Posts Tagged ‘jefe’

Automatismos interrumpidos

febrero 1, 2010

La costumbre dice que te vas a levantar a las seis treinta de la mañana, encenderás un cigarro, puede que te rasques los huevos y con la última expulsión del humo te levantes y vayas a la ducha. No dice en cambio que los labios secos retendrán el cigarro, provocando que el índice y el pulgar se deslicen por su superficie hasta quemarse con la brasa, con cuyo consecuente espasmo golpearas el cenicero de la mesita, el cual se partirá en múltiples pedazos que te cortarán la planta del pie cuando te levantes. La costumbre dice que entre las ocho y ocho treinta saldrás de casa, puede que te cruces con un vecino y te sonría, te dirijas al kiosko a comprar el periódico y te sonrían, después a la panadería a comprar una barra y te sonrían,  y finalmente al bar habitual a leer las noticias mientras tomas una tostada de jamón, tomate y aceite de oliva más café con leche y te sonrían. No dice en cambio que la imagen que tienes de ti mismo se verá comprometida cuando obtengas un tres sobre una escala de diez en el test de simpatía de la página doce y empieces a dudar de las sonrisas. La costumbre dice que a las diez entrarás en tu cuadricula laboral, en donde te espera un teléfono, una pantalla, un micrófono y llamadas entrantes provenientes de posibles Enriquetas Garcías Toledanos y sus quejas malhumoradas de que se ha facturado más de lo consumido o que quieren cambiar el plan ahorro por el plan superplus o que solicitan darse de baja en la compañía. No dice en cambio que a las dieciséis cero cero, tras atender la última llamada del día, el supervisor te convocará a su despacho para llamarte al orden, pues habrán detectado que tu porcentaje de autorización de bajas ha aumentado en un dieciocho por ciento en el último mes, lo cual hará que duden de tu capacidad de persuasión y de tu profesionalidad. La costumbre dice que entre las dieciocho cincuenta y siete y las diecisiete catorce entrarás en casa e irás directo al excusado, te bajarás los pantalones y sentado en la taza defecarás mientras te fumas un cigarro. No dice en cambio que una vez termines tomes conciencia de la ausencia de papel higiénico y entre lamentos y cagadas en tu mala memoria improvises una solución con una toalla de mano. La costumbre dice que a las diecisiete cuarenta y cinco vas a freír patatas acompañadas por la última carne de oferta, y después lo deglutas sentado en el sofá, frente al nuevo y enigmático crimen que el detective John O´Law y su equipo de superdotados van a desentrañar. No dice en cambio que a las veinte treinta y tres, la emisión se interrumpirá bajo un gran rotulo en rojo y blanco, BREAKING NEWS,  que precederá al rostro serio, formal y con un pequeño matiz épico del presidente informando que a primera hora de la tarde se han desencadenado las hostilidades y que tras reunión urgente del consejo de estado, se ha decidido declarar el estado de excepción y la movilización general, encomendándose a Dios y al sacrificio del sagrado pueblo.

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La modificación del arte

noviembre 18, 2009

Antoine Bursak prepara el stand en donde va a exponer parte de su obra. El producto estrella es una caja de madera arcaica de la que ha caído una astilla como metáfora del paso del tiempo. Se titula LA EROSIÓN y cuesta unos cinco mil euros. Se siente orgulloso mientras observa la caja desde lejos. Han sido muchas horas de trabajo y reflexión. El fragmento desprendido, la pérdida, los golpes, las cicatrices, el declinar del cuerpo, el pequeño detalle sin el cual el conjunto es de otro modo o queda cojo. Observa la astilla y decide qué posición debe ocupar. La flecha que indica el camino del sol, de oriente a occidente, amanecer y ocaso, luz y oscuridad. Todo está preparado. Los posibles compradores llegarán en apenas una hora y decide ir a tomar un café y un cigarrillo. Minutos después se va acercando con prisas el empleado de la limpieza. Todo debe estar perfecto. El jefe ha ordenado que los setecientos metros cuadrados de moqueta deben quedar sin una mota de polvo, sin una astilla, sin las hojas caídas de las suelas de los zapatos, sin las furtivas colillas. Aspira y aspira mientras se angustia porque no todo quedará limpio a tiempo. Teme la reprimenda.

Luna llena

octubre 7, 2009

Cae la noche. De tu cuerpo no van a emerger ávidos y ciegos colmillos mientras te pones a cuatro patas. La tragedia está más cerca de un humeante plato de lentejas hervidas que te da en la cara mientras los termómetros marcan cincuenta grados. O a los constantes golpecitos en la espalda sudorosa que te da el jefe mientras escuchas la desvariada voz de un locutor que canta gol como si el mundo hubiera llegado al culmen de la perfección en una habitación donde la luz blanca lo vuelve todo transparente. Una hamburguesa en la que se exige cebolla, pan de centeno, una gotita de mayonesa, sin kétchup, carbonizada por fuera y sangrienta por dentro, sin ensalada pero con tres rodajas de tomate, a ser posible fresco, es suficiente para desencadenar un imprevisible tic en tu ojo izquierdo mientras apuntas la comanda. Ya no es necesario que un lobo te muerda a las doce de la noche con luna llena en un desangelado bosque. Basta con que te llames Lorenzo Benavides, Natalia Jiménez, Julio Hinojosa, Ludovica O´Schlissen, Carmelo Onaidía, Josefa Esparza, Pere Fenastrell y la posibilidad de estar escuchando el ajeno ruido de una potente turbina mientras intentas conciliar el sueño con el apoyo de unos inútiles tapones para las orejas. O que te quemes la lengua con el café, te resbales al salir del baño, te caigas por la escalera y unos indiscretos adolescentes desaten carcajadas sin compasión. O que veas la moqueante nariz de un comensal mientras masticas un trozo de una grasienta chuleta de cerdo en un bar con exceso de murmullo o debas limpiar una amarillenta taza de wáter salpicada de orina y con vetas marrones de mierda. El agudo zumbido de un mosquito que ronda tu sangre o los chillones comentarios de la vecina en el rellano de la escalera, el constante y depresivo suspiro del perro que te acompaña en la cama o los bramidos de regocijo de un niño detrás de una pelota. Un semáforo rojo, un inoportuno choque, el dedo corazón estirado para que te duela, la sangre invadida por un gramo de cocaína mientras escuchas la voz acelerada de un amigo que no para de decir vamos, vamos, vamos. Cae la noche mientras las voraces sirenas acuden a recoger los restos de la tragedia.