Posts Tagged ‘orden’

Teoría del hambre

marzo 7, 2011

Al abrir el buzón se encuentra con un folleto amarillo chillón que muestra tres grandes hamburguesas nominadas como COMPLETA, COMPLETA PLUS y COMPLETA PLUS EXTRA DE QUESO, las cuales podrá disfrutar próximamente gracias a la apertura de un establecimiento de HAMBREGUESA a menos de doscientos metros de donde vive. Pero si bien esas hamburguesas son el producto estrella, no agotan el campo de delicias que puede disfrutar, de modo que en las páginas interiores del folleto puede saber que hay patatas fritas, pollo frito, calamares fritos, aros de cebolla fritos y queso frito que se come como una patata frita.

Quedan diez horas para la inauguración mientras observa los cansinos golpes del segundero del reloj de pared. Luego se revuelve inquieto en el sofá mientras hace una bola con el folleto e intenta encestarlo en la papelera. Pero antes ha apostado que si entra el tiro pedirá una COMPLETA PLUS con queso frito y extra de kétchup, mientras que si falla a la COMPLETA PLUS le acompañaran aros de cebolla fritos con salsa barbacoa. Lo que no va a faltar es una cola XXL con mucho hielo.

Desde que derribaron el viejo edificio de viviendas, después de desalojar finalmente a tres familias que se resistían a marcharse, ha comprobado día a día la evolución de la construcción. Justo ayer realizaban la limpieza final, que pudo observar unos minutos gracias a que la fachada principal ha prescindido de las paredes y apostado por dos grandes cristaleras que muestran dos largas hileras de mesas cuadradas para cuatro personas y las fotografías engrandecidas de todo lo que puede consumir; sobre el fondo dibujado por la larga barra con las cajas registradoras.

Cuando apenas quedan cuatro horas para la inauguración, sufre un arranque de entusiasmo por lo cerca que queda de su piso, lo cual, según la cadencia de sus pasos, significa tan solo diez minutos, por lo que ya no tendrá que tomar el autobús mil trescientos veintitrés y bajarse en la avenida General Golpista Avellanos y hacer transbordo con el tranvía veintitrés para bajarse en la calle Almirante Caballero, cuya parada cae justo enfrente de un establecimiento de HAMBREGUESA. Sabe con certeza que la pereza y la perspectiva de perderse una tarde en el transporte público han dejado de ser excusas. Ya no hay razones para descartar el disfrute y el gozo de una COMPLETA PEPINILLO PLUS acompañada de unos calamares fritos.

Previendo aglomeraciones decide adelantarse dos horas. Tampoco podía estarse por más tiempo en casa entre fragmentos televisivos de un cowboy fuera de la ley que lucha por la justicia desde el cinismo, de imágenes en color de la entrada de las tropas nazis en París o de los disturbios futbolísticos del último derbi. El anuncio en el que un adolescente, después de sufrir un desaire amoroso, llena su vacío con una COMPLETA POLLO PLUS acompañada de patatas fritas rociadas por la nueva salsa TEX_COUNTRY, ha sido el acicate definitivo para una ducha rápida y salir a la calle con un chándal negro.

Parece que el tráfico confluye hacia el punto luminoso de la carne picada arropada por un panecillo. Parece que todos los viandantes se dirigen con ansiedad al fosforescente reclamo de unas patatas fritas rociadas del chillón rojo del kétchup. Al llegar debe incorporarse a la cola. La parte reservada al drive-in también muestra una alargada fila de coches, la cual ya ralentiza el fluir del tráfico en la calle Presidente General De Macías. Se ha corrido la voz que para los primeros cien clientes hay completamente gratis una COMPLETA MINI EXTRA acompañado de un surtido representativo de toda la fritanga. Estira la cabeza y estima que debe haber como unos cincuenta delante de él.

Cuando apenas faltan cinco minutos para que abran las puertas, llega a la conclusión de que para el primer día la mejor opción es la COMPLETA con unas patatas fritas, verdadera enseña de HAMBREGUESA, verdadero centro gravitatorio de una empresa que lleva dispensando cuarenta años el mismo trozo de carne aderezado por lechuga, cebolla cruda y un cuarto de pepinillo en medallones de cinco milímetros de diámetro, a elegir entre kétchup o mayonesa. Considera que el menú, al que llama de manera personal CLÁSICO, es la mejor elección para  dar solemne bienvenida al establecimiento. En un alarde de orgullo piensa recomendar la nueva marca en el buzón que cada sucursal posee y en el que los clientes, como modo de participar en la mejora del servicio y de la oferta, pueden dejar sus propuestas.

Una vez abiertas las puertas en apenas diez minutos se encuentra frente a la dispensadora y al regalito que ya le espera en la bandeja. Con voz ceremoniosa pide la COMPLETA con patatas fritas y cola XXL. Después paga, espera apenas treinta segundos y se retira, alzando la vista en busca de una mesa libre. Justo advierte una en la que una familia recoge sus bandejas y sus desperdicios y se marcha. Se sienta, come, recoge sus desperdicios, los deposita en el carro de las bandejas usadas y sale. Todo en orden.

Camina despacio, de vuelta a casa. El aire fresco de la noche golpea su rostro y llena los pulmones de satisfacción. La cola que lleva a la entrada de HAMBREGUESA persiste, tanto en su variante de motor como en la de pie. No puede dejar de pensar que su vida ha cerrado el círculo de la perfección. En términos de supervivencia tiene un techo donde dormir, en el que también puede conservar alimentos y limpiarse; a lo que ahora hay que sumar carne barata y cocinada apenas diez minutos a pie, servida con eficacia y en cantidad. La tripa gorjea el gas de la cola. La tripa empuja el gas hacia la boca, lo cual acaba en eructo que deja en el paladar cierta reminiscencia de carne abrasada y pepinillo, desvelándosele la posibilidad de volver y quizás pedir una COMPLETA BOCADITO. Dado que se trata de un día especial piensa que hay que aprovecharlo, disfrutarlo, de modo que se incorpora de nuevo a la cola.

Hay algo que le incomoda. Primero porque, si bien la expectativa era tan solo esperar diez minutos hasta realizar el pedido, comprueba que pasados estos tan solo ha avanzado dos puestos. Hay que sumar el hecho notorio en la diferencia de calidad de los rostros cercanos que le preceden y le pos ceden. No percibe ahora caras sanas de mejillas sonrosadas acompañadas de expresiones infantiles que siempre juegan con la tentación de salirse de la fila y corretear. Ahora algunas son enfermizas, pálidas, de ojos saltones, de huesos por mejillas. No hay alegría. Mira el reloj. No pensaba que fuera tan tarde. Tan solo le tranquiliza que la cola de los coches persiste, estable en el fluir de los faros encendidos.

El nervio aumenta el pulso cuando se da cuenta de que si bien el drive-in sigue expendiendo menús, HAMBREGUESA ha cerrado el servicio para gente de a pie. Con las puertas cerradas y las luces del comedor apagadas, las cristaleras ofrecen las sombras de las mesas y la barra, filtradas por la luz trasera de la cocina, la cual traspira los vapores que emanan de la preparación de los menús. Pero al cabo advierte que la fila sigue hasta escurrirse por la parte trasera del edificio. Ante la perspectiva de que se trate de una sorpresa como guinda de la inauguración, decide permanecer, a pesar del lento avance y la creciente inquietud, tanto de los que le anteceden como los que le pos ceden, a medida que se acercan a la esquina.

Ha podido familiarizarse con algunos de los rostros que le anteceden, los más cercanos, a los que, sin embargo, no se atreve a preguntar a que se debe en realidad la ristra. Tiene muchas dudas cuando pone atención en el mellado de ojos perdidos y probablemente miopes o en el negro de dientes partidos y nariz hinchada y picada o el joven que tirita pese a una gabardina que dobla su cuerpo. No obstante, la conciencia del esfuerzo que supone esperar y esperar hasta avanzar apenas tres metros, le mantiene con la ilusión de que al final habrá recompensa.

La cercanía de la esquina ha estrechado la distancia de los cuerpos. Ya no se rozan, sino que abiertamente se tocan. Empieza a sentir codos en los riñones, empujones. Alguien se le cuela, pero no se atreve a protestar. Es un hombre pequeño, escurridizo y con unas mandíbulas que advierten del peligro de enfrentarse con él. Pese a ello no ha perdido su posición, ya que el joven que tirita ha caído y entre patadas lo han sacado de la cola. Se marcha cojeando, juntando con una mano los bordes de la gabardina. En otra oleada de codazos y empujones son expulsados una mujer que parece llevar un niño colgado del pecho y un manco que se aleja profiriendo hijos de puta cabrones y malnacidos. Ha aguantado bien las embestidas, envaneciéndose de su resistencia.

Al doblar la esquina entran en una plazoleta, en cuyo fondo hay una puerta de carga y descarga en la que un gran cartel reza que solo puede atravesarla el personal de HAMBREGUESA. La cola se disuelve en cúmulo. Pese a ello, hay quién sí avanza,  pero es por fuerza, por corpulencia, por agresividad. También nota que los más pequeños se escurren, aunque pueden tener la mala suerte de que alguien les frene en seco con un manotazo en el pecho. Aunque el sueño de una COMPLETA PLUS EXTRA DE QUESO se ha desvanecido y solo tiene pensamientos de volver a casa y engañar al estomago con un café con leche, la presión que ejercen los de atrás solo hace posible una dirección. En un arreón se ha dado cuenta de que ha pisado a alguien. Piensa que lo tiene difícil para levantarse y lo peor es que puede arrastrar a otros hacia el suelo, por lo que se alegra cuando, tras unos codos convenientemente metidos y un empujón, se aleja de él.

Los intentos casi continuos por ganar posiciones se interrumpen cuando la puerta se abre. Todos quedan quietos, mirando con atención como un grupo de guardias de seguridad establecen un perímetro con sus porras. Después dos empleados de HAMBREGUESA empiezan sacar contenedores de basura. Todos miran con avidez, deseando que los desperdicios sean abundantes. Cuando los empleados terminan su tarea pueden contarse quince contenedores que rebosan e intuye, paralizado por el pánico, que cuando el último de los guardias cierre la puerta, la táctica de los codos y los empujones se abandonará para que florezcan las navajas, las amenazas y la furia, quedando todos a merced del principio de incertidumbre.

Anuncios

La conciencia de nadie

octubre 3, 2010

La conciencia atiende a superficies. La conciencia es la membrana que aísla y  ordena el complejo físico formado por el estómago, el corazón, el cerebro y el mundo. El mundo es el afuera de la conciencia, la cual percibe la superficie de las cosas, su contorno, las líneas que las forman y las diferencian. El cuerpo es el aposento de la conciencia y la piel el afuera. La conciencia forma y se forma en un orden. Los regulares latidos del corazón, la respiración, el movimiento de los metacarpianos para agarrar un tenedor. El orden del cuerpo propicia que la conciencia atienda más y mejor al orden del mundo. Una rama que cae, un coche que se acerca, cinco minutos para que venga el tranvía. La conciencia dice a mi no puede caerme una viga en la cabeza, a mi el jefe siempre me mira bien y no voy a ser uno de los ciento cincuenta despedidos, a mi no me van a diagnosticar cáncer. El “a mí no” de la conciencia es una convicción firme. Su fortaleza crece en la medida en que el orden del mundo y del cuerpo no se quiebre, y hoy sea igual que ayer. Son las catorce treinta y tres y es hora de comer, levantarse y ducharse, tirar del papel de wáter y darse cuenta de que escasea. El orden del cuerpo es el principio para la estabilidad de la conciencia, la cual, no obstante, siente atracción cuando el orden de otro cuerpo ha sido quebrado y no puede dejar de mirarlo, pese a la repulsión. Un obrero empalado por las barras de hierro salientes de un encofrado, la tibia que deja colgando una pierna, el deformado rostro de un terrorista abatido. La observación del quebrantamiento de otro cuerpo demuestra la precariedad del “a mí no” de la conciencia y su carácter engañoso y convulso; y en la que hay un escrutinio que va de la pregunta al qué se sentirá a esa otra que plantea como se reaccionará. Puede la conciencia observar otros cuerpos quebrados de forma inmediata o de forma mediata. En la primera forma cabe añadir al escrutinio una capa de angustia y horror que finalmente obliga a apartar la mirada. Es en este punto en el que la precariedad del “a mí no” de la conciencia está al borde del derrumbe, debido a la extrema proximidad del quebrantamiento. La conciencia en este sentido es testigo directo. En la forma mediata el quebrado cuerpo del otro pierde lo que tiene de carne y deviene en noticia y narración. La abuela ha muerto, explosión en el metro, la limpiadora ha tenido un ataque al corazón. Debido a que la forma mediata se establece en una distancia, el “a mí no” de la conciencia no se siente tan perturbado como en la forma testigo directo. Cabe lamentarse e imaginar, pero lo mediato atenúa lo crudo, que es el fondo anónimo del horror; y sin lo crudo la conciencia se siente más protegida ante la posibilidad del desorden. Ahora bien, la posibilidad mediata guarda asimismo la noción de recuerdo, en el cual la conciencia fue testigo directo de lo crudo. El jefe de pelotón partido en dos por una mina, el compañero de escalada cortando la cuerda y rebotando por los escarpados peñascos, mamá amordazada y con un paramilitar entre las piernas. Con el recuerdo la conciencia mantiene lo crudo, y aunque se ha perdido la proximidad del testigo directo, el derrumbe dejó la herida sin cerrar en forma de pesadilla. Subir una escalera de caracol en cuyo final se encuentra la cabeza desdentada de la abuela, escuchar los desgarrados gritos de mamá en el interior de un bosque nocturno, removerse en la mesa de operaciones mientras se está maniatado y el cirujano esgrime un bisturí en el que se reflejan unos dientes felinos y amarillentos. La herida es el agujero por el que se cuelan imágenes de lo crudo en la conciencia, es la repetición de la sensación de derrumbe. La conciencia siempre busca olvidar los recuerdos de lo crudo. El olvido es la cicatriz de la herida, el ocultamiento de la experiencia del derrumbe, la restauración del “a mí no” de la conciencia. Pero hay olvidos perfectos y olvidos imperfectos. A estos últimos les basta un objeto para desvanecerse y dejar que la reminiscencia de lo crudo su cuele por la herida. Un cuchillo, unas tijeras, un petardo, el ruido de la cafetera. Como modo de emborronar los objetos que desvanecen el olvido, la conciencia acude a remedios que facilitan dicho emborronamiento. Vino de mesa, whisky con hielo, una raya de cocaína, un tirito de speed, tranquimazin, prozac, heroína acostado en el sillón. La conciencia sale a la calle reforzada por la ficticia fortaleza del “a mí no”, el cual solo se hace posible por el olvido de lo crudo. La conciencia también olvida pasando por el peaje miedo. Miedo a que se desprenda un muro, a que un parado aparezca tras la esquina, al bache de la carretera, al coche negro a la salida de la escuela, al infarto de miocardio. El miedo de la conciencia cuestiona la solidez del orden del mundo. Sin un orden del mundo sólido el “a mí no” de la conciencia no puede olvidar, de modo que la conciencia exige, impelida por el miedo, que aquello que sea una posibilidad de desorden sea eliminado de inmediato. Más control de inmigrantes, mayor presencia policial en las calles, hornos que no quemen, rejas en las ventanas, muebles sin aristas puntiagudas, dietas basadas en fibras. Con la exigencia la conciencia atiende al mundo en forma de denuncia. Ese semáforo no está bien puesto, el césped del campo de fútbol es una amenaza para los tobillos, no hay trabajo para todos, el vecino duerme de día y sale por las noches, en esa esquina se trafica con cocaína. Y en esa mezcla de amenaza de lo crudo, olvido, miedo y exigencia, el “a mí no” de la conciencia despierta y llora al son de los exactos pitidos del despertador. Hoy es igual que ayer.