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El existente definido

mayo 11, 2009

Los ojos se abrieron de improviso, como si fueran los de un robot que acababa de ser conectado. Al incorporase leyó en el suelo un gran titular. Tres varones blancos y uno negro, de edades comprendidas entre los 25 y los 40 años, habían asaltado el generoso banco de la Asunción. El resultado era de tres muertos y cinco heridos sin que ninguno de los asaltantes hubiera sido detenido. No quiso poner la radio suponiendo que aquello sería un tema hiper-presente en los noticiarios de la mañana. Necesitaba reducir el mundo a las cuatro paredes de la cocina y al aroma plástico del café soluble. Después bajó a la calle y se dirigió a la parada del tranvía. Todos los rostros eran grises, agrios, y tan solo podía verlos como a varones que oscilaban entre los 10 y los 75 años, altos, delgados, de manos grandes, y como a hembras rubias, morenas, castañas, pelirrojas que oscilaban entre los 6 y los 55 años. El ruido de los pies acompañó su entrada dentro del tranvía. Pudo encontrar un asiento individual y una pequeña euforia atravesó sus nervios al no tener que compartir. Miraba por la ventana y la ciudad pasaba. Coches y cuerpos. Mercedes, BMW, Renault, Sauber… Conducidos por varones de pelos grises, ojerosos, vestidos con traje o en pantalón corto, y por hembras que calzaban amarillos, blancos o turquesas. La ciudad transitante, marcada por el son del traqueteo humano, de los cuerpos en idas y venidas. Todos juntos y nadie con nadie. El sol quemaba al bajar. En la calle no había aire acondicionado. Sudor preparado para caminar unos cien metros, que era donde quedaba el bar donde siempre desayunaba. Pudo escuchar gritos sin importancia y muchos cláxones antes de abrir la puerta. El murmullo de las nueve. Se sentó en la barra y pudo leer someramente en una revista que el 25 % de los habitantes de la ciudad tomaba para desayunar rosquillas con café con leche y que solo un 5 % tomaba fruta. Pasó página mientras pedía un croissant bien rociado de mantequilla y café solo doble. No encontró sabor alguno pero su estómago quedó satisfecho mientras leía que el 85 % de los habitantes de la ciudad estaba sobrealimentado. Pasó página. Sentía que su cuerpo no pesaba al bajar del taburete. Pero sí los pulmones cuando al salir le penetraron el aire caliente de la acera y urgentes sirenas enrabietadas. Un enorme reloj pegado a un edificio le obligó a una mirada interpretativa hacia las manecillas. Sintió que llegaba tarde y que se ahogaba, mientras pasaba por su lado uno que leía que era común morir de súbito entre los habitantes de la ciudad.

Nacer

enero 10, 2009

El nacimiento de Ana K. fue grabado por al menos tres cadenas de televisión. Su madre regresaba a casa cargada con tres bolsas llenas de verduras. Llegaba tarde. Su padre llegaría del trabajo sin que estuviese la comida hecha. Casi empezó a correr cuando rompió aguas justo al lado de un grupo de periodistas que estaban esperando la salida de un grupo de actores y actrices que acababan de estrenar película. Un pequeño periodista con micro en la mano fue de inmediato a socorrerla, aunque le pidió al cámara que tenía asignado que grabara todo. Intuía que había allí una noticia. Breaking News. Niña esta naciendo a las puertas del estreno Bienvenidos al Paraíso. Al menos tres reporteros de los allí reunidos trabajaban para programas que estaban emitiendo en directo y no dudaron en grabar. Su madre gritaba de dolor. Nadie pidió una ambulancia. Hubo transeúntes que se detuvieron a observar. Un cámara afortunado tuvo el privilegio de grabar la sangrienta cabecita asomando. De pronto un transeúnte se ofreció como médico. El primer periodista que olfateó la noticia dejó pasó al experto. La grabación de los actos del médico fue perfecta. Su retransmisión en directo sin interferencias. La cara de la pequeña asomando, aun sin respirar, atada al cuerpo de su madre, los ojos cerrados, sin reconocer aun que había irrumpido en el mundo. Un transeúnte ofreció un cútex que según decía acababa de comprar. El médico lo aceptó y separó a la pequeña, que rompió a llorar, inundando sus pulmones del abrasador aire de la ciudad. El milagro ha acontecido, dijo una presentadora, con ojos iluminados, a un público que parecía aplaudir desde la lejanía de las pantallas. Entonces a alguien se le ocurrió llamar a una ambulancia. El médico era ahora el centro de atención de las cámaras. Hablaba de actuar con rapidez, aseguraba que la niña iba a vivir y que esperaba que tuviera una vida feliz. En una de las cadenas de televisión mandaron llamar a una pitonisa para que hiciera una carta astrológica. La pitonisa antes de dar los resultados, habló del privilegio que suponía ser la primera bruja en contar con la hora exacta de un ser humano nacido. Esta sería la primera carta astrológica hecha con el día, el mes, el año, la hora, los minutos y el segundo exactos, con lo cual podía ofrecer un borrador de la vida de la pequeña. Ya había un técnico de imagen intentando determinar el segundo exacto, pues el día, el año, la hora y el minuto exacto ya lo sabían y prometían para el día siguiente en prime time la carta definitiva mientras Ana K. era llevada en la intimidad de la ambulancia al hospital. Su madre dormía, agotada.