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Amok

agosto 6, 2012

Una mosca revoloteando, apoyándose, saltando, del brazo izquierdo al derecho, viceversa, apoyándose en la calva, provocando un manotazo, que falla, que suena como una palmada, un aplauso interrumpido por la desesperación.

El sudor que sedimenta las sales en la piel y forma una capa viscosa, ayudado por el ventilador, que remueve el aire pero no lo enfría y que a cambio acelera la condensación en las fosas nasales, formando ese moquillo que por falta de pañuelos hay que aspirar cada vez que se desliza.

Las cortinas están echadas y las ventanas abiertas. Las cigarras macho se agitan furiosas y resuenan por las ventanas. Ellos buscan sexo y a él le recuerda el persistente malestar del cuerpo, la pesadez del aire, el agua recalentada a la vera, las cucarachas en la basura. Una ducha fría, una más. Sin secarse con la toalla y mojado se acerca al ventilador. Siente alivio por unos minutos. Después todo vuelve a ser igual.

La caída de la noche invita a salir a la calle en busca del fresco, huyendo de los pisos recalentados, agriados por el sudor. El verano se agita en las terrazas, en los refrescos, en los camareros desbordados, en los niños correteando y los adolescentes jugando con sus lenguas. El murmullo y los ocasionales gritos son como una mosca que salta de una neurona a otra, que picotea, aquí y allá, como un baile sin música, anárquico, puntadas que no describen líneas sino mamarrachos. No obstante sigue adelante, intentando no caer en la provocación, frenando el impulso de agarrar a alguien del cuello y estrangularlo.

Hasta que llega al parque. Salta la valla. Se adentra, se aleja del murmullo. Algunos grillos. Evita los caminos trazados y las señales que sugieren destinos a los corredores de la mañana. Camina entre los árboles y cuando cree que se encuentra en el centro se detiene y se tumba. Allí corre el aire, un aire sin murmullo, que alivia el cuerpo y su dolorosa afectación. Aspira. Espira. Suspira. Mira la luna. Los otros le molestan. El murmullo es la indiferencia agresiva de los otros. Como el runrún de las cigarras, pero sin objetivo sexual, sin objetivo alguno y que enerva como un insulto a la madre. Enervamiento que intensifica la capa pegajosa de la conciencia afectada por el entorno y que le hace saber a su vez que no se soporta a sí mismo, que no soporta sentir, sentirse.

Cuando escucha crujir ramas y cuchicheos, antes de tenerlos más cerca, se decide levantarse y volver. De lo contrario no sabe lo que puede pasar. Seguramente es una pareja en busca de intimidad. Son presas fáciles, sobre todo una vez se desnudan y se olvidan de que el mundo existe. El problema es que son solo dos y al final siempre tienen nombre y apellido. Además, él no tiene nada en contra de ellos. Lo que molesta es cuando esos dos se multiplican y el cuchicheo aventurero en el parque se suma al cuchicheo de confesión, de crítica, de declaración, de funeral. Confusión de cuchicheos que taladran los nervios. Es ahí cuando el impulso se intensifica. Es ahí cuando ignora si esta vez, por fin, va a perder el control y dejarse llevar.

Por la ventana se cuela el ruido de los motores de las primeras furgonetas de reparto. Aún no ha salido el sol y son ellas el canto del gallo de la actividad laboral que comienza. Pronto se sumaran los coches de los vecinos y las tempraneras líneas de autobuses. Las persianas de los comercios puntean el tráfico abierto y dan la bienvenida al abierto reinado del sol.

Todo da asco, pese a que para algunos los primeros ruidos matutinos son una invitación al optimismo, al nuevo día como esperanza de que algo inesperado, pero bueno en sí mismo o provechoso, vaya a ocurrir.

Nunca coge el tranvía, ni el bus, ni el tren. En el coche al menos puede cerrar las ventanas y dejarse violar en menor medida por el mar de chapa, pintura, bocinas y emisoras que vomitan información sobre el tráfico. Afortunadamente trabaja solo, lejos de la gente y con la suficiente eficiencia como para no pensar,  no sentir, no sentirse. El ruido de las máquinas no le molestan. Es estable, continuo. Bendita alienación. Aprieta un botón. Espera. Uno dos tres cuatro. Aprieta un botón. Uno dos tres cuatro. Aprieta un botón, que depende del color que aparece en un pequeño monitor. Azul, amarillo, verde. Azul, amarillo, verde. Ocho horas fuera de sí mismo, fuera del mundo. Asimilación liberadora con la máquina, asimilación con la nada contenida en el engranaje, porque cuando vuelve afuera, cuando vuelve a ser humano, aparece ese impulso, esa pulsión de querer acabar con todo y que le significa.

A veces, no siempre, de entre el murmullo se imponen voces que le llaman la atención. Le agradan especialmente aquellas variantes que anuncian alguna especie de fin del mundo, ya sea mediante bola de fuego, la ira de Dios, un ataque alienígena o el invierno nuclear. Le agradan aquellos que rayan el histerismo como síntoma de una visión perentoria. Suele observar durante algunos minutos mientras en su mente se forman imágenes conforme al relato que escucha. La más preciada es la idea del virus, el cual se expande a una velocidad en la que los nuevos infectados se cuentan por minutos; un virus que diluya todos los órganos vitales y lo convierta todo en una masa irreconocible y pastosa que se desboca con el bisturí de las autopsias, que exteriormente derrita las caras, las desdibuje, las emborrone para que nadie pueda reconocerlos, sin nombre y apellidos.

No obstante, esta vez la voz que se impone se dirige directamente a él. Le corta el paso. ¿Desde cuándo sueña con hacer algo diferente? Es una voz simpática, es la voz del vendedor, un vendedor al que ni hubiera mirado de no ser porque de inmediato habla de unos servicios especiales. No tenga miedo a decirnos que es realmente lo que desea, nosotros lo hacemos posible. Dígame la verdad, ¿desde cuándo siente la punzada de sentimientos oscuros? Si supieras lo que siento te irías corriendo, piensa. Intenta esquivarlo, ignorarlo. ¿Por qué debemos renunciar a ciertos deseos? Acompáñeme y no tenga reparos en pronunciar la palabra ilegal o responsabilidad penal. Servicios especiales para personas especiales. Explíquese abiertamente y nosotros adecuamos la oferta.

Imagínese uno de esos centros comerciales que abren los domingos mientras todos los demás están cerrados y convocan una gran afluencia de personas. Imagínese que está allí en medio y que cada fragmento de oración, cada cacareo, cada sonrisa de niño, cada oferta por los altavoces, las estanterías vaciándose y los adolescentes tonteando en la zona del alcohol son un aguijón para el alma que la convierte en algo insoportable. Boom. Imagínese que en esos momentos la solución se aparece en forma de kalashnikov y unas siete u ocho granadas de mano. Imagínese la paz de los muertos justo en el momento en que en que te pones el cañón en la boca. Yo puedo pagarlo.

Las aspas del helicóptero le reviven la nada de cuando trabaja. No obstante, la persistente sensación de sorpresa, de novedad, le obliga a mantener los ojos bien abiertos. No le han dicho adonde le llevan. Cuestión de seguridad. Antes ha tenido que marcar con una cruz las armas que desea llevar sobre un precio de tres mil quinientos puntos que ha podido conseguir, lo cual le da una M16 con veinte cargadores y dos granadas de mano. Los supermercados occidentales son más caros por lo que como primera experiencia ha podido adquirir un poblado, quizás africano, pero con el ruido suficiente para intensificar el impulso. Ha conseguido descuento porque en cierta medida le hace el trabajo sucio a ciertos intereses políticos. Le recomiendan que antes de entrar a lo loco observe la situación. Le han asegurado que allí nadie va armado. Vía libre. Viel Spass.

La última bala. No sabe cuánto tiempo ha transcurrido. Parece una eternidad pero cuando intenta recordar todo ocurre en un momento. Suda. El ambiente está cargado de humedad mientras el Sol golpea. La cabeza hierve. Mira. La última bala tras una ristra de cadáveres. Primero lanzó una granada para conmocionar, aturdir, confundir. Después todo fue caminar mientras sumaba muertos a su cuenta. La última bala le recuerda que el impulso también era para sí mismo. La comunión. No obstante, no tiene intención de usarla. Se la guarda en el bolsillo. Por primera vez se siente a gusto consigo mismo, realizado, descargado. Ha gozado al dejarse llevar, sin contemplaciones, y, por primera vez en mucho tiempo, no se ha odiado a sí mismo, no se ha asqueado de sentir. Poco a poco asimila que un impulso satisfecho y sin consecuencias tiende a la repetición.

El helicóptero se acerca. Dada la connotación política como cláusula del descuento, le han dado un margen de treinta minutos para que admire el paisaje antes de esfumarse. Piensa. Calcula. Sueña. El supermercado occidental es muy caro, tampoco puede permitirse un cine. Por razones de moral excedentaria no entran dentro del abanico de ofertas los institutos de secundaria ni universidades. Piensa. Calcula. Sueña. Decide pedir que le den más horas de trabajo. Al fin y al cabo no le importa. Piensa apartar una parte de su nómina todos los meses. Sueña con la suficiente disciplina para aguantar hasta llegar al precio de, al menos, un hipermercado de barrio. Y calcula que, en caso de no poder soportarse más, puede disponer de poblados con mayor o menor munición cada dos meses, teniendo en cuenta que puede asumir descuentos por intereses políticos. De pronto, una inabarcable sensación de felicidad le embarga.

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La materialización

diciembre 30, 2009

“El Ser perfecto, en virtud de su perfección misma, debe crear el mejor de los mundos posibles”

Leibniz

El anuncio resalta a varias jovencitas en bañador rojo dando saltos en una playa tropical. FRESH. Refresco de naranja que ahora paladea, sentado en una terraza de verano, observando el deambular de los bañistas en una playa superpoblada, con sombrillas y toallas, bañadores, bikinis, pareos, músculos y grasas, sin lugares de sombras y enfocada por un Sol rabioso que promete carnes rojas y quemadas. Tiene que soportar las miradas de espera de una familia de cuatro miembros más perro inquieto, ya que tienen asignada esa misma mesa. Pero él se toma su tiempo para acabar el refresco, admirado por el bullicio mezclado con brisa y un horizonte de petroleros lejanos, que van dejando manchas dispersas sobre las olas, como en una invasión silenciosa. El anuncio resalta un culito estrecho y juvenil tapado por un mínimo short rosa que sugiere, junto al principio explicito de las nalgas, una carne turgente que se puede cubrir con las manos. BABYLON. La pista de baile está poblada de hombres con miradas de ansiosa búsqueda, que bailan al son de un ritmo repetitivo y unas luces multicolores y frenéticas. Las pocas chicas que hay son camareras con mirada cansada y ocasionales grupitos de amigas que no tardan en marcharse al sentir sus cuerpos acosados, lo cual hace que las manos estén ocupadas en sostener el vaso de whisky con hielo y cada poco tiempo trasladarlo a la boca para dedicarse un trago, mientras escucha presumir a un cuerpo hinchado de anabolizantes como se lo hizo una vez con tres tías. El anuncio resalta a un grupo de amigos con los brazos extendidos como síntoma de fiesta y jolgorio en una noche iluminada por neones. LIVE IT. El whisky desemboca en el interior de la taza del váter entre hedores y un mareo insostenible, que le ha obligado a arrodillarse, a abrazar la parte superior de la taza para acabar apoyando la cabeza sobre ella. La cerámica blanca y barata de la pared da vueltas a una velocidad infernal, lo cual provoca accesos de risa que luchan contra una creciente somnolencia y diseminan pequeñas gotitas de bilis. Se dice a sí mismo con alcohólica convicción que es el mejor, que nunca más se va a dejar pisar, que le importa un carajo lo que piensen los demás, que mañana las cosas cambiarán.

El esquema de la sospecha

agosto 21, 2009

Varón de entre 35 y 55 años. De piel morena, característica de rayos uva artificiales. 1´85 de estatura. De pelo rubio tintado tocado por raíces oscuras. Melena caracoleada y limpia. La última vez que se le vio iba vestido con una camisa negra, unos jeans rosa ajustados a sus mínimas piernas y deportivas amarillas, complementado por un bolso de lunares multicolor. Suele utilizar grandes gafas de sol. Ojos de mosca. Lleva tatuado con letras pequeñas y góticas en el culo el lema IN GOD WE TRUST. Altamente peligroso. Se autoriza abrir fuego en caso de identificación.