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La suerte del robot

diciembre 13, 2015

La noche cae brumosa y los faros del coche alumbran la grisácea neblina que forma el horizonte limitado de lo que parece una carretera infinita. Apenas hay curvas y es fácil caer en el sopor. Se dirige a Gon. Creía que estaba cerca cuando alquiló el coche en la estación de tren y la chica de atención al cliente le dijo que estaba a cuatro gons de distancia. Cuatro es un número bajo si pensamos en una extensión infinita, se dijo. Así, arrancó el coche con optimismo mientras tomaba la flecha que señalaba el camino a Gon. Pero el tiempo en una carretera que transcurre en línea recta hace que todo devenga en párpados pesados y nebulosa duermevela. Entonces decide parar y tomar un poco de aire fresco. Empieza a cuestionarse la distancia de un gon. No recuerda haber visto ningún aviso de los gons que quedaban hasta Gon. NO recuerda ningún desvío que condujera a algún restaurante o gasolinera. Empieza a dudar de si ha adelantado a algún coche o se ha cruzado. Nada. Solo carretera y niebla. Entonces decide mirar el cuentakilómetros para establecer un punto desde el que mover el mundo. Benditos kilómetros. Benditos coches de importación. Mierda. Está estropeado. Cinco ceros que mienten después de… mira el reloj… unas cuatro horas conduciendo. Tampoco está seguro de la hora exacta en la que se puso en marcha. No obstante, decide subir al coche y antes de arrancar mira el reloj. Apenas media hora después se encuentra con una pancarta que advierte de que Gon queda a tres gons. Siente el optimismo de poder medir la distancia con el tiempo y establece la hipótesis de que un gon son unas cuatro horas y media a ciento veinte kilómetros por hora. No obstante, empieza a pensar que es mejor encontrar un sitio para pasar la noche. Pone la radio. Un locutor habla en un idioma que no tiene procesado. Apaga la radio. Mira el reloj. Dos horas conduciendo. Empieza a inquietarle que no haya desvíos para repostar o tomar algo caliente. Mira el depósito.  La chica de atención al cliente le dijo que le daban el coche con el depósito lleno y que debía entregarlo con el depósito lleno en la sucursal que la agencia tenía en Gon. Tres cuartos de depósito y tres horas y media de conducción desde el punto cero. Cree que se acerca a la pancarta que va a indicar dos gons hasta Gon, aunque empieza a pensar que lo mejor que le puede pasar es encontrar un lugar de descanso. Está preocupado. La neblina se mantiene estable. La carretera se mantiene estable. Decide subir la velocidad a ciento cuarenta por hora. Ganar tiempo. Acercarse a Gon. Quemar gasolina. Un cuarto en menos de dos horas. Eso no puede ser. De pronto se pregunta cuando puso el contador del tiempo a cero. Da un frenazo. Decide salir a echar un vistazo. Deja las luces encendidas y toma camino hacia la derecha. No hay senda pero el terreno es plano, salpicado de piedrecillas. De vez en cuando mira hacia atrás para no perder de vista la luz. Intenta realizar un cálculo de cuanto ha caminado. No mucho, ni siquiera un cero coma cero cero cero cero uno por ciento de un gon. La risa suena desesperada. Decide dar la vuelta. Sube al coche. No le queda otra que seguir hacia adelante. Se pregunta si estará pronto a amanecer. Quizás la claridad del día alumbre el desierto en el que se encuentra y el calor del Sol levante la niebla. Sube al coche pero no arranca. Cree que el amanecer se acerca. Decide esperar. Ha dejado la ventanilla abierta. NO hace frío. Enciende la radio para no sentir el silencio del paisaje. Ahora es una voz femenina, que sigue hablando en el idioma que no tiene procesado. Si al menos hubiera música; no obstante, parece que solo dan noticias. Intenta cambiar de emisora pero se topa una y otra vez con la voz femenina. Apaga la radio. La monotonía de la locutora le ha llevado a cierto punto de exasperación. ¿Y si se desconecta por dos horas? Sabe que no va a poder dormir. Lo mejor ahora es que el amanecer le coja con algunas ¿centésimas o milésimas? de gons adelantados.  Arranca. Pone la radio a pesar de que no tiene el idioma procesado, ya que al menos da efecto de compañía. Nunca ha conocido una carretera tan desierta como ésta. Es una región pobre, piensa, aunque la calidad del asfalto parece contradecirlo. De pronto cree entender alguna palabra de la locutora, aunque no sabría decir qué exactamente. Pone atención. No escucha nada que no haya procesado. Sin embargo, puede decir que la voz sigue unas pautas silábicas que realzan la monotonía y que parecen rechazar las acentuaciones fuertes. Así, lentamente, mientras intenta descifrar sin resultado el gonés, despunta el día y el Sol empieza a calentar la tierra, disipando la niebla hasta el momento en que encuentra la señal que indica que queda un gon para Gon. Lo mejor de todo es que puede ver la ciudad, la línea de rascacielos que queda emborronada por una distancia que calcula que son dos o tres horas o si le mete gas al coche en hora y media. Cuando ha visto la silueta de Gon ha llegado la tranquilidad, pero también las ganas de encontrarse con alguien con voz y cuerpo. Sin embargo, no parece que en el camino haya algún sitio donde pueda repostar. Todo plano. Línea recta. Sin obstáculos. Mira el marcador del depósito. Un cuarto. No duda de que será más que suficiente. Sin embargo, después de una hora más o menos conduciendo empieza a darse cuenta de que la línea de rascacielos no se vuelve más cercana y se mantiene estable en su imagen. Descarta de inmediato que la ciudad se traslada a la misma velocidad que él. Lo que más le preocupa es que queda un octavo de depósito. Quizás la impresión de la distancia estaba erróneamente calculada por la percepción. El depósito se agota en la siguiente media hora. No tiene esperanza de cruzarse con nadie. Solo le quedan dos opciones: o seguir caminando o quedarse sentado en el coche. No tiene esperanza de alcanzar Gon en las siguientes cinco horas. La energía se acaba. El indicador rojo de alerta empieza a parpadear. Primero de manera espaciada, después con mayor frecuencia hasta que se queda encendido. Súbitamente lo da todo por perdido.

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