la que de un lado existo como yo, pero del otro lado empiezo en ese mismo momento a existir como otro”

Jean Baudrillard

Al sonar el despertador se caga en san su puta madre por haber decidido, la noche anterior, levantarse temprano en su día libre para así hacer más cosas en lugar de dormir hasta el mediodía y darse cuenta de que no tiene ganas de hacer nada, solo televisión. Ese puto despertador es una fuente inagotable de efervescencias, en las que un torrente de nervios responde a la cadena de pitidos con rabia tocada de histerismo, como en una violación de los sentidos. Esto, no obstante, tiene un componente práctico, en la medida en que hace imposible, tras apagarlo, volver a dormir, lo cual es una de las razones por las que siempre llega puntual al trabajo. El corto camino al baño lo desprende del espanto nervioso y lo instala en la rutina del aseo personal, en la que a un lavado de cara le sigue un lavado del interior del oído y después de los dientes, para acabar con una ducha tibia en la que se enjabona tres veces. Puede que mientras el agua resbala por el cuerpo tararee alguna canción que previamente ha escuchado en la radio y que le ha llegado al alma al menos por unos días. Puede que piense en alguna joven cantante de largas trenzas rubias con ojos azules que aparece en videos musicales que sugieren un punto de picardía ninfular que no atenta contra la ley del menor. Al salir del baño va a la cocina en donde llena un vaso de leche fría y despliega sobre la mesa una línea de cinco frascos de pastillas etiquetados según sobre que hechos pretenden intervenir. De este modo podemos leer digestión, circulación de la sangre, halitosis y la última adquisición: heces duras. A cada sorbo le corresponde una pastilla y un intervalo entre trago y trago de diez segundos, mientras escucha por la radio las noticias que dan la definitiva bienvenida al nuevo día con una melodía que rompe junto a la trepidante voz de una locutora, la cual avanza, con la alegría de la exclusividad, que la policía ha permitido que un reportero de la cadena les acompañe en la detención del asesino de las llamadas niñas de los colores.

 Se agrega a otros habituales del bar que hace esquina en el bloque donde vive, y que también disfrutan de su día libre, lo cual trasforma un ambiente de urgencia laboral en el que rápidas conversaciones se suceden en torno a un café y a lamentos hacia eso que llaman curro, en un ambiente más relajado en el que la circulación de la cerveza y los cacahuetes se vuelve más temprana y las palabras pierden velocidad a favor de expresiones que empiezan en yo pienso o en a mí me gusta o me parece que o esta noche os van a dar o eso es lo que tú te crees, jeje. Esto hace que reine un bullicioso murmullo en el que también se suman saludos y chanzas cuando alguien entra y rompe momentáneamente con las inercias creadas. Pide un zumo de naranja y una tostada con mantequilla y mermelada y se va a la que tácitamente todos consideran como su mesa, en la que puede haber alguien ocupándola, pero en la que siempre hay una silla vacía que le está reservada, siempre al lado de las ventanas. Si ya hay alguien previamente sentado, o bien inicia una conversación o bien se integra en una ya iniciada cuya temática fluctúa por la ubicación de dolores y sus remedios, por graciosas anécdotas personales ocurridas en su mayoría en el trabajo o por la universal recurrencia a una valoración del tiempo atmosférico. No obstante, hay ocasiones en las que el televisor absorbe la atención de todos en mayor o menor medida, dada una noticia que despierta un interés general ya sea por su carácter extraordinario o trágico o festivo. En este caso tiene que ver con la aparición de las cándidas fotografías de las niñas de los colores junto con un recuadro que contiene una gran interrogación que apunta a la identidad del asesino. Después se ofrecen las imágenes de una fila de vehículos policiales tomadas desde un helicóptero, que raudos avanzan por una larga avenida, bajo el parpadeante rótulo de que la caza continúa. LIVE.

 El ambiente mediáticamente conmocionado por la persecución policial no le agrada, ya que impide la habitual anarquía de conversaciones que se aceleran a medida que la cerveza va siendo ingerida, por lo que después del desayuno se va del bar, dejando atrás expresiones como habría que colgarlo o hijo de puta o ¿cómo puede haber una persona capaz de hacer algo así? Un día despejado y una buena temperatura le invitan a no regresar a casa y dar un paseo, pero no allí, en donde filas de bloques de pisos se suceden en un paisaje que parece no tener fin, sino en el llamado pulmón de la ciudad, en donde la luz del Sol se filtra por las ramas de acacias, tilos, helechos o eucaliptos, los cuales marcan a ambos lados un laberinto de sendas en las que de vez en cuando detenerse para observar alguno de los pequeños riachuelos que lo salpican todo del sonido del agua corriendo. Por ahorrase la espera y la exasperante lentitud del transporte público, decide coger un taxi en donde oye como la policía ha conseguido entrar en la casa del asesino, encontrándose con una nevera, un baño, dos habitaciones, un pequeño balcón con lilas y geranios y un espacioso salón-comedor pulcro y limpio, en el que destaca una colección de figuritas de porcelana que representan gemebundas vírgenes marías. La retrasmisión es aderezada por las opiniones del taxista que siempre acaban con un apelativo “¿a que sí?” que le obligan a suscribir primero la pena de muerte, después la cadena perpetua y los trabajos forzados, y finalmente que le hagan al asesino exactamente lo mismo que él ha hecho a sus víctimas. Antes de efectuar parada puede escuchar como realizan una conexión con otro reportero de la cadena, el cual está en uno de los bares del barrio del asesino junto con algunos vecinos que pelean entre sí para poder afirmar en directo que lo conocen y que tenía un carácter normal, un trabajo normal, unos gestos normales y unas opiniones normales.

 La posibilidad del paseo se desvanece cuando descubre que se está celebrando una carrera benéfico-popular que ha delimitado una zona entorno a una carpa con aire festivo y a varios caminos que permiten acceder a distintos puntos del trazado desde los cuales observar el transcurrir de los corredores. Después de rechazar varias veces el ofrecimiento de una banderita con un corazón rojo dibujado y el requerimiento de donativo de huchas agitadas por adolescentes de rubias trenzas, cruza la calle y decide dar una ronda por el centro comercial ubicado a tan solo dos manzanas. Al entrar siente el golpe del aire acondicionado y se marea ligeramente, hasta que se adapta a la nueva temperatura, aunque quedando como resto una insana y persistente garganta helada, que disturba levemente cuando entra en la sección de lencería femenina. Pregunta el precio de un tanga rosa a juego con unos sujetadores turquesa que tienen forma de corazón, después el de un ligero negro acompañado por unas bragas de encaje celestes, para acabar preguntando cual es la talla más pequeña de un candente conjunto en rojo de medias cruzadas, bragas transparentes y corpiño con lazos. Decide no comprar, pues no se siente del todo convencido por la relación calidad-precio, y se deja llevar hasta la sección de electrodomésticos, en donde observa primero la exposición de microondas, después la de ordenadores, interesándose por un portátil gris metalizado que promete una velocidad ejecutoria nunca vista, para finalmente detenerse frente a una pared de seis por seis televisores de plasma que reproducen el avance, por un pasillo lleno de neveras para uso domestico, de un grupo policial de élite, bajo el parpadeante titular CAPTURA EN DIRECTO. Después muestran la espalda de un cuerpo borroso y toda su piel se eriza. Lentamente se da la vuelta, evitando realizar movimientos bruscos, y se arrodilla, colocando las manos en la nuca y quedando su rostro multiplicado en las pantallas.