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Una hora más

febrero 13, 2015

Queridos trabajadores y trabajadoras, colaboradores y colaboradoras, becarios y becarias, nos hemos reunido hoy aquí por un doble motivo: por un lado, señalar que los daños producidos en el incendio han sido cuantiosos y no están todos cubiertos por el seguro. Por otro lado, aunque relacionado con el primer punto, desde la dirección queremos mostrar nuestra decepción tras haber comprobado que no había nadie trabajando cuando se produjo el incendio. Desde la dirección siempre hemos reconocido a un empleado comprometido cuando éste trabaja horas extras sin cobrarlas. Queridos trabajadores y trabajadoras, colaboradores y colaboradoras, becarios y becarias, todos ustedes estaban en sus casas o en su defecto en el cine, desafectos a la cultura del esfuerzo, el sacrificio y el compromiso con un proyecto que al fin y al cabo sustenta nuestras vidas. Queridos trabajadores y trabajadoras, colaboradores y colaboradoras, becarios y becarias, desde la dirección ordenamos las tareas de desescombro con la esperanza de encontrar a alguno de ustedes. De haber sido así, el seguro hubiera cubierto el cien por cien de los desperfectos y no el ochenta por ciento que es la situación actual. Dado que es la propia empresa la que debe acarrear con un veinte por ciento de gastos de reparación, desde la dirección hemos decidido el despido de dos trabajadores, dos trabajadoras, la totalidad de los becarios y la reducción de un cuarenta por ciento en la obra de los colaboradores y colaboradoras, y el aumento en diez horas semanales de trabajo para la plantilla que resta. Queridos todos, espero que esto os sirva como reflexión y penséis que uno de vosotros hubiera podido salvar nuestro proyecto sin apenas costes con que tan solo hubiera decidido quedarse a trabajar una hora más.

Maximización de la productividad

enero 20, 2010

Después del atasco habitual, que siempre le obliga a levantarse dos horas antes para llegar a tiempo al trabajo, ficha junto a las miradas dormidas de los compañeros. En los vestuarios comenta con uno los resultados futbolísticos del fin de semana, lanzándose mutuos puyazos y chanzas debido a su adherencia a colores rivales. A otro le pregunta por su mujer y la salud de la madre, la cual ha sido recientemente sometida a una operación de extirpación de bazo. Mientras camina hacia el almacén hace broma con una de las secretarias, la cual, acostumbrada a que se la coman con los ojos, realiza gestos de desdén aunque ofreciendo un tímido estiramiento de labios, que bien puede interpretarse como una sonrisa consecuencia de los halagos. Antes de entrar en el almacén, y según el protocolo, colocarse la mascarilla anti-vapores orgánicos, entrechoca las manos con un compañero que se cruza silbando. Una vez dentro le espera un ordenado cúmulo de cadáveres, procedente de los campos. En el albarán de entrega pone que son doscientos treinta y ocho. Los cuenta. Las cifras coinciden, de modo que trabajosamente pero con persistencia los va distribuyendo en palés, de diez en diez, para un posterior traslado a la fosa. Gracias a la nueva adquisición de la empresa del último modelo en carretillas elevadoras, el APILATOR 3000, ahora puede apilar los palés de cuatro en cuatro, sin comprometer el equilibrio, y no de dos en dos, además de permitirle volcar los cadáveres directamente en el agujero, con lo cual ya no tiene que hacerlo uno a uno, como cuando trabajaba con una simple transpaleta manual. No obstante, esto le produce cierta pena, ya que le han arrebatado el secreto placer de escuchar el sonido seco y compacto de cada cuerpo cayendo sobre los otros cuerpos, del llenado lento y progresivo, casi artesanal, del hueco. Ahora todo ocurre con estrépito, con un efecto de amontonamiento coronado por el mecánico ruido del motor eléctrico.