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La tela de araña

julio 3, 2015

Antes de ir a dormir se da cuenta de que en el techo, justo encima de la parte de almohada en la que duerme normalmente, pende el hilo de una araña. Piensa en matarla, pues teme que mientras sueña, con la boca abierta por los ronquidos, el hilo se rompa y se atragante con la araña o lo que es peor, le dé un picotazo en la garganta. Sin embargo, cuando se pone de pie sobre el colchón, con el pañuelo de papel en la mano para aplastarla, se da cuenta de que no alcanza. Piensa en ir a por el aspirador y tragarla, pero al cabo la pereza le vence, pues tiene que ir al trastero, recoger la máquina, sacar el cable, enchufar, apuntar y tragar, recoger el cabe, ir al trastero, dejar la máquina y volver a la habitación. Reconoce que el hilo parece frágil aunque en realidad son muy resistentes. Así, cree que una noche podrá soportar a la araña y se conmina a succionarla al día siguiente.

Con las prisas porque llega tarde al trabajo se olvida de la araña y cuando vuelve a la tarde está demasiado cansado y preocupado por tomarse una ducha y preparar la cena mientras ve la televisión. Solo cuando va a la habitación y la ve recuerda que se había dispuesto a acabar con ella. La observa. Parece que nada ha cambiado. El hilo no es más largo ni más corto. Se pregunta si habrá cazado algo. No parece. También se pregunta si ese es el mejor sitio para que una araña atrape a los bichitos. No parece una araña gorda. Movido por la curiosidad la deja vivir una noche más. Eso sí, esta vez decide dormir en la otra parte de la almohada por si el hilo se rompe.

Como siempre, se ha quedado dormido y las prisas por no llegar tarde al trabajo le impiden descubrir que la araña no está. Tampoco percibe el picorcillo en el odio, en la parte más profunda del canal auditivo, picorcillo que surge de un leve rascar. Rac rac. Que no lo perciba no impide que de vez en cuando, ya en el tranvía, mientras lee el periódico gratuito, el cuerpo reaccione e introduzca el dedo meñique en la oreja. Saca algo de cera, que deja pegada en las páginas del periódico, nada más. El picorcillo, el rac rac, podría calificarse como placentero si fuera consciente de que existe, pero está tan atareado que no se deja atrapar por el gusto. Tampoco en la pausa del mediodía repara y solo lo hará después de llegar a casa, de ducharse y comer, cambiar de canal, sentir que el sueño vence e ir a la habitación. Entonces tomará conciencia de que la araña no está.

No sería justo hablar de pánico, pero va al baño en busca de un bastoncillo. Hurga. Mete. Saca. Solo cera. Pero sigue escuchando el rac rac. La pregunta por la higiene no le permite tomar conciencia de que hay un pequeño placer en el picorcillo. Decide entonces taparse la nariz y cerrar la boca y espirar con fuerza. Nada. Entonces piensa que es una estupidez creer que la araña se ha colado por el pabellón auditivo. Allí dentro no hay posibilidad de montar una tela y esperar que lleguen las moscas y los mosquitos. El rac rac debe de ser otra cosa, quizás un pelo que se ha ido hacia dentro y se mueve cada vez que menea la mandíbula. Entonces tiene la idea de cazar él mismo un mosquito y acercarlo a la oreja. Quizás, ante la manca de alimentos en la cueva auditiva, si hay araña ésta se decida a salir a por el pan. Lo hace frente al espejo, en una posición incómoda, para ver. Después deja el cadáver del mosquito en la cavidad y espera.

 

Es invierno y los bichitos se han terminado. La falta de experiencia en el cuidado de arañas no le hizo prever que necesitaba almacenar alimentos para cuando llegara el frío. La araña lleva tres días sin comer. Hay que decir que a medida que ha ido alimentándola el picorcillo se ha convertido en picor y con ello el placer que siente con el rac rac, sobre el que se concentra una vez ha terminado de trabajar y se acuesta en el sofá. Ya no puede imaginar su vida sin sumergirse en el rac rac, el cual se extiende por todo el cuerpo y lo atrapa en un orgasmo continuado. Después se duerme. Pero tres días sin comer han disminuido la potencia del rac rac, el cual ahora resulta insatisfactorio. Quiere una araña grande, sana, no raquítica. Una araña que rasque la orejita con potencia. Una vez preparada la cena se pregunta si puede ir a una tienda para animales. Allí venden bichitos y puede ser una solución eficaz. Pero eso será mañana y tiene que encontrar una solución inmediata. No puede tolerar que la araña esté una cuarta noche sin comer. Prepara la cena. Después de dar el primer bocado al filete de cerdo a la plancha que se ha preparado decide cortar un trocito pequeño y posarlo en la entrada del oído. Espera. Entonces siente como asoman las patitas.

Al principio la carne a la noche pareció funcionar y creyó que la araña volvía a tomar brío. Pero esto no fue más que un espejismo, pues al cabo de dos o tres días notó una caída de peso en la araña y ahora el rac rac vuelve a ofrecer un placer insuficiente, en el cual apenas puede sumergirse y dejarse llevar para así alcanzar la línea continua del nervio excitado y relajado. También ha probado con los bichitos de la tienda de animales. Pero nada. Después de reflexionar mucho entiende que lo que la araña necesita es alimento cazado. Esto parece probarlo los días de verano, cuando les quitaba las alas a los mosquitos y la misma araña daba el estoque final. Esos meses fueron los meses de mayor disfrute, donde sentía jolgorio por llegar a casa y por fin dejarse atrapar por el rac rac. Se lamenta de que no haya bichitos que cazar. Sin embargo, que la araña se mostrara receptiva a la carne le hace pensar que bien pudiera hacerse con una paloma de parque y ofrecerla a la compañera.

Las palomas del parque funcionan bien durante un tiempo y puede decir que ha disfrutado de un placer mejorado con respecto a los mosquitos del verano. Sin embargo, parece que la araña se ha cansado de la paloma y el rac rac vuelve menguar. Es cierto que siguen asomando las patitas cuando él acaba con las palomas en casa y corta el trocito de carne. Pero no nota la ilusión de los primeros días y parece que todo se ha convertido en rutina. Cierto que el espectáculo de la sangre puede resultar atractivo para un cazador, piensa. Pero con el tiempo el cazador quiere probar sus cualidades, disparar sus armas, utilizar sus triquiñuelas. La pregunta surge donde puede conseguir carne que la propia araña pueda cazar, al tener en cuenta de que se trata de una araña pequeñita cuya tela no va a poder atrapar cuerpos vertebrados.

Ha resultado un poco más complicado de lo esperado, pero al final el yonki que ha elegido como presa yace en el sofá, inconsciente. Se asegura de que todavía respira, de lo contrario todo resultaría vano. Entonces acerca la cabeza al cuerpo y da unos golpecitos en el lóbulo de la oreja. Las patitas asoman y a tientas buscan el trocito de carne diario al que está habituada. Asoma la cabeza cuando descubre que no hay carne. Después se lanza sobre el cuerpo, como si hubiera comprendido de inmediato. Hermosa araña negra, piensa. Entonces recorre con velocidad el tronco y sin apenas advertirlo se cuela por la boca. Al cabo de unos minutos el yonki parece que se ahoga y se lleva las manos al cuello. Tras varias arcadas y un poco de espuma blanca, muere. Piensa que la hermosa araña negra puede ella misma arrancar los trocitos de carne, saborear mientras los desgaja. Mientras espera que se sacie, reconoce que el yonki era un experimento y que deberá mejorar la calidad de la carne, centrarse en presas más jóvenes y saludables. Sin embargo,  es un primer paso exitoso y que da con la llave de la felicidad, ya que después se devela un rac rac alegre, poderoso, sagrado, que con paciencia le guía por diferentes estados extáticos que le transforman y le hacen tomar conciencia de ser la tela de la hermosa araña negra.

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Laboratorio

enero 14, 2014

Eructa y le entra la alegría. El sabor del gulash retorna, más amargo, más bilioso, pero con reminiscencias del festival de calor que ha disfrutado hace unos momentos, antes del yogurt, antes de la ensalada. Paladea en un intento por retener el sabor. Sin embargo, éste se diluye. No importa. No todo puede ser disfrutar y ahora tiene que limpiar la vajilla que ese mismo gulash ha ensuciado. Un sucesivo eructo, mientras pasa el estropajo por el plato, combina el gusto por el trabajo y el paladar. No obstante, esta vez, antes de que el sabor se diluya queda un resto de acidez significativamente molesta. Mejor tomar una pastilla, ya que teme que una escalada de eructos provoque un ardor que no le deje dormir y propicie pesadillas en la duermevela.

Acostado en el sofá cambia de canal sin un objetivo definido. Eructa. No siente alegría. El sabor es ahora demasiado agrio. Otra pastilla. Gotas de sudor se escurren por su frente. Recordar ahora el gulash es sumergirse en lo desagradable, en la repulsión que provoca la imagen de la lata recién abierta y los trozos de buey apegados a una masa granate que pide calor antes de parecerse a un caldo. Cada cucharada en la memoria es una llamarada en el estómago, una arcada, una advertencia del cuerpo de que aquello en lugar de hacer bien perjudica. Se revuelve en el sofá. Tiene calor. Pero no es el calor que buscaba cuando cogió la lata en el supermercado, un calor contra el invierno. Es en cambio un calor afiebrado. Cambia de canal y vomita cuando reconoce el anuncio de la lata de gulash que ha consumido.

Cree que ha perdido el sentido. Tiene la sensación de que han pasado horas a través de un agujero negro. Sigue afiebrado, pero ahora se ríe. Cree que se siente mejor. Pero una llamarada en el estómago le retuerce y de pronto cree que la piel bulle, sobre todo la de la cara. Nota las burbujas. No hay motivos para reír, piensa, atrapado por la blanca dentadura de una tenista que anuncia un dentífrico. Después se mira los brazos. Ahí no hay ebullición. Es la cara. La puta cara. Tiene que mirarse al espejo. Al menos puede tenerse en pie. Cree incluso que camina con soltura. Se mira. La cara tiene el color del chile. Se toca. Todo es duro y quieto. Pero siente el burbujeo interno. Siente que debajo de la costra la lava se remueve violenta. Llaman al timbre. Bendita la hora. Sea quién sea cree que va a poder ayudarle. Tropieza antes de poder abrir. Pero eso no importa, pues sea quién sea la ha derribado y entrado en bandada.

Caso índice. Primeras impresiones: Temperatura cuarenta y cinco grados. No presenta convulsiones y es preso de una excepcional y agresiva energía. Como primera hipótesis cabe relacionar la fiebre con la agresividad. Los análisis del continente han revelado que ha sido el consumidor final de las muestras determinadas como foco, las cuales cabe calificar como válidas al menos en sus fases iniciales. Cabe determinar el caso índice como caso primario.

Se oye un respirador. El pitido que dibuja la línea en picos del corazón. Abrir los ojos significa abrirse a dos rostros enmascarados que parecen secar el sudor. El primer impulso es atacarlos, directo al cuello, desgarrar la yugular y escupir el trozo de carne. Los picos del corazón se han acelerado. Inyección de energía inútil por una correa que ata muñecas, tobillos y pecho. La máscara del respirador ahoga el grito. Siente una mano en la frente que presiona. Es una advertencia. Es información. Todo es inútil. Estarse quieto es lo mejor. Nota un pinchazo en el brazo. ¿Le están sacando sangre o le están metiendo algo? No puede saberlo. Lanza una dentellada que nadie percibe. Quiere lanzarse al cuello, a los cuellos. Desgarrarlos. No comerlos. Escupirlos. Notar la sangre fresca en la lengua. Solo eso puede atenuar el calor.

Se oye un respirador. Cree que ha dormido porque no recuerda nada y tiene la sensación de que han pasado horas. El corazón se acelera. Ya no son solo los cuellos. Quiere ser rociado por la sangre. Los muslos, los brazos, los corazones. Quiere carne roja, fresca, que aun no esté muerta. Pero las jodidas correas lo impiden. Es el calor, que se concentra en la boca y en la imagen de una ducha fría liberadora. Pese a la máscara, pese a que no ve, huele la sangre corriendo en el vital circuito cerrado. Es un deseo. Un deseo que acepta, sin reflexión sobre la conveniencia de dejarse vencer o no, de seguir la norma o irse a la cama con otra mujer. Ese deseo es tan natural como el germinar, el verdear, el florecer. Y si algo mueve al pensamiento es en como librarse de las correas para satisfacerse. Pensamiento estratégico. Déjales creer que te han vencido.

Se oye un respirador. Rabia y paciencia. Rabia larvada, que a medida que pasa el tiempo crece en potencia y cree que lo puede todo. Es muy difícil mantener la paciencia. El deseo es un reclamo de los cuellos, de la carne. La rabia es fruto de la recompensa por venir. Pero es muy difícil mantener la paciencia cuando kilotones de deseo se agolpan en el limitado espacio del corazón. Hay momentos en que cree que hay cantidad de rabia suficiente como para romper las correas. Pero no se atreve a desperdiciar energías porque no está seguro de que puede hacerlo. La conservación de la energía es importante porque la energía es importante para satisfacerse. Pensamiento especulativo. Llegará el momento en que toda energía encuentre una salida. Se relame. De pronto las correas ceden.

Caso primario. La temperatura corporal permanece estable, en torno a los cuarenta y cinco grados. La energía, no obstante, parece acumularse. Segunda fase después de la inoculación. Contrariamente a algunas hipótesis, no se ha producido una destrucción del mobiliario. La validez de las muestras en la segunda fase sigue intacta. El poseer un solo impulso, que cabe imaginar una intensidad sedienta, hambrienta, no ciega por completo el raciocinio.

Estar libre no significa cumplir el deseo. La esperanza de la carne que ofrecían los dos hombres enmascarados se ha esfumado. Esta solo en la habitación. Grita. Después busca la puerta. Pero allí parece no haber puerta. Solo cristaleras. No hay una silla que arrojar. Solo la camilla de la que se ha liberado. No hay nadie al otro lado. Prueba con los puños los cuales solo aciertan con la intuición de que esos cristales necesitan algo más que una silla para quebrarse. Sabe que gritar es inútil. La energía sigue acumulándose y opta por sentarse. Si les hace creer que se ha tranquilizado quizás logre que se acerquen. Entonces atacará. Se relame. La sangre bulle. Entonces piensa en morderse a sí mismo. Solo un trocito que revele la verdadera dimensión de lo que le espera al otro lado de la cristalera. Pensamiento fantasioso.

No, esto no puede ser. Ha habido satisfacción, cierto, pero no con la intensidad esperada. La energía crece. Ha sido solo un apunte que ha incrementado las ganas de carne ajena. Se mira el tajo. El rojo le pertenece. La sangre brilla. Es un reclamo. La sangre es lo que se oculta tras la piel. Necesita liberarla. Pero no su sangre, sino la sangre ajena. Nada le parece más revelador que los trozos de carne flotando en un cuenco de sangre. Hay que derramar el cuenco y ver como la sangre establece sus propios caminos. El sabor. Los dientes manchados y la cara salpicada. El sabor es la satisfacción del libertador. El deseo aprieta. Esto es solo la imagen de lo que le espera. La presión sanguínea directa a la lengua, al paladar, a la exquisitez.

Se vuelve a morder. El tajo es ahora más grande. Un poco cercano al anterior. Quiere demostrar algo. Piensa que los hombres enmascarados vendrán para impedir que se autolesione. Intuye que quieren protegerle. Intuye que en algún momento le darán la carne que pide. Ahora muerde el otro brazo. Aquí parece haber alcanzado una vía importante y la sangre chorrea. Se recrea. Observa como los latidos marcan el ritmo de la liberación. Pero la curiosidad no llena el deseo. La satisfacción viene a través del otro. Mira a las cristaleras y pide. No suplica. Pide como un derecho que los dioses deben dar al elegido. El hijo pide ser alimentado por el padre, de lo contrario, el destino inexorable para el que ha sido creado no será llevado a cabo. Se muerde el muslo. Un bocado grande que no desgarra la femoral pero que la muestra, latiendo. Pensamiento religioso. ¡Oh, Padre! ¡Dame lo que me ha sido prometido!

Caso primario. La temperatura se mantiene estable en torno a los cuarenta y cinco grados. La unilateralidad del impulso lleva a buscar formas alternativas de satisfacción, lo cual explicaría las autolesiones. Pese a la pérdida considerable de sangre no cabe temer por la vida del huésped. La energía y la rabia se mantienen estables. La fiebre mantiene la vida. Llegados a este punto, consideramos necesario, conforme a la disposición 66.6, pedir autorización gubernamental para iniciar la siguiente fase de experimentación.

Mira el cuerpo despedazado. Pide y te será dado. Se relame. Mira como la sangre corre, ahora mansa, después de las convulsiones finales del corazón. Ha llegado un momento en el que ha dicho basta y ha chasqueado los dientes. No está seguro pero el momento ha coincido cuando el cuerpo ha dejado de gritar y retorcerse. Ahora yace y no le apetece. El deseo es de carne que responda, que resista, que luche por mantenerse con vida. Morder hasta el último latido del corazón. Pero la satisfacción es momentánea. El hambre vuelve. Ahora con el recuerdo de los buenos tiempos, del maná sanguinolento, del edén revelado. Una sola pieza no basta. Quiere más. Aquello solo es el aperitivo. Un Dios de los excesos soltaría más de diez piezas en la habitación. Recreo. Bocados indiscriminados que siempre aciertan con el objetivo. Mira la puerta. Se relame.

El otro cuerpo empieza a moverse. El otro cuerpo se levanta con el cuello desencajado y las tripas saliendo por el boquete del estómago. Una compañera no le vendrá mal. La sangre liberada provee de reclutas. Sin embargo, sin piezas no hay nuevos reclutas. Se relame. El hambre permanece bajo el supuesto de que morderse a sí mismo ya no sirve para llamar la atención. La energía crece. Mira la puerta. Ábrete. Ábrela. Abridla. Dios no puede hacer una pareja sin hacerla proliferar. Necesitamos hijos. Necesitamos un ejército que rompa el cuenco. Necesitamos mano de obra que despedace siguiendo la línea de producción. La línea de producción del deseo, que no cesa, que persiste y que no permite una duda. Pensamiento social. Provéeme de un rebaño.

La imagen de una posible matanza aumenta la intensidad del hambre. Su ejército contra la sangre clausurada. Liberar y sumar. Aumentar. Cuerpos despedazados guiados según un deseo. Del rebaño a la manada. De la manada a la superpoblación. Si se unen a mí no se unen a ti. Son míos. Buscan lo mismo que yo pero sin la conciencia de ti, de vosotros, los cuales no sois más que trozos de carne que aprisionan torrentes de sangre. Pero la posibilidad del ejército depende de la posibilidad de la puerta. Mejor que esto no lo sepáis. Mejor callar aunque el hambre apriete. Pensamiento conspiratorio. Quizás un cabezazo contra la puerta ayude. El cristal se mancha. No advierte grieta alguna. La energía crece. La compañera ha comprendido y también se lanza contra el cristal. Protege a tus hijos de sí mismos y dales las llaves del edén. Se relame.

Casos primario y secundario. Temperatura en torno a los cuarenta y cinco grados. Cabe determinar que la infección se produce por mordedura, aunque sin descartar otras vías, lo cual puede confirmarse en posteriores pruebas. La fiebre y la rabia se manifiestan, salvando la diferencia de edad y sexo, sin variaciones significativas en ambos cuerpos. Llegados a este punto se recomienda la neutralización de ambos casos y con ello pedir autorización gubernamental, conforme a la disposición 66.6, para la obtención de un nuevo caso primario que pueda ser comprendido bajo la luz de la autopsia de los casos originarios.

Carne

junio 7, 2010

Comer carne barata es un imperativo presupuestario, de modo que siempre atiende en la gran exposición de la carnicería del supermercado al refrigerador que contiene un batiburrillo de bandejas con carnes a punto de caducar, provenientes de ganado alimentado con piensos industriales de bajo coste o tratados con clembuterol. Pueden verse costillas, brochetas, lomos, paletas, entrecots, salchichas, callos, hamburguesas, muslos, pechugas. Coge una bandeja, la observa, mira la etiqueta, la vuelve a dejar. Había una deriva azulona en los bordes que no le ha convencido, a pesar de que el precio era increíble al tratarse de un lechal. Decide escarbar y buscar por los bajos, aunque la experiencia le dice que a más profundidad peor calidad. Se lamenta de haberse levantado demasiado tarde, pues está convencido de que unas horas antes las bandejas de las superficies ofrecían exquisiteces que ya han sido esquilmadas por otros consumidores. Queda lo peor, se dice, y se reprende a sí mismo por esos días de somnolencia que no sabe vencer, dejándose atrapar por ese placentero tacto de las sábanas que con benevolencia seducen con nuevos sueños, a pesar de un Sol que atraviesa los visillos y los párpados cada vez con mayor contundencia. Se considera afortunado cuando encuentra una bandeja familiar de muslos de pollo que brinda veinte piezas por tan solo seis euros y que tiene un tono amarillento que bien podría poner en duda la catalogación de carne blanca. Piensa que pude disimular la posibilidad de mal sabor cocinándolos con salsas que contengan mucha cebolla y ajo, aunque las dos primeras piezas ya ha decidido hacerlas a la plancha para valorar la realidad del sabor y despejar algunas de las dudas que suscita. Para acompañar se le ocurre comprar tomates, cortarlos en rodajas y después añadir una pizca de sal y unas gotitas de aceite de oliva, del cual conserva más de tres dedos de un litro que compró meses ha.

Abre el buzón. Desde hace un mes hay una carta que espera con especial motivación y al fin la ha recibido. No la lee en el rellano del bloque y sube las escaleras con premura. Una vez en el sofá la abre con precipitación y ganas, rasgando levemente el contenido. Hace un mes solicitó una visita guiada al matadero municipal y comprueba emocionado que la respuesta es afirmativa. Asimismo, adjuntan un número de teléfono en el que piden que confirme la asistencia para dentro de dos días y también escoja entre una visita que abarque el proceso completo o si solo prefiere ceñirse a los momentos importantes del despiece. Marca la opción uno.

Ha tenido la fortuna de seguir el destino de una partida de terneros lechales. Es plenamente consciente de que los dos solomillos que prepara en la sartén con una rayita de aceite de oliva y la carrillada que se cuece con una salsa de espárragos de sobre, han formado parte de uno de los ejemplares descargados en el corral previo al sacrificio, a las ocho cero cero, y que al final de la visita le han dado como suvenir. Guarda fresco en la memoria el momento en que dos operarios, enmascarados y vestidos con monos impermeables blancos, transformaban el inicial caos de balidos en un extraño silencio después de que uno de ellos inmovilizara al ejemplar que tenía más a mano para así facilitar que el compañero pudiera colocar las pinzas aturdidoras en la cabeza e inmediatamente después colgarlo de las dos piernas en una cuerda corrediza que lo llevaba hasta un tercer operario, que con certero tajo en el cuello lo desangraba en segundos. Desde ese momento los terneros se agolparon todos en dirección a la puerta, apretándose contra la pared, callándose de manera repentina, paralizados, buscando confundir los cuerpos individuales en el monocromo cuerpo de la manada y, paradójicamente, favoreciendo con ello la labor de los operarios. Mientras degusta la carne tierna, que se deshace en la boca apenas es tocada por los dientes, supone la posibilidad de que aquel miedo ante lo inevitable, de que ese inútil instinto de conservación que se resuelve en terror cuando ya todas las puertas están cerradas, es una contribución necesaria al delicioso sabor en el que ahora se regocija. Vuelta y vuelta. La carne más fresca sería entonces la que guardaría mayor condensación de ese condimento tan especial que es el miedo.

El regreso al frigorífico de las ofertas ha supuesto un duro golpe, sobre todo si se tiene en cuenta que tan solo le ha convencido una bandeja de kilo de lomo de cerdo adobado en el que resalta una sequedad espantosa. Es plenamente consciente de que en esa carne esmirriada ya no queda un ápice de miedo y que tan solo cabe esperar un masticar largo y disgustado, como de chicle.

Pasear por el pulmón de la ciudad siempre le ha ayudado a definir sus deseos. El kilo de lomo adobado ha tenido como consecuencia una diarrea persistente y la necesidad de consumir alimentos que ayuden a cortar la deshidratación. Nada de carne y mucho pan tostado. Urge calidad. Urge continuidad en la calidad, pero los ingresos no dan para más. Como forma de obligarse a cambiar se ha dado un plazo de seis meses para acabar con las visitas al refrigerador de las ofertas. Rumia.

Cruzando la calle ha sentido un golpetazo en el hombro. Cuando abre los ojos sabe que está en el suelo. Se siente aturdido, pero no lo suficiente como para impedir que se levante y vea que hay otro cuerpo en el suelo. Al parecer iba en una motocicleta, cuyo guardabarros, en la caída, ha tajado el muslo. Parece obra del perfecto carnicero, que en un corte sin interrupción ha provocado la extensión de la carne, la expansión en filete de unos músculos primigeniamente recogidos sobre sí mismos. Cuando el cuerpo intenta incorporarse toma conciencia del nuevo estado de su muslo, entrando en una fase de terror histérico que se va apagando a medida que se desangra. Mientras mira la aun palpitante incisión, toma plena conciencia de que en esa carne se condensa un alto porcentaje de miedo, quizás el máximo porcentaje que puede contener una carne, pues es el hombre el animal que más miedo siente ante la muerte. Después de responder a las reiteradas preguntas de otros testigos que está bien, decide seguir sus consejos y se deja caer de nuevo en el suelo, a la espera de que lleguen las ambulancias, bajo la preocupación de posibles daños internos. Cierra los ojos. Las sirenas se acercan. Se siente calmo y piensa en el cuerpo de al lado, conjeturando que es la carne con el sabor más exquisito que puede encontrarse en el mercado.

Abre el buzón. Después de mucho pensarlo decidió mandar una solicitud para hacer un curso de oficial carnicero. Recibe con alivio una respuesta afirmativa. Empezaba a creer que nunca dejaría de acudir al refrigerador de las ofertas, cuya última adquisición es un hígado que ha conservado las esencias de todos los fármacos que le han inyectado y que ahora mastica con mohines de asco, mientras calcula que en dos meses estará preparado para hacerse con la primera presa.

Corte en el cuello con la pieza bocabajo y desangrado rápido. Decapitación y amputación de manos y pies. Se dice que debe aprovechar los sesos, quizás también la lengua. Escaldado. Evisceración. Se dice que debe conservar el hígado, los riñones y quizás el corazón. División en carcasas y finalmente cortar y deshuesar, privilegiando la formación de filetes de trazo grueso que se presten para favorecer una superficie quemada y un interior sangriento cuando se cocine a la plancha, sin descartar la vistosa fuente de costillas que aguarda jugosos trozos de grasa y músculo. Se dice que la presa debe ser consciente en todo momento de que va a morir, y de que va a morir colgado bocabajo, lo cual espera que provea a las células de la ansiada plusvalía del miedo. Lo que no vaya a ser comido de inmediato piensa que es mejor congelarlo.

Es plenamente consciente de que las dos primeras presas tan solo han servido para mejorar algunos elementos logísticos que no había previsto, tales como la compra de una pequeña sierra mecánica que corte el espinazo limpiamente y sin esfuerzos o la compra de un recipiente mayor para la caída de la sangre, pues nunca imaginó que hubiera más de dos litros y medio. También ha desvelado una gran ventaja económica, pues ha conseguido la soberanía alimenticia, de modo que el poco dinero que gana se ha convertido en mucho dinero. Solo el sabor ha sido decepcionante. Se recrimina haber creado demasiadas expectativas con la carne de un borracho que nadie iba a echar de menos o la de una vieja que vivía solitaria en el último bloque de pisos de la ciudad. Presas fáciles con las células deterioradas y cuyo miedo no fue exaltado, sino resignado, como un remanente físico ante la vida embocada en la desesperanza. Cree que ha llegado el momento de pasar a perfiles más arriesgados. Cree que ha llegado el momento de hacerse con un cuerpo joven, tierno, con las células en pleno desarrollo, que pese entorno a unos treinta kilos tendentes al sobrepeso y que haya ido al entierro del abuelo, que haya visto al pajarito seco en la jaula, que haya descubierto que Bobby ya no mueve la cola. Cree necesario conceder un tiempo para que el cerebro del ejemplar se sitúe con los objetos vueltos del revés, para que comprenda que en lugar de papá y mamá está el hombre del saco, y llegados a este punto gritar con ferocidad para maximizar la inyección de miedo previo al desangrado. Solo ahí espera encontrar la carne más exquisita a la que puede aspirar, sopesando la posibilidad de probar un fino filetito crudo, como encarnación más pura del sabor perfecto. Todo está preparado.