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El apagón

mayo 8, 2014

Se indigna cuando lee en una carta que debido a unas obras van a estar sin agua un mes. Terror. ¿Cómo se puede soportar eso? ¿Cómo puede el ayuntamiento permitir eso? Cuando vuelve a leer siente alivio. Se trata de publicidad. La carta te pone en la situación de los niños de África que viven sin agua. Pide que les ayude. Después le invade la rabia. No se puede jugar con los sentimientos de las personas decentes así. Ni un puto duro. Yo también ando justo, no de agua, pero sí de dinero. Si un niño de África tiene agua él no puede pagar la factura de la luz. Y sin luz no hay agua caliente pues el calentador es eléctrico. Tampoco hay aire acondicionado, ni el partido de los domingos, ni la serie de los jueves, ni las pajas en las live cam. Se llena un vaso de agua. Bebe la mitad. Bufido de soberbia. La verdad es que prefiere la cola y se permite el lujo de acompañarla con hielo. Si él renunciara a la factura de la luz no podría hacer hielo. Nuestros abuelos lucharon para que nosotros pudiéramos hacer hielo.

Para pagar la factura de la luz tiene que levantarse de lunes a viernes a las seis de la mañana y preparase una café de capsula, que está hecho en menos de cinco minutos, lo cual le permite ganar diez minutos de ducha y salir a coger el tranvía número catorce, a las siete y cuarto. Después le espera el jefe, al que saluda puntual, fresco, lleno de energía. Sabe que el jefe le aprecia y siente las palmaditas en la espalda, a pesar de que muchas veces no se llevan a cabo de manera física. Que la factura de la luz esté directamente relacionada con el jefe es algo obvio, de manera que siempre aprovecha, en la pausa de las diez, para llevarle un café e insinuar que López no va al baño sino a fumar, que Adelaida ha realizado dos llamadas privadas con el teléfono de la empresa a día de hoy y que el chico hace lo que se le manda y cuando se le manda, y que por el momento no se le ven intenciones de escaqueo. De sangre le viene. Al jefe hay que agradecerle que haya contratado a su sobrino y así su hermana, recién enviudada, pueda pagar la factura de la luz.

Es un buen jefe. A veces toman algo juntos a la salida del trabajo. Un poco escondidos. Son ocasiones especiales. El jefe siempre paga los cuba libre. Es en ese momento cuando se siente importante. Entonces el jefe habla del maldito déficit y dice que no le gusta despedir, que es un trauma, y que le agradece muchísimo su ayuda. Se nota que el jefe sufre. El jefe paga los cuba libre y abre su corazón. Con los amigos se puede contar hasta el final. Entonces él le cuenta que siempre le ha molestado que Adelaida utilice el teléfono de manera privada como si fuera un derecho. Además ella no es de las que invite mucho a café. De López solo puede decir que lo ha sorprendido varias veces diciendo mamaculos, pelota de mierda, malparido o despectivamente el heredero. Y eso hiere. El jefe comprende y paga los cuba libre. Con los amigos hasta el final. Con el chico no habrá problemas si estiramos las horas de trabajo sin pagarle más. Puede que si lo aprietan pueden añadir a Norberto a la lista de bajas. El jefe paga los cuba libre. Norberto no dice nada, no habla con nadie, parece que no existe, solo se desliza en las taquillas antes de empezar o terminar la jornada. Solo las cuentas notarán que ha sido despedido. En cuanto al chico, la madre comprenderá los turnos dobles y que es el jefe quién paga la factura de la luz. El jefe le abraza con lágrimas cuando se despiden.

Llegar a casa siempre es reconfortante. Está un poco mareado por el alcohol. Tiene hambre. Con el jefe nunca come cuando hay déficit. Solo cuba libres y palmaditas en la espalda. Abre el congelador. Lasaña boloñesa, pizza picante, alitas de pollo adobadas. Mientras prepara la mesa se topa con la carta del niño de África. La tira. El agua de un niño de África es incompatible con el horno a doscientos cincuenta grados. La pizza le espera. Se extraña cuando se da cuenta que debajo de la carta había otra carta, pues él siempre está muy pendiente del correo. La nueva carta es del jefe y antes de abrirla cierra los ojos y pide un deseo. Querido amigo, siento comunicarte que está tarde será nuestra última tarde juntos. Espero que comprendas que hablamos de un déficit demasiado elevado. No obstante, desde las penurias que hemos compartido y el corazón muchas veces abierto, me atrevo a pedirte un último servicio, el servicio del soldado caído que da su vida para salvar al compañero y me digas, que además de a ti, a quién más puedo despedir. Solo espero que está tarde sea una tarde más de compañerismo, emotiva y eficiente, como tú siempre has sido. Siempre tuyo, el jefe. Es entonces cuando se produce el apagón.

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Sobre la utilidad y los perjuicios de la economía para la salud

abril 23, 2010

“Virgencita, virgencita,  que me quede como estoy”

 

Se estrechan la mano y ella le acompaña hasta la puerta, no sin antes garantizarle que ha escogido el contrato perfecto. Ya en la calle, mientras el aire fresco roza su rostro, se alegra de haber dejado atrás las suspicacias y de haber seguido el consejo, repetido por varios amigos, de cada cierto tiempo renegociar el seguro médico. Especialmente recuerda las razonables palabras de la teleoperadora de la compañía con la que concertó la cita, la cual aseguró que era una tontería pagar todos los meses trescientos euros cuando se era un espécimen sano y fuerte, que evitaba visitar al médico por dolencias de poca monta.

 Al recibir la primera factura del nuevo contrato no puede evitar sentirse satisfecho al comprobar que le han descontado quince euros. Un cálculo rápido le arroja la posibilidad de que en veinte meses la factura puede quedar reducida a cero, siempre y cuando evite  pisar una consulta o un hospital. Adjunta viene una misiva en la que la compañía le da la enhorabuena por su buena salud y le conmina a seguir en la misma línea, informándole que desde ya, en un alarde de generosidad, es beneficiario del BONUS PLUS 10 gracias al cual puede reducir los veinte meses a tan solo diez. Asimismo, como modo de contribuir al beneficio del cliente, acompañan un prospecto titulado DIEZ CONSEJOS PRÁCTICOS PARA NO MALGASTAR EN SALUD.

 Es con la factura del tercer mes cuando se observa un significativo descuento de setenta y cinco euros, que le hace sentirse orgulloso de haber aguantado con analgésicos, antibióticos sin receta y disciplina el aplastamiento por martillo del dedo meñique. Es consciente de que hubo fractura y de que la subsiguiente uña negra apuntaba a infecciones. Pero nunca se encontró mal del todo, pese a que las dos semanas posteriores al golpe el dedo palpitaba de tal forma, que cada latido hacía pensar en una deflagración del hueso. Ahora, con el dedo casi recuperado, aunque con la secuela de un leve encorvamiento y la imposibilidad de cerrarlo del todo, piensa en dedicarse un capricho que bien puede adquirir forma de ropa de marca, libros, películas o una cena en un restaurante de carnes a la brasa.

 La factura del sexto mes anuncia que se encuentra a mitad del ideal de coste cero. La compañía, para celebrar el acontecimiento, junto a una alabanza del ciudadano responsable que evita acudir al médico por temas intrascendentes, adjunta un vale que le permite acudir a cualquiera de los tres mil seiscientos cincuenta y tres balnearios asociados que cuenta por todo el mundo, para disfrutar de un día de masajes y baños terapéuticos, recomendándole la utilización de los servicios de aromaterapia, ya disponible en cada uno de los centros. Como contenido adicional, en un afán por fomentar la calidad de vida del cliente, halla el prospecto titulado DIEZ CONSEJOS PRÁCTICOS PARA BENEFICIARSE DE UN INVIERNO SALUDABLE.

 Con la factura del noveno mes reducida a la ridícula cifra de veinticinco euros, siente, como si fuera un corredor de maratón que ha entrado en el último kilometro, una mezcla de inminencia, agotamiento e inesperado subidón de energías, después de un largo y duro período en el que fiebres, mareos, vómitos, temblores y desfallecimientos se combinaron, se sucedieron y se retroalimentaron, y en el que al principio pudo valerse de los habituales analgésicos y antibióticos, pero que después no pudo reponer al quedar solo con las fuerzas suficientes para recorrer el reducido trayecto que va del dormitorio a la cocina, en donde se las apañaba para prepararse una sopa caliente y llenar una jarra de agua fría a la que a veces añadía unas gotitas de limón, para luego volver arrastrándose cansinamente y con la sola compañía del dolorido crujir de los huesos. Afortunadamente lo peor ha pasado y decide celebrar el éxito del descuento, con un sangriento chuletón de buey regado de vino y con la compra del mismo pendiente de diamantes que pudo ver en los anuncios televisivos que llenaron los largos días enfermos.

 Llega la carta del décimo mes, que ya no es factura, sino un mensaje del presidente de la compañía en el que felicita de manera personal y afecta al cliente que ya disfruta de las ventajas del coste cero, gracias a una salud y a una voluntad de hierro, a una fortaleza no solo física sino también moral, comprometida con un sistema sanitario desbordado de pacientes caprichosos que debieran tomar ejemplo del ciudadano que solo recurre al médico si es estrictamente necesario, contribuyendo así a la fluidez de un sistema siempre al borde del colapso. El presidente se complace en anunciar que como premio ya es beneficiario de un chequeo gratuito en cualquiera de las seis mil cuatrocientas ochenta y dos clínicas asociadas repartidas por el mundo, en donde su ADN individual será conservado como un valor para futuras aplicaciones sanitarias. Adjunto viene un prospecto con el que la compañía inaugura su vocación por promover espacios domésticos seguros bajo el título DIEZ CONSEJOS PRÁCTICOS PARA EVITAR ACCIDENTES EN LA COCINA.

 Ve un cielo azul borroso. Ve un cielo azul enmarcado por difusos rostros que le observan. Un pitido continuo le taladra la cabeza. Cree que los rostros le quitan el aire. Recuerda el frenazo. Poco a poco las superficies de las cosas y los cuerpos van definiendo su perfil. Escucha voces, alguna de las cuales le pregunta cómo se encuentra. Intenta levantarse. No puede. Los rostros se separan. Nota que tiene más aire. Puede ver que se ha roto la tibia, dejando la pierna izquierda hecha un colgajo. La visión desata el horror y grita hasta que escucha como alguien pide que llamen a una ambulancia. Haciendo un sobresfuerzo y con voz delirante clama un largo y sostenido no lo hagan, que se encuentra bien, que no es nada más que un susto. Intenta arrastrarse. Cree que si llega a casa podrá entablillar la pierna. La gente se aparta. Avanza un poco y se toma un respiro. Es consciente de que ahora no puede volver a pagar una factura de trescientos euros, pues los tiene comprometidos en la letra del coche nuevo. Se arrastra mientras la sirena de la ambulancia apaga los gemidos que profiere por cada centímetro que adelanta. Insulta a los sanitarios que pretenden socorrerle y declara con excitada convicción que es mayor de edad y que rechaza sus servicios. Se arrastra.