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Anécdota

enero 4, 2010

“por qué pasar…  de la nada viva a la nada muerta…”

La muerte de Artemio Cruz. Carlos Fuentes.

Una estación secundaria, solitaria. Elementos que la envuelven es un día encapotado que filtra los colores por el tamiz del gris, es el ruido brumoso de aviones lejanos, es la irrupción de un tren que pasa de largo y cuya velocidad rompe con la medida de lo humano. La posibilidad más obvia que tiene una estación de tren es que allí se detenga uno y realice un trasvase de pasajeros. En este caso a las diecisiete cuarenta y cinco, lo cual hace que diez minutos antes empiecen a llegar algunos cuerpos, creándose un murmullo de pies, alientos y prisas. La máquina es puntual y a las diecisiete cuarenta y ocho se aleja, arrojando como resultado, tras las idas y venidas, la permanencia de un solo cuerpo, algo encorvado, con las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta, la garganta encogida y mirando al suelo, pensando, recordando. Se ha decidido a hacerlo, ya sin dudas, para lo cual espera, aguzando los sentidos, a que los semáforos se pongan en rojo y desaten los toques de advertencia de que se acerca un tren que no va a detenerse. Salta en el momento justo, deseando que nadie le vea, aunque provocando en el maquinista la percepción de un golpe atípico en el morro de la locomotora, al que no da mayor importancia, pues no significa retraso con respecto a la hora estimada de llegada.

Luna llena

octubre 7, 2009

Cae la noche. De tu cuerpo no van a emerger ávidos y ciegos colmillos mientras te pones a cuatro patas. La tragedia está más cerca de un humeante plato de lentejas hervidas que te da en la cara mientras los termómetros marcan cincuenta grados. O a los constantes golpecitos en la espalda sudorosa que te da el jefe mientras escuchas la desvariada voz de un locutor que canta gol como si el mundo hubiera llegado al culmen de la perfección en una habitación donde la luz blanca lo vuelve todo transparente. Una hamburguesa en la que se exige cebolla, pan de centeno, una gotita de mayonesa, sin kétchup, carbonizada por fuera y sangrienta por dentro, sin ensalada pero con tres rodajas de tomate, a ser posible fresco, es suficiente para desencadenar un imprevisible tic en tu ojo izquierdo mientras apuntas la comanda. Ya no es necesario que un lobo te muerda a las doce de la noche con luna llena en un desangelado bosque. Basta con que te llames Lorenzo Benavides, Natalia Jiménez, Julio Hinojosa, Ludovica O´Schlissen, Carmelo Onaidía, Josefa Esparza, Pere Fenastrell y la posibilidad de estar escuchando el ajeno ruido de una potente turbina mientras intentas conciliar el sueño con el apoyo de unos inútiles tapones para las orejas. O que te quemes la lengua con el café, te resbales al salir del baño, te caigas por la escalera y unos indiscretos adolescentes desaten carcajadas sin compasión. O que veas la moqueante nariz de un comensal mientras masticas un trozo de una grasienta chuleta de cerdo en un bar con exceso de murmullo o debas limpiar una amarillenta taza de wáter salpicada de orina y con vetas marrones de mierda. El agudo zumbido de un mosquito que ronda tu sangre o los chillones comentarios de la vecina en el rellano de la escalera, el constante y depresivo suspiro del perro que te acompaña en la cama o los bramidos de regocijo de un niño detrás de una pelota. Un semáforo rojo, un inoportuno choque, el dedo corazón estirado para que te duela, la sangre invadida por un gramo de cocaína mientras escuchas la voz acelerada de un amigo que no para de decir vamos, vamos, vamos. Cae la noche mientras las voraces sirenas acuden a recoger los restos de la tragedia.