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El Día del Daño

febrero 17, 2018

Hoy quiere hacer daño. Ser el Director significa la posibilidad de dañar y hoy quiere hacerlo. Se asoma a la ventana desde la cual puede ver desde lo alto a exactamente treinta y tres cabecitas encaradas a una pantalla. Cada cierto tiempo las cabecitas miran a la ventana y de inmediato vuelven a la pantalla. Sabe que no les gusta que las mire desde lo alto. Que no les guste no significa que les haga daño. También sabe que les molesta que se presente en la sala de pausas cuando hay un grupo de cinco cabecitas reunidas. Interrumpe siempre la conversación y provoca genuflexiones. Mira el reloj. La pausa ha terminado.

Piensa que para hacer daño puede revisar la productividad de cada una de las treinta y tres cabecitas y posar el dedo en la número, por ejemplo, veintitrés. El expediente arroja unas cifras que cuadran con lo esperado en una cabecita. Pero precisamente ahí se encuentra la fuente del daño que quiere causar, que es un daño sin razón, una apetencia con la que se ha despertado y que no puede rehuir, sino afrontar, como aconsejan los manuales del buen manager que el Presidente recomienda a sus directores.

Piensa que sería interesante no arrojarse inmediatamente sobre la cabecita número veintitrés y cree que habría que añadir otra candidata para así poder elegir. Mejor tres, se convence. Entonces busca el dado que guarda en el cajón. Mejor seis. De la número veintitrés a la número veintinueve. Todas cabecitas con expedientes impolutos. Lo cierto es que cada una de la treinta y tres cabecitas tienen expedientes impolutos y eso, como Director, le enorgullece además de arrogárselo como mérito propio.

Antes de tirar el dado se acerca a la ventana. Observa los rostros de los Elegidos. En un mundo donde millones de cabecitas esperan y se cortan con las concertinas de las fronteras de allá abajo, dañar significa… tira el dado… que la cabecita número veintitrés suba a verle al despacho. Sabe que las cabecitas restantes, allá abajo, empujadas por la intranquilidad, inventarán un error fatal de la cabecita número veintitrés para explicar la llamada al despacho, lo cual les motivará para guardar mayor atención a la pantalla.

Abre la puerta. Dañar significa remarcar que no se puede trabajar peor y que no le queda más remedio que despedir. Siéntate y cállate. Pero antes de que puede decir nada recibe una llamada del Presidente que le conmina a subir al despacho. Le ilusiona poder contarle al Presidente que justo estaba ejercitando el Día del Daño mensual que vuesa merced aconsejó en la reunión del pasado día veintitrés. Cree que al Presidente le alegrará saberlo y lo anotará. Mueve la cola. Llama a la puerta.

Siéntate y cállate.

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La senda del elegido

enero 16, 2010

“lobo es el hombre para el hombre, y no hombre, cuando desconoce quién es el otro”

Plauto

Se decepciona al comprobar que la hamburguesa entregada, si bien coincide en los jugosos colores de la brasa, no coincide con el grandioso tamaño de la foto, la cual prometía más de diez bocados para acabarla y ésta en cambio no llega ni a los cinco. Una sensación de insatisfacción le empuja hasta el mostrador a pedir otra, bajo la sonrisa forzada y de agradecimiento de una post-adolescente con un gorrito malva brillante. Cuando lo termina el estómago no lanza nuevos reclamos de llenado y escucha como por megafonía informan que el equipo del nuevo programa del canal 77, KONMOTION, está en el centro buscando los primeros concursantes. Impelido por la curiosidad decide acercarse. Recuerda perfectamente el tráiler del programa, en el que afirmaban, mediante imágenes que mostraban retazos de una vida de millonario entre ríos de champagne, jovencitas ligeras de ropa dentro de una espaciosa limousine o una solitaria playa tropical de arenas blancas vista desde una extensa terraza, que el paraíso tenía un precio y que ese precio era el dolor. Terminaba con un inquietante grito. Se lamenta al comprobar que son muchos los que han pensado como él y que ahora rodean una gran carpa oscura, en los aparcamientos del centro, y cuya entrada está custodiada por dos enormes cuerpos musculados de cabezas rapadas, de más de cien kilos de peso y silenciosos, ya que no responden a ninguno de los que se atreven a interpelarlos. En los rostros de la multitud se observa el brillo ocular que desvela un estado de excitación que en algunos casos es acompañado por declaraciones de que nunca se ha estado en la tele o que una vez se estuvo produciendo aplausos o que la suerte es siempre para los otros ya que no es el primer casting en el que se participa. La primera fase en la selección de los concursantes consiste en ser señalado por uno de los guardianes, de manera arbitraria, lo cual significa acceso al interior de la carpa. En varias ocasiones, y debido a la densidad de ocupantes, la indefinición del índice ha provocado discusiones entre cuerpos que se han sentido aludidos. Nadie quiere renunciar a la posibilidad de salir en la tele, aunque basan toda prueba de ser los elegidos en el ha sido a mí. Como los guardias no ayudan a dirimir estas cuestiones en pocos segundos las disputas proliferan y empiezan los empujones. Pero antes de que la pelea se generalice suena por unos altavoces un grito de profundo terror. Los nervios se han extendido tanto, que basta que un cuerpo eche a correr, alarmado por aquel bramido, para que la desbandada se generalice. Las carreras toman varias direcciones, produciendo choques, caídas y confusión, hasta el momento en que los aparcamientos casi se vacían. Solo unos pocos quedan allí. Él está entre ellos. Durante la breve estampida se ha quedado quieto, esquivando cuerpos y sin perder de vista la entrada a la carpa, en donde los dos guardias observaban a la multitud despavorida con rigor e indiferencia. Antes de que alguno de los que quedan pueda marcharse tranquilamente, ya sin peligro de caer y ser pisoteado, las puertas se abren invitándoles a entrar. El interior de la carpa es un gran ruedo de arena, cuyo techo simula un cielo nocturno, aunque iluminado por grandes focos de luz blanca que parece que los sitúa en un pálido mediodía, y en cuyo centro se asienta una mesa ocupada por tres cuerpos con trajes negros, que miran a los candidatos con severidad mezclada de curiosidad. Informan a los veintitrés elegidos que es estrictamente necesario, mediante la fórmula “Yo, acepto”, uno a uno, que declaren que se encuentran por voluntad propia, que son dueños de su razón y que no dudarán en hacer lo que se les pida. Cuando llega su turno acata con voz firme, atravesado por una sensación de fortuna y de que está haciendo algo trascendente. Una vez terminada la retahíla de yoes aceptantes, en la que tan solo dos cuerpos han decidido abandonar, se les informa que queda prohibido hablar entre ellos. A continuación desciende una pantalla y las luces bajan su intensidad, hasta casi quedarse a oscuras. Entonces afirman, mediante imágenes que muestran a un Cesar sobre el que caen hojas de laurel, cubierto de una bruma de aclamaciones y gloria, un eufórico desfile de triunfantes soldados que acaba con un emotivo beso entre dos desconocidos y la escultura que apela, con la mirada grave del salvador del mundo, al más allá de la historia y del momento; que todo héroe se forja en los entresijos de la sangre. Aparece ahora la imagen de un guerrero sobre un altar de mármol dispuesto a decapitar un cuerpo que se retuerce bajo su bota. La imagen posterior del guerrero sosteniendo la cabeza de un barbudo desfigurado, por cuyo cuello cercenado cae un reguero de sangre que se desliza sobre el altar, se corta con un impresionante grito de crueldad y con la vuelta de las luces blancas. Mientras la pantalla se repliega les informan que deben interpretar lo visto y actuar en consecuencia. Gestos de confusión se apoderan de los rostros de los veintitrés, de los cuales dos son expulsados de inmediato después de que hayan hablado breves segundos entre sí. Muchas son la interpretaciones que circulan por los cerebros, lo cuales reproducen las imágenes que acaban de ver, ora incidiendo en una hoja de laurel, ora en la posibilidad de mandar una nación, ora en los ojos cerrados de la cabeza desgajada, ora en el altar manchado de sangre, ora en la rubia entre sus brazos, ora en la inmortalidad que otorga la historia a unos pocos, ora en la ausencia de empatía en el grito final. Pero hay una que se impone cuando uno de los veintitrés saca a relucir una navaja y atrapa por la espalda al compañero que tiene más cerca, posando la punta en la garganta, y lentamente, para cubrir su espalda, alejándose del grupo, sin perderlo de vista. Todos se han quedado paralizados observando aquella acción y después han dirigido sus atónitas miradas a los cuerpos de los trajes negros, en busca de un veredicto que dictamine si aquello entra dentro de las reglas del juego. Llega un momento en que el silencio se excede tanto en el tiempo que el dueño de la navaja considera que otorga y sin miramientos la hunde en la yugular de su rehén. El cuerpo cae al suelo y gorjea hasta la muerte. Y aprovechando que todos miran la arena manchada de sangre, el cuerpo de la navaja corre hacia su próxima víctima, a la que desploma con una certera acometida en la sien. Dos muertos son suficientes para que casi todos huyan despavoridos. Ahora solo quedan tres, que se miran desde la distancia, estudiándose, reconociendo que el poseedor del arma tiene ventaja. Con una mirada directa a los ojos hace comprender al otro cuerpo desarmado que un ataque conjunto neutraliza el poder que otorga la navaja. Con alaridos de acometida devenidos al unísono, sorprenden al cuerpo armado, el cual, antes de perecer estrangulado y entre constantes patadas a la cabeza, solo ha tenido tiempo de un movimiento desesperado que ha podido rozar una mejilla, cortándola levemente. El filo ensangrentado, una vez desprendido de la mano, descansando sobre la arena, provoca la ruptura del pacto. Los dos cuerpos restantes se enzarzan entonces en un forcejeo agotador entre jadeos, golpes y mordiscos. La similitud física de ambos cuerpos hace que sea una lucha igualada, incierta, cuya resolución demanda una apelación al azar, al movimiento involuntario, no calculado, que toma forma de codazo desesperado accionado por un bocado en la oreja, impactando con potencia ciega sobre el tabique nasal, fragmentándolo. Libre agarra la navaja, dispuesto a hundirla en el corazón del adversario conmocionado, el cual se lleva las manos a la cara, intentando vanamente detener la hemorragia, y gritando, ensartado de dolor, que abandona. Sin la obligación de matar se arrodilla y respira profundo, agotado, pero lleno del poder y la voluptuosidad del superviviente. Después mira a los cuerpos de los trajes negros, desafiante, seguro, dispuesto a comerse lo que le pongan. Pero esa mirada se coarta cuando las luces van menguando su intensidad al son del despliegue automático de la pantalla. En ella afirman, mediante la imagen de un hombre de barba y pelo cano que observa, desde un épico acantilado, la inmensidad del océano, en actitud de mandar sobre el paisaje y bajo una atmosfera borrascosa que deja pasar haces de rayos solares, que todo Elegido es un renacido. La imagen se corta con el sonido de una respiración afiebrada. Mientras la pantalla se repliega y vuelven las luces blancas le informan que debe acercarse a la mesa, en donde espera un vaso lleno de un líquido incoloro que debe tomar. No duda e ingiere todo el contenido sin pausa, hasta la última gota, dejando después el vaso sobre la mesa con un contundente golpe seco. Segundos después el cuerpo implosiona en calambres, contorsiones, muecas, temblores musculares, hasta quedar tendido en el suelo, completamente paralizado y los ojos extremadamente abiertos, mientras el cerebro lucha contra el veneno haciéndole creer desesperadamente que mastica la fotografía de una inmensa y grasienta hamburguesa a la brasa, entre aplausos, vítores y silbidos de reconocimiento.