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El ganador

julio 9, 2014

“El hombre solitario es una bestia o un dios”

Aristoteles.

“Hoy es el día”, piensa cuando sale a la calle y se topa con el hedor que desde hace una semana sale de las cloacas. Ese hedor lo impregna todo. Hace días que la noticia salió en las televisiones y periódicos: esa plaza delimitada por cuatro bloques de tres pisos era un foco de infección. Nadie hacía nada. El hedor permanecía pero ya era una noticia pasada. En los días de más fresco el hedor no resultaba tan invasor. Pero es verano y nada más abrir la puerta del entresuelo entra por las fosas un aire caliente, dulzón, avinagrado, de huevo podrido, de fruta mohosa. Son muchos los que tosen y arrancan con prisas para salir de la plaza. Las ventanas están cerradas. Los niños no juegan al tobogán. El mismo ha comprobado como a la luz de las farolas el agua pudenta arroja al ambiente densos vapores.

El hedor amenaza asimismo el optimismo aparejado al “Hoy es el día”. En el piso y con las ventanas cerradas se puede respirar bien, se puede ser optimista y pensar que será un día inmejorable, lleno de pequeñas aventuras y quizás excitantes conversaciones con mujeres. Pero el martillo de las emanaciones no deja tiempo para pensar en lo bien que se estaba en el piso y solo hace posible un objetivo: cruzar la esquina conteniendo la respiración.

El optimismo que resta se topa con las salidas de la plaza cerradas por alambradas y grupos ataviados con trajes anticontaminantes. Algunos van armados y a ninguno se le puede ver los ojos: Más bien parecen salidos de una película sobre el fin del mundo. Es más, hubiera pensado que más que humanos son entes extraterrestres de no ser porque de uno de esos trajes una voz femenina le ordena ponerse la máscara, se tranquilice, vuelva al piso y cierre la puerta. Pregunta si puede quitarse la máscara una vez en el piso. En su piso es usted libre. No obstante, fuera de él está sometido a nuestra jurisdicción. Entonces el ente señala a los entes armados y después el camino de vuelta.

Puede comprobar que otros vecinos han tenido el mismo encontronazo que él. Entonces suena un silbato. Cuando se da la vuelta supone que es la voz femenina la que hace gestos para que se apresure en volver. Se da cuenta de que un ente le apunta. Aunque le hubiera gustado hablar con los vecinos para ver si sabían algo más obedece y sale corriendo. Es entonces cuando el fantasma del contagio aparece y con él las ganas de ver la televisión. Seguro que esos sí que saben algo, piensa.

 

Al encender la tele se encuentra con que no hay señal. Una pantalla azul. Sin mensaje. Todo es igual cuando cambia varias veces de canal. El teléfono tampoco tiene línea. Después mira por la ventana. Varios vecinos se han encontrado con los entes. Parece que piden explicaciones. Hay disparos al aire. Los vecinos huyen a sus pisos. Después los entes apuntan a las ventanas. Se agacha. Mierda. Piensa que todos están enfermos y que son contagiosos. Piensa que la enfermedad es brutal y por eso la actitud brutal de los entes. Entonces decide ir a los vecinos para preguntar como están, si se sienten mal, si han vomitado o les ha salido un bulto.

Decide ir primero a casa de Catalina, una anciana que apenas sale del piso y quizás no sepa nada del hedor. Muchas veces él le hace la compra y charlan un rato, sobre todo de los dolores de ella. Piensa que al ser la más vieja es la más débil y si se trata de una enfermedad agresiva puede ser la primera en caer. No obstante se para. Se trate de lo que se trate es algo contagioso, de lo contrario no habría trajes anticontaminantes, así que quizás Catalina ya esté sucia y él aun no, pues es evidente que no se siente mal, ni ha vomitado ni ha salido ningún bulto nuevo. Catalina ahora da miedo.

Piensa que si prueba con la familia encabezada por Durán, sanotes, que llevan en la sangre el gen del obrero sin bajas por enfermedad, los peligros sean mínimos. Entonces sorprende  a un grupo de entes tapiando la puerta de Durán. Solo se le ocurre decir lo siento antes de que una bala pase rozando la oreja e impacte en la pared. Sube corriendo y se parapeta en la habitación, con un cuchillo jamonero en la mano y temblando por su inutilidad. Espera. La tensión hace imposible saber si han pasado minutos u horas. No obstante, cada vez cree con más convicción que no le han seguido y empieza a tomar conciencia del paso del tiempo y de que nadie ha dado una patada en la puerta para aniquilarle.

Ahora también es consciente de que la oreja escuece. Se la toca. Mira la mano. No hay sangre. Aguza el oído antes de ir al lavabo y mirarse. Una raya roja traza el camino de la bala. Entonces escucha ruidos en la puerta. Se da la vuelta. Está más que resignado y decide entregarse en el salón. Si no le matan prevé que le van a pedir que se arrodille y ponga las manos en la cabeza. Lo hace antes de que entren. Pero nadie entra pese a que se siguen escuchando ruidos. Piensa que quizás los entes creen que está armado y hagan una entrada a lo grande, con explosivos y gases. Entonces grita que no va armado y que les espera en posición sumisa. Nadie entra. No es una trampa, estúpidos. Las rodillas empiezan a doler cuando concluye que nadie va a entrar. Decide entonces observar por la mirilla. Todo negro. Se alarma cuando cree que le han tapiado a él también. Un muro de metal aparece tras la puerta. Golpea con la palma de la mano. Él no está enfermo. El metal ni siquiera tiembla. Los ruidos afuera han cesado.

Le queda la ventana. La abre. Cree que puede hacer entender a los entes que él no está contaminado. Quizás la familia Durán y la vieja Catalina sí, eso no lo discute; pero que él no y que es una injusticia tratarlo como a los demás. La respuesta es que cierre la ventana y permanezca tranquilo en su casa. Es una respuesta dirigida a todo el vecindario, mediante altavoz y la misma voz femenina de antes. Pero se lo toma como algo personal. Ha pasado de temer por su vida a estar enfadado. Al tener la ventana abierta el hedor se cuela, así que no tiene más remedio que cerrar y acatar. Entonces se le ocurre que puede ponerse la máscara y tener la ventana abierta. No tarda en descartarlo, pues el hedor impregnaría toda la casa, además de que la perspectiva del hambre se le revela como nueva preocupación. Se acerca a la tapia de metal. Es completamente lisa y no hay ninguna ranura por la que puedan colar comida. Entonces se acerca a la nevera y hace recuento. ¡Maldita sea! Cuando pensaba que hoy sería el día lo hacía con la esperanza de conocer a alguien en el centro comercial, mientras realizaba la compra de la semana. Aún guarda la lista en el bolsillo.

Dado que la ventana es la única vía de comunicación con los entes decide preguntar quién le dará de comer. No tiene tiempo de comentar que hoy era el día que había elegido para abastecerse y que lo que le queda en la nevera solo son restos con los que puede tirar a lo sumo tres días. La respuesta son dos disparos que le silban las orejas e impactan en el retrato de su madre cuando tenía veinte años. ¡Mierda! Después la voz femenina repite mecánicamente que cierre la ventana y permanezca tranquilo. Ahora parece una grabación que salta cuando alguien abre la ventana. Cierra. Se sienta en el sofá. La pantalla azul del televisor cambia. Aparece un mensaje. En tu casa eres libre. Mira las paredes. Mira el retrato roto de su madre. Los agujeros de bala. Hubiera salido gustoso para denunciar que su libertad ha sido violada. El mensaje cambia. Afuera estas a merced de nuestra jurisdicción. A continuación aparecen unos dibujos esquemáticos que representan como se entra en la jurisdicción de los entes. La plaza. Eso es evidente. Un muñeco como el de las señales de tráfico muere acribillado en la plaza. Cómo se supone que todos están ahora tapiados, la próxima animación muestra que asomar la cabeza por la ventana es entrar en la jurisdicción de los entes. Esta vez el muñeco cae abatido por un único disparo en la cabeza. Los entes también están autorizados a resolver conflictos si se abren las ventanas, ya que dan pie a interpretar que el sujeto ha entrado en la plaza. Vuelve la pantalla azul.

Tras largo tiempo mirando la pantalla azul llega a la conclusión de que tiene ante sí la perspectiva del hambre y la perspectiva de la enfermedad. Que les hayan tapiado hace suponer que todos están enfermos, o al menos que consideran que todos están enfermos. Quizás se trata de una enfermedad asintomática, que ya les está corroyendo por dentro. Pero, ¿por qué no les hacen pruebas para intentar encontrar el remedio? ¿Por qué nadie les ha sacado sangre? ¿Es que piensan dejarles morir de hambre? ¿Es eso un remedio? Se levanta y mira la nevera. Un cartón de leche que la situación revela como medio vacío es el resumen de sus sentimientos. Después comprueba que no les han cortado el agua. Se toma un vaso. Piensa que puede racionar más eficientemente si reduce la comida a una o ninguna al día y disimula el hambre llenando el estomago de agua. Renovado de esperanza cree que si aguanta puede demostrar que está sano y quizás le saquen de allí, cuando crean que el peligro de contagio haya pasado. No obstante, se pregunta cómo pueden saber eso si decir algo por la ventana se sanciona con la muerte. Ahora cree que el objetivo es dejarles allí hasta que desfallezcan. No se puede vivir eternamente de agua. Él no cree en esas historias de ermitaños que solo beben de una fuente y pasan el resto del día meditando hasta morir con ciento treinta y cinco años. Se tumba en el sofá y mira preocupado la pantalla.

 

La pantalla arroja una imagen de los Durán reunidos en el salón. No hay sonido. Se puede deducir que están preocupados. No es habitual que los niños de esa familia no formen alboroto. Siempre los escucha corretear y gritar, sonreír y llorar, acusar y perdonar. Habla el padre, aunque para él solo mueve los labios. La madre, sentada, agita la pierna como si fuera una batidora y se muerde las uñas. Se pregunta cuanta comida tendrán, sin olvidar que son cuatro bocas. No obstante, no duda de que es una familia que puede durar mucho tiempo antes de desfallecer. Son arrogantes en la salud. Eso lo sabía antes de que los encerraran. Cuando se cruzaba con ellos en la escalera pensaba en la alegría de esos cuerpos, su fortaleza, la impermeabilidad a las bacterias. Entonces los Durán desparecen por unos segundos y puede leer un mensaje en el que le indican que dado que está en su casa y es libre puede cambiar de canal si así lo desea. Lo hace. Aparece la vieja Catalina tirada en el suelo. Piensa que si está viva al menos no se atragantará con la lengua ya que ha caído de lado. Mira con atención para intentar captar si respira. No obstante, al cabo esto parece imposible, pues la imagen parece tomada por una de esas cámaras nocturnas que lo revelan todo en gris emborronado. Los Durán en ese sentido eran más nítidos.

Ahora es una pareja. No sabe quiénes son y no le suena haberse cruzado con ellos en la plaza. Están discutiendo. Ella parece querer ir a la ventana mientras él se lo impide, a veces con empujones. Poco a poco ella parece calmarse, lo cual se demuestra como estrategia cuando él baja la guardia y ella puede colarse. Cae abatida. Ha sido un disparo certero en la cabeza. Apaga el televisor. Esta vez no ha visto caer a un muñeco. Los entes no dejan dudas. Tras dar varias bocanadas de aire se decide a encender de nuevo el televisor. El canal de la pareja arroja a los dos abatidos. Vuelve al canal de los Durán, que ahora comen con la cabeza gacha y le recuerdan que él también tiene que comer o al menos tomar tres o cuatro vasos de agua para saciar. Después prueba con la vieja Catalina, de la que está más que claro que ha muerto. Entonces decide comprobar cuántos canales hay. Algunas veces reconoce algún rostro, alguna familia de los domingos, a muchos niños y niñas que al salir del colegio se pasaban por el tobogán antes de encarar la cena. Deduce que cada canal corresponde a uno de los pisos que conforman los cuatro bloques de tres plantas que delimitan la plaza fétida. ¿Se trata de ver morir a los demás?

Se detiene en uno que conoce de vista y que todos los días coge el tranvía a las seis y media. Al desconocer su nombre él en el tranvía lo llamaba para sí el ojeroso. No obstante, siempre pensó que era un hombre con familia, sobre todo por lo bien que estaba planchada la ropa, y no, como está viendo ahora, un tipo solitario que llena la mesa de latas de cerveza. El ojeroso ha tenido la ocurrencia de poner una servilleta blanca en el palo de la escoba y agachado abrir la ventana para mostrarlo. Por el momento no se atreve a asomar la cabeza y habla. Intenta leerle los labios, pero no logra articular nada que se asemeje a unos diálogos de paz. En pocos minutos comprueba que los entes se han tomado la banderita como una provocación y lanzan una granada. El ojeroso muere despedazado. Cuando el humo se volatiliza la imagen arroja manchas en la quebrada lente de la cámara. Ahí no hay nada más que ver y reinicia la ronda. No tarda en toparse con otra situación extraordinaria. Esta vez es una familia. No está seguro si conoce a la mujer, con la que puede haber coincidido en la panadería. Al marido no lo conoce para nada y piensa que quizás es carne de los turnos de noche. Tienen cinco niños. Uno de los niños es un bebé y el padre lo lleva en brazos hacia la ventana. Con el niño por delante el padre parece creer que los entes no se atreverán con un bebé. Error de cálculo. La bala atraviesa al niño y al padre, que aun parece vivo. La madre se lanza sobre ellos para cubrirlos mientras los otros niños se van a las habitaciones. La ventana sigue abierta en clara violación de la jurisdicción. Hay dos explosiones. Una que puede ver y otra que supone ocurre en las habitaciones. Ya nadie se mueve. Apaga la televisión por unos momentos. Se le acaba de ocurrir que quizás no solo sea disuasión, sino también eliminación. ¿Pero por qué no acaban con todos de una vez? Más bien parece un concurso en el que no hay que acercarse a la ventana. Pero la ventana es la tentación cuando hay un bebé al que se le acaba la leche de farmacia o un diabético con solo una inyección de insulina. En un concurso de eliminación los primeros en caer son los enfermos y los débiles. La ventana, piensa embargado por la iluminación, es tabú para aquellos que pretenden ganar. Y él quiere ganar.

 

Los concursos de eliminación son también concursos de resistencia. En muchos pisos se ha decidido abrir la ventana como modo de finalizar, de abandonar. Aguantar es ganar. Los canales se han llenado de cadáveres. Los entes eliminan concursantes de dos formas: Disparo directo o granadas. Una vez abierta la ventana se castiga al perdedor. Pero la ventana también es la salida a la penuria del interior. Él mismo ahora tiene que lidiar con media chuleta de cerdo y un huevo. Los Durán parece que tienen una despensa con fondo. Ellos aguantan. Los únicos seres vivos que hay en la pantalla son los Durán. No obstante, nota a los niños apáticos y a los padres desesperados, aunque sin dar señales de querer acercarse a la ventana. A veces siente la impotencia de no poder eliminarlos él mismo. La victoria está tan cerca que le gustaría decirles a los entes que él mismo está dispuesto a lanzar una granada contra los Durán. Pero la ventana es la derrota. Hablar con los entes es regalar la victoria a los Durán. Tienen que ser los Durán los que se acerquen a la ventana, no queda otra, pero el tiempo pasa y calcula que la comida se acabará en los próximos dos días. El estómago ruge. Ya no se conforma con tres vasos de agua del tirón, pues lo mea de inmediato. Desear que los Durán sean eliminados acrecienta la desesperación que produce la falta de tiempo. Al menos ahorra energías viendo la televisión. Piensa que minimizar los movimientos del cuerpo alarga la resistencia. A veces cambia de canal para asegurarse de que no queda ningún concursante más y como modo de evitar la rabia creciente de no poder eliminarlos él mismo.

Solo cabe la sorpresa, piensa con tendencia a la derrota, ya que tal y como está la situación los Durán tienen ventaja. Comen caliente dos veces al día. Él empieza a sentirse cansado y nota que sus movimientos se han ralentizado, consciente de que la carencia la que empieza a hacer mella. Ha dejado de ser el favorito. Si la cosa continua como hasta ahora, calcula que en menos de una semana desfallecerá. Quizás no muera de inmediato y se quede por unos días tirado en el suelo, inmóvil, quebrado. Imaginándose de este modo piensa que quizás sea mejor abrir la ventana. La única esperanza que le queda es pues la sorpresa y el tiempo que le otorga el medio huevo que guarda para mañana o quizás con mucha disciplina para pasado mañana. Bebe. Desear la sorpresa no significa necesariamente que se vaya a producir, más bien lo contrario; pero si se produce, la coincidencia con el deseo desata un efecto de felicidad precedido por la expectación, y es esto lo que ocurre cuando uno de los chicos Durán empieza a convulsionarse. No puede distinguir bien si es Joselito, el que le saluda con sonrisa silenciosa en la escalera, o Gabriel, que siempre va detrás de la pelota en las tardes del parque. Nadie sabe cómo reaccionar. Primero los padres miran compungidos como los golpetazos del cuerpo se ensañan con el niño. Necesita atención médica, piensa. Tras la paralización inicial es el padre el que intenta sujetar al pequeño para que no se golpee la cabeza. La madre parece que grita mientras dice no con la cabeza. Estar cerca de la victoria y ser consciente de que vas a perder propicia que los actos se vuelvan desesperados y caóticos. El niño Joselito o Gabriel, es decir, el que ha quedado en pie, llora y se pega a la pierna de su madre, la cual, al notar el contacto se deshace del pequeño de una patada y se abalanza a la ventana para pedir auxilio. Entonces aparece confeti en la pantalla al tiempo que su rostro. No hay sonido. Hace muecas para comprobar si la imagen es en tiempo real. Está viendo al ganador, se está viendo a sí mismo. Levanta los brazos. Grita por la euforia. Siente que la victoria le estaba destinada. Entonces puede leer que el premio espera tras la ventana. El hecho del confeti no le hace albergar dudas de que le van a dejar salir. Están ustedes ante el ganador. No se escuchan aplausos pero el ambiente es de aplauso. El efecto de felicidad se acrecienta mientras se acerca a la ventana. Después siente un golpe seco en la cabeza.

The day

Sexo, dinero, drogas

abril 23, 2012

Una película a nueve francos, dos pajas, cuatro cincuenta cada una. Otra paja más supondría una mayor amortización de la película, pero ya no siente, la sangre ya no sube, mejor un vaso de leche. No obstante espera poder bajar el precio de la paja dentro de una hora, a lo sumo una hora y media. Aún faltan treinta minutos de película y la brunnette que mira como corta el césped su musculoso jardinero parece suficiente motivación. Se llama Olga, tiene 32 años y forma parte de la tercera historia del segundo volumen de “Ricas y ninfómanas”. El televisor muestra las comillas de pause en una esquina mientras Olga, tirada en la hamaca, abre lo suficiente las piernas como para enseñar que debajo de la toalla hay un cisma. No obstante, no siente estimulo alguno. Antes al contrario, el glande palpita y escuece, y rechaza cualquier nueva agitación. La excusa perfecta para rehuir una mayor amortización de la paja son unos gritos que se cuelan por la ventana.

Se asoma. Nada serio. Unos yonkis peleando, azuzados por la desconfianza y el egoísmo físico del síndrome de abstinencia. Escupe con la esperanza de darle a uno de los dos. Después es él el que grita, harto de que rompan la paz del vecindario. En un arrebato piensa coger el cuchillo jamonero y salir detrás de ellos. Piensa que si escarmenta  a uno la voz se correrá y nadie querrá pelear en su esquina. Pero los ojos semicerrados de Olga le frenan. Se acomoda en el sofá. Play. Olga se mueve, parece inquieta. El jardinero la mira de reojo mientras corta unos matojos. Ella se deshace de la toalla. Suda. Pause. Los putos yonkis vuelven a pelear. Esta vez parece que se están matando. Uno grita como si hubiera perdido al hijo. Va a la ventana.

Se asoma. Grita y amenaza con bajar y matar a los dos. Ni puto caso. Las ganas son las de ir a la cocina y coger el cuchillo jamonero. Se van a enterar. Sin embargo, escucha sirenas. Piensa que al fin alguien ha tenido cojones de llamar a la policía. Los yonkis parecen no escuchar y uno sigue pataleando al otro, sabiendo que una vez lo deje inconsciente se quedará con el corte que en principio iban a compartir. Mientras llegan o no llegan los gandules de la policía aprovecha para ir a mear. Cuando vuelve no duda entre la ventana o el sudoroso bikini de Olga. Parece que los gritos han terminado. Play. El jardinero se acerca a Olga para preguntarle si el césped es de su gusto o lo prefiere más corto. Olga responde que prefiere que le dé crema en la espalda, pues ella no llega bien. Mientras habla, Olga mira con avidez la cremallera del jardinero. Después se desnuda con naturalidad y se tumba en la hamaca. Pause. Cree haber escuchado un disparo. Aguza los oídos. La calle desprende un silencio inhabitual. Va a la ventana.

Se asoma. Puede distinguir el cuerpo tirado de uno de los yonkis, que se arrastra por el suelo, intentando alcanzar la pared donde apoyar la espalda. El coche patrulla está, pero no puede ver a los agentes. Al cabo los descubre parapetados en la parte izquierda del coche. Parece que están intentando adivinar dónde está el otro yonki. Piensa que si él hubiera bajado con el cuchillo jamonero no se hubiera llegado a esa situación, mientras también intenta adivinar dónde está el otro yonki, al que ve parapetado en un coche aparcado que hay en la acera contraria de donde empezó todo. Lo observa. Empuña una pistola. Piensa que lo más probable es que se la haya arrebatado a uno de los agentes, pues más bien parece uno de esos yonkis que ya han empeñado todo lo que tienen. De pronto grita para delatar a los agentes la posición del yonki. Se escuchan sirenas. Esos cobardes han pedido refuerzos. Un impulso le lleva a empuñar el cuchillo jamonero para acabar con los policías, por cobardes, por pedir refuerzos en una clara situación de ataque ventajoso cuando la piel desnuda de Olga se le ofrece con intensidad. Se acomoda en el sofá. Play. El jardinero se restriega sobre el culo de Olga a la vez que masajea su espalda. De pronto ella se da la vuelta y le pide crema en los pechos, mientras se decide a desabrochar la cremallera del jardinero. Pause. Está claro que han sido tres disparos y piensa que quizás los policías se han decidido a atacar. Va a la ventana.

Se asoma. El yonki armado se desangra mientras los dos agentes le dan puntapiés para ver si se mueve. Llega una ambulancia que atiende al yonki que había sido pataleado previamente. Nada grave, ningún hueso roto, solo los dos dientes que le quedaban han saltado, de ahí la profusión de sangre en la boca. Piensa que si él fuera uno de los médicos en lugar de vendas utilizaría el cuchillo jamonero como un servicio sanitario especial, como un servicio sanitario de eliminación de basuras especiales. Pero no, nadie se atreve y esos cobardes solo salvan vidas que ya no valen nada. Tiene ganas de agarrar el cuchillo jamonero y acabar con aquellos que salvan vidas inútiles. La cocina esta cerca y se dirige a ella arrebatado por el ahora o nunca. Pero la boca de Olga le frena. Play. El jardinero ha dejado atrás cualquier formalidad, experto en mujeres, toca e introduce a la millonaria en la pérdida total de conciencia. Olga grita y pide, tan acostumbrada a dar órdenes a la servidumbre, que los gemidos a veces parecen arengas de capataz, lo que hace que el jardinero empuje con más fuerza. Pause.

Una película nueve francos, tres pajas, tres francos redondos cada una. Ya no cree posible amortizar la película. Al menos por hoy. Considera ideal llegar al franco cincuenta. Pero hoy no puede ser, pese a la rubia que espera en los últimos quince minutos del segundo volumen de “Ricas y ninfómanas”. Mejor irse a dormir y recuperar fuerzas. Pero antes se acerca a la venta. Se asoma. Del jaleo solo queda la silueta del yonki dibujada en el asfalto. Piensa en lo mucho que se hubiera ahorrado si él hubiera bajado con el cuchillo jamonero. Pero ahora es demasiado tarde. Antes de irse a la cama se cruza con los juveniles ojos de Candela, cuarenta años, que mira a su anciano marido con insatisfacción, mientras comen en una de esas mesas que en lugar de acercar separan. Piensa que es una buena oportunidad de bajar el precio a dos con veinticinco francos. Stop. Todo eso ocurrirá mañana, piensa mientras bosteza.

Interior

noviembre 27, 2009

El interior es una amalgama de roces, tocamientos, olores, hedores, humedades, respiraciones, conversaciones fragmentarias, trajes de poliéster y chaquetas de algodón. Los que están sentados en los asientos cercanos al pasillo reciben los tocamientos no intencionados de traseros y braguetas. Hay un chaval que piensa que ha tenido suerte y desea que los frenos se activen más a menudo. Hay una mujer que mira hacia la ventana, medio tapada por alguien que está sentado junto a ella, para no tener que enfrentarse a una cremallera desabrochada y la visión de unos calzoncillos con flores amarillas fosforescentes. Los que están sentados al lado de las ventanas huyen de la densidad observando el exterior como un lento travelling de carne, hormigón y metal. Por megafonía se anuncia que dentro de la campaña patrocinada por el Estado, EDUCA TU OÍDO, van a ofrecerse unos minutos musicales. Suena una serenata. Por megafonía se realiza una pregunta. El ambiente se llena de nombres que circulan por bocas, oídos y pensamientos. Bach, Mozart, Vivaldi, Sallieri, Bethoveen, Ennio Morricone, Sex Pistols, No me pises que llevo chanclas, Van Halen, Van Gogh, Maradona… Los trasvases que se producen en las paradas no provocan un alivio del espesor. Tan solo se cambia el tatuaje de un dragón rojo por una mejilla con purpurina, puntos negros por un unos labios morados y gruesos, uñas con roña por ennegrecedoras pupilas dilatas, emergentes pelos de rasuradas axilas por dientes amarillentos que marcan el retroceso de las encías. Hay quien busca una percepción de soledad y posa sus ojos en el anuncio de trabajo de la policía, en el de una academia de lenguas, en las páginas chillonas de un periódico gratuito, en el botón de una chaqueta, en el suelo, en un bocadillo de tortilla. Por megafonía se anuncia que las líneas 13, 45, 78, 27 y 84 han visto su tráfico interrumpido por causas ajenas a la compañía, pidiendo disculpas por las molestias. Varios cuerpos resoplan con exasperación. Esto no puede ser, siempre igual, algún día no voy a pagar el puto billete, al final me van a obligar a venir en coche, seguro que ha sido algún loco que se ha arrojado a las vías. Por megafonía se anuncia que la normalidad se reanudará en un tiempo estimado de treinta minutos, volviendo a pedir disculpas por las molestias. Algunos se apresuran a coger sus móviles. Algunos llegan tarde, algunos están en el filo y en la duda sobre si llegarán tarde o no, otros no tienen prisa. Balanceo de los cuerpos cuando la marcha se reanuda. Las carnes presionando otras carnes. Una mujer ha probado el sabor salado de una espalda sudada. Un hombre ha pisado a un niño que rompe a llorar rabiosamente mientras la madre intenta calmarlo con voz nerviosa y afrentada. Un adolescente piensa en los granos de su cara y en el involuntario hombro que los restriega. Un café solo doble se ha volcado sobre una camisa blanca. Un tímido eructo suena cerca de una oreja. Últimas disculpas cuando se detienen en la última parada, antes de la última batalla. Empujones, pisotones, esperas, cedidas de paso, más roces y pequeños golpes cuando las puertas se abren. El transporte público tan solo tarda en rellenarse unos veinte segundos y arranca con el vector de dirección contrario. Por megafonía se anuncia que dentro de la campaña patrocinada por el Estado, EDUCA TU OÍDO, van a ofrecerse unos minutos musicales. Suena un Allegro.