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Hacer el bien

mayo 26, 2017

Una cámara de vigilancia por sí misma no presupone nada. Quién sí presupone es el ojo que observa la pantalla. Y lo que presupone en un primer momento es que cualquiera de los que pasan por la zona vigilada puede cometer un delito. La cámara registra tanto el estado de inocencia como el estado de infracción, pero es el ojo que interpreta la imagen el que salta cuando se produce la infracción. Ante la inocencia permanece pasivo. La inocencia no es relevante para el vigilante y eso, mientras come un perrito caliente frente a la cámara, le parece una carencia. Si ante el delito se castiga, ¿por qué no se premia la inocencia? Se pregunta por qué el ojo vigilante no premia a quien hace el bien y queda registrado por la cámara. Así, terminado el perrito, se decide a hacer el bien delante de la cámara de vigilancia hasta que alguien reaccione y le aplauda, por lo menos. Eso sí, alguien que parezca que es el ojo que vigila la imagen que arroja la pantalla. El escándalo del crimen debe ser compensado por el escándalo del bien, se dice a sí mismo.

¿Cómo hacer el bien en una zona donde la gente está de paso, cargada de bolsas y presurosa por ir a sus coches? Parece que nadie necesita ayuda hasta que observa a una viejecita encorvada que apenas puede arrastrar las bolsas de la compra. Se ofrece a llevarle las bolsas hasta la parada del tranvía. Está seguro de que el ojo ha visto eso. Otra oportunidad surge cuando a una mujer que además de cargar con la compra carga con dos pequeños se le desparraman las bolsas. Piensa que es seguro que la cámara ha registrado desde la primera naranja que ha recogido hasta la bandeja de chuletas de cordero como colofón a una bolsa que, según su opinión, esta sobrecargada, por lo que se ofrece a traerle otra. Rechaza los veinte céntimos que la mujer ofrece y se aleja de la cámara convencido de que esta acción es determinante. Sin embrago, la moral se viene abajo cuando tiene que actuar no de manera desinteresada sino para reparar el desastre de las bolsas de la compra que ha roto tras despistarse y chocar con una niña pequeña que por inercia se ha dado de bruces con las bolsas que llevaban sus padres. Le tranquiliza que acepten sus disculpas y que asuma los costes de las bolsas destruidas. Se alejan y al cabo de unos minutos se acercan dos agentes de seguridad. ¿Puede acompañarnos?

¿Quién es tu cómplice? No entiende, pero cuando llegan al cuarto y le muestran las imágenes del incidente con la familia intenta explicarse: Me he despistado, solo eso. No era mi intención romperles las bolsas. ¿Te he preguntado que quién es tu cómplice? La voz del guardia suena amenazadora. No tengo cómplices. No entiendo. He venido solo. Quería ayudar a la gente de manera desinteresada delante de la cámara porque me parecía una carencia que no se premiara el hacer el bien. En cierta forma era una acción reivindicativa. El choque con la familia ha sido un error. Suda. Los nervios erizados. ¿Te crees que somos tontos? Entonces uno de los guardias reproduce el video y señala a un hombre que aprovecha el lío de las bolsas rotas para robar al marido la cartera del bolsillo trasero del pantalón. No puede creerlo. Es una confusión, aunque las imágenes parezcan claras. Los guardias de vigilancia se callan cuando llega la policía y les dan la grabación como prueba. De momento se niega a identificar a su compañero, informan. Es una confusión, balbucea mientras le esposan y le informan de que tiene derecho a permanecer en silencio y a un abogado de oficio en caso de no disponer de uno propio.

Los trocitos que faltan

marzo 23, 2017

Nunca le dijo, cuando novios, cuando era momento de las listas del me gusta y no me gusta para celebrar las coincidencias, que le molestaba que mientras preparaba la comida ella picara de los trocitos que quedan sueltos y con ello le arrebatara a EL quizás el trozo más delicioso que pudiera caer en el plato. Le molesta incluso que se meta en esa bocaza trocitos de zanahoria que EL tanto detesta. Pero ella debería saberlo. Es su obligación. Es una cuestión de respeto que ella le escamotee a EL los trocitos de jamón que faltan. Hay cosas que no se dice, se presuponen, y si se llega al extremo de decirlas es que la falta de respeto ha llegado a ser intolerable. Ahora ya lo sabe. No volveré a hacerlo si tú no lo vuelves a hacer. Te quiero. EL se lamenta de que le duele la mano.

Nunca le dijo, ni siquiera en la noche de novios, que le molestaba que ella llevara falda corta. Lo que pasa es que cuando novios la falda corta, cuando estaban solos en el coche, se convertía en otra cosa y era, antes de que ella subiera a casa de sus padres, las manos en la entrepierna y las tetas. Pero ahora la mano le duele porque ella se creía con el derecho de salir a tomar un café con su madre con falda corta, lo cual multiplicará los ojos que pensarán que es una puta facilona. ¿No lo entiendes? Solo yo tengo derecho a mirarte como a una puta facilona, MI puta facilona. Ella ya sabe que EL no lo volverá a hacer si ella no se vuelve a poner falda corta. Te quiero. La mano se está encalleciendo ante tantas faltas de respeto.

Vuelven a faltar trocitos de pollo y ha descubierto que el hecho de que ella se ponga pantalones vaqueros a EL no le gusta. Debes cambiarte. Nuevo dictamen. La mano se levanta una vez por los trocitos de pollo que faltan y otra para que entienda el sentido de la nueva regla. Lo de los trocitos de pollo le molesta especialmente, pues supone una repetición consciente del delito y levanta otra vez la mano. Sin embargo, esta vez solo amaga, porque el hecho de que ella, con voz de labio partido y pómulo hinchado, cuchillo en mano, le pida que se vaya o llamará a la policía exige mayor sanción. Puño. Nudillos. Hay que atajar la rebelión. Pero la rebelión se ha extendido desde la nariz quebrada al filo del cuchillo y EL no acaba de comprender, mientras se desangra, por qué ella no ha sido capaz de respetar el orden.

El hombre sin puesto

junio 23, 2016

No tengas miedo, no te decepciones. No estamos valorando tus capacidades sino tu adecuación al puesto. Había gente mejor preparada que tú. No tengas miedo, no te decepciones. Sigue presentando candidatura. Nosotros necesitamos a muchos, ya que de esa muchedumbre siempre sobresale uno adecuado. Quién sabe, quizás seas tú o el de al lado y puedas decir que estuviste cerca, muy cerca, tan cerca que la próxima vez serás tú. NO tengas miedo, no te decepciones. No solo ofertamos un único puesto en una única especialidad. A veces nos enorgullecemos de lanzar una oferta de trescientos puestos vacantes. Es ahí donde tienes más posibilidades. Rey solo hay uno pero entre trecientos no hay rey. No tengas miedo, no te decepciones.

Asústate, decepciónate. No has sido capaz de adecuarte a ningún puesto. Ni siquiera para el puesto de más de mil vacantes con el que pudimos presumir varias semanas conseguiste destacar sobre los otros que quedaron fuera. Asústate, decepciónate. Después de mucho cavilar y sentir la incapacidad de encontrarte un puesto podemos sentirnos contentos de haber encontrado uno. Nadie quiere ocuparlo y hemos pensado en ti. Asústate, decepciónate. Debes pensar que para una agencia como la nuestra encontrar un puesto adecuado al hombre sin puesto supone un motivo de celebración desbocada. Asústate, decepciónate. Así que tras valorar tus capacidades nos congratula anunciar que las pirañas esperan en el estanque. Salta.

Muérdete la lengua

agosto 17, 2015

Un porrito y a dormir, piensa. O quizás una película mala, de zombis, barata, que ayude a cerrar los ojos. O quizás preparar algo de comer, una pizza margarita congelada, canelones boloñesa congelados o un filete barato pero en buen estado de ternera. La indecisión aumenta con las caladas. Cierto que los ojos ya se están entrecerrando, que el objetivo es dormir; pero cree que lo conseguirá con mayor confort si apaga las luces y enciende la pantalla o con el estómago lleno. Lo que más pereza le da es cocinar, pero sabe que el estómago no tardará en reclamar y se desvelará. SI tuviera la suerte de dormirse antes de que ocurra sería lo perfecto, pues se ahorraría el trabajo y adelgazaría un poco, jeje. Pero antes de que pueda decidir nada, cuando el estómago empieza a emitir las primeras señales y parece inevitable abrir la nevera, llaman a la puerta. Huele a porro. No quiere abrir, pero insisten con el botoncillo. Se asoma a la mirilla. Es un hombre, calvo, con una camisa blanca, pantalones de pinza negros. Parecería un camarero de no ser por la bolsa que lleva, cuya correa parte en diagonal el pecho. Vuelve a llamar y dice en voz alta que es la policía. Mierda. Huele a porro. Se pregunta si los vapores se cuelan por la ranura de la puerta. El tío insiste. Mierda. Sé que está ahí. Sin orden de registro no está obligado a dejarle pasar. Además, el porrito lo ha fumado en su casa, de forma privada. Antes de que dé otro timbrazo abre. Hubiera querido cortar el paso del policía pero este se cuela sin problemas. Experiencia. Una vez dentro hace gestos de oler mientras le muestra la placa. Mierda. Le pide que salga a la entrada, que no le ha dado permiso para entrar; y que si tiene orden de registro que la muestre y que si no la tiene que salga. El policía se sonríe. ¿Orden de registro de quién? Del juez. El policía se sonríe. ¿Qué juez? El juez competente. Después el policía le suelta una bofetada. ¿Has visto por aquí un juez?, pregunta el policía mientras le muestra la palma de la mano, la cual hace a la vez de orden de registro que no va a hacer efectiva dado el aroma a cáñamo. Solo pasaba por aquí y me he dicho: ¿por qué no pararme en esta puerta y soltar una bofetada al afortunado?

La tela de araña

julio 3, 2015

Antes de ir a dormir se da cuenta de que en el techo, justo encima de la parte de almohada en la que duerme normalmente, pende el hilo de una araña. Piensa en matarla, pues teme que mientras sueña, con la boca abierta por los ronquidos, el hilo se rompa y se atragante con la araña o lo que es peor, le dé un picotazo en la garganta. Sin embargo, cuando se pone de pie sobre el colchón, con el pañuelo de papel en la mano para aplastarla, se da cuenta de que no alcanza. Piensa en ir a por el aspirador y tragarla, pero al cabo la pereza le vence, pues tiene que ir al trastero, recoger la máquina, sacar el cable, enchufar, apuntar y tragar, recoger el cabe, ir al trastero, dejar la máquina y volver a la habitación. Reconoce que el hilo parece frágil aunque en realidad son muy resistentes. Así, cree que una noche podrá soportar a la araña y se conmina a succionarla al día siguiente.

Con las prisas porque llega tarde al trabajo se olvida de la araña y cuando vuelve a la tarde está demasiado cansado y preocupado por tomarse una ducha y preparar la cena mientras ve la televisión. Solo cuando va a la habitación y la ve recuerda que se había dispuesto a acabar con ella. La observa. Parece que nada ha cambiado. El hilo no es más largo ni más corto. Se pregunta si habrá cazado algo. No parece. También se pregunta si ese es el mejor sitio para que una araña atrape a los bichitos. No parece una araña gorda. Movido por la curiosidad la deja vivir una noche más. Eso sí, esta vez decide dormir en la otra parte de la almohada por si el hilo se rompe.

Como siempre, se ha quedado dormido y las prisas por no llegar tarde al trabajo le impiden descubrir que la araña no está. Tampoco percibe el picorcillo en el odio, en la parte más profunda del canal auditivo, picorcillo que surge de un leve rascar. Rac rac. Que no lo perciba no impide que de vez en cuando, ya en el tranvía, mientras lee el periódico gratuito, el cuerpo reaccione e introduzca el dedo meñique en la oreja. Saca algo de cera, que deja pegada en las páginas del periódico, nada más. El picorcillo, el rac rac, podría calificarse como placentero si fuera consciente de que existe, pero está tan atareado que no se deja atrapar por el gusto. Tampoco en la pausa del mediodía repara y solo lo hará después de llegar a casa, de ducharse y comer, cambiar de canal, sentir que el sueño vence e ir a la habitación. Entonces tomará conciencia de que la araña no está.

No sería justo hablar de pánico, pero va al baño en busca de un bastoncillo. Hurga. Mete. Saca. Solo cera. Pero sigue escuchando el rac rac. La pregunta por la higiene no le permite tomar conciencia de que hay un pequeño placer en el picorcillo. Decide entonces taparse la nariz y cerrar la boca y espirar con fuerza. Nada. Entonces piensa que es una estupidez creer que la araña se ha colado por el pabellón auditivo. Allí dentro no hay posibilidad de montar una tela y esperar que lleguen las moscas y los mosquitos. El rac rac debe de ser otra cosa, quizás un pelo que se ha ido hacia dentro y se mueve cada vez que menea la mandíbula. Entonces tiene la idea de cazar él mismo un mosquito y acercarlo a la oreja. Quizás, ante la manca de alimentos en la cueva auditiva, si hay araña ésta se decida a salir a por el pan. Lo hace frente al espejo, en una posición incómoda, para ver. Después deja el cadáver del mosquito en la cavidad y espera.

 

Es invierno y los bichitos se han terminado. La falta de experiencia en el cuidado de arañas no le hizo prever que necesitaba almacenar alimentos para cuando llegara el frío. La araña lleva tres días sin comer. Hay que decir que a medida que ha ido alimentándola el picorcillo se ha convertido en picor y con ello el placer que siente con el rac rac, sobre el que se concentra una vez ha terminado de trabajar y se acuesta en el sofá. Ya no puede imaginar su vida sin sumergirse en el rac rac, el cual se extiende por todo el cuerpo y lo atrapa en un orgasmo continuado. Después se duerme. Pero tres días sin comer han disminuido la potencia del rac rac, el cual ahora resulta insatisfactorio. Quiere una araña grande, sana, no raquítica. Una araña que rasque la orejita con potencia. Una vez preparada la cena se pregunta si puede ir a una tienda para animales. Allí venden bichitos y puede ser una solución eficaz. Pero eso será mañana y tiene que encontrar una solución inmediata. No puede tolerar que la araña esté una cuarta noche sin comer. Prepara la cena. Después de dar el primer bocado al filete de cerdo a la plancha que se ha preparado decide cortar un trocito pequeño y posarlo en la entrada del oído. Espera. Entonces siente como asoman las patitas.

Al principio la carne a la noche pareció funcionar y creyó que la araña volvía a tomar brío. Pero esto no fue más que un espejismo, pues al cabo de dos o tres días notó una caída de peso en la araña y ahora el rac rac vuelve a ofrecer un placer insuficiente, en el cual apenas puede sumergirse y dejarse llevar para así alcanzar la línea continua del nervio excitado y relajado. También ha probado con los bichitos de la tienda de animales. Pero nada. Después de reflexionar mucho entiende que lo que la araña necesita es alimento cazado. Esto parece probarlo los días de verano, cuando les quitaba las alas a los mosquitos y la misma araña daba el estoque final. Esos meses fueron los meses de mayor disfrute, donde sentía jolgorio por llegar a casa y por fin dejarse atrapar por el rac rac. Se lamenta de que no haya bichitos que cazar. Sin embargo, que la araña se mostrara receptiva a la carne le hace pensar que bien pudiera hacerse con una paloma de parque y ofrecerla a la compañera.

Las palomas del parque funcionan bien durante un tiempo y puede decir que ha disfrutado de un placer mejorado con respecto a los mosquitos del verano. Sin embargo, parece que la araña se ha cansado de la paloma y el rac rac vuelve menguar. Es cierto que siguen asomando las patitas cuando él acaba con las palomas en casa y corta el trocito de carne. Pero no nota la ilusión de los primeros días y parece que todo se ha convertido en rutina. Cierto que el espectáculo de la sangre puede resultar atractivo para un cazador, piensa. Pero con el tiempo el cazador quiere probar sus cualidades, disparar sus armas, utilizar sus triquiñuelas. La pregunta surge donde puede conseguir carne que la propia araña pueda cazar, al tener en cuenta de que se trata de una araña pequeñita cuya tela no va a poder atrapar cuerpos vertebrados.

Ha resultado un poco más complicado de lo esperado, pero al final el yonki que ha elegido como presa yace en el sofá, inconsciente. Se asegura de que todavía respira, de lo contrario todo resultaría vano. Entonces acerca la cabeza al cuerpo y da unos golpecitos en el lóbulo de la oreja. Las patitas asoman y a tientas buscan el trocito de carne diario al que está habituada. Asoma la cabeza cuando descubre que no hay carne. Después se lanza sobre el cuerpo, como si hubiera comprendido de inmediato. Hermosa araña negra, piensa. Entonces recorre con velocidad el tronco y sin apenas advertirlo se cuela por la boca. Al cabo de unos minutos el yonki parece que se ahoga y se lleva las manos al cuello. Tras varias arcadas y un poco de espuma blanca, muere. Piensa que la hermosa araña negra puede ella misma arrancar los trocitos de carne, saborear mientras los desgaja. Mientras espera que se sacie, reconoce que el yonki era un experimento y que deberá mejorar la calidad de la carne, centrarse en presas más jóvenes y saludables. Sin embargo,  es un primer paso exitoso y que da con la llave de la felicidad, ya que después se devela un rac rac alegre, poderoso, sagrado, que con paciencia le guía por diferentes estados extáticos que le transforman y le hacen tomar conciencia de ser la tela de la hermosa araña negra.

¿Te acuerdas?

enero 30, 2015

Han cambiado el panel publicitario que hace frente a su casa. Antes era un coche deportivo de gama alta metalizado en negro, con solo dos plazas pero con seiscientos caballos de potencia. Ahora no esta claro lo que quieren vender. Hay una pregunta, ¿te acuerdas?, escrita sobre la fotografía en blanco y negro de una furgoneta blindada aparcada en medio de una planicie. Quizás quieran vender el remake de alguna película o serie de recientes acontecimientos históricos. Algo así como el robo del siglo o más político tipo ejecuciones sumarias. Publicidad progresiva. Mañana se concretará la fotografía, quizás en un actor y pasado mañana tendremos la respuesta final. Mantener la expectativa hasta el impacto final para conseguir al cliente. La fotografía del furgón se queda durante toda la semana, no obstante, la siguiente placa publicitaria hace referencia a la libertad consecuente de poseer un V12, una carretera vacía y un horizonte infinito, anaranjado. Se olvida del furgón. Ya le gustaría tener ese coche, ese ronroneo que con el solo roce del calcetín alcanza no sé cuantos miles de revoluciones. El deseo del coche, preferentemente rojo, chillón, para que todo el mundo mire, para que todo el mundo lo desee y le deseen a él. Espera el tranvía. El deseo y el triste asiento individual que le ha arrebatado a una vieja, la cual parece que tiene dificultades para escuchar y que con la cabeza gacha no se lo toma a mal. La única pena es no haber cogido el periódico gratuito, pero sabe que si ahora se levanta el moro de la izquierda o la negra de la derecha le quitarán el sitio. Están esperando, acechando, cuando repara que hay un cartel colgado, justo enfrente de él, en donde hay una pila de cadáveres en una fotografía en blanco y negro. Piensa que solo faltan los palés. Quizá distribuirlos en grupos de cien. Lee. La historia se repite. Le extraña que no haya ninguna cuenta bancaria, pues parece publicidad humanitaria. Estudia la foto. Solo están los cadáveres sobre un fondo gris. Parece que no hay responsables. Solo están ahí, perfectamente ordenados. La historia que se repite es una pila de cadáveres. ¿Te acuerdas? Entonces acontece el infarto.

El ganador

julio 9, 2014

“El hombre solitario es una bestia o un dios”

Aristoteles.

“Hoy es el día”, piensa cuando sale a la calle y se topa con el hedor que desde hace una semana sale de las cloacas. Ese hedor lo impregna todo. Hace días que la noticia salió en las televisiones y periódicos: esa plaza delimitada por cuatro bloques de tres pisos era un foco de infección. Nadie hacía nada. El hedor permanecía pero ya era una noticia pasada. En los días de más fresco el hedor no resultaba tan invasor. Pero es verano y nada más abrir la puerta del entresuelo entra por las fosas un aire caliente, dulzón, avinagrado, de huevo podrido, de fruta mohosa. Son muchos los que tosen y arrancan con prisas para salir de la plaza. Las ventanas están cerradas. Los niños no juegan al tobogán. El mismo ha comprobado como a la luz de las farolas el agua pudenta arroja al ambiente densos vapores.

El hedor amenaza asimismo el optimismo aparejado al “Hoy es el día”. En el piso y con las ventanas cerradas se puede respirar bien, se puede ser optimista y pensar que será un día inmejorable, lleno de pequeñas aventuras y quizás excitantes conversaciones con mujeres. Pero el martillo de las emanaciones no deja tiempo para pensar en lo bien que se estaba en el piso y solo hace posible un objetivo: cruzar la esquina conteniendo la respiración.

El optimismo que resta se topa con las salidas de la plaza cerradas por alambradas y grupos ataviados con trajes anticontaminantes. Algunos van armados y a ninguno se le puede ver los ojos: Más bien parecen salidos de una película sobre el fin del mundo. Es más, hubiera pensado que más que humanos son entes extraterrestres de no ser porque de uno de esos trajes una voz femenina le ordena ponerse la máscara, se tranquilice, vuelva al piso y cierre la puerta. Pregunta si puede quitarse la máscara una vez en el piso. En su piso es usted libre. No obstante, fuera de él está sometido a nuestra jurisdicción. Entonces el ente señala a los entes armados y después el camino de vuelta.

Puede comprobar que otros vecinos han tenido el mismo encontronazo que él. Entonces suena un silbato. Cuando se da la vuelta supone que es la voz femenina la que hace gestos para que se apresure en volver. Se da cuenta de que un ente le apunta. Aunque le hubiera gustado hablar con los vecinos para ver si sabían algo más obedece y sale corriendo. Es entonces cuando el fantasma del contagio aparece y con él las ganas de ver la televisión. Seguro que esos sí que saben algo, piensa.

 

Al encender la tele se encuentra con que no hay señal. Una pantalla azul. Sin mensaje. Todo es igual cuando cambia varias veces de canal. El teléfono tampoco tiene línea. Después mira por la ventana. Varios vecinos se han encontrado con los entes. Parece que piden explicaciones. Hay disparos al aire. Los vecinos huyen a sus pisos. Después los entes apuntan a las ventanas. Se agacha. Mierda. Piensa que todos están enfermos y que son contagiosos. Piensa que la enfermedad es brutal y por eso la actitud brutal de los entes. Entonces decide ir a los vecinos para preguntar como están, si se sienten mal, si han vomitado o les ha salido un bulto.

Decide ir primero a casa de Catalina, una anciana que apenas sale del piso y quizás no sepa nada del hedor. Muchas veces él le hace la compra y charlan un rato, sobre todo de los dolores de ella. Piensa que al ser la más vieja es la más débil y si se trata de una enfermedad agresiva puede ser la primera en caer. No obstante se para. Se trate de lo que se trate es algo contagioso, de lo contrario no habría trajes anticontaminantes, así que quizás Catalina ya esté sucia y él aun no, pues es evidente que no se siente mal, ni ha vomitado ni ha salido ningún bulto nuevo. Catalina ahora da miedo.

Piensa que si prueba con la familia encabezada por Durán, sanotes, que llevan en la sangre el gen del obrero sin bajas por enfermedad, los peligros sean mínimos. Entonces sorprende  a un grupo de entes tapiando la puerta de Durán. Solo se le ocurre decir lo siento antes de que una bala pase rozando la oreja e impacte en la pared. Sube corriendo y se parapeta en la habitación, con un cuchillo jamonero en la mano y temblando por su inutilidad. Espera. La tensión hace imposible saber si han pasado minutos u horas. No obstante, cada vez cree con más convicción que no le han seguido y empieza a tomar conciencia del paso del tiempo y de que nadie ha dado una patada en la puerta para aniquilarle.

Ahora también es consciente de que la oreja escuece. Se la toca. Mira la mano. No hay sangre. Aguza el oído antes de ir al lavabo y mirarse. Una raya roja traza el camino de la bala. Entonces escucha ruidos en la puerta. Se da la vuelta. Está más que resignado y decide entregarse en el salón. Si no le matan prevé que le van a pedir que se arrodille y ponga las manos en la cabeza. Lo hace antes de que entren. Pero nadie entra pese a que se siguen escuchando ruidos. Piensa que quizás los entes creen que está armado y hagan una entrada a lo grande, con explosivos y gases. Entonces grita que no va armado y que les espera en posición sumisa. Nadie entra. No es una trampa, estúpidos. Las rodillas empiezan a doler cuando concluye que nadie va a entrar. Decide entonces observar por la mirilla. Todo negro. Se alarma cuando cree que le han tapiado a él también. Un muro de metal aparece tras la puerta. Golpea con la palma de la mano. Él no está enfermo. El metal ni siquiera tiembla. Los ruidos afuera han cesado.

Le queda la ventana. La abre. Cree que puede hacer entender a los entes que él no está contaminado. Quizás la familia Durán y la vieja Catalina sí, eso no lo discute; pero que él no y que es una injusticia tratarlo como a los demás. La respuesta es que cierre la ventana y permanezca tranquilo en su casa. Es una respuesta dirigida a todo el vecindario, mediante altavoz y la misma voz femenina de antes. Pero se lo toma como algo personal. Ha pasado de temer por su vida a estar enfadado. Al tener la ventana abierta el hedor se cuela, así que no tiene más remedio que cerrar y acatar. Entonces se le ocurre que puede ponerse la máscara y tener la ventana abierta. No tarda en descartarlo, pues el hedor impregnaría toda la casa, además de que la perspectiva del hambre se le revela como nueva preocupación. Se acerca a la tapia de metal. Es completamente lisa y no hay ninguna ranura por la que puedan colar comida. Entonces se acerca a la nevera y hace recuento. ¡Maldita sea! Cuando pensaba que hoy sería el día lo hacía con la esperanza de conocer a alguien en el centro comercial, mientras realizaba la compra de la semana. Aún guarda la lista en el bolsillo.

Dado que la ventana es la única vía de comunicación con los entes decide preguntar quién le dará de comer. No tiene tiempo de comentar que hoy era el día que había elegido para abastecerse y que lo que le queda en la nevera solo son restos con los que puede tirar a lo sumo tres días. La respuesta son dos disparos que le silban las orejas e impactan en el retrato de su madre cuando tenía veinte años. ¡Mierda! Después la voz femenina repite mecánicamente que cierre la ventana y permanezca tranquilo. Ahora parece una grabación que salta cuando alguien abre la ventana. Cierra. Se sienta en el sofá. La pantalla azul del televisor cambia. Aparece un mensaje. En tu casa eres libre. Mira las paredes. Mira el retrato roto de su madre. Los agujeros de bala. Hubiera salido gustoso para denunciar que su libertad ha sido violada. El mensaje cambia. Afuera estas a merced de nuestra jurisdicción. A continuación aparecen unos dibujos esquemáticos que representan como se entra en la jurisdicción de los entes. La plaza. Eso es evidente. Un muñeco como el de las señales de tráfico muere acribillado en la plaza. Cómo se supone que todos están ahora tapiados, la próxima animación muestra que asomar la cabeza por la ventana es entrar en la jurisdicción de los entes. Esta vez el muñeco cae abatido por un único disparo en la cabeza. Los entes también están autorizados a resolver conflictos si se abren las ventanas, ya que dan pie a interpretar que el sujeto ha entrado en la plaza. Vuelve la pantalla azul.

Tras largo tiempo mirando la pantalla azul llega a la conclusión de que tiene ante sí la perspectiva del hambre y la perspectiva de la enfermedad. Que les hayan tapiado hace suponer que todos están enfermos, o al menos que consideran que todos están enfermos. Quizás se trata de una enfermedad asintomática, que ya les está corroyendo por dentro. Pero, ¿por qué no les hacen pruebas para intentar encontrar el remedio? ¿Por qué nadie les ha sacado sangre? ¿Es que piensan dejarles morir de hambre? ¿Es eso un remedio? Se levanta y mira la nevera. Un cartón de leche que la situación revela como medio vacío es el resumen de sus sentimientos. Después comprueba que no les han cortado el agua. Se toma un vaso. Piensa que puede racionar más eficientemente si reduce la comida a una o ninguna al día y disimula el hambre llenando el estomago de agua. Renovado de esperanza cree que si aguanta puede demostrar que está sano y quizás le saquen de allí, cuando crean que el peligro de contagio haya pasado. No obstante, se pregunta cómo pueden saber eso si decir algo por la ventana se sanciona con la muerte. Ahora cree que el objetivo es dejarles allí hasta que desfallezcan. No se puede vivir eternamente de agua. Él no cree en esas historias de ermitaños que solo beben de una fuente y pasan el resto del día meditando hasta morir con ciento treinta y cinco años. Se tumba en el sofá y mira preocupado la pantalla.

 

La pantalla arroja una imagen de los Durán reunidos en el salón. No hay sonido. Se puede deducir que están preocupados. No es habitual que los niños de esa familia no formen alboroto. Siempre los escucha corretear y gritar, sonreír y llorar, acusar y perdonar. Habla el padre, aunque para él solo mueve los labios. La madre, sentada, agita la pierna como si fuera una batidora y se muerde las uñas. Se pregunta cuanta comida tendrán, sin olvidar que son cuatro bocas. No obstante, no duda de que es una familia que puede durar mucho tiempo antes de desfallecer. Son arrogantes en la salud. Eso lo sabía antes de que los encerraran. Cuando se cruzaba con ellos en la escalera pensaba en la alegría de esos cuerpos, su fortaleza, la impermeabilidad a las bacterias. Entonces los Durán desparecen por unos segundos y puede leer un mensaje en el que le indican que dado que está en su casa y es libre puede cambiar de canal si así lo desea. Lo hace. Aparece la vieja Catalina tirada en el suelo. Piensa que si está viva al menos no se atragantará con la lengua ya que ha caído de lado. Mira con atención para intentar captar si respira. No obstante, al cabo esto parece imposible, pues la imagen parece tomada por una de esas cámaras nocturnas que lo revelan todo en gris emborronado. Los Durán en ese sentido eran más nítidos.

Ahora es una pareja. No sabe quiénes son y no le suena haberse cruzado con ellos en la plaza. Están discutiendo. Ella parece querer ir a la ventana mientras él se lo impide, a veces con empujones. Poco a poco ella parece calmarse, lo cual se demuestra como estrategia cuando él baja la guardia y ella puede colarse. Cae abatida. Ha sido un disparo certero en la cabeza. Apaga el televisor. Esta vez no ha visto caer a un muñeco. Los entes no dejan dudas. Tras dar varias bocanadas de aire se decide a encender de nuevo el televisor. El canal de la pareja arroja a los dos abatidos. Vuelve al canal de los Durán, que ahora comen con la cabeza gacha y le recuerdan que él también tiene que comer o al menos tomar tres o cuatro vasos de agua para saciar. Después prueba con la vieja Catalina, de la que está más que claro que ha muerto. Entonces decide comprobar cuántos canales hay. Algunas veces reconoce algún rostro, alguna familia de los domingos, a muchos niños y niñas que al salir del colegio se pasaban por el tobogán antes de encarar la cena. Deduce que cada canal corresponde a uno de los pisos que conforman los cuatro bloques de tres plantas que delimitan la plaza fétida. ¿Se trata de ver morir a los demás?

Se detiene en uno que conoce de vista y que todos los días coge el tranvía a las seis y media. Al desconocer su nombre él en el tranvía lo llamaba para sí el ojeroso. No obstante, siempre pensó que era un hombre con familia, sobre todo por lo bien que estaba planchada la ropa, y no, como está viendo ahora, un tipo solitario que llena la mesa de latas de cerveza. El ojeroso ha tenido la ocurrencia de poner una servilleta blanca en el palo de la escoba y agachado abrir la ventana para mostrarlo. Por el momento no se atreve a asomar la cabeza y habla. Intenta leerle los labios, pero no logra articular nada que se asemeje a unos diálogos de paz. En pocos minutos comprueba que los entes se han tomado la banderita como una provocación y lanzan una granada. El ojeroso muere despedazado. Cuando el humo se volatiliza la imagen arroja manchas en la quebrada lente de la cámara. Ahí no hay nada más que ver y reinicia la ronda. No tarda en toparse con otra situación extraordinaria. Esta vez es una familia. No está seguro si conoce a la mujer, con la que puede haber coincidido en la panadería. Al marido no lo conoce para nada y piensa que quizás es carne de los turnos de noche. Tienen cinco niños. Uno de los niños es un bebé y el padre lo lleva en brazos hacia la ventana. Con el niño por delante el padre parece creer que los entes no se atreverán con un bebé. Error de cálculo. La bala atraviesa al niño y al padre, que aun parece vivo. La madre se lanza sobre ellos para cubrirlos mientras los otros niños se van a las habitaciones. La ventana sigue abierta en clara violación de la jurisdicción. Hay dos explosiones. Una que puede ver y otra que supone ocurre en las habitaciones. Ya nadie se mueve. Apaga la televisión por unos momentos. Se le acaba de ocurrir que quizás no solo sea disuasión, sino también eliminación. ¿Pero por qué no acaban con todos de una vez? Más bien parece un concurso en el que no hay que acercarse a la ventana. Pero la ventana es la tentación cuando hay un bebé al que se le acaba la leche de farmacia o un diabético con solo una inyección de insulina. En un concurso de eliminación los primeros en caer son los enfermos y los débiles. La ventana, piensa embargado por la iluminación, es tabú para aquellos que pretenden ganar. Y él quiere ganar.

 

Los concursos de eliminación son también concursos de resistencia. En muchos pisos se ha decidido abrir la ventana como modo de finalizar, de abandonar. Aguantar es ganar. Los canales se han llenado de cadáveres. Los entes eliminan concursantes de dos formas: Disparo directo o granadas. Una vez abierta la ventana se castiga al perdedor. Pero la ventana también es la salida a la penuria del interior. Él mismo ahora tiene que lidiar con media chuleta de cerdo y un huevo. Los Durán parece que tienen una despensa con fondo. Ellos aguantan. Los únicos seres vivos que hay en la pantalla son los Durán. No obstante, nota a los niños apáticos y a los padres desesperados, aunque sin dar señales de querer acercarse a la ventana. A veces siente la impotencia de no poder eliminarlos él mismo. La victoria está tan cerca que le gustaría decirles a los entes que él mismo está dispuesto a lanzar una granada contra los Durán. Pero la ventana es la derrota. Hablar con los entes es regalar la victoria a los Durán. Tienen que ser los Durán los que se acerquen a la ventana, no queda otra, pero el tiempo pasa y calcula que la comida se acabará en los próximos dos días. El estómago ruge. Ya no se conforma con tres vasos de agua del tirón, pues lo mea de inmediato. Desear que los Durán sean eliminados acrecienta la desesperación que produce la falta de tiempo. Al menos ahorra energías viendo la televisión. Piensa que minimizar los movimientos del cuerpo alarga la resistencia. A veces cambia de canal para asegurarse de que no queda ningún concursante más y como modo de evitar la rabia creciente de no poder eliminarlos él mismo.

Solo cabe la sorpresa, piensa con tendencia a la derrota, ya que tal y como está la situación los Durán tienen ventaja. Comen caliente dos veces al día. Él empieza a sentirse cansado y nota que sus movimientos se han ralentizado, consciente de que la carencia la que empieza a hacer mella. Ha dejado de ser el favorito. Si la cosa continua como hasta ahora, calcula que en menos de una semana desfallecerá. Quizás no muera de inmediato y se quede por unos días tirado en el suelo, inmóvil, quebrado. Imaginándose de este modo piensa que quizás sea mejor abrir la ventana. La única esperanza que le queda es pues la sorpresa y el tiempo que le otorga el medio huevo que guarda para mañana o quizás con mucha disciplina para pasado mañana. Bebe. Desear la sorpresa no significa necesariamente que se vaya a producir, más bien lo contrario; pero si se produce, la coincidencia con el deseo desata un efecto de felicidad precedido por la expectación, y es esto lo que ocurre cuando uno de los chicos Durán empieza a convulsionarse. No puede distinguir bien si es Joselito, el que le saluda con sonrisa silenciosa en la escalera, o Gabriel, que siempre va detrás de la pelota en las tardes del parque. Nadie sabe cómo reaccionar. Primero los padres miran compungidos como los golpetazos del cuerpo se ensañan con el niño. Necesita atención médica, piensa. Tras la paralización inicial es el padre el que intenta sujetar al pequeño para que no se golpee la cabeza. La madre parece que grita mientras dice no con la cabeza. Estar cerca de la victoria y ser consciente de que vas a perder propicia que los actos se vuelvan desesperados y caóticos. El niño Joselito o Gabriel, es decir, el que ha quedado en pie, llora y se pega a la pierna de su madre, la cual, al notar el contacto se deshace del pequeño de una patada y se abalanza a la ventana para pedir auxilio. Entonces aparece confeti en la pantalla al tiempo que su rostro. No hay sonido. Hace muecas para comprobar si la imagen es en tiempo real. Está viendo al ganador, se está viendo a sí mismo. Levanta los brazos. Grita por la euforia. Siente que la victoria le estaba destinada. Entonces puede leer que el premio espera tras la ventana. El hecho del confeti no le hace albergar dudas de que le van a dejar salir. Están ustedes ante el ganador. No se escuchan aplausos pero el ambiente es de aplauso. El efecto de felicidad se acrecienta mientras se acerca a la ventana. Después siente un golpe seco en la cabeza.

The day

El apagón

mayo 8, 2014

Se indigna cuando lee en una carta que debido a unas obras van a estar sin agua un mes. Terror. ¿Cómo se puede soportar eso? ¿Cómo puede el ayuntamiento permitir eso? Cuando vuelve a leer siente alivio. Se trata de publicidad. La carta te pone en la situación de los niños de África que viven sin agua. Pide que les ayude. Después le invade la rabia. No se puede jugar con los sentimientos de las personas decentes así. Ni un puto duro. Yo también ando justo, no de agua, pero sí de dinero. Si un niño de África tiene agua él no puede pagar la factura de la luz. Y sin luz no hay agua caliente pues el calentador es eléctrico. Tampoco hay aire acondicionado, ni el partido de los domingos, ni la serie de los jueves, ni las pajas en las live cam. Se llena un vaso de agua. Bebe la mitad. Bufido de soberbia. La verdad es que prefiere la cola y se permite el lujo de acompañarla con hielo. Si él renunciara a la factura de la luz no podría hacer hielo. Nuestros abuelos lucharon para que nosotros pudiéramos hacer hielo.

Para pagar la factura de la luz tiene que levantarse de lunes a viernes a las seis de la mañana y preparase una café de capsula, que está hecho en menos de cinco minutos, lo cual le permite ganar diez minutos de ducha y salir a coger el tranvía número catorce, a las siete y cuarto. Después le espera el jefe, al que saluda puntual, fresco, lleno de energía. Sabe que el jefe le aprecia y siente las palmaditas en la espalda, a pesar de que muchas veces no se llevan a cabo de manera física. Que la factura de la luz esté directamente relacionada con el jefe es algo obvio, de manera que siempre aprovecha, en la pausa de las diez, para llevarle un café e insinuar que López no va al baño sino a fumar, que Adelaida ha realizado dos llamadas privadas con el teléfono de la empresa a día de hoy y que el chico hace lo que se le manda y cuando se le manda, y que por el momento no se le ven intenciones de escaqueo. De sangre le viene. Al jefe hay que agradecerle que haya contratado a su sobrino y así su hermana, recién enviudada, pueda pagar la factura de la luz.

Es un buen jefe. A veces toman algo juntos a la salida del trabajo. Un poco escondidos. Son ocasiones especiales. El jefe siempre paga los cuba libre. Es en ese momento cuando se siente importante. Entonces el jefe habla del maldito déficit y dice que no le gusta despedir, que es un trauma, y que le agradece muchísimo su ayuda. Se nota que el jefe sufre. El jefe paga los cuba libre y abre su corazón. Con los amigos se puede contar hasta el final. Entonces él le cuenta que siempre le ha molestado que Adelaida utilice el teléfono de manera privada como si fuera un derecho. Además ella no es de las que invite mucho a café. De López solo puede decir que lo ha sorprendido varias veces diciendo mamaculos, pelota de mierda, malparido o despectivamente el heredero. Y eso hiere. El jefe comprende y paga los cuba libre. Con los amigos hasta el final. Con el chico no habrá problemas si estiramos las horas de trabajo sin pagarle más. Puede que si lo aprietan pueden añadir a Norberto a la lista de bajas. El jefe paga los cuba libre. Norberto no dice nada, no habla con nadie, parece que no existe, solo se desliza en las taquillas antes de empezar o terminar la jornada. Solo las cuentas notarán que ha sido despedido. En cuanto al chico, la madre comprenderá los turnos dobles y que es el jefe quién paga la factura de la luz. El jefe le abraza con lágrimas cuando se despiden.

Llegar a casa siempre es reconfortante. Está un poco mareado por el alcohol. Tiene hambre. Con el jefe nunca come cuando hay déficit. Solo cuba libres y palmaditas en la espalda. Abre el congelador. Lasaña boloñesa, pizza picante, alitas de pollo adobadas. Mientras prepara la mesa se topa con la carta del niño de África. La tira. El agua de un niño de África es incompatible con el horno a doscientos cincuenta grados. La pizza le espera. Se extraña cuando se da cuenta que debajo de la carta había otra carta, pues él siempre está muy pendiente del correo. La nueva carta es del jefe y antes de abrirla cierra los ojos y pide un deseo. Querido amigo, siento comunicarte que está tarde será nuestra última tarde juntos. Espero que comprendas que hablamos de un déficit demasiado elevado. No obstante, desde las penurias que hemos compartido y el corazón muchas veces abierto, me atrevo a pedirte un último servicio, el servicio del soldado caído que da su vida para salvar al compañero y me digas, que además de a ti, a quién más puedo despedir. Solo espero que está tarde sea una tarde más de compañerismo, emotiva y eficiente, como tú siempre has sido. Siempre tuyo, el jefe. Es entonces cuando se produce el apagón.

Teoría de la alegría

abril 22, 2014

De pronto una lágrima se escurre por la mejilla. Piensa que puede deberse a una infección. Hace días que nota el ojo derecho siempre húmedo y aunque en el espejo no encuentra diferencia con el ojo izquierdo, está claro que algo no encaja. Toma la lágrima como una buena señal, una señal de curación. A lo sumo en dos días la sensación de humedad en el ojo desaparecerá. Una segunda lágrima en un intervalo de treinta minutos parece una confirmación. No obstante pregunta al compañero si nota algo raro. El compañero se acerca y pregunta dónde está el problema. El problema es la sensación de humedad en el ojo, la sensación de estar a punto de llorar. Pero, eso sí, sin cuestiones sentimentales, ya que es obvio que se trata de una infección. El compañero dice que no ve nada fuera de lo normal aunque si le duele mejor que vaya a un médico. Él dice que no es dolor. Quizás incomodidad. Por lo demás, cuando cierra el ojo sano sigue viendo bien y duda de si realmente es necesario un médico, pues parece que no se trata de algo grave. En cualquier caso quizás en la farmacia puedan ayudarle. Una tercera lágrima le reconforta y apaga un tanto la preocupación. Cree sentir el ojo seco o al menos con los estándares imperceptibles de humedad. Piensa que el cuerpo se cura a sí mismo. Piensa que el cuerpo necesita su tiempo para completar la curación cuando siente que la humedad va creciendo.

Cuando sale del trabajo, después de tres lágrimas más, acude a la farmacia mientras la humedad se reagrupa. Piensa que si en la farmacia son testigos de una de las explosiones lacrimales les será más fácil atinar con el remedio. Sin embargo, cuando la chica que le atiende dice no ver nada extraño lo atribuye a la inexperiencia de ésta, quizás infalible en las gripes y catarros más comunes, pero ciega para las infecciones oculares. Se demora en la salida observando una estantería donde se acumulan milagrosas latas para adelgazar. Piensa que si espera un poco saldrá otro dependiente con más experiencia, quizás el propietario, capacitado para responder a los más sutiles síntomas. Pero antes de que esto llegue a ocurrir sufre una explosión lacrimal y esperanzado se dirige otra vez al mostrador, con el dedo señalando el camino dibujado en la mejilla y saltándose la cola. La chica reacciona a la defensiva y para quitárselo de encima le expende un botellín de gotas desinfectantes, nerviosa, desbordada. Dos cuarenta. Pero no, el sabe que eso no es el remedio, pero traga y se va, pues sabe que de allí no va a sacar nada que le ayude. No obstante, se mete en el primer baño público para probar las gotas. No pierde nada, piensa, pero antes lee el prospecto y se ofende cuando se encuentra con una simple solución salina que ayuda a eliminar cuerpos extraños al ojo. Tira el botellín a la basura, contrariado, mientras una nueva explosión acontece.

La infección parece extenderse al otro ojo. Piensa que ya no es cuestión de farmacias, sino de médicos. Duda de si es mejor acudir directamente a un especialista o seguir la cadena y visitar a su médico de cabecera. Cierto temor a que se rían de él por una minucia le inclinan hacia el doctor Rodríguez, el cual es siempre eficiente en el tratamiento de sus quejas. Así, cuando las lágrimas se precipitan de los dos ojos, algo que ya había previsto, apresura el paso con intención de que le atiendan sin cita previa, lo cual, ha olvidado, significa esperar y esperar hasta que haya un hueco, sentir la frustración de ver como hay quién entra y en un máximo diez minutos la asistenta del doctor le llama. Pronto se da cuenta de que allí no es bienvenido. El doctor está ocupado todo el día y es reacio a hacer horas extra. Solo tiene posibilidad en caso de que una de las citas no acuda. Es en este momento cuando vuelve a llorar y una alegría inmensa le invade. La gravedad de la infección se ha hecho patente. Lo ve. Mire. Estoy enfermo. No es un catarro. Estoy enfermo de verdad. Pero la asistenta no opina lo mismo y le pide que se deje de tragedias, que hoy es un día con muchas embarazadas y los niños siempre van primero. Aunque intenta explicarle que las lágrimas no se deben a la decepción sino a una infección y que es razonable que se trate de algo urgente, finalmente se rinde y pide cita para el próximo día, cuanto antes mejor. La mujer dice que para mañana están completos pero que tiene posibilidad de ser el primero para pasado mañana. Después llama al siguiente paciente. Se resigna mientras las lágrimas vuelven a caer y esta vez, quizás, sí ayudan a aliviar la frustración.

Al salir, mientras se reproduce el mecanismo de condensación en los ojos, se pregunta si está dispuesto a esperar o acudir a urgencias. Siente que las condensaciones son cada vez más rápidas, de modo que las lágrimas saltan con más asiduidad. No quiere ser un hombre que llora. Es una infección muy extraña. También le inquieta el alivio que sintió después de llorar tras los rechazos de la asistenta. En cierto modo el alivio que sintió se debía a la coincidencia entre unos nervios que necesitaban escapar y la sucesiva explosión lacrimal. En este sentido la infección, con toda la carga de maldad que se le quiera atribuir, con toda la carga de amenaza, sirvió como remedio a una excesiva carga de frustración. Piensa que quizás no se encuentra en una situación de verdadera urgencia. Lo mejor es llamar al trabajo y tomarse unos días libres. No se siente con fuerzas para explicar a los compañeros que es una reacción frente a una infección y no un estado emocional precario. Puede imaginar la molesta carcajada de González, hecha para certificar a todo el mundo que algo le hace gracia, hecha para arrastrar otras carcajadas y devenir en coro chistoso de la tragedia. Los hombres no lloran en el trabajo. Los enfermos no van al trabajo. El jefe es comprensivo aunque lo apunta todo. Pero peor es que lo vean llorando.

Parece que la infección ha empeorado cuando ha apagado la lámpara de la mesilla de noche. Justo en ese momento, justo cuando empezaba a escuchar su respiración, ha roto a llorar, de manera continua, al menos unas dos horas. Alarmado se ha mirado en el espejo, esperando encontrar una fuente de pus o legañas gelatinosas. Pero los ojos parecían normales, para nada enrojecidos e incluso no se podía decir que fueran unos ojos llorosos, aunque quizás, sí, los parpados un poco hinchados. Lo extraño era que las lágrimas no parecían pertenecer a los ojos y más bien caían como esos globitos de agua que los actores revientan para vencer la dificultad de llorar ante las cámaras. Está inquieto. Intenta comprender buscando en páginas web que finalmente no aclaran nada, ya que en muchas de las patologías descritas presenta unos síntomas pero le faltan otros. Después de las dos horas de lloro continúo, las lágrimas caen a intervalos de más o menos treinta minutos. Piensa que ahora hay luz, y aunque no puede asegurarlo al ciento por ciento, cree que ha ayudado a cortar la hemorragia. No obstante, la herida sigue abierta. Pero dado que considera que es demasiado tarde para acudir a urgencias en tanto que no hay razones que conduzcan a pensar que va a morir esa noche, decide experimentar y apaga la luz. Espera, mira su sombra, se escucha respirar y de pronto las lágrimas se vuelven torrenciales. El pulso se acelera.

Le parece inobjetable que hay una relación entre oscuridad y lágrimas. La luz atenúa la infección. Es algo que debe decir al médico. Quizás el virus, o la bacteria, quien sabe, se incubó de noche y es fotosensible. Pero dado que la luz no neutraliza la infección, cabe pensar que al agente patógeno le es más dificultoso llevar a cabo sus ataques, lo cual, paradójicamente, es síntoma de su fortaleza. Le preocupa que la infección pueda estar creciendo y pronto la luz ya no sirva como última defensa. Mientras acontece de nuevo una explosión, investiga en la red sobre bacterias y virus fotosensibles y la mejor forma de combatirlos de forma casera, al menos provisionalmente. El mejor consejo que puede leer es que acuda a un médico. La alarma se desata cuando aparece la palabra cáncer. No obstante, no presenta ningún síntoma. No siente dolor, no tiene visión doble, no hay llenura en los párpados o en la cara. No tiene siquiera enrojecimiento. Este no tener atenúa las alarmas. Seguro que no es nada. Pero dado el exceso de ansiedad se produce otra coincidencia y las lágrimas logran aligerar la carga nerviosa. Parece sentirse mejor. Incluso esboza una sonrisa. Se pregunta si cuando hay coincidencia llora de verdad y no hay infección. Quizás hay alivio porque antes ha habido emoción. Con la infección hay preocupación. No quiere quedarse ciego.

Se imagina ciego. Solo. Sin nadie que le ayude, a tientas, desorientado, desesperado. Se imagina el rechazo de los vecinos, quizás un alma caritativa que le hace la compra y le roba las monedas, quizás un compañero haciéndole una visita para contarle como está el ambiente, los últimos despidos, los últimos ascensos, los nuevos lameculos. El miedo a salir a la calle, expuesto, debilitado. Se imagina en el suelo, pidiendo auxilio en la oscuridad mientras escucha el zapateo de los viandantes. Llora. Hay de nuevo emoción. Apaga la luz porque sabe que hay un torrente de tristeza que necesita salir. Llora. Lentamente la emoción se apaga. Llora. La sensación de alivio se extiende por todo el cuerpo. Lentamente la coincidencia se apaga. Llora. Enciende la luz. Las lágrimas caen durante un rato más. Ahora son molestas. Las infecciones son molestas. El llanto cesa. Es solo una tregua. Pronto volverá a llorar, enfermo, automáticamente, lágrimas sin emoción. Lo mejor es ir a urgencias. No puede esperar, de lo contrario, intuye que caerá en un pozo sin fondo. Se pregunta si aún hay tranvías o si lo mejor es pedir un taxi. Le molesta la idea de que alguien pueda verle llorando. Lo mejor sería ir a pie, amparado por la luz anaranjada de las farolas y unas gafas de sol. Mientras se viste  reconoce que la infección ha dado gusto a la hipotética tristeza del ciego, aunque es reacio a otorgar valor a tal emoción.

Cree que la transparente iluminación de la sala de espera restará posibilidades a la ofensiva bacteriana. Le han dicho que en cuanto puedan le atenderán. Cuenta las personas que esperan junto a él. Diez es un número redondo y excesivo para sus intereses, aunque no tarda en darse cuenta de que el número varía según los que entran y los que salen. Parece una noche tranquila, según deduce de los bostezos del guardia de seguridad. Pero de pronto irrumpen las sirenas de una ambulancia y tres hombres con batas blancas salen a la carrera. Empieza a llorar. Un cuerpo se convulsiona en la camilla. Piensa que aquello extenderá la espera mientras un niño con rostro amarillento le señala y se ríe burlonamente hasta que la madre le llama al orden y le pide disculpas. Pese a la enfermedad el niño no pierde la alegría. No pasa nada. El niño no sabe que él es una máquina estropeada y no un cobarde, un cagón que no se atreve a saltar por encima del pozo. Se impacienta cuando llega otra ambulancia. De pronto por los altavoces se les pide que si no es estrictamente necesario vayan a sus casas, pues en las próximas horas van a recibir a los heridos de un accidente múltiple. Su mirada se cruza con la de un hombre con el brazo partido que lleva esperando más o menos el mismo tiempo que él. Llora. Sopesa la gravedad de las lágrimas y decide marcharse. Al salir observa como bajan a un niño con la cara rajada y el horror grabado en los ojos. Llora. Marcado de por vida, señalado por niñatos amarillentos en el todo vale de los recreos. Entonces se sumerge en una calle sin farolas. Las lágrimas arrecian.

La visita al doctor Rodríguez no ha servido absolutamente de nada. Primero se ha mostrado escéptico con la descripción de los síntomas reforzada por dos demostraciones reales. La luz empieza a no tener efecto. Después, el doctor ha examinado los ojos como la forma más eficaz de consumir los quince minutos que se ha asignado por paciente, para al final soltarle en la cara que o bien era un farsante o bien debía remitirle a un mecánico del alma. Le ha parecido preocupante que el doctor no se sintiera intrigado por una enfermedad rara y mientras rompía a llorar por tercera vez se ha atrevido a sugerirle que un examen superficial no era suficiente, que era necesario ir a la sangre. La infección está en la sangre. Después le ha despachado con unos ansiolíticos y el número de teléfono de la doctora Cecilia, una buena especialista. Ha llorado, y una vez en la calle, el desaire ha coincidido con las lágrimas. Una vez aliviado se pregunta si el doctor tiene razón. Al fin y al cabo es el experto. Quizás más que una infección lo que le aqueja es una disfunción de la mente. Se toma una pastilla. Se pregunta si la coincidencia es más que eso, simple coincidencia, y va más allá y es un camino que debe recorrer para curarse. En ese sentido, piensa mientras la pastilla hace efecto, el alivio bien pudiera ser la recompensa por tomar el camino.

Mientras llora de nuevo por medio de la infección, piensa que el alivio sentido en las lágrimas de tristeza comparado con las de la frustración era, por qué no decirlo, más poderoso, más gustoso. Entonces busca en la tristeza y la burla del primer niño le empuja a la cara rajada del segundo y la tristeza similar que le aquejó cuando se imaginó ciego. Ambas eran situaciones de desamparo. Era este un gusto por el vaciamiento, por la descarga de una condensación emocional en la que la precariedad era el vector que aumenta la presión. La tristeza fruto del desamparo. Recuerda a su madre. La pobre dejó un día de luchar. Estaba cansada. Sonriente hasta el último momento. La última caricia. Llora. Recuerda cuando le cogió la mano, cuando sintió la tensión del último segundo, la distensión del segundo después y el frío de un mundo sin madre que te tiende la mano cuando te has caído. El ciego en el suelo, la raja en la cara que te convierte en un viejo de doce años. Llora. Recuerda cuando Marta lo abandonó. Lo siento. Me gusta otro. No lo conoces. Me hace sentir especial. Tú me gustas, pero… Llora. Cuando Lorena, después de haberle dado esperanzas, se decantó por Pedro. Sabe tratar bien a las chicas. Es encantador. Lo siento. Tiene algo que tú no tienes. Llora. No preocupas a nadie. Mamá siempre era una mano que te acariciaba cuando estabas bajo de moral. Pasaba suavemente los dedos por los cabellos, sin cantar, aunque no importaba, pues el hecho de tocarte era el canto mismo. Llora.

Llega un momento en el que se da cuenta de que el alivio no llega. Se alarma. Llega un momento en el que deja de llorar y la tristeza sigue ahí, mesando las entrañas. No ha habido deshago, descarga. No puede imaginarse que la infección se haya curado. No puede ser. Se desespera. Hundido en la tristeza no pueden faltarle las lágrimas ahora. Camina. Siente los ojos hinchados. Escuecen. No ve salida sin el alivio que producen las lágrimas. Testa. No hay condensación. Camina. Testa de nuevo. Lo que antes era una incomodidad es ahora una necesidad. No puede admitir que una vez se ha lanzado al pozo se ha quedado sin lágrimas. Llueve. Camina. La infección ha cancelado sus servicios. Las defensas han ganado. El cuerpo se ha curado a sí mismo. Quizás necesitaba la tristeza para provocar una tormenta que limpie todo. Quizás ha tenido que sacrificar defensas propias. Sacrificar el alma para seguir viviendo. Camina. La enfermedad ha sido vencida a costa del alma. No ve salida. No le tranquiliza la salud. Necesita llorar más. Necesita el alivio, no su perspectiva interrumpida. Camina. Llueve. Al fondo se dibuja la estación de tren. Se dirige a ella. Testa. No hay condensación.

Entonces piensa que no hay más esperanza que los raíles. Los ojos se han secado y el alma no está aliviada. No habrá coincidencia. Los trenes salen y entran. Las ruedas resbalan después de que se activen los frenos. Las salidas son un poco más bruscas debido al momento de aceleración. Siempre hay una resistencia con la que contar, eso es obvio, y el cuerpo, curado, se resiste a saltar con un interregional que acaba de llegar. No obstante, se siente arrebatado por la idea de que los raíles son el alivio, el alivio definitivo, quizás el más placentero, la descarga del alma. Quizás al otro lado le espera la madre por la que ya no puede llorar. Quizás pronto llegará ese niño con la cara rajada y rendido a la idea de la horca. Allí habrá paz, el fin del desgarro. Ningún niño te podrá señalar, aislar, repudiar. Hay una línea de seguridad que aparta del peligro de las ruedas. El corazón se acelera cuando coloca los pies en la zona amarilla. Pronto llegará un intercity. Todo está programado. El tren partirá en diez minutos. Se pregunta si no es mejor aprovechar la salida y el momento de aceleración. Una salida le parece incluso más optimista. El tren arranca y antes de que cierren las puertas salta. Abre los ojos. La ventana guarda los restos de la lluvia, el reflejo de su rostro. No sabe adónde va. No tiene billete. La condensación vuelve a organizarse. En breves minutos llora de alegría.

Laboratorio

enero 14, 2014

Eructa y le entra la alegría. El sabor del gulash retorna, más amargo, más bilioso, pero con reminiscencias del festival de calor que ha disfrutado hace unos momentos, antes del yogurt, antes de la ensalada. Paladea en un intento por retener el sabor. Sin embargo, éste se diluye. No importa. No todo puede ser disfrutar y ahora tiene que limpiar la vajilla que ese mismo gulash ha ensuciado. Un sucesivo eructo, mientras pasa el estropajo por el plato, combina el gusto por el trabajo y el paladar. No obstante, esta vez, antes de que el sabor se diluya queda un resto de acidez significativamente molesta. Mejor tomar una pastilla, ya que teme que una escalada de eructos provoque un ardor que no le deje dormir y propicie pesadillas en la duermevela.

Acostado en el sofá cambia de canal sin un objetivo definido. Eructa. No siente alegría. El sabor es ahora demasiado agrio. Otra pastilla. Gotas de sudor se escurren por su frente. Recordar ahora el gulash es sumergirse en lo desagradable, en la repulsión que provoca la imagen de la lata recién abierta y los trozos de buey apegados a una masa granate que pide calor antes de parecerse a un caldo. Cada cucharada en la memoria es una llamarada en el estómago, una arcada, una advertencia del cuerpo de que aquello en lugar de hacer bien perjudica. Se revuelve en el sofá. Tiene calor. Pero no es el calor que buscaba cuando cogió la lata en el supermercado, un calor contra el invierno. Es en cambio un calor afiebrado. Cambia de canal y vomita cuando reconoce el anuncio de la lata de gulash que ha consumido.

Cree que ha perdido el sentido. Tiene la sensación de que han pasado horas a través de un agujero negro. Sigue afiebrado, pero ahora se ríe. Cree que se siente mejor. Pero una llamarada en el estómago le retuerce y de pronto cree que la piel bulle, sobre todo la de la cara. Nota las burbujas. No hay motivos para reír, piensa, atrapado por la blanca dentadura de una tenista que anuncia un dentífrico. Después se mira los brazos. Ahí no hay ebullición. Es la cara. La puta cara. Tiene que mirarse al espejo. Al menos puede tenerse en pie. Cree incluso que camina con soltura. Se mira. La cara tiene el color del chile. Se toca. Todo es duro y quieto. Pero siente el burbujeo interno. Siente que debajo de la costra la lava se remueve violenta. Llaman al timbre. Bendita la hora. Sea quién sea cree que va a poder ayudarle. Tropieza antes de poder abrir. Pero eso no importa, pues sea quién sea la ha derribado y entrado en bandada.

Caso índice. Primeras impresiones: Temperatura cuarenta y cinco grados. No presenta convulsiones y es preso de una excepcional y agresiva energía. Como primera hipótesis cabe relacionar la fiebre con la agresividad. Los análisis del continente han revelado que ha sido el consumidor final de las muestras determinadas como foco, las cuales cabe calificar como válidas al menos en sus fases iniciales. Cabe determinar el caso índice como caso primario.

Se oye un respirador. El pitido que dibuja la línea en picos del corazón. Abrir los ojos significa abrirse a dos rostros enmascarados que parecen secar el sudor. El primer impulso es atacarlos, directo al cuello, desgarrar la yugular y escupir el trozo de carne. Los picos del corazón se han acelerado. Inyección de energía inútil por una correa que ata muñecas, tobillos y pecho. La máscara del respirador ahoga el grito. Siente una mano en la frente que presiona. Es una advertencia. Es información. Todo es inútil. Estarse quieto es lo mejor. Nota un pinchazo en el brazo. ¿Le están sacando sangre o le están metiendo algo? No puede saberlo. Lanza una dentellada que nadie percibe. Quiere lanzarse al cuello, a los cuellos. Desgarrarlos. No comerlos. Escupirlos. Notar la sangre fresca en la lengua. Solo eso puede atenuar el calor.

Se oye un respirador. Cree que ha dormido porque no recuerda nada y tiene la sensación de que han pasado horas. El corazón se acelera. Ya no son solo los cuellos. Quiere ser rociado por la sangre. Los muslos, los brazos, los corazones. Quiere carne roja, fresca, que aun no esté muerta. Pero las jodidas correas lo impiden. Es el calor, que se concentra en la boca y en la imagen de una ducha fría liberadora. Pese a la máscara, pese a que no ve, huele la sangre corriendo en el vital circuito cerrado. Es un deseo. Un deseo que acepta, sin reflexión sobre la conveniencia de dejarse vencer o no, de seguir la norma o irse a la cama con otra mujer. Ese deseo es tan natural como el germinar, el verdear, el florecer. Y si algo mueve al pensamiento es en como librarse de las correas para satisfacerse. Pensamiento estratégico. Déjales creer que te han vencido.

Se oye un respirador. Rabia y paciencia. Rabia larvada, que a medida que pasa el tiempo crece en potencia y cree que lo puede todo. Es muy difícil mantener la paciencia. El deseo es un reclamo de los cuellos, de la carne. La rabia es fruto de la recompensa por venir. Pero es muy difícil mantener la paciencia cuando kilotones de deseo se agolpan en el limitado espacio del corazón. Hay momentos en que cree que hay cantidad de rabia suficiente como para romper las correas. Pero no se atreve a desperdiciar energías porque no está seguro de que puede hacerlo. La conservación de la energía es importante porque la energía es importante para satisfacerse. Pensamiento especulativo. Llegará el momento en que toda energía encuentre una salida. Se relame. De pronto las correas ceden.

Caso primario. La temperatura corporal permanece estable, en torno a los cuarenta y cinco grados. La energía, no obstante, parece acumularse. Segunda fase después de la inoculación. Contrariamente a algunas hipótesis, no se ha producido una destrucción del mobiliario. La validez de las muestras en la segunda fase sigue intacta. El poseer un solo impulso, que cabe imaginar una intensidad sedienta, hambrienta, no ciega por completo el raciocinio.

Estar libre no significa cumplir el deseo. La esperanza de la carne que ofrecían los dos hombres enmascarados se ha esfumado. Esta solo en la habitación. Grita. Después busca la puerta. Pero allí parece no haber puerta. Solo cristaleras. No hay una silla que arrojar. Solo la camilla de la que se ha liberado. No hay nadie al otro lado. Prueba con los puños los cuales solo aciertan con la intuición de que esos cristales necesitan algo más que una silla para quebrarse. Sabe que gritar es inútil. La energía sigue acumulándose y opta por sentarse. Si les hace creer que se ha tranquilizado quizás logre que se acerquen. Entonces atacará. Se relame. La sangre bulle. Entonces piensa en morderse a sí mismo. Solo un trocito que revele la verdadera dimensión de lo que le espera al otro lado de la cristalera. Pensamiento fantasioso.

No, esto no puede ser. Ha habido satisfacción, cierto, pero no con la intensidad esperada. La energía crece. Ha sido solo un apunte que ha incrementado las ganas de carne ajena. Se mira el tajo. El rojo le pertenece. La sangre brilla. Es un reclamo. La sangre es lo que se oculta tras la piel. Necesita liberarla. Pero no su sangre, sino la sangre ajena. Nada le parece más revelador que los trozos de carne flotando en un cuenco de sangre. Hay que derramar el cuenco y ver como la sangre establece sus propios caminos. El sabor. Los dientes manchados y la cara salpicada. El sabor es la satisfacción del libertador. El deseo aprieta. Esto es solo la imagen de lo que le espera. La presión sanguínea directa a la lengua, al paladar, a la exquisitez.

Se vuelve a morder. El tajo es ahora más grande. Un poco cercano al anterior. Quiere demostrar algo. Piensa que los hombres enmascarados vendrán para impedir que se autolesione. Intuye que quieren protegerle. Intuye que en algún momento le darán la carne que pide. Ahora muerde el otro brazo. Aquí parece haber alcanzado una vía importante y la sangre chorrea. Se recrea. Observa como los latidos marcan el ritmo de la liberación. Pero la curiosidad no llena el deseo. La satisfacción viene a través del otro. Mira a las cristaleras y pide. No suplica. Pide como un derecho que los dioses deben dar al elegido. El hijo pide ser alimentado por el padre, de lo contrario, el destino inexorable para el que ha sido creado no será llevado a cabo. Se muerde el muslo. Un bocado grande que no desgarra la femoral pero que la muestra, latiendo. Pensamiento religioso. ¡Oh, Padre! ¡Dame lo que me ha sido prometido!

Caso primario. La temperatura se mantiene estable en torno a los cuarenta y cinco grados. La unilateralidad del impulso lleva a buscar formas alternativas de satisfacción, lo cual explicaría las autolesiones. Pese a la pérdida considerable de sangre no cabe temer por la vida del huésped. La energía y la rabia se mantienen estables. La fiebre mantiene la vida. Llegados a este punto, consideramos necesario, conforme a la disposición 66.6, pedir autorización gubernamental para iniciar la siguiente fase de experimentación.

Mira el cuerpo despedazado. Pide y te será dado. Se relame. Mira como la sangre corre, ahora mansa, después de las convulsiones finales del corazón. Ha llegado un momento en el que ha dicho basta y ha chasqueado los dientes. No está seguro pero el momento ha coincido cuando el cuerpo ha dejado de gritar y retorcerse. Ahora yace y no le apetece. El deseo es de carne que responda, que resista, que luche por mantenerse con vida. Morder hasta el último latido del corazón. Pero la satisfacción es momentánea. El hambre vuelve. Ahora con el recuerdo de los buenos tiempos, del maná sanguinolento, del edén revelado. Una sola pieza no basta. Quiere más. Aquello solo es el aperitivo. Un Dios de los excesos soltaría más de diez piezas en la habitación. Recreo. Bocados indiscriminados que siempre aciertan con el objetivo. Mira la puerta. Se relame.

El otro cuerpo empieza a moverse. El otro cuerpo se levanta con el cuello desencajado y las tripas saliendo por el boquete del estómago. Una compañera no le vendrá mal. La sangre liberada provee de reclutas. Sin embargo, sin piezas no hay nuevos reclutas. Se relame. El hambre permanece bajo el supuesto de que morderse a sí mismo ya no sirve para llamar la atención. La energía crece. Mira la puerta. Ábrete. Ábrela. Abridla. Dios no puede hacer una pareja sin hacerla proliferar. Necesitamos hijos. Necesitamos un ejército que rompa el cuenco. Necesitamos mano de obra que despedace siguiendo la línea de producción. La línea de producción del deseo, que no cesa, que persiste y que no permite una duda. Pensamiento social. Provéeme de un rebaño.

La imagen de una posible matanza aumenta la intensidad del hambre. Su ejército contra la sangre clausurada. Liberar y sumar. Aumentar. Cuerpos despedazados guiados según un deseo. Del rebaño a la manada. De la manada a la superpoblación. Si se unen a mí no se unen a ti. Son míos. Buscan lo mismo que yo pero sin la conciencia de ti, de vosotros, los cuales no sois más que trozos de carne que aprisionan torrentes de sangre. Pero la posibilidad del ejército depende de la posibilidad de la puerta. Mejor que esto no lo sepáis. Mejor callar aunque el hambre apriete. Pensamiento conspiratorio. Quizás un cabezazo contra la puerta ayude. El cristal se mancha. No advierte grieta alguna. La energía crece. La compañera ha comprendido y también se lanza contra el cristal. Protege a tus hijos de sí mismos y dales las llaves del edén. Se relame.

Casos primario y secundario. Temperatura en torno a los cuarenta y cinco grados. Cabe determinar que la infección se produce por mordedura, aunque sin descartar otras vías, lo cual puede confirmarse en posteriores pruebas. La fiebre y la rabia se manifiestan, salvando la diferencia de edad y sexo, sin variaciones significativas en ambos cuerpos. Llegados a este punto se recomienda la neutralización de ambos casos y con ello pedir autorización gubernamental, conforme a la disposición 66.6, para la obtención de un nuevo caso primario que pueda ser comprendido bajo la luz de la autopsia de los casos originarios.

Yo no

diciembre 10, 2013

 

“Pienso, luego existo”

Descartes.

Cuando lees cómo un adolescente han entrado con un kalashnikov en su instituto y se ha llevado por delante a treinta compañeros y a diez profesores, piensas que hubieras sido uno de los supervivientes. Cuando en alguna película bélica consumes lo azaroso que es para el cuerpo humano un bombardeo o un asalto, piensas que tú hubieras salido ileso y comandarías el contraataque. Cuando conmovido visionas las inundaciones de las noticias de las nueve con sus ciento cincuenta desplazados, trescientos cuarenta y tres desaparecidos y unos diez muertos oficiales y creciendo, piensas que a ti nunca te ocurrirá. Cuando apartas la vista de la foto de un niño negro de cráneo exagerado y un vientre que amenaza con quebrar las costillas, piensas la lejanía del hambre y la fortuna de tener la nevera llena. Cuando despiertas y procuras que el primer pie en tocar el suelo sea el derecho y no el izquierdo, piensas que llegaras por la noche a casa sano y salvo. Cuando lees que se calcula que para dentro de treinta años la población con cáncer se duplicará y alcanzará niveles críticos, piensas que serás uno de los exentos. Cuando en alguna película post-apocalíptica consumes lo trágico del fin del mundo y la posterior restauración del edén, piensas que pertenecerías al uno por ciento no infectado y que comandarías tras una larga lucha la restauración del bien. Cuando indignado visionas los despidos de quinientos trabajadores de una planta de ensamblaje aeronáutico, piensas que tu trabajo es seguro y no hay que temer por él. Cuando en la autovía ralentizas la mirada en un accidente de tráfico y lamentas los cuerpos encerrados en bolsas negras, piensas que eres el mejor conductor de mundo. Cuando ilusionado marcas los número de la loto porque hay un bote cercano a los doscientos millones, piensas en la pequeña esperanza que da el nunca se sabe.

Lo imposible

octubre 21, 2013

Advierte en la mirada de la camarera un deje de confusión cuando le dice que no quiere la pajita. Ella la retira y se va. Aunque la chica es guapa. ha habido algo en aquella mirada que no le ha gustado, algo inquietante. Pero se olvida cuando unos niños empiezan a dar vueltas sobre su mesa, persiguiéndose, riéndose. Pronto se van y observa como un acomplejado padre empuja con esfuerzos el carro de la compra. Con él se cruza una adolescente que corre alocadamente perseguida por un acnésico. Intenta coger el vaso. No puede. Pero su atención recae en la esquemática conversación de dos mujeres, en la que a las dos les va bien y nombran a una tal Juanita, y que al Carlos habría que decirle unas cuantas palabras para alejarse de una no sé sabía qué caída por las escaleras. Intenta coger el vaso. No puede. La camarera se ha acercado y le ha preguntado si todo va bien. Responde extrañado que por que tendría que ir mal. Ella se sonroja y lo deja para atender otra mesa. Entonces repara en cómo unos chavales chulean a un guardia, mientras éste con seguridad y astucia los conduce hacia fuera. Se levanta un momento para realizar un intento de auxilio a una madre con tacones que ha caído cuando intentaba que el niño saliera a la carrera tras vislumbrar una tienda de caramelos. Ha llegado tarde, de modo que observa como la madre se sacude el vestido, ya de pie, mientras reprende al pequeño. Vuelve a sentarse. Intenta coger el vaso. No puede.  Pero su preocupación se centra en responder a una pareja que se le ha acercado preguntándole si les permite hacerle una foto. No entiende por qué, pues no se considera muy fotogénico, pero acepta. El flash le da en toda la cara y la pareja se retira entre sonrisitas, no sin antes darle las gracias. La camarera se acerca de nuevo. Está preocupada por si le han molestado o por si se ha sentido ofendido. Objeta que lo que le molesta es la actitud de ella, siempre encima de él, como si fuera un niño pequeño que no sabe cuidarse de sí mismo. La camarera pide disculpas con un ceño de disgusto y se marcha. Se siente sulfurado. Intenta coger el vaso. No puede. Aquello le da un punto más de desquicio. El vaso sigue lleno. Lo intenta de nuevo. No puede. Pero unos gritos desvían su atención. Ahora el guardia corre detrás de dos jóvenes que huyen con una maleta. Una mujer también corre dando gritos. Los jóvenes huyen y el guardia intenta ahora tranquilizar a la mujer, que llora desprotegida. Llega la policía, toma declaración y se va. Intenta coger el vaso. No puede. Pero antes de poder lamentarse percibe que por megafonía profieren su nombre y la obligación de acudir a información. Se levanta y se dirige rápidamente hacia allí. Una mujer con rostro sonriente le informa que su hija ha dejado un paquete. Le ayuda a abrirlo. Se sonroja cuando comprueba que son sus brazos y que una vez más los ha olvidado antes de salir de casa.

Me pido el vaquero

julio 20, 2013

No sé si mi quedan cinco minutos, una hora o diez días de vida.

Pensar en lo que ha sido tu vida cuando te quedan cinco minutos. Recuerdo a mamá hablando de los barbudos. Nosotros y los barbudos. Para mamá no había diferencia entre los barbudos de la universidad y los barbudos de los desiertos. Eran barbudos. O nosotros o los barbudos. Cinco minutos para saber que tu vida depende ahora de un barbudo.

 

Todo parece indicar que la vida se alarga una hora. Me han dado agua. Papá siempre hablaba de los negocios. Gracias a los negocios había comida en la nevera, regalos de navidad y días de playa. Los barbudos eran enemigos de los negocios. Me han permitido tumbarme. Ellos hablan entre sí en el idioma de los barbudos. Parecen gritos. Papá decía que haya donde hay barbudos es necesaria una guerra. No importa lo lejos que estén, pues son contrarios a los negocios, la sal de la vida. Gracias a los negocios tenemos dos coches, una televisión de plasma, la videoconsola, en donde he matado a muchos barbudos. Papa dice que la guerra siempre es un buen negocio.

Una hora para recordar los juegos. A indios y vaqueros. Siempre me pido el vaquero. Nunca me han gustado las flechas. Al policía y al ladrón. Un, dos, tres, cuatro, los marines americanos. Un grupo de valientes rodeado por una horda de barbudos con sobredosis de munición, no ellos, sino nosotros, de lo contrario el juego no tendría gracia y sería la realidad en la que ahora me encuentro. Tengo el brazo roto. Estoy mellado. Hay un tajo en el muslo que sutura sin ayuda de costura. El oído sangra.

 

Diez días de hambre y sed. El corte del muslo se ha gangrenado. Tengo fiebre. A veces río de la advertencia de padre. Padre creía que no yo no debía ir a la guerra. Nosotros no somos pobres. Nosotros somos la parte de los negocios. Pero hay muchas guerras en marcha, muchos negocios y los pobres se han acabado. Padre lo sabe, pero dice que yo no debo ir. Madre me mira dolida pero yo sé que comprende. O los barbudos o nosotros. Parecen lejos pero están cerca. Y cualquier día allanan la casa y violan a madre.

Diez días para recordar que el mejor ejército del mundo necesitaba hombres. Ofrecemos sobredosis de munición, sobredosis de tecnología. No tengas miedo padre. Volveré vivo. Condecorado. Con record de puntos. Dispuesto a emprender nuevos negocios. Endurecido para las decisiones. Madre me pide con los ojos llorosos que patee a esos barbudos en donde más les duele. Voy a aprender a disparar. En los videojuegos era uno de los mejores mata-barbudos. Record de puntos entre mis amigos. Record de puntos semanal tres semanas consecutivas en las estadísticas de la red.

Cuando llegas a un pueblo y no hay nadie en las calles sabes que hay al menos un grupo de barbudos escondido. Así es en los juegos. Lo importante para conseguir el record de puntos es sobrevivir al primer disparo. Después todo es coser y cantar, pues en el modo fácil, que es donde me gusta jugar, los barbudos no toman muchas precauciones. Diez días para recordar a Jenny. Sus cartas. Su inocencia. No la toques. Su sonrisa cuando le llevo flores. Solo un beso. Tomaré a Jenny después del matrimonio. Ella no debe saber, no debe gozar hasta entonces. Jenny es una flor que florece porque florece.

Cartas a Jenny desde el campamento. Tengo buenos compañeros, mi querida Jenny. Confío en ellos como en mí mismo, amada mía. Sé que van a arriesgar sus vidas por salvar la mía si llega el momento, diamante eterno. Cuando voy a la cama, después de un día agotador de marchas, pienso en ti y les hablo a mis compañeros de ti, de lo hermosa que eres, de lo delicada, como una muñeca de porcelana que solo está hecha para ser amada y criar hijos, nuestros hijos, mi querida Jenny. Diez días para saber que no tendré hijos con Jenny.

Cartas a padre y madre. El frente está tranquilo. Solo vigilamos. Ninguna baja. Es una guerra fácil, hecha para los hijos de los que tienen negocios. Aun quedan  pobres para enviar a los pueblos más lejanos, en donde hay ositos de peluche que explotan, cortos e indeterminados ataques de mortero, barbudos que ayudan mezclados con barbudos que vigilan o se revientan pegados a una patrulla. Hay cosas que Jenny no puede saber, amada mía. Hay cosas que madre no me perdonaría. Padre podría comprender, pero prefiero no decir nada. Diez días para recordar las noches en las que nuestro general nos permitía decidir sobre la suerte de un barbudo. Era el nuevo juego. Un acto de libertad. El sandbox de la vida real. Puedes violar, pegar, rajar, ahogar, electrocutar o utilizar animales. Diez días para recordar que el frente estaba tranquilo y lleno de poder.

Voy a morir. Si no me matan ellos será está gangrena que me afiebra. En las próximas horas. Si Jenny quisiera podría freír un huevo en mi cabeza. Sería divertido. Serían días rosas. No quiero que veas mi cadáver, amada mía. Tu mirada debe seguir limpia, luz mía. Diez días para saber que quizás no encuentren mi cadáver y padre y madre tengan que enterrar a un fantasma. Desaparecido en combate. Adiós aire mío. Puede que a padre le consuele el hecho de haberme advertido. Adiós papi. Pero de madre, no sé. Le dolerá tanto que aumentará su odio por los barbudos. Adiós mami. El brazo roto me dice que no me salvarán en el último momento, justo cuando van a apretar el gatillo, un segundo antes de que explote la bomba. Los dientes que me faltan son mis compañeros muertos. La muerte es un hueco en la encía. La muerte es el cuchillo oxidado y dentellado que empuñan los barbudos. Diez días para descubrir que van a grabar un video. Shocking News. Soy el cerdo que chilla cuando comprende que no hay partida guardada.

El elitista

mayo 4, 2013

Trescientos caballos y una estabilidad fuera de lo común desperdiciados en el puto atasco. Arrancada. Frenada. Arrancada. Frenada. Pitos. Seiscientos caballos desplegados en un anuncio en el que la carretera estaba vacía y era una línea recta hasta el infinito, hasta el confort, hasta el éxtasis de la velocidad y la gasolina quemada. Arrancada. Frenada. El coche que tiene delante es una mierda. Parece de tercera mano y es casi seguro que sus piezas ya no se fabrican, por lo que apostaría a que su dueña tiene que vagar por las chatarrerías cuando algo se estropea. Esa mierda de coche debería estar prohibido, como debería estar prohibida la ropa sport de los mercadillos, las marcas blancas de los supermercados y los diamantes de plástico en la oreja. Arrancada. Frenada. Arrancada. Frenada. Pitos. Piensa en la elaboración de una Ley de la Vergüenza cuyo espíritu sea una especie de apartheid de lo barato, de lo mil veces usado, de lo remendado. No puede ser que una autopista que permite velocidades de ciento ochenta kilómetros hora esté colapsada por coches de mierda como el de esa señora de adelante o el de ese señor de la izquierda, que ha comprado la copia china de la alta gama y si bien es cierto que tiene espacio, allí todo está envuelto por el chirrido de lo plastificado. Putos imitadores. Todos quieren riqueza pero solo unos las tienen. Arrancada. Frenada. Pitos. Los que no tienen riqueza solo pueden copiar sus efectos y creen tomar caviar cuando comen chuletas de cerdo con sabor a antibiótico o en lugar de ser estrellas de fútbol sienten la gloria del último minuto en las videoconsolas. Arrancada. Frenada. Arrancada. Frenada. Pitos. Vidas baratas que atascan la suya y le impiden llegar con suficiencia a la oficina. Menos mal que el desastroso coche de delante ha tomado un desvío. Un descanso para sus ojos. Pero aún tiene a su izquierda al amante de la copia china. Piensa en la elaboración de una Ley de Distribución de los Espacios Poblacionales, en la que a cada franja de ingresos se les permita circular por determinados sitios y tenga vedados otros. Arrancada. Frenada. Está claro que los que ganen menos de cien mil al mes y los parados tendrían prohibido la utilización de esta autovía. Incluso estaría dispuesto a pagar una cuota mensual para el mantenimiento de la autovía con tal de poder dar libertad a los seiscientos caballos, de los que hace un alarde para que el puto amante de la copia china le mire y le envidie. Arrancada. Frenada. Arrancada. Frenada. Pitos. Mi coche solo puedes mirarlo. Quizás conozcas todas sus prestaciones porque lo has leído en tu revista favorita de motor, asombrándote por el precio mientras rellenas un boleto de la loto. No son baratos seiscientos caballos. No son baratos tus sueños. Arrancada. Frenada. No es barato tu deseo de tener lo que yo tengo. Pero sí es barata tu envida, gilipollas, que te lleva a comprar espaciosos automóviles chinos con motor de motocicleta. Realiza otro alarde y cuando termina siente la insistencia de los pitidos del coche de atrás y mira. Se encuentra un huesudo y largo dedo corazón tapando la cara de lo que cree es una vieja. Vuelve a mirar hacia delante. Arrancada. Frenada. Arrancada. Frenada. Pitos. Enciende la radio. Ha perdido las ganas de seguir pensando en los fracasados que colapsan la autovía. No obstante, vuelve a mirar hacia atrás para ver el rostro de esa maleducada cuyo único alarde es tirarse pedos delante de sus amigos y reír escandalosamente. Ella le mira directamente a los ojos. Él sostiene la mirada, pero no por mucho tiempo, puesto que tiene recorrer los escasos diez metros que se han abierto. Arrancada. Frenada. Desde atrás vuelve a escuchar los pitidos contra él. Vuelve a mirar y se encuentra de nuevo con el dedo corazón. Aunque no es partidario de dejarse afectar por la chusma, no evita sentir el desaire, la caída del estómago, la sorpresa que deviene en rabia. Si hubiera sido un amigo lo hubiera tolerado en espera de una oportunidad para devolver la ofensa. Una cuestión de tiempo, una cuestión de justicia en las idas y venidas. Pero con esa desgraciada, chusma barata, le resulta inconcebible y se siente violado. Arrancada. Frenada. Arrancada. Frenada. Pitos. La vieja vuelve a reclamar una mirada. No mires. Lo mejor ahora es ignorar a esa chusma. Además, él tiene la justicia de los caballos, de los que repite alarde, rugido, superioridad de la tecnología formula uno con respecto a una vieja desdentada, a la cual solo le queda el dedo corazón y un pito desinflado. Arrancada. Frenada. Piensa que lo mejor para todos sería una Ley de las Relaciones entre Clases, en la que se regularan las actitudes cuando los que ganaran menos de cien mil al mes y los que ganan más de cien mil al mes no pudieran evitar el encuentro público. Por descontada estaría la imposición de fuertes castigos cuando las vida baratas faltaran al respeto. Arrancada. Frenada. Arrancada. Frenada. Pitos. Se regodea pensando que el ruido del motor ha ahogado la arrogancia de esa desgraciada. Solo él tiene derecho a la arrogancia en ese río de metal y asfalto. A la sensación de victoria se le une la alegría de vislumbrar el desvío que conduce a la oficina. Los atascos son agotadores. Esa gente, a la que debería denegársele el derecho al automóvil, es agotadora. Arrancada. Frenada. Una vez tome el desvío espera no tener que apretar el freno hasta llegar a su aparcamiento. Pero antes decide remarcar su victoria mirando atrás mientras pisa el acelerador y orquesta el alarde final de la casta. Ella ha tenido tiempo de advertir que él se va a dar la vuelta y deja preparado el dedo. Vieja estúpida y cabezona. Arrancada. Frenada. Arrancada. Frenada. Pitos. Toma el desvío. La vieja queda a su izquierda y se despide con el dedo. Ahí te mueras. Entre los tuyos. Rodeada de chatarra y productos congelados. Ojala explote ese motor de mierda que se parece a tu corazón. Acelera. Acelera. Los pitidos quedan lejanos. Acelera. Acelera. En esa calle tiene espacio y tiempo para dejar a atrás a los elementos molestos. Acelera. Acelera. Tiene la sensación de que el dedo de la vieja hurga en sus nervios. Acelera. Acelera. No pienses. Acelera. Acelera. Por poco no atropella a lo que cree es un viejo con su perro. Acelera. Acelera. Mira por el retrovisor y cree percibir que el viejo también contesta con una peineta. Acelera. Acelera. Cuando vuelve a mirar de frente es demasiado tarde para evitar la colisión con una camioneta. No obstante, frena sin esperanza y antes de que el potente airbag le quiebre el cuello, puta vieja, le da tiempo a percibir un cadavérico dedo corazón dibujado en el morro de la camioneta.

Crónica del hombre un millón

abril 21, 2013

Esta triste. Una vez más la muerte se ha llevado un alma inocente. Lo han dicho en la tele. Lo han dicho en la radio. Lo ha leído en internet. Una vez más la muerte se ceba con alguien que aún no ha empezado a comprender lo que es la vida, sin tiempo a descubrir todos los juegos, todas las risas. Lo han dicho los violines.

Tres días de búsqueda. Tres días elevados al estado de nervio, de incertidumbre, de última hora.

La desaparición se denuncia a las cuatro de la tarde del día veintitrés. La madre, después de despertar de la siesta, se acercó a la camita para comprobar si la pequeña aún dormía. Después el shock, la preocupación y la esperanza amargada por la posibilidad de la tragedia.

Tres días en los que esperaron la llamada del secuestrador, el rescate, el precio de la pequeña teniendo en cuenta que el matrimonio se dedica a la venta de joyas. Negocio heredado. Negocio que funciona. Negocio goloso.

Pero la llamada no llegó y ha aparecido el cadáver. Noticia trágica, tremenda. La madre destrozada. La familia destrozada. La sociedad destrozada. Secreto de sumario. Se sospecha de los vecinos. El Sheriff espera la autopsia. Hay manifestaciones convocadas contra el culpable.

 

Está en estado de duda. Ha leído en internet que no hay niña muerta y la madre es una actriz. Ha leído que el Sheriff ha actuado en series de vampiros y ha sido secundario en una película de guerra. Se añade incluso que el pueblo de la tragedia no existe y es un corta pega tras una pantalla verde. No obstante, la página web que da la información contiene noticias como la de un plan secreto marciano para invadir la tierra o como la verdadera historia del chupacabras.

La duda no lo es tanto si atiende a las páginas y los canales serios, en donde unidades móviles permanecen apostadas en la casa de la tragedia buscando captar la imagen del dolor o las más impactantes declaraciones de una vida destrozada. Allí todo aun es última hora, acontecimiento por venir, el funeral, el pueblo unido, la rabia, la búsqueda del culpable, pues la investigación continúa y el Sheriff, como miembro de la comunidad, además de asistir al entierro interroga. En una página seria se apunta al tío de la víctima, hermano del padre, como la clave del caso. Solo dicen eso, “la clave del caso”. Hay que esperar, eso es todo. Lo importante es que encuentren al asesino, al maligno, al chupacabras real que tiene cara de tete, de tata.

Quien albergaba dudas acerca de la inocencia de la madre no puede dejar de sentirse culpable después de que ésta tuviera unas palabras con la prensa, a rostro descubierto, a lágrima partía. La han matado en vida. Eso es todo, pues se desmaya y el marido no puede recogerla porque está adentro, tirado en el sofá, en estado catatónico. Es tal la tensión que se opta por la publicidad y aparece una furgoneta, perfecta para el traslado de frutas, de herramientas, de cadáveres. No tarda en aparecer el que ha sido llamado como la clave del caso para asegurar que la madre se encuentra bien, un desmayo lógico dadas las circunstancias. Por lo demás, todo mal, tan mal que se desea la muerte de otra persona. El hermano del padre da media vuelta cuando alguien le pregunta donde se encontraba en el tiempo en que se supone que la niña desapareció. La pregunta no es del Sheriff, el cual le coge del hombro y lo salva de los periodistas. ¿Qué puede tener de mentira tanto dolor?

 

Todo es expectación. Ha leído que hay un detenido y en el televisor todas las cadenas se han apostado en la comisaria.

Por el momento nadie se atreve a dar un nombre y las agencias han enviado también unidades a la casa de los padres.

Las cadenas más atrevidas también se han apostado en casa del hermano del padre para averiguar si es él el que está siendo sometido a interrogación.

El Sheriff ha aparecido y ha entrado en la comisaria manteniendo en todo momento la boca cerrada.

De pronto salta la noticia de que el la clave del caso ha llegado a su casa. No solo él. Ha llegado acompañado de la madre, la cual, lejos del luto vestía una falda corta y roja, sin medias, y una blusa escotada, también roja.

Sorpresa general. En una tertulia televisiva afirman sin rubor que la madre ha perdido la cabeza. Muchos se preguntan por el padre. ¿Qué estará haciendo?

La verdadera conmoción salta cuando es el padre el que sale de la comisaría y dice con voz alta, enloquecida, que todo es una farsa y que la niña muerta es una muñeca de plástico.

Todos los tertulianos, un poco más excitados de lo habitual, coinciden en que el padre ha perdido también el sentido de la realidad, lo cual es en muchos casos la explicación del crimen.

 

Cuando es la madre, después de ser cazada saliendo de un sex shop acompañada de un musculoso galán, la que dice que todo es una farsa y que ni ella ni el padre se han vuelto locos sino que fueron contratados después de superar un casting en el que se les pedía gestos y expresiones de dolor; hay que empezar a pensar un poquito. Ahora ve imágenes de la comisaría e intenta percibir todo aquello como un decorado. Por el momento ya son unas cuantas páginas de internet que se adhieren a la teoría de lo falso, mientras que los medios más serios siguen defendiendo la tesis de la locura. La negación del dolor es el camino más corto para superar una situación traumática, y esta negación a veces favorece cambios radicales de personalidad en los cuales amas de casa se creen actrices de fama mundial. La perdida de una hija pequeña es tan traumática que hace perfectamente explicable tanto la actitud de la madre como la actitud del padre, el cual ha vuelto a aparecer, acompañado de su abogado y de su psiquiatra, más sereno, reafirmándose en la teoría de lo falso y poniendo un video en el que un actor que se parece al Sheriff, aunque con unos años menos, enseña unos dientes blanquísimos mientras muerde el cuello de una doncella de la edad media.

Ahora la duda ya no se basa en webs que afirman contubernios marcianos. El hermano del padre se ha presentado en los juzgados para poner una denuncia. Después hace unas declaraciones en las que asegura haber participado en el casting  y firmado un contrato para adaptar un guión en el que al final el asesino iba a ser él, después de que se descubrieran sus tendencias pederastas, reprimida durante años y que al final explotaron con la pequeña de su hermano. En la página 33 el Sheriff declara que hay un detenido y que cuentan con pruebas de ADN extraídas del semen y de restos de baba en el cuerpo de la víctima. En la página 34 las cámaras graban al hermano del padre entrando en la comisaria, esposado. En la página 35 aparecen informaciones que vinculan al hermano con una serie de acosos a niñas en la ciudad vecina, a pesar de que al final todo quedó sin aclarar.

Pese a aquellas declaraciones el Sheriff aparece y lo detiene. Los tertulianos se apresuran a decir que todo eso no es sino estrategia para eludir la condena, aprovechando que los padres han perdido el sentido. Pronto se sabe que el tribunal ha desestimado la denuncia del hermano. Unidades móviles se han acercado a la ciudad vecina a peinar la zona en busca de alguien que reconozca al hermano como al hombre que rondó a las niñas hace un par de años. Algunos directamente se acercan a la escuela y preguntan directamente a las niñas. Muchos reconocen que se dejó ver por el pueblo. Unos minutos después el Sheriff declara que ha presentado una acusación formal basándose en irrefutables huellas genéticas encontradas en el cuerpo de la pequeña, eso es todo, gracias. Antes de que nadie pueda preguntar el Sheriff entra en la comisaria. Todo parece que va en serio. ¿Por qué bromear con la muerte de una niña?

 

Todas las alarmas saltan cuando el Sheriff es grabado con dos jovencitas a la salida de una discoteca. Con evidentes síntomas de ebriedad y una locuacidad cocaínica, dice que su trabajo es seguir un guión preestablecido.

Estamos en la página cuarenta, justo después de la acusación formal.

Cuando el Sheriff vuelve a ponerse la placa parece otro. Es un retorno a la seriedad, al peso de la ley, a la rectitud. Pide disculpas por su comportamiento, aunque establece una diferencia entre su trabajo y su vida privada.

No obstante, las disculpas se desmoronan cuando es pillado saliendo de una partida de póker, con el rostro desencajado y los bolsillos vacíos. En su desesperación se ofrece abiertamente a desvelar la realidad del caso. Queda abierta la subasta.

Cuando vuelve a ponerse la placa dice que todo se debió a las circunstancias y que la única realidad del caso es que hay una niña muerta y un acusado. Las disculpas nadie se la cree, aunque vuelve a pedirlas, pero está vez incidiendo en que no ha hecho nada ilegal.

Algunos tertulianos apuntan a que el Sheriff, debido al stress, es el típico policía alcohólico y solitario, amargado y que apunta al exceso como modo de desahogar la visión del horror cotidiano; lo que no obsta, para que en el desempeño de su profesión sea todo perfecto.

Con la ley no se juega.

 

La duda es firme. Abajo en el bar son muchos los que creen que todo es mentira. La madre ha aparecido en un video porno y después ha dado una entrevista en la que se muestra orgullosa de su papel. Para muchos la niña muerta ya no se sostiene. El padre, más consecuente, ha optado por la reunión de firmas para que el gobierno realice una investigación a fondo. Muchos se preguntan por el sentido de la mentira. Casi todos se muestran impotentes, aunque creen tener la respuesta en la punta de la lengua. Mientras tanto, el hermano del padre sigue encerrado, aferrado a la teoría de la mentira como modo de eludir la culpa. No obstante, todo parece volver a su sitio cuando aparece el Sheriff diurno jurando con la mano en la biblia que las pruebas son irrefutables, permitiéndose recomendar al fiscal que pida la pena de muerte dada la brutalidad del acusado.

Harto de las especulaciones ya elevadas al máximo cuando en una Web afirman que el Sheriff ha vendido ya la exclusiva sobre la verdad del caso así como los derechos editoriales de un libro sobre el proceso de investigación, noticia confirmada en una de sus borracheras nocturnas en la que afirmó de manera contundente que no era el hermano del padre el que iba a morir en la cámara de gas, sino un actor que interpretaba el papel del hermano del padre y que en los inicios del caso creyó que aquello podía ser un empujón para su carrera. Harto, decíamos, decide que debe buscar la verdad por su propia cuenta; buscar la verdad a través de la constatación empírica y no a través de la opinión leída o noticiada y para ello cree que debe ir al cementerio donde está enterrada la niña y comprobar que hay dentro de la caja. No hay otra. Cuando hay opinión dividida, cuando hay pruebas por ambas partes, lo mejor es buscar la realidad del cadáver, su extrema objetividad.

Como es algo claro que no puede profanar una tumba a la luz del día, viaja de noche. En la radio se acaba de saber que el Sheriff ha sido llamado como testigo en el tercer día del juicio y en donde con gran precisión reconstruye los momentos del asesinato. Hay momentos en los que se siente un tanto ridículo y piensa en dar la vuelta. Pero intuye que pronto habrá una aparición nocturna del Sheriff, tal vez amarrado a una botella de vodka y una adolescente húngara. Es entonces cuando decide apagar la radio y escuchar solo el ruido del motor. Es noche abierta y clara. Aparca el coche. Los grillos cantan. Salta la tapia, ayudado por la escalera olvidada, quizá de un pintor. Las calles están formadas por bloques de nichos. En ningún momento siente miedo. Su abuelo decía que solo hay que tener miedo de los vivos. Está concentrado en identificar el nicho de la niña. Recorre las calles. Observa los nichos con las flores más frescas. Pero sabe que lo ha encontrado cuando da con un nicho con sobreabundancia de flores y coronas. La despedida de la niña fue multitudinaria. La foto del nicho es la misma que fue reproducida en todos los medios cuando la niña estaba aún desparecida. Ha sido precavido y se ha traído consigo un martillo y un pico. Manos a la obra. Afortunadamente no es un nicho muy alto, por lo que no necesita una escalera que no tiene. En poco tiempo acaba con la lápida y el tabique. Se asoma. No huele bien y piensa que es el natural hedor de la muerte. Después tira de la caja, la cual se estrella en el suelo, quedando la tapa floja. Se arrodilla. La tapa ha quedado atrancada por lo que tiene que utilizar el pico y el martillo otra vez. En ningún momento teme hacer demasiado ruido. La tapa cede. De pronto se encienden unos poderosos focos y empieza a caer confeti. Suena una marcha triunfal mientras desde unos altavoces se le pide tranquilidad y que empiece a asumir que ha sido elegido EL HOMBRE UN MILLÓN. Enhorabuena!!!

La reyerta

noviembre 7, 2012

El dragón

Hay mierda seca, semi-seca y recién salida del cuerpo. La misma gradación puede aplicarse al vómito y a la orina.

Se sienta en la taza. Caga, eructa. La cocaína le hace sentirse centro del mundo. ¿Por qué no una rayita mientras evacúa? Se sonríe. Genio. Puto genio. El arroz con bogavante sale del ojete y la blanca desgasta el tabique nasal. Genio, puto genio.

Tira de la cadena al tiempo que aspira con fuerza, buscando que el sabor amargo alcance la campanilla y le duerma la boca. Sale.

Se sienta en la barra y mueve la cabeza al son de la percusión endulzada por violines sintetizados.

Muchos héroes en la barra pero ni un puto genio. Un puto genio que prefiere mirar el culo de la rubia, las tetas de la niñata, la raja marcada de la mulata. Solo falta el golpe de suerte, el cruce de miradas y zas!, llega la conquista del monte de Venus, la erupción viscosa, oleosa, ya sin pudor, abierta, gimiente, babeante. Solo una mirada, baby.

Pero la conquista se ve retrasada por una nueva avalancha de nieve, la necesidad de repetir el empujón nervioso, el corazón acelerado, la garganta atragantada, la nariz taponada, el alma llena de palabras que desean salir y que sospechosamente se bloquean cuando intenta forzar una conversación con una de esas niñatas que entran por primera vez y buscan la carne que él ofrece, la carne del veterano, ese que con un dedito y una superpolla te hace gritar como una guarra que ha perdido el miedo a que el portero le pida el carné.

La boca dormida provoca un balbuceo. La garganta amargada acaba en varias arcadas. El estómago cerrado se convulsa buscando una vía de fuga. La coca es buena cuando te hace cagar.

La princesa

Cariño, ese viejo puta ha intentado tocarme. Ese pederasta ha dejado caer una gota de baba en mi cuello. Ese viejo verde ha intentado profanar el chochito que solo guardo para ti.

No es su culpa. Ella no tiene la culpa de ese cuerpo escultural que dibuja los huesos con la precisión de un anatomista. Ella no tiene la culpa de ser un imán para los hombres, una Venus esculpida por la descalcificación y los vómitos después de las ensaladas. No, ella no tiene la culpa de que muchos viejos putas se le arrimen en el tranvía camino del instituto, de que muchos pederastas se restrieguen en su culo aprovechando la hora de salida de los colegios. Muchas gotas de baba que no puede limpiar por la falta de espacio.

Pero la baba no es lo que más molesta. La pegajosa saliva de las dentaduras postizas rebañando su cuello se enmarca dentro del rozamiento de la entrepierna mojada, dura como la madera vieja, síntoma del sueño realizado, la foto de internet hecha carne, sangre, perfil encarnado de la jovencita caliente.

Cariño, siempre bajan en la siguiente estación, aliviados a mi costa. Esos viejos puta son unos aprovechados. Esos pederastas no me dan tiempo ni a mirarles la cara. Esos viejos verdes hacen que mi cuerpo pida sangre cuando se me acercan.

El príncipe

La rodilla se mueve al son de las percusiones. El chicle evita que los dientes chirríen por la anfetamina. A la puta de uno hay que defenderla. A la puta de ahora y la puta de mañana. Nunca a la puta de ayer.

No es difícil acabar con un viejo puta que mueve la boca floja. No obstante, le molesta tener que hacerlo. No va al gimnasio para enfrentarse a piernas enredadas por el alcohol y la cocaína cortada que a veces les vende.

Pero a la puta de uno hay que defenderla. Y no valen empujones o gritonas amenazas de muerte. No, no valen las medias tintas. Todo el mundo tiene que enterarse que a ésta nadie está autorizado a mirarla, rozarla, babearla, pedirle una mamada.

Todo jefe debe tener los músculos marcados, sobre todo de los brazos, arma primaria, puño cerrado, yunque aplasta rostros, derechazo a la mandíbula y al suelo, como un francotirador pixelado en los escombros, una bala, un muerto. Gestión económica de la violencia. Reducción de gastos. Maximización de la fama con una navaja que enfría el ambiente.

Los viejos puta sirven para eso y más. Con ellos se puede enseñar que no hay dudas a la hora de utilizar la navaja y el prestigio, que crece en la voz corrida de la calle, la que asegura que le cortó la cara a un gitanillo, que alcanzó el estómago de un portero, que consiguió pinchar las ruedas de un coche patrulla.

Viejo puta se debate entre la vida y la muerte tras una reyerta. La ley del silencio impera. La ley del respeto. Una sola mirada no demuestra nada sin una buena historia que la acompañe, sin una acción que la reafirme. Nadie habla. Todos admiran al jefe. Putos genios.

Eichmann en Wall Street

octubre 17, 2012

“Jamás he matado a un ser humano. Jamás di órdenes de matar a un judío o a una persona no judía…

Sencillamente, no tuve que hacerlo.”

Adolf Eichmann.

Recurre a las páginas de encuentros sexuales. Cien por cien gratis. Regístrese y folle esta noche. Miles de mujeres esperan. Mira el buzón de mensajes. Todo son apelaciones a subir de nivel y tener acceso completo e ilimitado a todos los perfiles. Después intenta chatear, pescar algo para el privado, para el dialogo a dos, lejos de la frenética sala principal.

Lanza su mensaje. Lanza un mensaje con demasiados pseudónimos detrás, demasiado general, demasiado desesperado. Pero no se le ocurre nada original que pueda enganchar a alguna chica. Un vistazo a las proporciones indica que hay cinco hombres por cada mujer. Sube de nivel, le vuelven a recomendar. Apaga.

Ha llegado la mujer con los niños. Los posibles gemidos de la pantalla se trastornan en alboroto infantil por unos dibujos traídos de la escuela y bajo el motivo cómo es tu papa. La niña enseña un monigote vestido de superman en los mamarrachos coloristas de una oficina. Sabe por las gafas que es él.

 

Superman en la oficina. Compra acciones. Vende acciones. Busca inversores. Señora Galíndez, sabemos que tiene unos ahorrillos que puede hacerlos crecer. Señor Arteta, nosotros le garantizamos un cinco por ciento anual y un dos por ciento de variables. Cuelga el teléfono. Tiene que entregarle los movimientos de la mañana al supervisor. Después la pausa.

Una salchicha, a veces con kétchup, a veces con mostaza. Un trozo de pan de centeno. No obstante, hay días que se siente más hambriento y prefiere acercarse a los restaurantes de la zona en busca de un menú con dos platos más café y bebida. Los días de mucha hambre siempre escoge spaghetti boloñesa de primero y chuleta de cerdo plancha de segundo. Una vez al mes el supervisor le invita a esos mismos restaurantes. Aquí suele salirse del menú y pedir pescado. Después asiente a su balance mensual y recibe el montante de las comisiones que le pertenecen. Termina la pausa.

 

El buscador arroja imágenes de batallas de la era moderna, de mapas con puntos calientes, combates en tiempo real, disparos en videos amateurs. Pronto se aburre y se le ocurre lanzarse de nuevo al chat. La probabilidad siempre está ahí. Prueba primero con más de treinta y cinco. Intenta establecer conversación privada con cada nombre que parezca femenino, pero se deja llevar por la desilusión cuando solo responde Paca cuarenta y ocho, que en realidad es un hombre que se ha equivocado en la letra.

Intuye que si sube de nivel las probabilidades aumentaran, ya que podrá responder a todas esas interesadas en su perfil y que han dejado un mensaje pidiéndole un e-mail de contacto. No obstante, teme dar los datos de su tarjeta. Teme dejar un rastro con el que la mujer, que ahora entra por la puerta, pueda descubrir sus intenciones de infidelidad. Más fácil es ir de putas. Apaga.

Los niños corren a sus piernas y las abrazan con fuerza. Siempre papi llega antes y puede recibirlos en el salón. La casa se inunda de alegría. Hoy hay pizza para celebrar que el pequeño ha ganado un concurso de redacción. Mi papá es un hombre muy fuerte que siempre nos trae un regalo los domingos. Mamá siempre dice que es el más fuerte del mundo y yo sé que es el más fuerte del mundo porque es capaz de levantar las toneladas de amor que nos da.

 

El hombre más fuerte del mundo en la oficina. Hoy no compra. Hoy apenas vende, aunque permanece atento por si de pronto se producen movimientos bruscos. Hoy prefiere estudiar los informes sobre las previsiones de producción de maíz, soja, trigo, arroz para el año que viene. Se prevé un año seco en los grandes centros de producción. También recibe con regocijo la ruptura de las conversaciones de paz y confirma su apuesta por un paquete de acciones que agrupan a fabricantes de armas de asalto. Tiene que entregarle los movimientos de la mañana al supervisor. Ya se sabe que hoy es un día de estudio, lo cual justifica los escasos movimientos realizados. Después la pausa.

Como las moscas a la mierda, piensa, en las pausas de los días de estudio todos se buscan. Los compañeros tienen otras informaciones, otras intenciones, otras justificaciones. Un año seco siempre sube los precios. Hay que comprar ahora. Hay que comprar las reservas y guardarlas, o venderlas justo en el que la subida de precio toca techo e inicia su caída. Como siempre las armas son un valor seguro, siempre al alza. Pese a que cada uno paga su parte, en las comidas de los días de estudio corre el vino y las demostraciones de simpatía.

 

No se arrepiente de haber utilizado finalmente la tarjeta. Ha dado el paso y mantiene intercambio de mensajes con una estadounidense que va a estar en la ciudad tres meses y necesita compañía sexual sin ataduras; y con una viuda joven, fumadora, que de vez en cuando necesita aliviarse sin faltar a la memoria del difunto. Se las está trabajando. Palabras suaves. Decir en qué trabaja ayuda a aumentar el interés. Es un trabajo en el que nunca te aburres. ¿Y qué te gusta hacer? Y cambiando de tema: ¿Cuál es tu postura favorita?

Cuando ellas no están en línea se dedica a mirar perfiles que antes estaban vedados en la subscripción gratuita. Flirtea, lanza guiños, a veces deja un mensaje que busque captar el interés. Sabe que si sube una foto puede conseguir que ellas dejen los mensajes. Pero por el momento no se atreve a subirla, pues teme que amigas de su mujer muerdan en su perfil. Por lo demás, cree que el uso de la tarjeta puede esconderse mientras no deje rastro en el historial de búsquedas. Apaga.

Llega la mujer, sin los niños, que duermen en casa de la abuela. Hoy es un día especial, para lo cual ha recibido algo especial. Va al armario y coge una pequeña cajita. Ella, ajena, deja el bolso, se quita la chaqueta y coge de la nevera un refresco, después parece que piensa. Hoy en la calle un grupo de jovencitas la ha abordado con la pregunta: ¿Qué es tu marido para ti? Una tarjeta de crédito, una sonrisa al llegar del trabajo, nervioso en la ducha, seguro en el sexo y ¡un diamante! Diez años recibiendo regalos. Talla oval. Abren una botella de champagne.

 

El diamante en la oficina. Hoy solo compra en el mercado de armas de asalto. Consigna del supervisor. Alta prioridad. El supervisor informa que se avecina una guerra. Mañana hay reunión de la ONU. Los fabricantes han doblado la producción ante la necesidad de armar a los grupos opositores de los gobiernos dictatoriales. El dinero de la señora Galíndez apoya la consigna. Gracias al señor Arteta puede comprar un paquete que espera que se encarezca en dos horas. De pronto el supervisor ordena dejar de comprar. No hay que vender tampoco. Hay que esperar el desarrollo de los acontecimientos y confirmar que la apuesta por la guerra ha sido la acertada. La tarde, después del frenesí matutino, se promete rutinaria. Entrega los movimientos de la mañana al supervisor. Después la pausa.

El estómago está cerrado. Nadie se acerca al restaurante, ni al puesto de salchichas, ni al establecimiento de comida rápida. Algunos compañeros se le acercan. No hay hambre, hay tensión. Siempre existe el riesgo de que la situación se suavice y el ataque se posponga. Una guerra siempre es buena cuando se invierte en el mercado armamentístico. No obstante, los días de consigna, si todo sale bien y los acontecimientos se suceden, prometen grandes comisiones; de modo que todos más o menos se muestran optimistas al recordar que el último día de consiga trajo consigo, a parte de las comisiones correspondientes, el diamante con certificado GIA como suplemento. Todos coinciden en que un atentado terrorista haría irreversible la subida de los paquetes recién comprados. ¿A qué esperáis chicos? Termina la pausa.

La negativa

agosto 27, 2012

No le podemos dejar salir. Usted ha pagado tres días y es nuestra obligación que cumpla el contrato. En ningún punto hay cláusula alguna que se le autorice a abandonar voluntariamente el lugar antes de los días fijados. Además, debemos recordarle que es su deber aprovechar el dinero que se ha gastado. No nos implore rechazando el dinero. Nosotros también nos comprometimos y por ello nos sentimos obligados a no dejarle salir.

Veamos. Usted contrató la opción “Métodos de extracción de información”. En ella nos comprometíamos a enseñarle las distintas metodologías interactuando directamente sobre casos reales. Sobre un abanico de posibilidades usted eligió al sospechoso de terrorismo, al sospechoso de una red de pederastia y al sospechoso de sedición.  No está de más recordarle que están son líneas que solo gente exclusiva puede adquirir.

Veamos. Nuestra labor está enfocada a la satisfacción, de tal modo que presumimos de poner a disposición del cliente un amplio abanico de medios que van desde las descargas eléctricas a escenificaciones muy bien elaboradas de las mazmorras de la inquisición española, con todo lujo de detalles y que incluyen extras como La Cuna de Judas o La pera. Debo confesarle que gracias a esta ambientación de La Santa Inquisición hemos creído conveniente incluir en el catálogo el modelo “Confesión delirante”, en la que nuestros clientes determinan el contenido de la delación, siendo posible provocar confesiones de pertenencia a bandas extraterrestres que preparan una venidera invasión de la Tierra.

Veamos. La naturaleza de nuestro acuerdo supone la ausencia de consecuencias penales para acciones que normalmente sí las tienen. Acciones que usted adquirió y a las que ahora no puede renunciar. ¿O que se piensa? Nosotros somos una firma seria. No en vano lo sometimos a una prueba de veracidad y la declaración sincera de su deseo de disfrutar de entretenimientos, digamos, extremos. Con su negativa usted nos expone a nosotros y a nuestros clientes. Y esto en ningún caso lo podemos permitir.

No le podemos dejar salir. Hemos llegado a un momento en que usted ya no está determinado por su posición de cliente. Su negativa finalmente nos induce a la sospecha, de modo que nos es lícito pensar que usted intenta aprovecharse de su posición de contratante para robar información. Sin embargo, no sabemos para qué firma trabaja o sí tiene otro tipo de intenciones, pero eso pronto lo sabremos, dado que nuestro próximo cliente espera precisamente a un sospechoso de espionaje industrial.

Amok

agosto 6, 2012

Una mosca revoloteando, apoyándose, saltando, del brazo izquierdo al derecho, viceversa, apoyándose en la calva, provocando un manotazo, que falla, que suena como una palmada, un aplauso interrumpido por la desesperación.

El sudor que sedimenta las sales en la piel y forma una capa viscosa, ayudado por el ventilador, que remueve el aire pero no lo enfría y que a cambio acelera la condensación en las fosas nasales, formando ese moquillo que por falta de pañuelos hay que aspirar cada vez que se desliza.

Las cortinas están echadas y las ventanas abiertas. Las cigarras macho se agitan furiosas y resuenan por las ventanas. Ellos buscan sexo y a él le recuerda el persistente malestar del cuerpo, la pesadez del aire, el agua recalentada a la vera, las cucarachas en la basura. Una ducha fría, una más. Sin secarse con la toalla y mojado se acerca al ventilador. Siente alivio por unos minutos. Después todo vuelve a ser igual.

La caída de la noche invita a salir a la calle en busca del fresco, huyendo de los pisos recalentados, agriados por el sudor. El verano se agita en las terrazas, en los refrescos, en los camareros desbordados, en los niños correteando y los adolescentes jugando con sus lenguas. El murmullo y los ocasionales gritos son como una mosca que salta de una neurona a otra, que picotea, aquí y allá, como un baile sin música, anárquico, puntadas que no describen líneas sino mamarrachos. No obstante sigue adelante, intentando no caer en la provocación, frenando el impulso de agarrar a alguien del cuello y estrangularlo.

Hasta que llega al parque. Salta la valla. Se adentra, se aleja del murmullo. Algunos grillos. Evita los caminos trazados y las señales que sugieren destinos a los corredores de la mañana. Camina entre los árboles y cuando cree que se encuentra en el centro se detiene y se tumba. Allí corre el aire, un aire sin murmullo, que alivia el cuerpo y su dolorosa afectación. Aspira. Espira. Suspira. Mira la luna. Los otros le molestan. El murmullo es la indiferencia agresiva de los otros. Como el runrún de las cigarras, pero sin objetivo sexual, sin objetivo alguno y que enerva como un insulto a la madre. Enervamiento que intensifica la capa pegajosa de la conciencia afectada por el entorno y que le hace saber a su vez que no se soporta a sí mismo, que no soporta sentir, sentirse.

Cuando escucha crujir ramas y cuchicheos, antes de tenerlos más cerca, se decide levantarse y volver. De lo contrario no sabe lo que puede pasar. Seguramente es una pareja en busca de intimidad. Son presas fáciles, sobre todo una vez se desnudan y se olvidan de que el mundo existe. El problema es que son solo dos y al final siempre tienen nombre y apellido. Además, él no tiene nada en contra de ellos. Lo que molesta es cuando esos dos se multiplican y el cuchicheo aventurero en el parque se suma al cuchicheo de confesión, de crítica, de declaración, de funeral. Confusión de cuchicheos que taladran los nervios. Es ahí cuando el impulso se intensifica. Es ahí cuando ignora si esta vez, por fin, va a perder el control y dejarse llevar.

Por la ventana se cuela el ruido de los motores de las primeras furgonetas de reparto. Aún no ha salido el sol y son ellas el canto del gallo de la actividad laboral que comienza. Pronto se sumaran los coches de los vecinos y las tempraneras líneas de autobuses. Las persianas de los comercios puntean el tráfico abierto y dan la bienvenida al abierto reinado del sol.

Todo da asco, pese a que para algunos los primeros ruidos matutinos son una invitación al optimismo, al nuevo día como esperanza de que algo inesperado, pero bueno en sí mismo o provechoso, vaya a ocurrir.

Nunca coge el tranvía, ni el bus, ni el tren. En el coche al menos puede cerrar las ventanas y dejarse violar en menor medida por el mar de chapa, pintura, bocinas y emisoras que vomitan información sobre el tráfico. Afortunadamente trabaja solo, lejos de la gente y con la suficiente eficiencia como para no pensar,  no sentir, no sentirse. El ruido de las máquinas no le molestan. Es estable, continuo. Bendita alienación. Aprieta un botón. Espera. Uno dos tres cuatro. Aprieta un botón. Uno dos tres cuatro. Aprieta un botón, que depende del color que aparece en un pequeño monitor. Azul, amarillo, verde. Azul, amarillo, verde. Ocho horas fuera de sí mismo, fuera del mundo. Asimilación liberadora con la máquina, asimilación con la nada contenida en el engranaje, porque cuando vuelve afuera, cuando vuelve a ser humano, aparece ese impulso, esa pulsión de querer acabar con todo y que le significa.

A veces, no siempre, de entre el murmullo se imponen voces que le llaman la atención. Le agradan especialmente aquellas variantes que anuncian alguna especie de fin del mundo, ya sea mediante bola de fuego, la ira de Dios, un ataque alienígena o el invierno nuclear. Le agradan aquellos que rayan el histerismo como síntoma de una visión perentoria. Suele observar durante algunos minutos mientras en su mente se forman imágenes conforme al relato que escucha. La más preciada es la idea del virus, el cual se expande a una velocidad en la que los nuevos infectados se cuentan por minutos; un virus que diluya todos los órganos vitales y lo convierta todo en una masa irreconocible y pastosa que se desboca con el bisturí de las autopsias, que exteriormente derrita las caras, las desdibuje, las emborrone para que nadie pueda reconocerlos, sin nombre y apellidos.

No obstante, esta vez la voz que se impone se dirige directamente a él. Le corta el paso. ¿Desde cuándo sueña con hacer algo diferente? Es una voz simpática, es la voz del vendedor, un vendedor al que ni hubiera mirado de no ser porque de inmediato habla de unos servicios especiales. No tenga miedo a decirnos que es realmente lo que desea, nosotros lo hacemos posible. Dígame la verdad, ¿desde cuándo siente la punzada de sentimientos oscuros? Si supieras lo que siento te irías corriendo, piensa. Intenta esquivarlo, ignorarlo. ¿Por qué debemos renunciar a ciertos deseos? Acompáñeme y no tenga reparos en pronunciar la palabra ilegal o responsabilidad penal. Servicios especiales para personas especiales. Explíquese abiertamente y nosotros adecuamos la oferta.

Imagínese uno de esos centros comerciales que abren los domingos mientras todos los demás están cerrados y convocan una gran afluencia de personas. Imagínese que está allí en medio y que cada fragmento de oración, cada cacareo, cada sonrisa de niño, cada oferta por los altavoces, las estanterías vaciándose y los adolescentes tonteando en la zona del alcohol son un aguijón para el alma que la convierte en algo insoportable. Boom. Imagínese que en esos momentos la solución se aparece en forma de kalashnikov y unas siete u ocho granadas de mano. Imagínese la paz de los muertos justo en el momento en que en que te pones el cañón en la boca. Yo puedo pagarlo.

Las aspas del helicóptero le reviven la nada de cuando trabaja. No obstante, la persistente sensación de sorpresa, de novedad, le obliga a mantener los ojos bien abiertos. No le han dicho adonde le llevan. Cuestión de seguridad. Antes ha tenido que marcar con una cruz las armas que desea llevar sobre un precio de tres mil quinientos puntos que ha podido conseguir, lo cual le da una M16 con veinte cargadores y dos granadas de mano. Los supermercados occidentales son más caros por lo que como primera experiencia ha podido adquirir un poblado, quizás africano, pero con el ruido suficiente para intensificar el impulso. Ha conseguido descuento porque en cierta medida le hace el trabajo sucio a ciertos intereses políticos. Le recomiendan que antes de entrar a lo loco observe la situación. Le han asegurado que allí nadie va armado. Vía libre. Viel Spass.

La última bala. No sabe cuánto tiempo ha transcurrido. Parece una eternidad pero cuando intenta recordar todo ocurre en un momento. Suda. El ambiente está cargado de humedad mientras el Sol golpea. La cabeza hierve. Mira. La última bala tras una ristra de cadáveres. Primero lanzó una granada para conmocionar, aturdir, confundir. Después todo fue caminar mientras sumaba muertos a su cuenta. La última bala le recuerda que el impulso también era para sí mismo. La comunión. No obstante, no tiene intención de usarla. Se la guarda en el bolsillo. Por primera vez se siente a gusto consigo mismo, realizado, descargado. Ha gozado al dejarse llevar, sin contemplaciones, y, por primera vez en mucho tiempo, no se ha odiado a sí mismo, no se ha asqueado de sentir. Poco a poco asimila que un impulso satisfecho y sin consecuencias tiende a la repetición.

El helicóptero se acerca. Dada la connotación política como cláusula del descuento, le han dado un margen de treinta minutos para que admire el paisaje antes de esfumarse. Piensa. Calcula. Sueña. El supermercado occidental es muy caro, tampoco puede permitirse un cine. Por razones de moral excedentaria no entran dentro del abanico de ofertas los institutos de secundaria ni universidades. Piensa. Calcula. Sueña. Decide pedir que le den más horas de trabajo. Al fin y al cabo no le importa. Piensa apartar una parte de su nómina todos los meses. Sueña con la suficiente disciplina para aguantar hasta llegar al precio de, al menos, un hipermercado de barrio. Y calcula que, en caso de no poder soportarse más, puede disponer de poblados con mayor o menor munición cada dos meses, teniendo en cuenta que puede asumir descuentos por intereses políticos. De pronto, una inabarcable sensación de felicidad le embarga.

Teoría de la buena vida

junio 1, 2012

Las grasas son malas, lee. Provocan obstrucción de las arterias y son el fundamento de la obesidad mórbida, entre otras cosas; por lo que si toma una porción diaria de fetilín, cuyo principio básico es la fetilina, la cual bloquea la absorción de las grasas que consumimos, podrá hartarse de hamburguesas, de pizzas y de las más cremosas salsas para cubrir una generosas cabezas de lomo sin que ganemos kilos.

Hay dos maneras de leer esta publicidad. La primera es antes de haber comprado las pastillas de fetilín. La segunda es después de seguir el tratamiento durante un mes y comprobar que entrelineas se encontraban ruidosos apretones que en situaciones sociales ha obligado a disculpas apresuradas y tufosas. En la intimidad, en cambio, el predomino de las diarreas lo ha envuelto todo en un ambiente de tristeza. A cambio guarda una hermosa figura sin privarse de sus preciados corderos asados culminados en postres bañados de chocolates fríos y calientes.

El alcohol es malo, lee. Su abuso provoca degeneración cerebral, cirrosis y úlceras estomacales, entre otras cosas; por lo que si toma una porción diaria de alcoholín, testado científicamente con más de cien alcohólicos crónicos, podrá ponerse ciego de ron, vodka, tequila, según sus apetencias, sin que por ello disminuya su masa cerebral y el hígado se resienta, por no hablar de las insoportables resacas, las cuales en el futuro quedarán totalmente erradicadas.

Del alcoholín ya no puede prescindir. El alcoholín ha hecho posible que pueda salir todos los días y beber sin parar, ir al trabajo sin dormir y tener un aspecto impecable, no determinado  por el silencioso malestar de la boca seca, el dolor brumoso de cabeza y los oídos zumbantes que rememoran la música de la noche. El alcoholín, no obstante, hace que tenga que ir al baño cada quince minutos y mear de manera abundante. Una orina cuyo color es una especie de amarillo nicotínico y muy pudenta, que salpica y se pega a las manos, obligándole a lavárselas con doble ración de jabón una vez ha terminado.

La soledad es mala, lee. Es la fuente primordial de las depresiones y los suicidios, entre otras cosas; por lo que si se adhiere a la generación sexilín tomando una porción diaria, podrás dormir con una persona distinta cada noche si eres de tendencias don juanescas o a conquistar a la mujer que amas en secreto y formar con ella una bonita familia de juguetones. Todo esto gracias a la emisión de ondas de atracción sexual que atrapan al objetivo deseado, tal y como se ha comprobado después de un estudio de más de dos años realizado por laboratorios independientes.

Una pastilla de sexilín es suficiente para atraer a la rubia de ojos verdes con la que se ha encaprichado esta noche. Bailan, se besan y van juntos al baño. Vuelven a bailar y creen que ha llegado el momento de ir a su casa. El sexilín es realmente efectivo hasta después de la eyaculación. Luego comienza una sudoración copiosa y agria, que avinagra el ambiente y hace que ellas empiecen a comprender que todo ha sido un error y que es mejor irse, soportando a duras penas como los vapores que él desprende violan su olfato mientras se visten apresuradamente. No le importa que se vayan, ni que cuando se cruza con ellas en la calle no puedan evitar un rostro de asco, cercano a la sensación incontrolable de vomitar. Solo es sexo y nunca ha pensado en casarse.

Ser pobre es malo, lee. Es causa de hambre, sed y exclusión social, entre otras cosas; por lo que con tan solo una porción diaria de dinerín, el éxito en los negocios se desbocará y todo dependerá del grado de ambición que le motive, ya que la esencia de la plectanthrus australis hace que el cuerpo funcione como un imán para las inversiones más ventajosas, las ideas de negocios más innovadoras y la consecución de un yate que colma las posibilidades de una vida que todo lo puede comprar. Si no se es tan ambicioso no por ello se desdeñará un apartamento en la playa, un televisor tres-d, un todoterreno para ir de compras al centro de la ciudad y seis semanas de vacaciones pagadas. Mínimo garantizado.

Con tres clubes de moda ideados y que todas las noches se desbordan, tan solo tiene que ir unas horas a la oficina para leer los resultados del día, siempre buenos, los resultados del trimestre, siempre creciendo, los resultados del año, siempre superando el ejercicio anterior. El dinerín, al contrario que las otras píldoras, no parece tener desagradables efectos. Solo tiene que poner la mano y de inmediato queda llena de cash. Lo único que parece haber cambiado es un ligero dolor de cabeza que se agudiza cuando se encuentra con alguien que pide dinero en la calle. No obstante, es como una leve alergia, ya que desaparece cuando se aleja y no mira, concentrado en como aplacar el hedor de la reciente diarrea, las manos amarillentas y las emanaciones avinagradas de la última eyaculación. Ellos no pueden comprar desodorante para ocultar su mala vida; mientras que él tan solo tiene que poner la mano y apartar la vista.