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La patata en la boca

diciembre 3, 2011

El cementerio no es más que una fosa común parcelada en angelitos, cristos, medias lunas y nombres adjuntos a dos fechas. Algunos permiten fotos, otros no. Pero la foto no añade nada, ni siquiera es la guinda del pastel. Una foto no mira. Una foto es la congelación, quizás tan solo la señal de que eso que yace ahí una vez estuvo en este lado. El lado del que lee o del que mira la foto, el rostro, los ojos abiertos y la patata en la boca.

El instante en el que se estuvo. ¿Pero quién? El instante de alguien, o más bien de un alguien, que se sintió centro del mundo después de que el alcohol manchara su recién camisa de Giorgio Capriatti, serie negra. El instante en que hubo un subidón sentimental y sorpresivo al que le siguió un enfado con aquel que derramó la copa hasta que llegó la paz con sonrisas que intentaban ocultar el ridículo. Abrazos. Que siga la fiesta.

Instantes que producen el embrujo de la continuidad y del peso, los pies en la tierra y el hablar con uno mismo que conduce a buscar definición en el chocolate caliente que dibuja una estampa como nuevo diseño de camisas Prakta y la novedad del perfume incorporado, no a chocolate, sino a macho que domina un rebaño de hembras y esparce su esperma disfrazado de lavanda.

Instantes en los  que nos creíamos inmortales, tocados por flashes que eran los dedos de Dios y que se esfuman cuando la tarjeta dice no, acceso denegado y la amenaza de que un tercer intento conllevará el corte que continúa cuando en la oficina te prohíben la entrada y te das cuenta de que Paco ya no es tan simpático. Hay órdenes de dejarte afuera, sin explicación, sin esperanza de poder dar explicación.

Acontecimientos y desacontecimientos que tienden a cero según la lejanía de la fosa con el tiempo de  los que acuden a honrar. Recuerdos de otros que guardan rencor porque escucharon a escondidas como se hablaba de su falta de estilo y el ir siempre un paso atrás en lo que respecta al color adecuado de la semana. La jugada a balón parado de un niño que se sabe observado por su padre. Un número de la seguridad social al que ya no hay que enviar facturas ni premios por una salud robusta. Voces que miran la foto y la llenan, formando cada pito un mosaico que lentamente se va quedando sin piezas, sin nadie que les pida perdón ni cuentas, ya ni siquiera miradas curiosas preguntan por quien se ausenta.

Acontecimientos que lo cambiaron todo, que hicieron clic, y hubo un casamientos o se diagnosticó con neutralidad médica un cáncer y el apoyo incondicional de servicios psicológicos. Primero la tarjeta diciendo no y luego el bigote manchado de café con leche del médico que apunta al pulmón. Momentos de mala racha que marcan el sendero que baja hacia la fosa. Momentos en los que se daba por hecho la muerte natural a los cien años, a los doscientos, a los mil y no con cuarenta y siete, asolado por la penuria del impago de la casa y la imposibilidad de pagar un tratamiento, recordando los tiempos en los que las putas y la coca corrían, aunque cada vez más tranquilo porque la voz de mamá susurra al otro lado de la puerta que tan solo es una pesadilla, que todo es mentira, que ella está ahí para protegerle. Duerme mi niño.

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