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El hombre del sombrero

noviembre 2, 2011

Todo sucede de repente: se escucha un frenazo, un grito, murmullos que confluyen en torno a un punto de concentración de las miradas. Allí yace un cuerpo que se convulsiona mientras un valiente supera el primer estado de morbo y llama a una ambulancia, cuya sirena, acercándose, in crescendo, da efecto de banda sonora cotidiana. Con su llegada, el radio de separación con el cuerpo que agoniza se amplia para que los expertos le pongan un catéter, un respirador, tomen su pulso y uno, dos, tres lo suban a la camilla y se lo lleven. Como resto quedan los plásticos que envolvían las jeringuillas, que a golpe de viento se esparcen por el asfalto mientras los mirones se disuelven en busca del número veinte del tranvía, una bocatería o la entrada del ayuntamiento. Algunos, aún excitados por los agresivos temblores en la memoria, narran a desconocidos o mediante llamada telefónica lo acontecido. Si se iba acompañado se comentan detalles como que el corte en la pierna estaba muy separado, lo cual, aún sin ser experto, hacer pensar en la necesidad de amputación.

De entre todos los que se han acercado, han mirado y se han ido, hay uno que se quita el sombrero durante el revuelo y se lo vuelve a poner antes dar la vuelta y detenerse en un paso de cebra, mientras piensa en la fragilidad de los cuerpos frente a la velocidad del motor y por ende en el trasvase de la fatalidad divina a la fatalidad tecnológica. Camina cuando la figurita roja se apaga y se enciende la verde, que parpadea y sugiere a los viandantes la osadía de un sprint. También marca los segundos que quedan para que los coches que esperan puedan volver a circular y el tempo de seguridad del viandante quede clausurado. El riesgo se amplía en el segundo cero, que da paso a la luz verde de los coches, que presurosos aceleran creyendo recuperar el tiempo perdido, mientras que los peatones retrasados corren y algunos se quedan en medio, expuestos en el mejor de los casos a la furia de las bocinas.

Una vez frente al escaparate de una tienda de electrodomésticos, en el que se apilan unos doce televisores de distintas pulgadas que enseñan la imagen multiplicada del flujo sanguíneo en la femoral, toma camino hacia la izquierda, lo cual significa entrar en una cafetería y tomar un espresso y un croissant bañado en chocolate. Allí observa a la camarera que espera a que salga la comanda impresa y después dársela al cliente que ha pagado el pedido previamente. Piensa en una línea dibujada o flotando sobre el vacío. Un café, un botón amarillo. Un croissant un botón verde. La suma, el precio final y el dedo de la cajera que señala con amabilidad simulada la próxima estación en forma de silla vacía. Hay algunos que dan las gracias, otros no pero dejan propina.

Lo que no cambia es el sabor que resulta de combinar cafeína con chocolate en esta cafetería y no, por ejemplo, en la que le hace frente. Piensa que la diferencia se debe a que en la cafetería de enfrente utilizan otros hornos y cafeteras, otros fabricantes que no han conseguido igualar el punto que ofrece, lo que no le cabe la menor duda, la precisión de la tecnología alemana. Piensa también que quizás la mayor rotación en el uso deje un poso único en los filtros y engranajes que afectan al chocolate derretido o a la espuma de leche para el cappuccino, pese a la limpieza constante y minuciosa. No se plantea en cambio situar la diferencia en los ingredientes, pues sabe de buena tinta que ambas cafeterías utilizan los mismos productos del mismo proveedor.

Piensa que la fatalidad tecnológica es consecuencia de una falla en las rutinas y ordenes creados, excepciones en los automatismos, excepciones que antes se debían a Zeus y que ahora se deben al desgaste de una tuerca. Es cierto que una vez el hecho ha ocurrido, pueden encontrarse las razones y quizás las negligencias, ya que toda falla tecnológica guarda voces en la caja negra. No obstante, las razones a posteriori no explican lo improvisto y piensa que quizás la misma tuerca en la misma rueda en el mismo coche en la misma calle en el mismo tiempo no se afloje y se pueda llegar a casa para la cena. Pero asume que hablar de fatalidad no puede convertirse en un lamento, pues sin ella solo es capaz de imaginar un mundo que no cambia, que permanece igual a sí mismo y del que solo cabe esperar, a lo sumo, pequeños placeres relacionados con la comida o el sexo, siempre a la misma hora, siempre bajo el mismo sistema de cocción o el eterno misionero.

Después de ver como una madre soltera acusa a su yerno de poligamia mientras su hija lo defiende más que con razones con gritos que siempre terminan en contundentes lo quiero, lo amo, lo necesito y a la que sigue un test de paternidad de un desconfiado camionero, decide acercarse a la cafetería, pese a no ser uno de los días habituales de visita, e intrigado por si será capaz de presenciar otro atropellamiento o un semáforo fuera de servicio que provoque atascos y discusiones.

Puesta la fe en el trayecto, en el que apenas hubo un frenazo y unos insultos para un viandante despistado, la sorpresa se acrecienta cuando el café presenta un sabor diferente. Superado el desconcierto comprueba que la cafetera sigue siendo la misma y que la marca del café también. No es que no le guste el nuevo sabor, pero piensa que cuando algo a lo que se está acostumbrado no aparece en el momento esperado, aunque sea una minucia, supone en cierta forma el testimonio de la fatalidad. Después observa como la camarera hace el café a otros clientes y no advierte que haya habido variaciones en el proceso, por lo que finalmente decide pedir otro. Piensa que si bien el error es fundamental para la aparición de la fatalidad, no hay que confundirlo con ésta, pues los errores se subsanan mientras que la fatalidad es irremediable; de modo que quizás la camarera ha podido apretar el dosificador del café con menos fuerza del habitual. Así, comprobado por enésima vez el proceso de elaboración del espresso, siente de nuevo la inquietud que provoca el nuevo sabor. Piensa que quizás los distribuidores del café han cambiado de proveedor y venden con la misma marca propiedades diferentes, aunque sabe disgustado que esto no le será posible comprobarlo. No obstante, pregunta a la camarera si el café que sirven ahora es de reciente compra o por el contrario estaba almacenado. Ella le mira desconcertada y le responde “no lo sé” con el tono seco que utiliza para los clientes quisquillosos. Se marcha, pero antes la mira a los ojos y la culpa, no sabe de qué, pero la culpa.

Piensa que la culpa solo es achacable al error que no se hubiera producido si se hubiera respetado el protocolo establecido de actuación. Hay errores que terminan en fatalidad cuando se desborda un río y arrolla a una barriada construida a su vera o al envenenamiento cuando se compra por sistema o necesidad el aceite más barato. Pero el error y la culpa apelan al “podrías no haberlo hecho” mientras que la fatalidad es siempre porque te ha tocado. Piensa que hay errores que pueden durar un día entero, por lo que acude a la cafetería, siguiendo la costumbre, con la esperanza de asistir a una restauración del sabor esperado, el de antaño, y que no es sino la razón por la que va a esta cafetería precisamente y no, por ejemplo, a la de enfrente.

Abocado en sus pensamientos no repara que el paso de cebra está en rojo y continúa caminando cuando empieza a escuchar los furiosos pitidos de los coches después de varios frenazos. Ha habido un golpe entre dos coches, de esos que terminan en un parte amistoso y que se espera que cubra el seguro. Avanza deprisa y una vez llega al otro lado de la acera, se detiene para tomar aire. Percibe la mirada cargada de odio de uno de los conductores, que ha realizado una pequeña parada para hacérselo significar. Piensa que él ha sido el error, la falla en el fluido del tráfico y que es precisamente en el error como el ser humano se integra en la fatalidad. Cree confirmar esto cuando descubre que el sabor del café es el que esperaba, el de siempre, pero que pese a repetir procedimientos la camarera no es la misma. Hasta ahora no había pensado en ello. Pero tras varios días estudia rostro y elaboración del café. Y la excepción se produce con la camarera de los fines de semana. Otro rostro, otro carácter, otra forma de sonreír, pero la misma dosis de café, la misma marca, el mismo botón amarillo, la misma taza, el mismo azúcar, el mismo paso uno, paso dos, paso tres, precio y vuelta, de todo lo cual resulta que ella es el error en el circuito del sabor del café.

Piensa que hay errores que no terminan en fatalidad inmediatamente, sino en perturbaciones que amagan con resultar fatales, de modo que subsanarlos puede crear la reconfortante sensación de haber evitado fatalidades futuras. Así, detener a un grupo terrorista antes de colocar la bomba subsana el error de no tener contralado el mercado nacional de explosivos o la corrección del sistema de navegación de un avión subsana el error de una ruta que desconocía la imposibilidad de atravesar una cordillera por el camino del medio. Piensa que la posibilidad de que una perturbación prolongada en el sabor del café se traslade a los días acostumbrados de visita, ya sea porque la camarera habitual se ha puesto enferma o por unas vacaciones; lo cual le hace suponer que  la sombra de fatalidad se cierne sobre su persona. Así, después de ver como un adiestrador de perros calma a un dobermann que enseñaba sus fauces saturadas de espuma blanca, decide salir a su encuentro.

Piensa que la mejor manera es abordarla por la espalda, cogerla del cuello y zanjar con un corte. Piensa que lo mejor es seguirla hasta encontrar el lugar perfecto para el ataque. Necesita poca luz, poco tráfico, pocas personas y la suficiente calma para huir sin llamar la atención, con paso fijo y la conciencia segura de que mañana saboreará el café sin peligro. Avanza con prisas, pero tiene que detenerse en el paso de cebra, impaciente. Mira de un lado para otro. Piensa que enfrentarse a la fatalidad supone tomar riesgos. Da un paso. Se escucha un frenazo y siente que vuela. Piensa que ha calculado mal la distancia y velocidad de los faros. Un error de percepción tiene la culpa. Los curiosos le rodean mientras de lejos se escuchan sirenas. De entre todas las miradas cree advertir  la de ella, la cual, como muchos de los que observan y comentan, refleja el aliviado terror de poder haber sido pero no serlo. Ya no hay remedio. El pensamiento se apaga.

El agente patógeno

agosto 6, 2011

http://www.kaosenlared.net/noticia/el-agente-patogeno