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La otra dimensión

febrero 17, 2020

Abre el paquete con satisfacción. Es el último modelo. Fresquito. Vanguardista. Elegante. Con clase. Negro como las etiquetas. Sofisticado. Hay un cierto temor a tocarlo y que se rompa. Lo coge con mimo. Aprieta el botón de encendido. Las primeras letras se dibujan luminosas, trazadas por unos vectores que van a la velocidad justa para resultar sensuales y anunciar la marca para inmediatamente después ofrecer espacios vacíos que debe llenar con sus datos. Realizado el trámite, aparece como colofón un “bienvenidos a la otra dimensión” que abre el espacio para enviar los primeros mensajes. ¡Ya lo tengo!

Se hace las primeras fotos y no duda en aplicar el efecto rejuvenecimiento, el efecto ajuste de la figura; ambos condensados en el efecto idealización. Pronto un mensaje le llega recomendándole retoques en la frente, los pómulos y las pantorrillas para que el efecto idealización pueda considerarse completado. Inmediatamente después recibe otro mensaje para que valore su grado de satisfacción con los resultados, recomendándole que repita el proceso si no se han alcanzado los objetivos deseados. Da cinco estrellas. Ha conseguido un aspecto angelical, la idea platónica de sí mismo, donde aúna belleza, sexualidad y mirada inteligente, segura de sí misma, seductora. La cuelga y espera los primeros me gusta.

La superficie es lo que cuenta. Debe alisar con un lapicito las arruguillas que le han salido en las comisuras de los párpados. Se enfrenta a una foto de gran cercanía a una resolución que permite ver el pelillo que se esconde en el poro que pronto se infectará. El efecto idealización aun no identifica según qué defectos y hay que eliminarlos a mano. Bajar al detalle para volverlo todo general. La sonrisa perfecta. La mirada más atractiva, misteriosa, sensual. El traje a medida de copia y pega que le añade mayor sofisticación a su perfil de cuarenta años. Puede añadir música para finalizar el proceso. Me gusta.

Ha notado que desde hace unos días el efecto ajuste de la figura en lugar de quitarle kilos se los añade hasta alcanzar las proporciones deseadas. Músculo. Pero no exagerado. Músculo para una camiseta apretada y unas bermudas floreadas en un fondo tropical. Margaritas en la mano. No entiende que el efecto idealización no haya identificado las estrías de los labios en la foto con el sombrero de paja. Le molesta tener que hacer las correcciones a mano, pero se consuela pensando que si llueven los me gusta habrá merecido la pena.

Suena el aviso de que la batería se está terminando y no le da tiempo a retocar las costillas que parecían querer salirse de la piel. Se pregunta si el efecto idealización se habrá estropeado pues le cuesta identificar lo que para él son evidentes defectos. Mientras la batería recarga decide darse una ducha y se pregunta cuándo a las fotografías se le podrán añadir perfumes que eliminen las transpiraciones del cuerpo. Se consuela al pensar que al menos aun no captan el aroma a orina y a mierda que percibe cuando abre la puerta del baño.

Se mira al espejo. Nada que el efecto idealización no pueda retocar. Eso sí, con mucho trabajo a mano, pues la imagen refleja a un ser mellado, de pómulos como bolas de billar que parecen presionar la piel tiñosa hacia afuera, de ojos hambrientos. Las mechas de pelo que delimitan las abundantes calvas, esparcidas por el cráneo, no es algo difícil de rellenar con simples corta y pega. Se siente optimista y se decide a comer algo una vez se haya secado. No está seguro si el ronroneo del estómago le lleva acompañando mucho tiempo. La nevera está vacía, pero el pitido de que la batería esta al cien por cien de su capacidad le lanza a la pantalla. Tiene trabajo que hacer con esas calvas.

Se decepciona cuando la pantalla se apaga. Cree no haber oído el pitido que avisaba de que andaba corto de energía. Se escucha respirar. Un piulido ronco, ahogado, que ahora sabe que no pertenecía al lapicito para alisar superficies. Con gran esfuerzo intenta incorporarse. No puede. Mira a su alrededor para encontrar algo con lo que apoyarse. Pero el afuera se ha emborronado y es incapaz de identificar los objetos, siquiera los más cercanos. Le decepciona no haber podido retocar los ojos desencajados en la foto con gorra de capitán de barco. Está seguro de que hubiera provocado una orgía de me gusta. Intenta incorporarse una vez más. Después deja caer la cabeza, rendido. Ahora solo puede escucharse respirar. Se pregunta por cuanto tiempo.

Pandora

noviembre 5, 2019

Hay momentos en los que el tic tac del reloj se escucha más fuerte. Son los momentos en los que espera el clic que desata el resorte para empezar a teclear. Hay más tiempo de espera que tiempo de acción. La espera se configura pegando los ojos a la pantalla, con el historial de los últimos edictos que ha tenido que teclear. Edicto para la muerte de Genaro Lautaro. Edicto para la absolución de Josefina Lago. Edicto para las galeras de Constantino Gutiérrez. Hay días sin edictos en los que el tic tac se escucha más fuerte.

 

Cuando sale la prioridad es deshacerse del tic tac de los días sin edictos. Mientras esquiva humanos de camino a casa, el tic tac parece disolverse cada vez que chocan los hombros y se cruzan las miradas. Prefiere no desafiar. Prefiere seguir moviendo los pies hasta la boca del metro, donde el tic tac se agudiza porque faltan siete minutos para que llegue su línea. Afortunadamente un grupo de jóvenes intenta robar a una abuela; pero los cuerpos de seguridad ya estaban advertidos y hay pelea, lo que hace que casi sin darse cuenta aparezca su línea.

 

En casa no hay tic tac porque hay televisor. Habría que decir que el tic tac del televisor es el de los concursos, donde el tiempo se suspende y se espera con tensión adrenalítica si el personaje deviene en ganador o perdedor. No es un tic tac, es un chute de tensión que le ayuda a deglutir el chuletón recién sacado del microondas. Publicidad y cambio de canal. Después todo se viene abajo en el sofá cuando el parpadeo de la pantalla contagia al parpadeo del espectador. Fundido en negro y pesadillas placenteras.

 

Despertar para entrar en el tic tac de las prisas. Café, ducha, café, vestirse, cerrar la puerta, comprar una rosquilla en el quiosco y correr para no perder la línea de las siete cuarenta y cinco. Mete la tarjeta en el sensor que le da acceso al cuarto donde le aguarda la pantalla y la desoladora sensación de que va a ser una jornada sin edictos. Por ello se alegra cuando comprueba que hay agitación en la pantalla. Teclea feliz. Edicto para la ejecución del Presidente. Edicto para el nombramiento del nuevo Presidente. Edicto para autorizar el uso de la bomba. Edicto del fin del mundo. Frunce el ceño y decide asomarse a la ventana. Fundido en verde turquesa.

Corazones urgentes

octubre 24, 2019

Es hora punta. El hall de la estación esta abarrotado de cuerpos que buscan desaparecer engullidos por los trenes o escupidos hacia la salida. Los relojes aprietan los cuerpos y les obligan a caminar deprisa. Correr no está bien visto a no ser que solo queden treinta segundos para la partida, para no perder la conexión y llegar tarde al trabajo o para comprobar el botín de una cartera sustraída. Más o menos los vectores de dirección distribuyen ordenadamente a los cuerpos en función de las vías o la susodicha salida. Sin embargo, a un vector de dirección le es indiferente que un cuerpo caiga desplomado al suelo y se le desencajen los ojos. Es un infarto, no hay duda. Los cuerpos que colapsan son en primera instancia responsabilidad de los cuerpos de seguridad de la estación, los cuales, gracias a la campaña del ayuntamiento CORAZONES URGENTES, patrocinada por la Federación Bancaria y la Patronal Eléctrica, están equipados con un desfibrilador que según las últimas estadísticas ha arrebatado de las sombras de la muerte a un total de trescientos ciudadanos en los quinientos días que la campaña lleva en activo. Sin embargo, en primerísima instancia la responsabilidad se la suele arrogar algunos de los cuerpos que compartían vector de dirección del cuerpo colapsado. Se detiene. No es médico y no ha recibido el cursillo de primeros auxilios obligatorio para el carné B1 de conducir, de lo contrario iría al trabajo en coche; así que solo puede escuchar como el infartado balbucea, diría que desilusionado, que unos hijos de puta le han reducido a la insignificancia. Tranquilícese. La ayuda está en camino. Aguante. No hable. Esos hijos de puta me han reducido a la insignificancia. La voz se va apagando y más de uno piensa que como tarden mucho ese tío va morir. Hagan sitio. Los de seguridad saben exactamente donde poner los cables, el resto lo hará la máquina. Sin embargo, nadie puede decir que esperaba el arrebato final del cuerpo colapsado, el cual de un manotazo aparata los cables que prometen salvarle mientras ruega que le dejen morir. Después se calla y los ojos, definitivos, se le voltean. Pero gracias a la campaña del ayuntamiento CORAZONES URGENTES, patrocinada por la Federación Bancaria y la Patronal Eléctrica, nadie se puede negar a ser salvado, de modo que los cuerpos de seguridad están capacitados para ignorar tales peticiones e insistir en colocar los cables. No obstante, la decepción estadística se propaga cuando el altavoz del desfibrilador confirma que no puede arrancar ningún latido más al corazón infartado. Poco a poco los vectores de dirección van disolviendo la interrupción, no sin que antes alguna voz, quizás para escapar de la pregunta y cerrarla provisionalmente, afirme que ahora hay un parado menos.

Devenir robot

octubre 6, 2019

Hay reunión. Todos están excitados, preocupados. Cuando hay reunión inesperada cabe esperar un aumento de sueldo o un nuevo permiso de maternidad/paternidad con mayor duración o un despido grupal o un aumento de la bonificación por trabajar los domingos. Lo cierto es que hay más preocupación que excitación, pues las últimas reuniones inesperadas han sido para reducir los sueldos en pos de la sostenibilidad de la empresa. En la última de ellas se anunció la retención sin compensación de un diez por ciento del salario para pagar el seguro médico y así poder cubrir los enormes gastos que se derivan de las bajas por enfermedad. Los más pesimistas analizan sin base alguna, o con la sola base de la memoria, lo productivos que han sido en el último semestre. Muchos hablan abiertamente de una nueva oleada de despidos. Los que echan cuentas lo apuestan todo a que ellos van a ser de los afortunados y permanecer. Si se pudiera preguntar uno a uno todos responderían que han sido los más productivos del último semestre. Cunde la preocupación cuando aparece el CEO, radiante, optimista. Habla. Vivimos en un mundo que se transforma a pasos agigantados, dinámico, lleno de oportunidades, pero también de desafíos que solo los pioneros serán capaces de solucionar. Todos sabéis que en los últimos años hemos sufrido cambios en pos de mantener la viabilidad de la empresa y mantener el máximo número de empleos posibles. Se escuchan susurros de temor. Todos hemos hecho sacrificios con estos cambios y puedo decir que estos no han sido en vano, pues nos han permitido sobrevivir un semestre más. Pero a veces no basta con cambiar, con retocar algunos aspectos. A veces la vida nos obliga a aceptar que si se quiere sobrevivir es necesario transformarse. Transformarse no significa cambiar. Cambiar es bajar los sueldos, pero transformarse no significa necesariamente bajar los sueldos. Cambiar es despedir a los menos capaces, pero transformarse no significa necesariamente despedir. No temáis. Se escuchan susurros de desconcierto. Como ya he dicho vivimos en un mundo que cambia constantemente y donde antes había un hospital ahora hay un museo de los horrores, donde antes había una escuela ahora hay una estatua que atrae a los turistas. Las transformaciones afectan tanto a lo físico como a lo psíquico y quien no se adapte a esas transformaciones no sobrevivirá. Y yo os pregunto, si el mundo de ahí afuera se transforma constantemente, ¿por qué no transformarnos nosotros mismos, por qué no convertirnos en pioneros de nosotros mismos? Como CEO y líder vuestro en esta nuestra lucha por la supervivencia, y basándonos en los últimos informes financieros actuales y a futuro, la única manera de sobrevivir es quintuplicando la productividad con el personal actual. Somos conscientes de que con las actuales condiciones corporales eso es literalmente un imposible. ¿Pero es realmente imposible y estamos abocados al cierre? Desde ahora os digo que no, rotundamente no. Pero no va a ser fácil y solo mediante la transformación y la adaptación al nuevo mundo será posible. Se escuchan susurros de aprobación. Todos somos conscientes de que en los puestos que ocupáis cada uno de vosotros el factor humano es un factor necesario para el correcto fluir de las fases de producción. En otras palabras: no podemos prescindir de vosotros si queremos sobrevivir. Sin embargo, con la actual constitución corporal que se deriva del factor humano, se hace imposible quintuplicar la productividad y todo hace pensar que se acabó, pues nos encontramos ante la irresoluble paradoja de lo imprescindible del factor humano y su limitación corporal. Pero yo os pregunto, si aceptamos que donde antes había una playa ahora hay un parque temático, donde antes un psiquiátrico ahora un supermercado, ¿por qué no dejarse implantar dos brazos robóticos que hagan posible la resolución de la paradoja? Se escuchan susurros de inquietud. Podemos ser una empresa pionera gracias al modelo de brazo R2D2, con el cual se puede no ya quintuplicar la producción sino centuplicarla, lo que nos permitiría ofrecer unos precios con los que cubrir el 20 % del mercado mundial y con ello seguir manteniendo a nuestras familias; y todo ello sin que el usuario pierda la sensibilidad que ofertaban los inservibles brazos humanos, y por ello, sin necesidad de echarlos de menos y con la tranquilidad de contar con todas las garantías sanitarias. Como CEO y líder vuestro en esta nuestra lucha por la vida os digo que solo mediante la transformación de nosotros mismos podremos continuar respirando, alimentando a nuestros polluelos, seguir pagando la hipoteca. Solo mediante la transformación de nosotros mismos podremos abrirnos al futuro y ser los pioneros de la nueva vida, del nuevo mundo. Es momento de abandonar nuestra zona de confort. Es momento para devenir en robot y dejar  la muerte para aquellos que no firmen el contrato en el que se acepta el implante de los brazos modelo R2D2. Aplausos.

Mirar

julio 6, 2018

No lo puede tener, pero lo puede mirar. El escaparate está lo suficiente limpio para ofrecer con máxima transparencia el precio del reloj de los hombres dinámicos, flexibles, que miran la hora mientras caminan, no sin antes arremangar la chaqueta de un golpe seco, sofisticado para los ojos que observan. El reloj brilla tanto que hace necesario el uso de gafas de sol para ubicar sus manecillas. Son las diez y diez, la hora de la felicidad.

No puede tener las gafas de sol, pero si cierra los ojos es como si las tuviera. Se siente duro, inaccesible, elegante y por enésima vez dinámico. Esa es la palabra. Dinamismo. El movimiento que hacen posible unos zapatos de cuero de ciervo negro y brillante, de una flexibilidad absoluta y la garantía de que con el tiempo no va a presentar arrugas. Hoy estás en Zúrich, mañana en Bangkok. Avanza. Siempre hacia adelante. Agarrando la maleta del mismo cuero que los zapatos, a los que hace juego, y que guarda documentos que nadie conoce pero de los que emana la colonia del triunfo. Por eso abrir los ojos a la calle molesta. El centro comercial queda atrás y se sumerge en el mundo de las imitaciones. Nadie puede ser el hombre dinámico si lleva gafas falsificadas, abaratadas, plastificadas. Le molesta que no se den cuenta. La realidad es una falsificación de los dioses fotográficos. Los relojes que se amontonan en la parada del tranvía marcan el límite del ser y no ser. Ni siquiera el golpe seco para mirar la hora alcanza la excelencia del modelo. Problemas de espacio. Hay peligro de golpear a alguien. Mejor remangarse discretamente, con vergüenza. Son las ocho y veinte, la hora de la tristeza.

Abrir la puerta del piso es abrirse al deseo de fagocitar en la pantalla los cuatro por cuatro que avanzan sobre sinuosas carreteras. Las ruedas se fusionan en el asfalto y el reloj, que brilla a través de la ventanilla, adorna las manos firmes sobre el volante que dirige hacia una reunión ineludible. El mundo se decide en un cuatro por cuatro que garantiza la llegada al destino. No vas a morir en esta carretera, vas a salir del todoterreno, maleta en mano, retirar las gafas de sol de los ojos para posarlas en el cráneo y así poder observar sin filtros a la chica de labios gruesos que ha abierto la puerta. Pero no puede soñar con el hotel porque el estómago aprieta. Sentado en la taza del wáter sí puede en cambio imaginar mientras lee que le pertenece la mansión donde guarda los balones de oro y los mundiales, las primeras botas de fútbol o el primer contrato millonario. En la mansión se siente familiar, cercano a los suyos, sin olvidar a los amigos del barrio, con los que juega en la cancha que hay en la parte trasera. Pero todo se aleja cuando tiene que tirar de la cadena y descubre que hay sangre en la caquita que acaba de expulsar. La noticia que trae consigo la sangre no se puede falsificar. Son las doce en punto, la hora en la que todo acaba.

El placer de desempaquetar

abril 13, 2018

Siempre recuerda la frustración que sintió cuando intentó abrir una bolsa de patatas fritas que compró por el capricho visual de sentir el almidón y la sal en el paladar. Aunque el fabricante prometía una apertura fácil para disfrutar cuanto antes de la explosión de sabor, se rompió una uña antes de que la bolsa explotara. Apenas pudo salvar unas cuantas unidades, pues la mayor parte cayó en el fregadero que precisamente en ese mismo momento estaba lleno de agua y jabón para desengrasar la sartén en la que había frito unos huevos aquella mañana. Frustración por la promesa de la bolsa y la realidad del fregadero en el que flotaban las ya no sabrosas lonchas. Invertir en sabor no arrojó beneficios.

Desde aquel momento decidió testar por sí mismo aquellos embalajes que se abrían con facilidad, sin creer las leyendas que lo adornaban. Sin embargo, el desencanto no tardó en aparecer cuando la bolsa que mejor se abría, sin esfuerzos, casi sola, pues tan solo había que tirar de una rudimentaria cuerda, no arrojaba el sabor artesano, con foto de abuela incluida, prometido. Ahora era una cuestión de contenidos. O las patatas artesanas carecían de sabor o el fabricante mentía y no eran patatas artesanas, sino desaladas. Para saberlo decidió comprar diversas marcas prometiendo artesanía y la diferencia en el paladeo de la sal con respecto a la primera bolsa era significativa. Esto provocó confusión y finalmente de nuevo frustración. ¿Por qué la bolsa más placentera de abrir no era la que mejor sabor ofrecía?

Urgido de respuestas decidió personarse en la dirección de la empresa para advertirles de la contradicción. Pensaba decirles que no podían ser los mejores en el desempaquetado y después decepcionar con el sabor. También le decepcionó no encontrarse con una gran fábrica con cresta de gallo, pues se encontró con una pequeña nave que daba más impresión a venta al por menor que a gran producción. Llamó al timbre. La abuela de la bolsa le abrió la puerta. No pudo esperar y la atacó. No puede ser, no puede ser… La abuela en lugar de dar un paso atrás y pedir disculpas, decidió dar una explicación. Esto es artesanía pobre. Las freímos con el aceite de girasol más barato, en sartenes de latón y ahorrándonos la sal. Artesanía de familias pobres que antiguamente no podían gastar en sal, ni en aceite, al menos diariamente. Las desaborías patatas fritas de los domingos. No busque sabor en nuestros productos. A lo sumo ofrecemos el auténtico sabor de la pobreza. Pero no se reprima y sienta la libertad de echar usted mismo la sal, usted puede pagarla. La abuela guiñó el ojo y cerró la puerta.

Reconfortado decidió seguir el consejo de la abuela y preocuparse por la sal con la que aderezar aquellas patatas de artesanía pobre. Decidió seguir invirtiendo en libertad y decidió combinar la sal tibetana con el pimiento molido, picante, edulcorado, mayonesa, pasta de guacamole… Hasta que le diagnosticaron tensión alta y colesterol, y le prohibieron todo los aderezos posibles para las patatas. Conmocionado por el riesgo de una muerte imprevista, decidió invertir en salud y reservar las patatas para los domingos, solo para conservar el placer de desempaquetar, pero respetando el desaborío gusto de la pobreza. Hay que confesar que a veces no puede esperar al domingo y ha comprado la bolsa de patatas en, digamos, un jueves, pero como perdón a la indisciplina hay que decir que después de abrirla ha tirado las patatas a la basura. Al fin y al cabo, puede pagarlo, sin costes en los niveles de colesterol, los cuales, es más, se han reducido.

El Día del Daño

febrero 17, 2018

Hoy quiere hacer daño. Ser el Director significa la posibilidad de dañar y hoy quiere hacerlo. Se asoma a la ventana desde la cual puede ver desde lo alto a exactamente treinta y tres cabecitas encaradas a una pantalla. Cada cierto tiempo las cabecitas miran a la ventana y de inmediato vuelven a la pantalla. Sabe que no les gusta que las mire desde lo alto. Que no les guste no significa que les haga daño. También sabe que les molesta que se presente en la sala de pausas cuando hay un grupo de cinco cabecitas reunidas. Interrumpe siempre la conversación y provoca genuflexiones. Mira el reloj. La pausa ha terminado.

Piensa que para hacer daño puede revisar la productividad de cada una de las treinta y tres cabecitas y posar el dedo en la número, por ejemplo, veintitrés. El expediente arroja unas cifras que cuadran con lo esperado en una cabecita. Pero precisamente ahí se encuentra la fuente del daño que quiere causar, que es un daño sin razón, una apetencia con la que se ha despertado y que no puede rehuir, sino afrontar, como aconsejan los manuales del buen manager que el Presidente recomienda a sus directores.

Piensa que sería interesante no arrojarse inmediatamente sobre la cabecita número veintitrés y cree que habría que añadir otra candidata para así poder elegir. Mejor tres, se convence. Entonces busca el dado que guarda en el cajón. Mejor seis. De la número veintitrés a la número veintinueve. Todas cabecitas con expedientes impolutos. Lo cierto es que cada una de la treinta y tres cabecitas tienen expedientes impolutos y eso, como Director, le enorgullece además de arrogárselo como mérito propio.

Antes de tirar el dado se acerca a la ventana. Observa los rostros de los Elegidos. En un mundo donde millones de cabecitas esperan y se cortan con las concertinas de las fronteras de allá abajo, dañar significa… tira el dado… que la cabecita número veintitrés suba a verle al despacho. Sabe que las cabecitas restantes, allá abajo, empujadas por la intranquilidad, inventarán un error fatal de la cabecita número veintitrés para explicar la llamada al despacho, lo cual les motivará para guardar mayor atención a la pantalla.

Abre la puerta. Dañar significa remarcar que no se puede trabajar peor y que no le queda más remedio que despedir. Siéntate y cállate. Pero antes de que puede decir nada recibe una llamada del Presidente que le conmina a subir al despacho. Le ilusiona poder contarle al Presidente que justo estaba ejercitando el Día del Daño mensual que vuesa merced aconsejó en la reunión del pasado día veintitrés. Cree que al Presidente le alegrará saberlo y lo anotará. Mueve la cola. Llama a la puerta.

Siéntate y cállate.

Start Up

febrero 5, 2018

Muchas gracias por venir.

Para empezar me gustaría exponerles mi punto de vista acerca de qué espíritu debe guiar lo que ha convenido en llamarse una Start Up. En concreto, me gustaría exponerles el espíritu que nos guía como emprendedores, el cual no es sino la identificación global del despilfarro. Nuestra empresa entiende el despilfarro como el no aprovechamiento de un recurso, ya sea porque no se le ha identificado como recurso, ya sea porque se carecen de los medios materiales que hagan efectivo el aprovechamiento del recurso.

Dada la formación de nuestro personal, así como de la dirección, nuestra empresa se ha especializado en la identificación y posterior aprovechamiento del despilfarro en el área de recursos humanos.

Pero antes debo decirles algo que no les he dicho. El espíritu guía no está definido por un solo vector. O más bien la energía que anima nuestro vector de negocio es la revolución. Identificar un recurso que no se está aprovechando puede suponer abrir los ojos a una nueva realidad.

Así pues, permítanme arrogarme el derecho de abrirles los ojos a una nueva realidad. No obstante, debo advertirles que en realidad esa realidad ya está ahí y tan solo deberán modificar, o ir un pasito más hacia adelante, en lo que está ocurriendo ahora mismo.

Sé que ya se están preguntando a que nueva realidad me refiero y no voy a entretenerles más, por eso les pido que piensen un momento en la cantidad de cadáveres que yacen en el fondo del mar, en el hecho de que miles de migrantes mueren diariamente en mitad del mar y sus cadáveres se hunden para ser devorados por la fauna marina.

Sé que son ustedes avispados y que empiezan a vislumbrar donde se produce el despilfarro. Para eso les pido que en lugar de sentir molestia cuando mencionamos el incómodo tema de los refugiados, abran sus ojos al modelo de negocio en el que pretendemos sacar provecho de los cadáveres que ahora mismo, sí señores, ahora mismo, se están desaprovechando.

Pero antes déjenme presentarles una serie de estudios en donde se confirma que los conflictos van a multiplicarse por tres en los próximos veinte años y que van a provocar millones de desplazados. Esto significa que vamos a contar con abundancia del recurso que ahora mismo se está despilfarrando, como he dicho antes, en los próximos veinte años con una estimación bastante optimista a cincuenta años vista.

Sé que ustedes se estarán preguntado, con legítima desconfianza, cómo sacar provecho de lo que nadie quiere. Para ello les pido solamente que den ese pasito más allá y vean los cadáveres como alimento, no ya para los peces, sino procesado y apto para el consumo humano.

Nuestra empresa cuenta con un equipo perfectamente intruido de científicos y catadores de carne que nos permitirá certificar la calidad de las carnes que pretendemos ofertar.

Así, en primer lugar, ofrecemos una línea Premium, pensada para paladares exquisitos y exigentes. En la línea Premium se incluyen salazones y embutidos, así como carnes frescas y magras. La línea Premium también estará definida por la exclusividad, pues estimamos encontrar tan solo de un dos a un cinco por ciento de carnes que nuestros expertos puedan incluir en la línea Premium.

Previsto esta que entre un veinticinco por ciento y un treinta por ciento sea carnes de media calidad que haremos atractivas mediante la fabricación de diversos productos de charcutería, tales como chorizos, salchichones, mortadelas y carnes secas, sin temor a añadir la etiqueta de Bio.

En cuanto al resto, aunque pueda pensarse que se trata de carne de calidad pésima, debo decirles que se trata del verdadero foco de negocio que impulsa a nuestra empresa. Para ello contamos con el departamento de Trituración y Refinado en el que está previsto elaborar piensos especialmente elaborados para el mercado de las mascotas y la ganadería intensiva, a la cual estamos en disposición de asegurar una reducción de costes en la alimentación de las bestias de entre un treinta a un sesenta por ciento.

Ya para finalizar, y antes de que hayan decidido invertir en nuestra empresa, me he permitido preparar unas muestras de las exquisiteces que pueden surgir de nuestra línea Premium. Para ello les pido que cierren los ojos y concentren sus paladares en una experiencia gastronómica sin apenas parangón… y después piensen en el privilegio que supone tener el futuro en las manos.

El fin del mundo

septiembre 25, 2017

Llega cansado a casa. La calle es una continua violación de bocinazos, murmullo, zapateo, motores, politonos del teléfono, gasolina, colegiales en excursión al museo, adventistas del apocalipsis. Cierra la puerta y se hace el silencio. El trabajo es un continuo ir y venir de preguntas sobre cancelaciones de contrato, nuevos abonamientos, quejas por una facturación excesiva y procedimientos para darse de baja. Las respuestas que salen de su boca tienen que estar envueltas por la amabilidad, la paciencia, y si se hace necesario el peloteo. Enciende la luz y se deja caer en el sofá. El silencio pacifica el alma. No quiere escuchar nada hasta mañana, cuando el gorjeo de la cafetera le da energías para salir y enfrentarse al tranvía. Allí volverá al ruido y a las ganas inquebrantables de mandar a todo el mundo por el culo. Pero hasta entonces se estirará un ratito más en el sofá y después escuchará con placer el chispeante sonido de las chuletitas de cordero a la plancha.

Pero todo el encanto se rompe cuando una mosca decide que debe penetrar su oído y el siseante sonido de las alas hace que agite con violencia y rabia la cabeza. Creía que había matado todas las moscas que se atrevieron a instalarse en su casa. Creía haberse deshecho de todas después de una lucha sin cuartel con el insecticida y el periódico gratuito de la tarde. Pero quedaba una y después de buscar su oreja busca sus fosas nasales. Va rápido a la cocina a coger el spray. Pero la mosca no le deja en paz y revolotea, terca,  buscando sus agujeros visibles. Tiene que cerrar la boca. La mosca parece un kamikaze japonés. ¿Querrá venganza por sus compañeras muertas? Esta pregunta hace que el dedo se detenga antes de accionar el botón. Nota ensañamiento en la mosca. Ataca una y otra vez a pesar de los manotazos. ¿Por qué no suponer voluntad de venganza en la mosca? Ha gaseado a toda su familia y ahora está sola y la genética ya no puede seguir su curso natural. Está encerrada en esta casa sin otras moscas con las que procrear. El destino natural se ha quebrado y solo le queda suicidarse atacándole de manera ciega. Es el fin del mundo para la mosca.

Vuelve al sofá para comprobar que la mosca no le deja en paz a pesar de que ha dejado las chuletas de cordero sobre la encimera, ahí, fresquitas, apetitosas. Y así es. La mosca, como queriéndole hacer creer que descansa sobre su cabeza, propicia que se dé un manotazo que le mueve a acabar con todo. Guerra química. Aprieta el botón. La mosca parece haberse emborrachado y la velocidad de los ataques se ralentizan, aunque no cejan. Emborrachado el mismo por la victoria difiere el momento en que asestara el golpe definitivo con el periódico. Ahora es más fácil que nunca. Pero quiere observar como pierde fuerzas y cae panza arriba sobre la mesa. Quiere escuchar el sonido de las patas agitándose antes de ser aplastada por la noticia de un huracán devastador en el caribe. Eres la última. Imbuido del orgullo del vencedor se atreve a abrir la boca para decir que fue una mosca valiente pero… Antes de que puede acabar el discurso la mosca realiza un esfuerzo final y logra colarse por la boca hasta los pulmones. Entonces ambos cuerpos colapsan y el último ruido que se escucha es el del ahogamiento.

Hacer el bien

mayo 26, 2017

Una cámara de vigilancia por sí misma no presupone nada. Quién sí presupone es el ojo que observa la pantalla. Y lo que presupone en un primer momento es que cualquiera de los que pasan por la zona vigilada puede cometer un delito. La cámara registra tanto el estado de inocencia como el estado de infracción, pero es el ojo que interpreta la imagen el que salta cuando se produce la infracción. Ante la inocencia permanece pasivo. La inocencia no es relevante para el vigilante y eso, mientras come un perrito caliente frente a la cámara, le parece una carencia. Si ante el delito se castiga, ¿por qué no se premia la inocencia? Se pregunta por qué el ojo vigilante no premia a quien hace el bien y queda registrado por la cámara. Así, terminado el perrito, se decide a hacer el bien delante de la cámara de vigilancia hasta que alguien reaccione y le aplauda, por lo menos. Eso sí, alguien que parezca que es el ojo que vigila la imagen que arroja la pantalla. El escándalo del crimen debe ser compensado por el escándalo del bien, se dice a sí mismo.

¿Cómo hacer el bien en una zona donde la gente está de paso, cargada de bolsas y presurosa por ir a sus coches? Parece que nadie necesita ayuda hasta que observa a una viejecita encorvada que apenas puede arrastrar las bolsas de la compra. Se ofrece a llevarle las bolsas hasta la parada del tranvía. Está seguro de que el ojo ha visto eso. Otra oportunidad surge cuando a una mujer que además de cargar con la compra carga con dos pequeños se le desparraman las bolsas. Piensa que es seguro que la cámara ha registrado desde la primera naranja que ha recogido hasta la bandeja de chuletas de cordero como colofón a una bolsa que, según su opinión, esta sobrecargada, por lo que se ofrece a traerle otra. Rechaza los veinte céntimos que la mujer ofrece y se aleja de la cámara convencido de que esta acción es determinante. Sin embrago, la moral se viene abajo cuando tiene que actuar no de manera desinteresada sino para reparar el desastre de las bolsas de la compra que ha roto tras despistarse y chocar con una niña pequeña que por inercia se ha dado de bruces con las bolsas que llevaban sus padres. Le tranquiliza que acepten sus disculpas y que asuma los costes de las bolsas destruidas. Se alejan y al cabo de unos minutos se acercan dos agentes de seguridad. ¿Puede acompañarnos?

¿Quién es tu cómplice? No entiende, pero cuando llegan al cuarto y le muestran las imágenes del incidente con la familia intenta explicarse: Me he despistado, solo eso. No era mi intención romperles las bolsas. ¿Te he preguntado que quién es tu cómplice? La voz del guardia suena amenazadora. No tengo cómplices. No entiendo. He venido solo. Quería ayudar a la gente de manera desinteresada delante de la cámara porque me parecía una carencia que no se premiara el hacer el bien. En cierta forma era una acción reivindicativa. El choque con la familia ha sido un error. Suda. Los nervios erizados. ¿Te crees que somos tontos? Entonces uno de los guardias reproduce el video y señala a un hombre que aprovecha el lío de las bolsas rotas para robar al marido la cartera del bolsillo trasero del pantalón. No puede creerlo. Es una confusión, aunque las imágenes parezcan claras. Los guardias de vigilancia se callan cuando llega la policía y les dan la grabación como prueba. De momento se niega a identificar a su compañero, informan. Es una confusión, balbucea mientras le esposan y le informan de que tiene derecho a permanecer en silencio y a un abogado de oficio en caso de no disponer de uno propio.

Los trocitos que faltan

marzo 23, 2017

Nunca le dijo, cuando novios, cuando era momento de las listas del me gusta y no me gusta para celebrar las coincidencias, que le molestaba que mientras preparaba la comida ella picara de los trocitos que quedan sueltos y con ello le arrebatara a EL quizás el trozo más delicioso que pudiera caer en el plato. Le molesta incluso que se meta en esa bocaza trocitos de zanahoria que EL tanto detesta. Pero ella debería saberlo. Es su obligación. Es una cuestión de respeto que ella le escamotee a EL los trocitos de jamón que faltan. Hay cosas que no se dice, se presuponen, y si se llega al extremo de decirlas es que la falta de respeto ha llegado a ser intolerable. Ahora ya lo sabe. No volveré a hacerlo si tú no lo vuelves a hacer. Te quiero. EL se lamenta de que le duele la mano.

Nunca le dijo, ni siquiera en la noche de novios, que le molestaba que ella llevara falda corta. Lo que pasa es que cuando novios la falda corta, cuando estaban solos en el coche, se convertía en otra cosa y era, antes de que ella subiera a casa de sus padres, las manos en la entrepierna y las tetas. Pero ahora la mano le duele porque ella se creía con el derecho de salir a tomar un café con su madre con falda corta, lo cual multiplicará los ojos que pensarán que es una puta facilona. ¿No lo entiendes? Solo yo tengo derecho a mirarte como a una puta facilona, MI puta facilona. Ella ya sabe que EL no lo volverá a hacer si ella no se vuelve a poner falda corta. Te quiero. La mano se está encalleciendo ante tantas faltas de respeto.

Vuelven a faltar trocitos de pollo y ha descubierto que el hecho de que ella se ponga pantalones vaqueros a EL no le gusta. Debes cambiarte. Nuevo dictamen. La mano se levanta una vez por los trocitos de pollo que faltan y otra para que entienda el sentido de la nueva regla. Lo de los trocitos de pollo le molesta especialmente, pues supone una repetición consciente del delito y levanta otra vez la mano. Sin embargo, esta vez solo amaga, porque el hecho de que ella, con voz de labio partido y pómulo hinchado, cuchillo en mano, le pida que se vaya o llamará a la policía exige mayor sanción. Puño. Nudillos. Hay que atajar la rebelión. Pero la rebelión se ha extendido desde la nariz quebrada al filo del cuchillo y EL no acaba de comprender, mientras se desangra, por qué ella no ha sido capaz de respetar el orden.

El hombre sin puesto

junio 23, 2016

No tengas miedo, no te decepciones. No estamos valorando tus capacidades sino tu adecuación al puesto. Había gente mejor preparada que tú. No tengas miedo, no te decepciones. Sigue presentando candidatura. Nosotros necesitamos a muchos, ya que de esa muchedumbre siempre sobresale uno adecuado. Quién sabe, quizás seas tú o el de al lado y puedas decir que estuviste cerca, muy cerca, tan cerca que la próxima vez serás tú. NO tengas miedo, no te decepciones. No solo ofertamos un único puesto en una única especialidad. A veces nos enorgullecemos de lanzar una oferta de trescientos puestos vacantes. Es ahí donde tienes más posibilidades. Rey solo hay uno pero entre trecientos no hay rey. No tengas miedo, no te decepciones.

Asústate, decepciónate. No has sido capaz de adecuarte a ningún puesto. Ni siquiera para el puesto de más de mil vacantes con el que pudimos presumir varias semanas conseguiste destacar sobre los otros que quedaron fuera. Asústate, decepciónate. Después de mucho cavilar y sentir la incapacidad de encontrarte un puesto podemos sentirnos contentos de haber encontrado uno. Nadie quiere ocuparlo y hemos pensado en ti. Asústate, decepciónate. Debes pensar que para una agencia como la nuestra encontrar un puesto adecuado al hombre sin puesto supone un motivo de celebración desbocada. Asústate, decepciónate. Así que tras valorar tus capacidades nos congratula anunciar que las pirañas esperan en el estanque. Salta.

Muérdete la lengua

agosto 17, 2015

Un porrito y a dormir, piensa. O quizás una película mala, de zombis, barata, que ayude a cerrar los ojos. O quizás preparar algo de comer, una pizza margarita congelada, canelones boloñesa congelados o un filete barato pero en buen estado de ternera. La indecisión aumenta con las caladas. Cierto que los ojos ya se están entrecerrando, que el objetivo es dormir; pero cree que lo conseguirá con mayor confort si apaga las luces y enciende la pantalla o con el estómago lleno. Lo que más pereza le da es cocinar, pero sabe que el estómago no tardará en reclamar y se desvelará. SI tuviera la suerte de dormirse antes de que ocurra sería lo perfecto, pues se ahorraría el trabajo y adelgazaría un poco, jeje. Pero antes de que pueda decidir nada, cuando el estómago empieza a emitir las primeras señales y parece inevitable abrir la nevera, llaman a la puerta. Huele a porro. No quiere abrir, pero insisten con el botoncillo. Se asoma a la mirilla. Es un hombre, calvo, con una camisa blanca, pantalones de pinza negros. Parecería un camarero de no ser por la bolsa que lleva, cuya correa parte en diagonal el pecho. Vuelve a llamar y dice en voz alta que es la policía. Mierda. Huele a porro. Se pregunta si los vapores se cuelan por la ranura de la puerta. El tío insiste. Mierda. Sé que está ahí. Sin orden de registro no está obligado a dejarle pasar. Además, el porrito lo ha fumado en su casa, de forma privada. Antes de que dé otro timbrazo abre. Hubiera querido cortar el paso del policía pero este se cuela sin problemas. Experiencia. Una vez dentro hace gestos de oler mientras le muestra la placa. Mierda. Le pide que salga a la entrada, que no le ha dado permiso para entrar; y que si tiene orden de registro que la muestre y que si no la tiene que salga. El policía se sonríe. ¿Orden de registro de quién? Del juez. El policía se sonríe. ¿Qué juez? El juez competente. Después el policía le suelta una bofetada. ¿Has visto por aquí un juez?, pregunta el policía mientras le muestra la palma de la mano, la cual hace a la vez de orden de registro que no va a hacer efectiva dado el aroma a cáñamo. Solo pasaba por aquí y me he dicho: ¿por qué no pararme en esta puerta y soltar una bofetada al afortunado?

La tela de araña

julio 3, 2015

Antes de ir a dormir se da cuenta de que en el techo, justo encima de la parte de almohada en la que duerme normalmente, pende el hilo de una araña. Piensa en matarla, pues teme que mientras sueña, con la boca abierta por los ronquidos, el hilo se rompa y se atragante con la araña o lo que es peor, le dé un picotazo en la garganta. Sin embargo, cuando se pone de pie sobre el colchón, con el pañuelo de papel en la mano para aplastarla, se da cuenta de que no alcanza. Piensa en ir a por el aspirador y tragarla, pero al cabo la pereza le vence, pues tiene que ir al trastero, recoger la máquina, sacar el cable, enchufar, apuntar y tragar, recoger el cabe, ir al trastero, dejar la máquina y volver a la habitación. Reconoce que el hilo parece frágil aunque en realidad son muy resistentes. Así, cree que una noche podrá soportar a la araña y se conmina a succionarla al día siguiente.

Con las prisas porque llega tarde al trabajo se olvida de la araña y cuando vuelve a la tarde está demasiado cansado y preocupado por tomarse una ducha y preparar la cena mientras ve la televisión. Solo cuando va a la habitación y la ve recuerda que se había dispuesto a acabar con ella. La observa. Parece que nada ha cambiado. El hilo no es más largo ni más corto. Se pregunta si habrá cazado algo. No parece. También se pregunta si ese es el mejor sitio para que una araña atrape a los bichitos. No parece una araña gorda. Movido por la curiosidad la deja vivir una noche más. Eso sí, esta vez decide dormir en la otra parte de la almohada por si el hilo se rompe.

Como siempre, se ha quedado dormido y las prisas por no llegar tarde al trabajo le impiden descubrir que la araña no está. Tampoco percibe el picorcillo en el odio, en la parte más profunda del canal auditivo, picorcillo que surge de un leve rascar. Rac rac. Que no lo perciba no impide que de vez en cuando, ya en el tranvía, mientras lee el periódico gratuito, el cuerpo reaccione e introduzca el dedo meñique en la oreja. Saca algo de cera, que deja pegada en las páginas del periódico, nada más. El picorcillo, el rac rac, podría calificarse como placentero si fuera consciente de que existe, pero está tan atareado que no se deja atrapar por el gusto. Tampoco en la pausa del mediodía repara y solo lo hará después de llegar a casa, de ducharse y comer, cambiar de canal, sentir que el sueño vence e ir a la habitación. Entonces tomará conciencia de que la araña no está.

No sería justo hablar de pánico, pero va al baño en busca de un bastoncillo. Hurga. Mete. Saca. Solo cera. Pero sigue escuchando el rac rac. La pregunta por la higiene no le permite tomar conciencia de que hay un pequeño placer en el picorcillo. Decide entonces taparse la nariz y cerrar la boca y espirar con fuerza. Nada. Entonces piensa que es una estupidez creer que la araña se ha colado por el pabellón auditivo. Allí dentro no hay posibilidad de montar una tela y esperar que lleguen las moscas y los mosquitos. El rac rac debe de ser otra cosa, quizás un pelo que se ha ido hacia dentro y se mueve cada vez que menea la mandíbula. Entonces tiene la idea de cazar él mismo un mosquito y acercarlo a la oreja. Quizás, ante la manca de alimentos en la cueva auditiva, si hay araña ésta se decida a salir a por el pan. Lo hace frente al espejo, en una posición incómoda, para ver. Después deja el cadáver del mosquito en la cavidad y espera.

 

Es invierno y los bichitos se han terminado. La falta de experiencia en el cuidado de arañas no le hizo prever que necesitaba almacenar alimentos para cuando llegara el frío. La araña lleva tres días sin comer. Hay que decir que a medida que ha ido alimentándola el picorcillo se ha convertido en picor y con ello el placer que siente con el rac rac, sobre el que se concentra una vez ha terminado de trabajar y se acuesta en el sofá. Ya no puede imaginar su vida sin sumergirse en el rac rac, el cual se extiende por todo el cuerpo y lo atrapa en un orgasmo continuado. Después se duerme. Pero tres días sin comer han disminuido la potencia del rac rac, el cual ahora resulta insatisfactorio. Quiere una araña grande, sana, no raquítica. Una araña que rasque la orejita con potencia. Una vez preparada la cena se pregunta si puede ir a una tienda para animales. Allí venden bichitos y puede ser una solución eficaz. Pero eso será mañana y tiene que encontrar una solución inmediata. No puede tolerar que la araña esté una cuarta noche sin comer. Prepara la cena. Después de dar el primer bocado al filete de cerdo a la plancha que se ha preparado decide cortar un trocito pequeño y posarlo en la entrada del oído. Espera. Entonces siente como asoman las patitas.

Al principio la carne a la noche pareció funcionar y creyó que la araña volvía a tomar brío. Pero esto no fue más que un espejismo, pues al cabo de dos o tres días notó una caída de peso en la araña y ahora el rac rac vuelve a ofrecer un placer insuficiente, en el cual apenas puede sumergirse y dejarse llevar para así alcanzar la línea continua del nervio excitado y relajado. También ha probado con los bichitos de la tienda de animales. Pero nada. Después de reflexionar mucho entiende que lo que la araña necesita es alimento cazado. Esto parece probarlo los días de verano, cuando les quitaba las alas a los mosquitos y la misma araña daba el estoque final. Esos meses fueron los meses de mayor disfrute, donde sentía jolgorio por llegar a casa y por fin dejarse atrapar por el rac rac. Se lamenta de que no haya bichitos que cazar. Sin embargo, que la araña se mostrara receptiva a la carne le hace pensar que bien pudiera hacerse con una paloma de parque y ofrecerla a la compañera.

Las palomas del parque funcionan bien durante un tiempo y puede decir que ha disfrutado de un placer mejorado con respecto a los mosquitos del verano. Sin embargo, parece que la araña se ha cansado de la paloma y el rac rac vuelve menguar. Es cierto que siguen asomando las patitas cuando él acaba con las palomas en casa y corta el trocito de carne. Pero no nota la ilusión de los primeros días y parece que todo se ha convertido en rutina. Cierto que el espectáculo de la sangre puede resultar atractivo para un cazador, piensa. Pero con el tiempo el cazador quiere probar sus cualidades, disparar sus armas, utilizar sus triquiñuelas. La pregunta surge donde puede conseguir carne que la propia araña pueda cazar, al tener en cuenta de que se trata de una araña pequeñita cuya tela no va a poder atrapar cuerpos vertebrados.

Ha resultado un poco más complicado de lo esperado, pero al final el yonki que ha elegido como presa yace en el sofá, inconsciente. Se asegura de que todavía respira, de lo contrario todo resultaría vano. Entonces acerca la cabeza al cuerpo y da unos golpecitos en el lóbulo de la oreja. Las patitas asoman y a tientas buscan el trocito de carne diario al que está habituada. Asoma la cabeza cuando descubre que no hay carne. Después se lanza sobre el cuerpo, como si hubiera comprendido de inmediato. Hermosa araña negra, piensa. Entonces recorre con velocidad el tronco y sin apenas advertirlo se cuela por la boca. Al cabo de unos minutos el yonki parece que se ahoga y se lleva las manos al cuello. Tras varias arcadas y un poco de espuma blanca, muere. Piensa que la hermosa araña negra puede ella misma arrancar los trocitos de carne, saborear mientras los desgaja. Mientras espera que se sacie, reconoce que el yonki era un experimento y que deberá mejorar la calidad de la carne, centrarse en presas más jóvenes y saludables. Sin embargo,  es un primer paso exitoso y que da con la llave de la felicidad, ya que después se devela un rac rac alegre, poderoso, sagrado, que con paciencia le guía por diferentes estados extáticos que le transforman y le hacen tomar conciencia de ser la tela de la hermosa araña negra.

¿Te acuerdas?

enero 30, 2015

Han cambiado el panel publicitario que hace frente a su casa. Antes era un coche deportivo de gama alta metalizado en negro, con solo dos plazas pero con seiscientos caballos de potencia. Ahora no esta claro lo que quieren vender. Hay una pregunta, ¿te acuerdas?, escrita sobre la fotografía en blanco y negro de una furgoneta blindada aparcada en medio de una planicie. Quizás quieran vender el remake de alguna película o serie de recientes acontecimientos históricos. Algo así como el robo del siglo o más político tipo ejecuciones sumarias. Publicidad progresiva. Mañana se concretará la fotografía, quizás en un actor y pasado mañana tendremos la respuesta final. Mantener la expectativa hasta el impacto final para conseguir al cliente. La fotografía del furgón se queda durante toda la semana, no obstante, la siguiente placa publicitaria hace referencia a la libertad consecuente de poseer un V12, una carretera vacía y un horizonte infinito, anaranjado. Se olvida del furgón. Ya le gustaría tener ese coche, ese ronroneo que con el solo roce del calcetín alcanza no sé cuantos miles de revoluciones. El deseo del coche, preferentemente rojo, chillón, para que todo el mundo mire, para que todo el mundo lo desee y le deseen a él. Espera el tranvía. El deseo y el triste asiento individual que le ha arrebatado a una vieja, la cual parece que tiene dificultades para escuchar y que con la cabeza gacha no se lo toma a mal. La única pena es no haber cogido el periódico gratuito, pero sabe que si ahora se levanta el moro de la izquierda o la negra de la derecha le quitarán el sitio. Están esperando, acechando, cuando repara que hay un cartel colgado, justo enfrente de él, en donde hay una pila de cadáveres en una fotografía en blanco y negro. Piensa que solo faltan los palés. Quizá distribuirlos en grupos de cien. Lee. La historia se repite. Le extraña que no haya ninguna cuenta bancaria, pues parece publicidad humanitaria. Estudia la foto. Solo están los cadáveres sobre un fondo gris. Parece que no hay responsables. Solo están ahí, perfectamente ordenados. La historia que se repite es una pila de cadáveres. ¿Te acuerdas? Entonces acontece el infarto.

El ganador

julio 9, 2014

“El hombre solitario es una bestia o un dios”

Aristoteles.

“Hoy es el día”, piensa cuando sale a la calle y se topa con el hedor que desde hace una semana sale de las cloacas. Ese hedor lo impregna todo. Hace días que la noticia salió en las televisiones y periódicos: esa plaza delimitada por cuatro bloques de tres pisos era un foco de infección. Nadie hacía nada. El hedor permanecía pero ya era una noticia pasada. En los días de más fresco el hedor no resultaba tan invasor. Pero es verano y nada más abrir la puerta del entresuelo entra por las fosas un aire caliente, dulzón, avinagrado, de huevo podrido, de fruta mohosa. Son muchos los que tosen y arrancan con prisas para salir de la plaza. Las ventanas están cerradas. Los niños no juegan al tobogán. El mismo ha comprobado como a la luz de las farolas el agua pudenta arroja al ambiente densos vapores.

El hedor amenaza asimismo el optimismo aparejado al “Hoy es el día”. En el piso y con las ventanas cerradas se puede respirar bien, se puede ser optimista y pensar que será un día inmejorable, lleno de pequeñas aventuras y quizás excitantes conversaciones con mujeres. Pero el martillo de las emanaciones no deja tiempo para pensar en lo bien que se estaba en el piso y solo hace posible un objetivo: cruzar la esquina conteniendo la respiración.

El optimismo que resta se topa con las salidas de la plaza cerradas por alambradas y grupos ataviados con trajes anticontaminantes. Algunos van armados y a ninguno se le puede ver los ojos: Más bien parecen salidos de una película sobre el fin del mundo. Es más, hubiera pensado que más que humanos son entes extraterrestres de no ser porque de uno de esos trajes una voz femenina le ordena ponerse la máscara, se tranquilice, vuelva al piso y cierre la puerta. Pregunta si puede quitarse la máscara una vez en el piso. En su piso es usted libre. No obstante, fuera de él está sometido a nuestra jurisdicción. Entonces el ente señala a los entes armados y después el camino de vuelta.

Puede comprobar que otros vecinos han tenido el mismo encontronazo que él. Entonces suena un silbato. Cuando se da la vuelta supone que es la voz femenina la que hace gestos para que se apresure en volver. Se da cuenta de que un ente le apunta. Aunque le hubiera gustado hablar con los vecinos para ver si sabían algo más obedece y sale corriendo. Es entonces cuando el fantasma del contagio aparece y con él las ganas de ver la televisión. Seguro que esos sí que saben algo, piensa.

 

Al encender la tele se encuentra con que no hay señal. Una pantalla azul. Sin mensaje. Todo es igual cuando cambia varias veces de canal. El teléfono tampoco tiene línea. Después mira por la ventana. Varios vecinos se han encontrado con los entes. Parece que piden explicaciones. Hay disparos al aire. Los vecinos huyen a sus pisos. Después los entes apuntan a las ventanas. Se agacha. Mierda. Piensa que todos están enfermos y que son contagiosos. Piensa que la enfermedad es brutal y por eso la actitud brutal de los entes. Entonces decide ir a los vecinos para preguntar como están, si se sienten mal, si han vomitado o les ha salido un bulto.

Decide ir primero a casa de Catalina, una anciana que apenas sale del piso y quizás no sepa nada del hedor. Muchas veces él le hace la compra y charlan un rato, sobre todo de los dolores de ella. Piensa que al ser la más vieja es la más débil y si se trata de una enfermedad agresiva puede ser la primera en caer. No obstante se para. Se trate de lo que se trate es algo contagioso, de lo contrario no habría trajes anticontaminantes, así que quizás Catalina ya esté sucia y él aun no, pues es evidente que no se siente mal, ni ha vomitado ni ha salido ningún bulto nuevo. Catalina ahora da miedo.

Piensa que si prueba con la familia encabezada por Durán, sanotes, que llevan en la sangre el gen del obrero sin bajas por enfermedad, los peligros sean mínimos. Entonces sorprende  a un grupo de entes tapiando la puerta de Durán. Solo se le ocurre decir lo siento antes de que una bala pase rozando la oreja e impacte en la pared. Sube corriendo y se parapeta en la habitación, con un cuchillo jamonero en la mano y temblando por su inutilidad. Espera. La tensión hace imposible saber si han pasado minutos u horas. No obstante, cada vez cree con más convicción que no le han seguido y empieza a tomar conciencia del paso del tiempo y de que nadie ha dado una patada en la puerta para aniquilarle.

Ahora también es consciente de que la oreja escuece. Se la toca. Mira la mano. No hay sangre. Aguza el oído antes de ir al lavabo y mirarse. Una raya roja traza el camino de la bala. Entonces escucha ruidos en la puerta. Se da la vuelta. Está más que resignado y decide entregarse en el salón. Si no le matan prevé que le van a pedir que se arrodille y ponga las manos en la cabeza. Lo hace antes de que entren. Pero nadie entra pese a que se siguen escuchando ruidos. Piensa que quizás los entes creen que está armado y hagan una entrada a lo grande, con explosivos y gases. Entonces grita que no va armado y que les espera en posición sumisa. Nadie entra. No es una trampa, estúpidos. Las rodillas empiezan a doler cuando concluye que nadie va a entrar. Decide entonces observar por la mirilla. Todo negro. Se alarma cuando cree que le han tapiado a él también. Un muro de metal aparece tras la puerta. Golpea con la palma de la mano. Él no está enfermo. El metal ni siquiera tiembla. Los ruidos afuera han cesado.

Le queda la ventana. La abre. Cree que puede hacer entender a los entes que él no está contaminado. Quizás la familia Durán y la vieja Catalina sí, eso no lo discute; pero que él no y que es una injusticia tratarlo como a los demás. La respuesta es que cierre la ventana y permanezca tranquilo en su casa. Es una respuesta dirigida a todo el vecindario, mediante altavoz y la misma voz femenina de antes. Pero se lo toma como algo personal. Ha pasado de temer por su vida a estar enfadado. Al tener la ventana abierta el hedor se cuela, así que no tiene más remedio que cerrar y acatar. Entonces se le ocurre que puede ponerse la máscara y tener la ventana abierta. No tarda en descartarlo, pues el hedor impregnaría toda la casa, además de que la perspectiva del hambre se le revela como nueva preocupación. Se acerca a la tapia de metal. Es completamente lisa y no hay ninguna ranura por la que puedan colar comida. Entonces se acerca a la nevera y hace recuento. ¡Maldita sea! Cuando pensaba que hoy sería el día lo hacía con la esperanza de conocer a alguien en el centro comercial, mientras realizaba la compra de la semana. Aún guarda la lista en el bolsillo.

Dado que la ventana es la única vía de comunicación con los entes decide preguntar quién le dará de comer. No tiene tiempo de comentar que hoy era el día que había elegido para abastecerse y que lo que le queda en la nevera solo son restos con los que puede tirar a lo sumo tres días. La respuesta son dos disparos que le silban las orejas e impactan en el retrato de su madre cuando tenía veinte años. ¡Mierda! Después la voz femenina repite mecánicamente que cierre la ventana y permanezca tranquilo. Ahora parece una grabación que salta cuando alguien abre la ventana. Cierra. Se sienta en el sofá. La pantalla azul del televisor cambia. Aparece un mensaje. En tu casa eres libre. Mira las paredes. Mira el retrato roto de su madre. Los agujeros de bala. Hubiera salido gustoso para denunciar que su libertad ha sido violada. El mensaje cambia. Afuera estas a merced de nuestra jurisdicción. A continuación aparecen unos dibujos esquemáticos que representan como se entra en la jurisdicción de los entes. La plaza. Eso es evidente. Un muñeco como el de las señales de tráfico muere acribillado en la plaza. Cómo se supone que todos están ahora tapiados, la próxima animación muestra que asomar la cabeza por la ventana es entrar en la jurisdicción de los entes. Esta vez el muñeco cae abatido por un único disparo en la cabeza. Los entes también están autorizados a resolver conflictos si se abren las ventanas, ya que dan pie a interpretar que el sujeto ha entrado en la plaza. Vuelve la pantalla azul.

Tras largo tiempo mirando la pantalla azul llega a la conclusión de que tiene ante sí la perspectiva del hambre y la perspectiva de la enfermedad. Que les hayan tapiado hace suponer que todos están enfermos, o al menos que consideran que todos están enfermos. Quizás se trata de una enfermedad asintomática, que ya les está corroyendo por dentro. Pero, ¿por qué no les hacen pruebas para intentar encontrar el remedio? ¿Por qué nadie les ha sacado sangre? ¿Es que piensan dejarles morir de hambre? ¿Es eso un remedio? Se levanta y mira la nevera. Un cartón de leche que la situación revela como medio vacío es el resumen de sus sentimientos. Después comprueba que no les han cortado el agua. Se toma un vaso. Piensa que puede racionar más eficientemente si reduce la comida a una o ninguna al día y disimula el hambre llenando el estomago de agua. Renovado de esperanza cree que si aguanta puede demostrar que está sano y quizás le saquen de allí, cuando crean que el peligro de contagio haya pasado. No obstante, se pregunta cómo pueden saber eso si decir algo por la ventana se sanciona con la muerte. Ahora cree que el objetivo es dejarles allí hasta que desfallezcan. No se puede vivir eternamente de agua. Él no cree en esas historias de ermitaños que solo beben de una fuente y pasan el resto del día meditando hasta morir con ciento treinta y cinco años. Se tumba en el sofá y mira preocupado la pantalla.

 

La pantalla arroja una imagen de los Durán reunidos en el salón. No hay sonido. Se puede deducir que están preocupados. No es habitual que los niños de esa familia no formen alboroto. Siempre los escucha corretear y gritar, sonreír y llorar, acusar y perdonar. Habla el padre, aunque para él solo mueve los labios. La madre, sentada, agita la pierna como si fuera una batidora y se muerde las uñas. Se pregunta cuanta comida tendrán, sin olvidar que son cuatro bocas. No obstante, no duda de que es una familia que puede durar mucho tiempo antes de desfallecer. Son arrogantes en la salud. Eso lo sabía antes de que los encerraran. Cuando se cruzaba con ellos en la escalera pensaba en la alegría de esos cuerpos, su fortaleza, la impermeabilidad a las bacterias. Entonces los Durán desparecen por unos segundos y puede leer un mensaje en el que le indican que dado que está en su casa y es libre puede cambiar de canal si así lo desea. Lo hace. Aparece la vieja Catalina tirada en el suelo. Piensa que si está viva al menos no se atragantará con la lengua ya que ha caído de lado. Mira con atención para intentar captar si respira. No obstante, al cabo esto parece imposible, pues la imagen parece tomada por una de esas cámaras nocturnas que lo revelan todo en gris emborronado. Los Durán en ese sentido eran más nítidos.

Ahora es una pareja. No sabe quiénes son y no le suena haberse cruzado con ellos en la plaza. Están discutiendo. Ella parece querer ir a la ventana mientras él se lo impide, a veces con empujones. Poco a poco ella parece calmarse, lo cual se demuestra como estrategia cuando él baja la guardia y ella puede colarse. Cae abatida. Ha sido un disparo certero en la cabeza. Apaga el televisor. Esta vez no ha visto caer a un muñeco. Los entes no dejan dudas. Tras dar varias bocanadas de aire se decide a encender de nuevo el televisor. El canal de la pareja arroja a los dos abatidos. Vuelve al canal de los Durán, que ahora comen con la cabeza gacha y le recuerdan que él también tiene que comer o al menos tomar tres o cuatro vasos de agua para saciar. Después prueba con la vieja Catalina, de la que está más que claro que ha muerto. Entonces decide comprobar cuántos canales hay. Algunas veces reconoce algún rostro, alguna familia de los domingos, a muchos niños y niñas que al salir del colegio se pasaban por el tobogán antes de encarar la cena. Deduce que cada canal corresponde a uno de los pisos que conforman los cuatro bloques de tres plantas que delimitan la plaza fétida. ¿Se trata de ver morir a los demás?

Se detiene en uno que conoce de vista y que todos los días coge el tranvía a las seis y media. Al desconocer su nombre él en el tranvía lo llamaba para sí el ojeroso. No obstante, siempre pensó que era un hombre con familia, sobre todo por lo bien que estaba planchada la ropa, y no, como está viendo ahora, un tipo solitario que llena la mesa de latas de cerveza. El ojeroso ha tenido la ocurrencia de poner una servilleta blanca en el palo de la escoba y agachado abrir la ventana para mostrarlo. Por el momento no se atreve a asomar la cabeza y habla. Intenta leerle los labios, pero no logra articular nada que se asemeje a unos diálogos de paz. En pocos minutos comprueba que los entes se han tomado la banderita como una provocación y lanzan una granada. El ojeroso muere despedazado. Cuando el humo se volatiliza la imagen arroja manchas en la quebrada lente de la cámara. Ahí no hay nada más que ver y reinicia la ronda. No tarda en toparse con otra situación extraordinaria. Esta vez es una familia. No está seguro si conoce a la mujer, con la que puede haber coincidido en la panadería. Al marido no lo conoce para nada y piensa que quizás es carne de los turnos de noche. Tienen cinco niños. Uno de los niños es un bebé y el padre lo lleva en brazos hacia la ventana. Con el niño por delante el padre parece creer que los entes no se atreverán con un bebé. Error de cálculo. La bala atraviesa al niño y al padre, que aun parece vivo. La madre se lanza sobre ellos para cubrirlos mientras los otros niños se van a las habitaciones. La ventana sigue abierta en clara violación de la jurisdicción. Hay dos explosiones. Una que puede ver y otra que supone ocurre en las habitaciones. Ya nadie se mueve. Apaga la televisión por unos momentos. Se le acaba de ocurrir que quizás no solo sea disuasión, sino también eliminación. ¿Pero por qué no acaban con todos de una vez? Más bien parece un concurso en el que no hay que acercarse a la ventana. Pero la ventana es la tentación cuando hay un bebé al que se le acaba la leche de farmacia o un diabético con solo una inyección de insulina. En un concurso de eliminación los primeros en caer son los enfermos y los débiles. La ventana, piensa embargado por la iluminación, es tabú para aquellos que pretenden ganar. Y él quiere ganar.

 

Los concursos de eliminación son también concursos de resistencia. En muchos pisos se ha decidido abrir la ventana como modo de finalizar, de abandonar. Aguantar es ganar. Los canales se han llenado de cadáveres. Los entes eliminan concursantes de dos formas: Disparo directo o granadas. Una vez abierta la ventana se castiga al perdedor. Pero la ventana también es la salida a la penuria del interior. Él mismo ahora tiene que lidiar con media chuleta de cerdo y un huevo. Los Durán parece que tienen una despensa con fondo. Ellos aguantan. Los únicos seres vivos que hay en la pantalla son los Durán. No obstante, nota a los niños apáticos y a los padres desesperados, aunque sin dar señales de querer acercarse a la ventana. A veces siente la impotencia de no poder eliminarlos él mismo. La victoria está tan cerca que le gustaría decirles a los entes que él mismo está dispuesto a lanzar una granada contra los Durán. Pero la ventana es la derrota. Hablar con los entes es regalar la victoria a los Durán. Tienen que ser los Durán los que se acerquen a la ventana, no queda otra, pero el tiempo pasa y calcula que la comida se acabará en los próximos dos días. El estómago ruge. Ya no se conforma con tres vasos de agua del tirón, pues lo mea de inmediato. Desear que los Durán sean eliminados acrecienta la desesperación que produce la falta de tiempo. Al menos ahorra energías viendo la televisión. Piensa que minimizar los movimientos del cuerpo alarga la resistencia. A veces cambia de canal para asegurarse de que no queda ningún concursante más y como modo de evitar la rabia creciente de no poder eliminarlos él mismo.

Solo cabe la sorpresa, piensa con tendencia a la derrota, ya que tal y como está la situación los Durán tienen ventaja. Comen caliente dos veces al día. Él empieza a sentirse cansado y nota que sus movimientos se han ralentizado, consciente de que la carencia la que empieza a hacer mella. Ha dejado de ser el favorito. Si la cosa continua como hasta ahora, calcula que en menos de una semana desfallecerá. Quizás no muera de inmediato y se quede por unos días tirado en el suelo, inmóvil, quebrado. Imaginándose de este modo piensa que quizás sea mejor abrir la ventana. La única esperanza que le queda es pues la sorpresa y el tiempo que le otorga el medio huevo que guarda para mañana o quizás con mucha disciplina para pasado mañana. Bebe. Desear la sorpresa no significa necesariamente que se vaya a producir, más bien lo contrario; pero si se produce, la coincidencia con el deseo desata un efecto de felicidad precedido por la expectación, y es esto lo que ocurre cuando uno de los chicos Durán empieza a convulsionarse. No puede distinguir bien si es Joselito, el que le saluda con sonrisa silenciosa en la escalera, o Gabriel, que siempre va detrás de la pelota en las tardes del parque. Nadie sabe cómo reaccionar. Primero los padres miran compungidos como los golpetazos del cuerpo se ensañan con el niño. Necesita atención médica, piensa. Tras la paralización inicial es el padre el que intenta sujetar al pequeño para que no se golpee la cabeza. La madre parece que grita mientras dice no con la cabeza. Estar cerca de la victoria y ser consciente de que vas a perder propicia que los actos se vuelvan desesperados y caóticos. El niño Joselito o Gabriel, es decir, el que ha quedado en pie, llora y se pega a la pierna de su madre, la cual, al notar el contacto se deshace del pequeño de una patada y se abalanza a la ventana para pedir auxilio. Entonces aparece confeti en la pantalla al tiempo que su rostro. No hay sonido. Hace muecas para comprobar si la imagen es en tiempo real. Está viendo al ganador, se está viendo a sí mismo. Levanta los brazos. Grita por la euforia. Siente que la victoria le estaba destinada. Entonces puede leer que el premio espera tras la ventana. El hecho del confeti no le hace albergar dudas de que le van a dejar salir. Están ustedes ante el ganador. No se escuchan aplausos pero el ambiente es de aplauso. El efecto de felicidad se acrecienta mientras se acerca a la ventana. Después siente un golpe seco en la cabeza.

The day

El apagón

mayo 8, 2014

Se indigna cuando lee en una carta que debido a unas obras van a estar sin agua un mes. Terror. ¿Cómo se puede soportar eso? ¿Cómo puede el ayuntamiento permitir eso? Cuando vuelve a leer siente alivio. Se trata de publicidad. La carta te pone en la situación de los niños de África que viven sin agua. Pide que les ayude. Después le invade la rabia. No se puede jugar con los sentimientos de las personas decentes así. Ni un puto duro. Yo también ando justo, no de agua, pero sí de dinero. Si un niño de África tiene agua él no puede pagar la factura de la luz. Y sin luz no hay agua caliente pues el calentador es eléctrico. Tampoco hay aire acondicionado, ni el partido de los domingos, ni la serie de los jueves, ni las pajas en las live cam. Se llena un vaso de agua. Bebe la mitad. Bufido de soberbia. La verdad es que prefiere la cola y se permite el lujo de acompañarla con hielo. Si él renunciara a la factura de la luz no podría hacer hielo. Nuestros abuelos lucharon para que nosotros pudiéramos hacer hielo.

Para pagar la factura de la luz tiene que levantarse de lunes a viernes a las seis de la mañana y preparase una café de capsula, que está hecho en menos de cinco minutos, lo cual le permite ganar diez minutos de ducha y salir a coger el tranvía número catorce, a las siete y cuarto. Después le espera el jefe, al que saluda puntual, fresco, lleno de energía. Sabe que el jefe le aprecia y siente las palmaditas en la espalda, a pesar de que muchas veces no se llevan a cabo de manera física. Que la factura de la luz esté directamente relacionada con el jefe es algo obvio, de manera que siempre aprovecha, en la pausa de las diez, para llevarle un café e insinuar que López no va al baño sino a fumar, que Adelaida ha realizado dos llamadas privadas con el teléfono de la empresa a día de hoy y que el chico hace lo que se le manda y cuando se le manda, y que por el momento no se le ven intenciones de escaqueo. De sangre le viene. Al jefe hay que agradecerle que haya contratado a su sobrino y así su hermana, recién enviudada, pueda pagar la factura de la luz.

Es un buen jefe. A veces toman algo juntos a la salida del trabajo. Un poco escondidos. Son ocasiones especiales. El jefe siempre paga los cuba libre. Es en ese momento cuando se siente importante. Entonces el jefe habla del maldito déficit y dice que no le gusta despedir, que es un trauma, y que le agradece muchísimo su ayuda. Se nota que el jefe sufre. El jefe paga los cuba libre y abre su corazón. Con los amigos se puede contar hasta el final. Entonces él le cuenta que siempre le ha molestado que Adelaida utilice el teléfono de manera privada como si fuera un derecho. Además ella no es de las que invite mucho a café. De López solo puede decir que lo ha sorprendido varias veces diciendo mamaculos, pelota de mierda, malparido o despectivamente el heredero. Y eso hiere. El jefe comprende y paga los cuba libre. Con los amigos hasta el final. Con el chico no habrá problemas si estiramos las horas de trabajo sin pagarle más. Puede que si lo aprietan pueden añadir a Norberto a la lista de bajas. El jefe paga los cuba libre. Norberto no dice nada, no habla con nadie, parece que no existe, solo se desliza en las taquillas antes de empezar o terminar la jornada. Solo las cuentas notarán que ha sido despedido. En cuanto al chico, la madre comprenderá los turnos dobles y que es el jefe quién paga la factura de la luz. El jefe le abraza con lágrimas cuando se despiden.

Llegar a casa siempre es reconfortante. Está un poco mareado por el alcohol. Tiene hambre. Con el jefe nunca come cuando hay déficit. Solo cuba libres y palmaditas en la espalda. Abre el congelador. Lasaña boloñesa, pizza picante, alitas de pollo adobadas. Mientras prepara la mesa se topa con la carta del niño de África. La tira. El agua de un niño de África es incompatible con el horno a doscientos cincuenta grados. La pizza le espera. Se extraña cuando se da cuenta que debajo de la carta había otra carta, pues él siempre está muy pendiente del correo. La nueva carta es del jefe y antes de abrirla cierra los ojos y pide un deseo. Querido amigo, siento comunicarte que está tarde será nuestra última tarde juntos. Espero que comprendas que hablamos de un déficit demasiado elevado. No obstante, desde las penurias que hemos compartido y el corazón muchas veces abierto, me atrevo a pedirte un último servicio, el servicio del soldado caído que da su vida para salvar al compañero y me digas, que además de a ti, a quién más puedo despedir. Solo espero que está tarde sea una tarde más de compañerismo, emotiva y eficiente, como tú siempre has sido. Siempre tuyo, el jefe. Es entonces cuando se produce el apagón.

Teoría de la alegría

abril 22, 2014

De pronto una lágrima se escurre por la mejilla. Piensa que puede deberse a una infección. Hace días que nota el ojo derecho siempre húmedo y aunque en el espejo no encuentra diferencia con el ojo izquierdo, está claro que algo no encaja. Toma la lágrima como una buena señal, una señal de curación. A lo sumo en dos días la sensación de humedad en el ojo desaparecerá. Una segunda lágrima en un intervalo de treinta minutos parece una confirmación. No obstante pregunta al compañero si nota algo raro. El compañero se acerca y pregunta dónde está el problema. El problema es la sensación de humedad en el ojo, la sensación de estar a punto de llorar. Pero, eso sí, sin cuestiones sentimentales, ya que es obvio que se trata de una infección. El compañero dice que no ve nada fuera de lo normal aunque si le duele mejor que vaya a un médico. Él dice que no es dolor. Quizás incomodidad. Por lo demás, cuando cierra el ojo sano sigue viendo bien y duda de si realmente es necesario un médico, pues parece que no se trata de algo grave. En cualquier caso quizás en la farmacia puedan ayudarle. Una tercera lágrima le reconforta y apaga un tanto la preocupación. Cree sentir el ojo seco o al menos con los estándares imperceptibles de humedad. Piensa que el cuerpo se cura a sí mismo. Piensa que el cuerpo necesita su tiempo para completar la curación cuando siente que la humedad va creciendo.

Cuando sale del trabajo, después de tres lágrimas más, acude a la farmacia mientras la humedad se reagrupa. Piensa que si en la farmacia son testigos de una de las explosiones lacrimales les será más fácil atinar con el remedio. Sin embargo, cuando la chica que le atiende dice no ver nada extraño lo atribuye a la inexperiencia de ésta, quizás infalible en las gripes y catarros más comunes, pero ciega para las infecciones oculares. Se demora en la salida observando una estantería donde se acumulan milagrosas latas para adelgazar. Piensa que si espera un poco saldrá otro dependiente con más experiencia, quizás el propietario, capacitado para responder a los más sutiles síntomas. Pero antes de que esto llegue a ocurrir sufre una explosión lacrimal y esperanzado se dirige otra vez al mostrador, con el dedo señalando el camino dibujado en la mejilla y saltándose la cola. La chica reacciona a la defensiva y para quitárselo de encima le expende un botellín de gotas desinfectantes, nerviosa, desbordada. Dos cuarenta. Pero no, el sabe que eso no es el remedio, pero traga y se va, pues sabe que de allí no va a sacar nada que le ayude. No obstante, se mete en el primer baño público para probar las gotas. No pierde nada, piensa, pero antes lee el prospecto y se ofende cuando se encuentra con una simple solución salina que ayuda a eliminar cuerpos extraños al ojo. Tira el botellín a la basura, contrariado, mientras una nueva explosión acontece.

La infección parece extenderse al otro ojo. Piensa que ya no es cuestión de farmacias, sino de médicos. Duda de si es mejor acudir directamente a un especialista o seguir la cadena y visitar a su médico de cabecera. Cierto temor a que se rían de él por una minucia le inclinan hacia el doctor Rodríguez, el cual es siempre eficiente en el tratamiento de sus quejas. Así, cuando las lágrimas se precipitan de los dos ojos, algo que ya había previsto, apresura el paso con intención de que le atiendan sin cita previa, lo cual, ha olvidado, significa esperar y esperar hasta que haya un hueco, sentir la frustración de ver como hay quién entra y en un máximo diez minutos la asistenta del doctor le llama. Pronto se da cuenta de que allí no es bienvenido. El doctor está ocupado todo el día y es reacio a hacer horas extra. Solo tiene posibilidad en caso de que una de las citas no acuda. Es en este momento cuando vuelve a llorar y una alegría inmensa le invade. La gravedad de la infección se ha hecho patente. Lo ve. Mire. Estoy enfermo. No es un catarro. Estoy enfermo de verdad. Pero la asistenta no opina lo mismo y le pide que se deje de tragedias, que hoy es un día con muchas embarazadas y los niños siempre van primero. Aunque intenta explicarle que las lágrimas no se deben a la decepción sino a una infección y que es razonable que se trate de algo urgente, finalmente se rinde y pide cita para el próximo día, cuanto antes mejor. La mujer dice que para mañana están completos pero que tiene posibilidad de ser el primero para pasado mañana. Después llama al siguiente paciente. Se resigna mientras las lágrimas vuelven a caer y esta vez, quizás, sí ayudan a aliviar la frustración.

Al salir, mientras se reproduce el mecanismo de condensación en los ojos, se pregunta si está dispuesto a esperar o acudir a urgencias. Siente que las condensaciones son cada vez más rápidas, de modo que las lágrimas saltan con más asiduidad. No quiere ser un hombre que llora. Es una infección muy extraña. También le inquieta el alivio que sintió después de llorar tras los rechazos de la asistenta. En cierto modo el alivio que sintió se debía a la coincidencia entre unos nervios que necesitaban escapar y la sucesiva explosión lacrimal. En este sentido la infección, con toda la carga de maldad que se le quiera atribuir, con toda la carga de amenaza, sirvió como remedio a una excesiva carga de frustración. Piensa que quizás no se encuentra en una situación de verdadera urgencia. Lo mejor es llamar al trabajo y tomarse unos días libres. No se siente con fuerzas para explicar a los compañeros que es una reacción frente a una infección y no un estado emocional precario. Puede imaginar la molesta carcajada de González, hecha para certificar a todo el mundo que algo le hace gracia, hecha para arrastrar otras carcajadas y devenir en coro chistoso de la tragedia. Los hombres no lloran en el trabajo. Los enfermos no van al trabajo. El jefe es comprensivo aunque lo apunta todo. Pero peor es que lo vean llorando.

Parece que la infección ha empeorado cuando ha apagado la lámpara de la mesilla de noche. Justo en ese momento, justo cuando empezaba a escuchar su respiración, ha roto a llorar, de manera continua, al menos unas dos horas. Alarmado se ha mirado en el espejo, esperando encontrar una fuente de pus o legañas gelatinosas. Pero los ojos parecían normales, para nada enrojecidos e incluso no se podía decir que fueran unos ojos llorosos, aunque quizás, sí, los parpados un poco hinchados. Lo extraño era que las lágrimas no parecían pertenecer a los ojos y más bien caían como esos globitos de agua que los actores revientan para vencer la dificultad de llorar ante las cámaras. Está inquieto. Intenta comprender buscando en páginas web que finalmente no aclaran nada, ya que en muchas de las patologías descritas presenta unos síntomas pero le faltan otros. Después de las dos horas de lloro continúo, las lágrimas caen a intervalos de más o menos treinta minutos. Piensa que ahora hay luz, y aunque no puede asegurarlo al ciento por ciento, cree que ha ayudado a cortar la hemorragia. No obstante, la herida sigue abierta. Pero dado que considera que es demasiado tarde para acudir a urgencias en tanto que no hay razones que conduzcan a pensar que va a morir esa noche, decide experimentar y apaga la luz. Espera, mira su sombra, se escucha respirar y de pronto las lágrimas se vuelven torrenciales. El pulso se acelera.

Le parece inobjetable que hay una relación entre oscuridad y lágrimas. La luz atenúa la infección. Es algo que debe decir al médico. Quizás el virus, o la bacteria, quien sabe, se incubó de noche y es fotosensible. Pero dado que la luz no neutraliza la infección, cabe pensar que al agente patógeno le es más dificultoso llevar a cabo sus ataques, lo cual, paradójicamente, es síntoma de su fortaleza. Le preocupa que la infección pueda estar creciendo y pronto la luz ya no sirva como última defensa. Mientras acontece de nuevo una explosión, investiga en la red sobre bacterias y virus fotosensibles y la mejor forma de combatirlos de forma casera, al menos provisionalmente. El mejor consejo que puede leer es que acuda a un médico. La alarma se desata cuando aparece la palabra cáncer. No obstante, no presenta ningún síntoma. No siente dolor, no tiene visión doble, no hay llenura en los párpados o en la cara. No tiene siquiera enrojecimiento. Este no tener atenúa las alarmas. Seguro que no es nada. Pero dado el exceso de ansiedad se produce otra coincidencia y las lágrimas logran aligerar la carga nerviosa. Parece sentirse mejor. Incluso esboza una sonrisa. Se pregunta si cuando hay coincidencia llora de verdad y no hay infección. Quizás hay alivio porque antes ha habido emoción. Con la infección hay preocupación. No quiere quedarse ciego.

Se imagina ciego. Solo. Sin nadie que le ayude, a tientas, desorientado, desesperado. Se imagina el rechazo de los vecinos, quizás un alma caritativa que le hace la compra y le roba las monedas, quizás un compañero haciéndole una visita para contarle como está el ambiente, los últimos despidos, los últimos ascensos, los nuevos lameculos. El miedo a salir a la calle, expuesto, debilitado. Se imagina en el suelo, pidiendo auxilio en la oscuridad mientras escucha el zapateo de los viandantes. Llora. Hay de nuevo emoción. Apaga la luz porque sabe que hay un torrente de tristeza que necesita salir. Llora. Lentamente la emoción se apaga. Llora. La sensación de alivio se extiende por todo el cuerpo. Lentamente la coincidencia se apaga. Llora. Enciende la luz. Las lágrimas caen durante un rato más. Ahora son molestas. Las infecciones son molestas. El llanto cesa. Es solo una tregua. Pronto volverá a llorar, enfermo, automáticamente, lágrimas sin emoción. Lo mejor es ir a urgencias. No puede esperar, de lo contrario, intuye que caerá en un pozo sin fondo. Se pregunta si aún hay tranvías o si lo mejor es pedir un taxi. Le molesta la idea de que alguien pueda verle llorando. Lo mejor sería ir a pie, amparado por la luz anaranjada de las farolas y unas gafas de sol. Mientras se viste  reconoce que la infección ha dado gusto a la hipotética tristeza del ciego, aunque es reacio a otorgar valor a tal emoción.

Cree que la transparente iluminación de la sala de espera restará posibilidades a la ofensiva bacteriana. Le han dicho que en cuanto puedan le atenderán. Cuenta las personas que esperan junto a él. Diez es un número redondo y excesivo para sus intereses, aunque no tarda en darse cuenta de que el número varía según los que entran y los que salen. Parece una noche tranquila, según deduce de los bostezos del guardia de seguridad. Pero de pronto irrumpen las sirenas de una ambulancia y tres hombres con batas blancas salen a la carrera. Empieza a llorar. Un cuerpo se convulsiona en la camilla. Piensa que aquello extenderá la espera mientras un niño con rostro amarillento le señala y se ríe burlonamente hasta que la madre le llama al orden y le pide disculpas. Pese a la enfermedad el niño no pierde la alegría. No pasa nada. El niño no sabe que él es una máquina estropeada y no un cobarde, un cagón que no se atreve a saltar por encima del pozo. Se impacienta cuando llega otra ambulancia. De pronto por los altavoces se les pide que si no es estrictamente necesario vayan a sus casas, pues en las próximas horas van a recibir a los heridos de un accidente múltiple. Su mirada se cruza con la de un hombre con el brazo partido que lleva esperando más o menos el mismo tiempo que él. Llora. Sopesa la gravedad de las lágrimas y decide marcharse. Al salir observa como bajan a un niño con la cara rajada y el horror grabado en los ojos. Llora. Marcado de por vida, señalado por niñatos amarillentos en el todo vale de los recreos. Entonces se sumerge en una calle sin farolas. Las lágrimas arrecian.

La visita al doctor Rodríguez no ha servido absolutamente de nada. Primero se ha mostrado escéptico con la descripción de los síntomas reforzada por dos demostraciones reales. La luz empieza a no tener efecto. Después, el doctor ha examinado los ojos como la forma más eficaz de consumir los quince minutos que se ha asignado por paciente, para al final soltarle en la cara que o bien era un farsante o bien debía remitirle a un mecánico del alma. Le ha parecido preocupante que el doctor no se sintiera intrigado por una enfermedad rara y mientras rompía a llorar por tercera vez se ha atrevido a sugerirle que un examen superficial no era suficiente, que era necesario ir a la sangre. La infección está en la sangre. Después le ha despachado con unos ansiolíticos y el número de teléfono de la doctora Cecilia, una buena especialista. Ha llorado, y una vez en la calle, el desaire ha coincidido con las lágrimas. Una vez aliviado se pregunta si el doctor tiene razón. Al fin y al cabo es el experto. Quizás más que una infección lo que le aqueja es una disfunción de la mente. Se toma una pastilla. Se pregunta si la coincidencia es más que eso, simple coincidencia, y va más allá y es un camino que debe recorrer para curarse. En ese sentido, piensa mientras la pastilla hace efecto, el alivio bien pudiera ser la recompensa por tomar el camino.

Mientras llora de nuevo por medio de la infección, piensa que el alivio sentido en las lágrimas de tristeza comparado con las de la frustración era, por qué no decirlo, más poderoso, más gustoso. Entonces busca en la tristeza y la burla del primer niño le empuja a la cara rajada del segundo y la tristeza similar que le aquejó cuando se imaginó ciego. Ambas eran situaciones de desamparo. Era este un gusto por el vaciamiento, por la descarga de una condensación emocional en la que la precariedad era el vector que aumenta la presión. La tristeza fruto del desamparo. Recuerda a su madre. La pobre dejó un día de luchar. Estaba cansada. Sonriente hasta el último momento. La última caricia. Llora. Recuerda cuando le cogió la mano, cuando sintió la tensión del último segundo, la distensión del segundo después y el frío de un mundo sin madre que te tiende la mano cuando te has caído. El ciego en el suelo, la raja en la cara que te convierte en un viejo de doce años. Llora. Recuerda cuando Marta lo abandonó. Lo siento. Me gusta otro. No lo conoces. Me hace sentir especial. Tú me gustas, pero… Llora. Cuando Lorena, después de haberle dado esperanzas, se decantó por Pedro. Sabe tratar bien a las chicas. Es encantador. Lo siento. Tiene algo que tú no tienes. Llora. No preocupas a nadie. Mamá siempre era una mano que te acariciaba cuando estabas bajo de moral. Pasaba suavemente los dedos por los cabellos, sin cantar, aunque no importaba, pues el hecho de tocarte era el canto mismo. Llora.

Llega un momento en el que se da cuenta de que el alivio no llega. Se alarma. Llega un momento en el que deja de llorar y la tristeza sigue ahí, mesando las entrañas. No ha habido deshago, descarga. No puede imaginarse que la infección se haya curado. No puede ser. Se desespera. Hundido en la tristeza no pueden faltarle las lágrimas ahora. Camina. Siente los ojos hinchados. Escuecen. No ve salida sin el alivio que producen las lágrimas. Testa. No hay condensación. Camina. Testa de nuevo. Lo que antes era una incomodidad es ahora una necesidad. No puede admitir que una vez se ha lanzado al pozo se ha quedado sin lágrimas. Llueve. Camina. La infección ha cancelado sus servicios. Las defensas han ganado. El cuerpo se ha curado a sí mismo. Quizás necesitaba la tristeza para provocar una tormenta que limpie todo. Quizás ha tenido que sacrificar defensas propias. Sacrificar el alma para seguir viviendo. Camina. La enfermedad ha sido vencida a costa del alma. No ve salida. No le tranquiliza la salud. Necesita llorar más. Necesita el alivio, no su perspectiva interrumpida. Camina. Llueve. Al fondo se dibuja la estación de tren. Se dirige a ella. Testa. No hay condensación.

Entonces piensa que no hay más esperanza que los raíles. Los ojos se han secado y el alma no está aliviada. No habrá coincidencia. Los trenes salen y entran. Las ruedas resbalan después de que se activen los frenos. Las salidas son un poco más bruscas debido al momento de aceleración. Siempre hay una resistencia con la que contar, eso es obvio, y el cuerpo, curado, se resiste a saltar con un interregional que acaba de llegar. No obstante, se siente arrebatado por la idea de que los raíles son el alivio, el alivio definitivo, quizás el más placentero, la descarga del alma. Quizás al otro lado le espera la madre por la que ya no puede llorar. Quizás pronto llegará ese niño con la cara rajada y rendido a la idea de la horca. Allí habrá paz, el fin del desgarro. Ningún niño te podrá señalar, aislar, repudiar. Hay una línea de seguridad que aparta del peligro de las ruedas. El corazón se acelera cuando coloca los pies en la zona amarilla. Pronto llegará un intercity. Todo está programado. El tren partirá en diez minutos. Se pregunta si no es mejor aprovechar la salida y el momento de aceleración. Una salida le parece incluso más optimista. El tren arranca y antes de que cierren las puertas salta. Abre los ojos. La ventana guarda los restos de la lluvia, el reflejo de su rostro. No sabe adónde va. No tiene billete. La condensación vuelve a organizarse. En breves minutos llora de alegría.

Laboratorio

enero 14, 2014

Eructa y le entra la alegría. El sabor del gulash retorna, más amargo, más bilioso, pero con reminiscencias del festival de calor que ha disfrutado hace unos momentos, antes del yogurt, antes de la ensalada. Paladea en un intento por retener el sabor. Sin embargo, éste se diluye. No importa. No todo puede ser disfrutar y ahora tiene que limpiar la vajilla que ese mismo gulash ha ensuciado. Un sucesivo eructo, mientras pasa el estropajo por el plato, combina el gusto por el trabajo y el paladar. No obstante, esta vez, antes de que el sabor se diluya queda un resto de acidez significativamente molesta. Mejor tomar una pastilla, ya que teme que una escalada de eructos provoque un ardor que no le deje dormir y propicie pesadillas en la duermevela.

Acostado en el sofá cambia de canal sin un objetivo definido. Eructa. No siente alegría. El sabor es ahora demasiado agrio. Otra pastilla. Gotas de sudor se escurren por su frente. Recordar ahora el gulash es sumergirse en lo desagradable, en la repulsión que provoca la imagen de la lata recién abierta y los trozos de buey apegados a una masa granate que pide calor antes de parecerse a un caldo. Cada cucharada en la memoria es una llamarada en el estómago, una arcada, una advertencia del cuerpo de que aquello en lugar de hacer bien perjudica. Se revuelve en el sofá. Tiene calor. Pero no es el calor que buscaba cuando cogió la lata en el supermercado, un calor contra el invierno. Es en cambio un calor afiebrado. Cambia de canal y vomita cuando reconoce el anuncio de la lata de gulash que ha consumido.

Cree que ha perdido el sentido. Tiene la sensación de que han pasado horas a través de un agujero negro. Sigue afiebrado, pero ahora se ríe. Cree que se siente mejor. Pero una llamarada en el estómago le retuerce y de pronto cree que la piel bulle, sobre todo la de la cara. Nota las burbujas. No hay motivos para reír, piensa, atrapado por la blanca dentadura de una tenista que anuncia un dentífrico. Después se mira los brazos. Ahí no hay ebullición. Es la cara. La puta cara. Tiene que mirarse al espejo. Al menos puede tenerse en pie. Cree incluso que camina con soltura. Se mira. La cara tiene el color del chile. Se toca. Todo es duro y quieto. Pero siente el burbujeo interno. Siente que debajo de la costra la lava se remueve violenta. Llaman al timbre. Bendita la hora. Sea quién sea cree que va a poder ayudarle. Tropieza antes de poder abrir. Pero eso no importa, pues sea quién sea la ha derribado y entrado en bandada.

Caso índice. Primeras impresiones: Temperatura cuarenta y cinco grados. No presenta convulsiones y es preso de una excepcional y agresiva energía. Como primera hipótesis cabe relacionar la fiebre con la agresividad. Los análisis del continente han revelado que ha sido el consumidor final de las muestras determinadas como foco, las cuales cabe calificar como válidas al menos en sus fases iniciales. Cabe determinar el caso índice como caso primario.

Se oye un respirador. El pitido que dibuja la línea en picos del corazón. Abrir los ojos significa abrirse a dos rostros enmascarados que parecen secar el sudor. El primer impulso es atacarlos, directo al cuello, desgarrar la yugular y escupir el trozo de carne. Los picos del corazón se han acelerado. Inyección de energía inútil por una correa que ata muñecas, tobillos y pecho. La máscara del respirador ahoga el grito. Siente una mano en la frente que presiona. Es una advertencia. Es información. Todo es inútil. Estarse quieto es lo mejor. Nota un pinchazo en el brazo. ¿Le están sacando sangre o le están metiendo algo? No puede saberlo. Lanza una dentellada que nadie percibe. Quiere lanzarse al cuello, a los cuellos. Desgarrarlos. No comerlos. Escupirlos. Notar la sangre fresca en la lengua. Solo eso puede atenuar el calor.

Se oye un respirador. Cree que ha dormido porque no recuerda nada y tiene la sensación de que han pasado horas. El corazón se acelera. Ya no son solo los cuellos. Quiere ser rociado por la sangre. Los muslos, los brazos, los corazones. Quiere carne roja, fresca, que aun no esté muerta. Pero las jodidas correas lo impiden. Es el calor, que se concentra en la boca y en la imagen de una ducha fría liberadora. Pese a la máscara, pese a que no ve, huele la sangre corriendo en el vital circuito cerrado. Es un deseo. Un deseo que acepta, sin reflexión sobre la conveniencia de dejarse vencer o no, de seguir la norma o irse a la cama con otra mujer. Ese deseo es tan natural como el germinar, el verdear, el florecer. Y si algo mueve al pensamiento es en como librarse de las correas para satisfacerse. Pensamiento estratégico. Déjales creer que te han vencido.

Se oye un respirador. Rabia y paciencia. Rabia larvada, que a medida que pasa el tiempo crece en potencia y cree que lo puede todo. Es muy difícil mantener la paciencia. El deseo es un reclamo de los cuellos, de la carne. La rabia es fruto de la recompensa por venir. Pero es muy difícil mantener la paciencia cuando kilotones de deseo se agolpan en el limitado espacio del corazón. Hay momentos en que cree que hay cantidad de rabia suficiente como para romper las correas. Pero no se atreve a desperdiciar energías porque no está seguro de que puede hacerlo. La conservación de la energía es importante porque la energía es importante para satisfacerse. Pensamiento especulativo. Llegará el momento en que toda energía encuentre una salida. Se relame. De pronto las correas ceden.

Caso primario. La temperatura corporal permanece estable, en torno a los cuarenta y cinco grados. La energía, no obstante, parece acumularse. Segunda fase después de la inoculación. Contrariamente a algunas hipótesis, no se ha producido una destrucción del mobiliario. La validez de las muestras en la segunda fase sigue intacta. El poseer un solo impulso, que cabe imaginar una intensidad sedienta, hambrienta, no ciega por completo el raciocinio.

Estar libre no significa cumplir el deseo. La esperanza de la carne que ofrecían los dos hombres enmascarados se ha esfumado. Esta solo en la habitación. Grita. Después busca la puerta. Pero allí parece no haber puerta. Solo cristaleras. No hay una silla que arrojar. Solo la camilla de la que se ha liberado. No hay nadie al otro lado. Prueba con los puños los cuales solo aciertan con la intuición de que esos cristales necesitan algo más que una silla para quebrarse. Sabe que gritar es inútil. La energía sigue acumulándose y opta por sentarse. Si les hace creer que se ha tranquilizado quizás logre que se acerquen. Entonces atacará. Se relame. La sangre bulle. Entonces piensa en morderse a sí mismo. Solo un trocito que revele la verdadera dimensión de lo que le espera al otro lado de la cristalera. Pensamiento fantasioso.

No, esto no puede ser. Ha habido satisfacción, cierto, pero no con la intensidad esperada. La energía crece. Ha sido solo un apunte que ha incrementado las ganas de carne ajena. Se mira el tajo. El rojo le pertenece. La sangre brilla. Es un reclamo. La sangre es lo que se oculta tras la piel. Necesita liberarla. Pero no su sangre, sino la sangre ajena. Nada le parece más revelador que los trozos de carne flotando en un cuenco de sangre. Hay que derramar el cuenco y ver como la sangre establece sus propios caminos. El sabor. Los dientes manchados y la cara salpicada. El sabor es la satisfacción del libertador. El deseo aprieta. Esto es solo la imagen de lo que le espera. La presión sanguínea directa a la lengua, al paladar, a la exquisitez.

Se vuelve a morder. El tajo es ahora más grande. Un poco cercano al anterior. Quiere demostrar algo. Piensa que los hombres enmascarados vendrán para impedir que se autolesione. Intuye que quieren protegerle. Intuye que en algún momento le darán la carne que pide. Ahora muerde el otro brazo. Aquí parece haber alcanzado una vía importante y la sangre chorrea. Se recrea. Observa como los latidos marcan el ritmo de la liberación. Pero la curiosidad no llena el deseo. La satisfacción viene a través del otro. Mira a las cristaleras y pide. No suplica. Pide como un derecho que los dioses deben dar al elegido. El hijo pide ser alimentado por el padre, de lo contrario, el destino inexorable para el que ha sido creado no será llevado a cabo. Se muerde el muslo. Un bocado grande que no desgarra la femoral pero que la muestra, latiendo. Pensamiento religioso. ¡Oh, Padre! ¡Dame lo que me ha sido prometido!

Caso primario. La temperatura se mantiene estable en torno a los cuarenta y cinco grados. La unilateralidad del impulso lleva a buscar formas alternativas de satisfacción, lo cual explicaría las autolesiones. Pese a la pérdida considerable de sangre no cabe temer por la vida del huésped. La energía y la rabia se mantienen estables. La fiebre mantiene la vida. Llegados a este punto, consideramos necesario, conforme a la disposición 66.6, pedir autorización gubernamental para iniciar la siguiente fase de experimentación.

Mira el cuerpo despedazado. Pide y te será dado. Se relame. Mira como la sangre corre, ahora mansa, después de las convulsiones finales del corazón. Ha llegado un momento en el que ha dicho basta y ha chasqueado los dientes. No está seguro pero el momento ha coincido cuando el cuerpo ha dejado de gritar y retorcerse. Ahora yace y no le apetece. El deseo es de carne que responda, que resista, que luche por mantenerse con vida. Morder hasta el último latido del corazón. Pero la satisfacción es momentánea. El hambre vuelve. Ahora con el recuerdo de los buenos tiempos, del maná sanguinolento, del edén revelado. Una sola pieza no basta. Quiere más. Aquello solo es el aperitivo. Un Dios de los excesos soltaría más de diez piezas en la habitación. Recreo. Bocados indiscriminados que siempre aciertan con el objetivo. Mira la puerta. Se relame.

El otro cuerpo empieza a moverse. El otro cuerpo se levanta con el cuello desencajado y las tripas saliendo por el boquete del estómago. Una compañera no le vendrá mal. La sangre liberada provee de reclutas. Sin embargo, sin piezas no hay nuevos reclutas. Se relame. El hambre permanece bajo el supuesto de que morderse a sí mismo ya no sirve para llamar la atención. La energía crece. Mira la puerta. Ábrete. Ábrela. Abridla. Dios no puede hacer una pareja sin hacerla proliferar. Necesitamos hijos. Necesitamos un ejército que rompa el cuenco. Necesitamos mano de obra que despedace siguiendo la línea de producción. La línea de producción del deseo, que no cesa, que persiste y que no permite una duda. Pensamiento social. Provéeme de un rebaño.

La imagen de una posible matanza aumenta la intensidad del hambre. Su ejército contra la sangre clausurada. Liberar y sumar. Aumentar. Cuerpos despedazados guiados según un deseo. Del rebaño a la manada. De la manada a la superpoblación. Si se unen a mí no se unen a ti. Son míos. Buscan lo mismo que yo pero sin la conciencia de ti, de vosotros, los cuales no sois más que trozos de carne que aprisionan torrentes de sangre. Pero la posibilidad del ejército depende de la posibilidad de la puerta. Mejor que esto no lo sepáis. Mejor callar aunque el hambre apriete. Pensamiento conspiratorio. Quizás un cabezazo contra la puerta ayude. El cristal se mancha. No advierte grieta alguna. La energía crece. La compañera ha comprendido y también se lanza contra el cristal. Protege a tus hijos de sí mismos y dales las llaves del edén. Se relame.

Casos primario y secundario. Temperatura en torno a los cuarenta y cinco grados. Cabe determinar que la infección se produce por mordedura, aunque sin descartar otras vías, lo cual puede confirmarse en posteriores pruebas. La fiebre y la rabia se manifiestan, salvando la diferencia de edad y sexo, sin variaciones significativas en ambos cuerpos. Llegados a este punto se recomienda la neutralización de ambos casos y con ello pedir autorización gubernamental, conforme a la disposición 66.6, para la obtención de un nuevo caso primario que pueda ser comprendido bajo la luz de la autopsia de los casos originarios.

Yo no

diciembre 10, 2013

 

“Pienso, luego existo”

Descartes.

Cuando lees cómo un adolescente han entrado con un kalashnikov en su instituto y se ha llevado por delante a treinta compañeros y a diez profesores, piensas que hubieras sido uno de los supervivientes. Cuando en alguna película bélica consumes lo azaroso que es para el cuerpo humano un bombardeo o un asalto, piensas que tú hubieras salido ileso y comandarías el contraataque. Cuando conmovido visionas las inundaciones de las noticias de las nueve con sus ciento cincuenta desplazados, trescientos cuarenta y tres desaparecidos y unos diez muertos oficiales y creciendo, piensas que a ti nunca te ocurrirá. Cuando apartas la vista de la foto de un niño negro de cráneo exagerado y un vientre que amenaza con quebrar las costillas, piensas la lejanía del hambre y la fortuna de tener la nevera llena. Cuando despiertas y procuras que el primer pie en tocar el suelo sea el derecho y no el izquierdo, piensas que llegaras por la noche a casa sano y salvo. Cuando lees que se calcula que para dentro de treinta años la población con cáncer se duplicará y alcanzará niveles críticos, piensas que serás uno de los exentos. Cuando en alguna película post-apocalíptica consumes lo trágico del fin del mundo y la posterior restauración del edén, piensas que pertenecerías al uno por ciento no infectado y que comandarías tras una larga lucha la restauración del bien. Cuando indignado visionas los despidos de quinientos trabajadores de una planta de ensamblaje aeronáutico, piensas que tu trabajo es seguro y no hay que temer por él. Cuando en la autovía ralentizas la mirada en un accidente de tráfico y lamentas los cuerpos encerrados en bolsas negras, piensas que eres el mejor conductor de mundo. Cuando ilusionado marcas los número de la loto porque hay un bote cercano a los doscientos millones, piensas en la pequeña esperanza que da el nunca se sabe.