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La última copita

enero 26, 2011

Uno es Juan, el otro es Pepe. Juan ha ganado la última copita de anís a los chinos, que es la forma en que pasan las mañanas en el bar. El azar quiere que al cabo de la última partida ambos hayan pagado más o menos lo mismo, con diferencias que no van más allá de los cinco euros y que el transcurrir de los días se encarga definitivamente de igualar. Ajenos a ello, siempre tienen la manía de desempatar y así calibrar la suerte con que transcurrirá el resto del día.

Dado que es para Juan el desempate, sale del bar con renovado ánimo, aunque un poco tambaleado, no sin antes despedirse y recordar a Pepe que mañana volverán a encontrarse, a la misma hora. Va camino del trabajo, en donde suda el anís desde las tres de la tarde a las diez de la noche en una garita de cinco metros cuadrados, apretando el botón verde para subir la barrera de seguridad, esperando que pase el coche y apretando el botón rojo para bajar. Antes de permitir la entrada debe comprobar la tarjeta de identificación del conductor y si los hubiere de los pasajeros. Juan controla el acceso al parking de los empelados de producción, caracterizados por una tarjeta rosa pálido con una banda gris que la atraviesa. Imprescindible comprobar la foto. Un desfase entre la fotografía y el rostro de carne y hueso es suficiente para denegar el acceso y abrir otras vías de identificación. No obstante, este no es el mayor de sus problemas, pues los años acontecidos favorece que reconozca rostros con los que comparte alguna broma, además de los protocolarios buenas tardes. Hay que añadir que las tarjetas se actualizan semestralmente, por lo que los cambios transcurridos quedan corregidos en un tiempo razonable. Dado que tiene prohibidas las revistas, la radio, los libros y los juegos del móvil; los ratos que no tiene nada que hacer los pasa mirando el amarillento humo de la chimenea que tiene como paisaje, mientras especula si el próximo coche contiene una mujer con minifalda en la que se pueda entrever el color de las bragas. Los días de mucha suerte puede observar entre diez y quince entrepiernas, con un predominio del negro o del algodón blanco; aunque lo que más le enciende es la transparencia o la ausencia, que son el premio gordo de un largo día de trabajo. Las amenazas de despido en la planta de producción, auguran con reducir el número de premios gordos mensuales, que fluctúan entre los cinco a los siete visionados. Pero en tanto no se hayan producido, la esperanza de ver alguno se mantiene, y más teniendo en cuenta que este mes solo le ha tocado uno en suerte.

Uno es Pepe, el otro es Juan. Pepe ha apostado a cuatro y ha salido vencedor. Juan no tenía otro remedio que destapar y con un lamento, pues había albergado esperanzas de ganar, pide dos copitas mientras enseña un billete de diez euros. Pepe piensa que esto es el fin de una mala racha de tres días y la vuelta a los momentos dorados. La suerte ha dado un bandazo y se ha fijado en su cara. Se burla de Juan, al que le augura leotardos de lana y pañales para ancianos.

Pepe sale del bar con la esperanza insuflada de que le toquen tres temporeras que le acompañarán en la limpieza de los baños de una multinacional de las hamburguesas, entre las tres de la tarde y las doce de la noche. Cada semana cambia de trabajadores a los que manda y enseña como limpiar los lavabos, empezando por los seis que tiene la planta de producción, pasando por los ocho de la sección de administración, haciendo una pausa en la sección de ventas antes de encarar sus cuatro baños y finalizar en la cúspide de los directivos y sus diez baños individuales. Cuando tiene la mala racha de que solo le tocan hombres se desquita con órdenes subidas de tono, escaqueándose, haciendo incesantes controles o corrigiendo con voz de negrero las cosas mal hechas. Siempre procura que los temporeros, sean del género que sean, trabajen lo más alejados posible entre sí. Con ello evita que mantengan conversaciones y pierdan tiempo; pero también la posibilidad de trabajar a solas y con cierta intimidad si el género fuere femenino. Para ello la última planta es ideal. Dado que tres temporeras ofrece el mayor abanico de posibilidades de que alguna se arrime, este es el premio gordo que siempre anhela. No obstante, no es muy alto el porcentaje de éxito, cuyo record se cifra en tres veces al mes, siendo los meses de mayor suerte cuando encuentra a una que se deja hacer, sin importarle realmente el aspecto físico, a pesar de que siempre empieza con la que considera más atractiva, allá en las plantas bajas, calibrando sus posibilidades con el número de veces en que provoca una sonrisa. Algunas veces se repiten rostros y ya sabe de antemano que no tiene nada que hacer. Extraño le resulta que las que se dejaron hacer no hayan vuelto. También considera un premio cuando alguna le pide algo de dinero para dejarse hacer. Ahí nunca regatea y ofrece siempre cuarenta. Pero esto solo ha ocurrido dos veces en los últimos seis meses.

Tanto Pepe como Juan, entre copita y copita, cuentan anécdotas ocurridas a lo largo de sus vidas o recientemente. Como la intención es la de pasar el rato, solo tienen cabida las anécdotas graciosas o a aquellas que apelan al orgullo personal, quedando silenciadas las que regurgitan momentos dolorosos o vergonzantes. Uno habla y el otro escucha. Después el otro comenta y el uno asiente hasta que por fin se desencadena la carcajada. Las copitas entran de golpe y el tiempo de las anécdotas suele oscilar entre los treinta y los cuarenta minutos. La memoria pone entre paréntesis el tiempo de la suerte, el cual reaparece cuando el cuerpo transmite la conveniencia de jugarse la próxima copita.

Para Juan el fin de la jornada además del reloj lo marca la llegada del relevo, mientras que para Pepe esto no ocurre hasta que el último de los baños queda pulido. Ambos encaminan el regreso a casa, prestos, pensando en comer rápido e ir a dormir para estar preparados para el día siguiente. El regreso se realiza bajo el amparo de la frustración o del contento y la selección de momentos que merece la pena contar. Juan ha visto unas bragas de encaje rojas que guarda vívidas en la memoria. Pepe ha tenido la oportunidad de practicar rozamientos sin queja y bajo la impresión de que la temporera puede caer a lo sumo en dos días. El tiempo de la buena suerte les sonríe; pero la suerte sedimentada del anís, aquella que desvela una diabetes, la obstrucción de una vena, la respiración rocosa, artritis en los dedos; ese tipo de suerte que viene como noticia inesperada del cuerpo, en la que se hace saber que se tiene cáncer, alzhéimer, infarto o apoplejía; esa suerte que viene de lo súbito y que puede que sea mañana o pasado mañana o dentro de diez años; se jugará tanto para Juan como para Pepe en la tercera ronda del próximo día, en donde uno de ellos ganará la copita y se desplomará al final del trago. El otro quedará en pie, conmocionado, impotente, asimilando la dimensión de un juego en el que no se ha elegido participar. Tanto para Pepe como para Juan, las esperanzas de suerte cotidiana quedarán clausuradas. Ya no más bragas ni rozamientos; pues el superviviente, una vez recuperada la palabra, afectado, llamará para ausentarse del trabajo y descubrir que fue en el momento del envite, en ese momento en que todo flota y nada se decide aun a caer, que el factor que decanta es algo así como un injustificado soplo de aire frío.

 

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Luna llena

octubre 7, 2009

Cae la noche. De tu cuerpo no van a emerger ávidos y ciegos colmillos mientras te pones a cuatro patas. La tragedia está más cerca de un humeante plato de lentejas hervidas que te da en la cara mientras los termómetros marcan cincuenta grados. O a los constantes golpecitos en la espalda sudorosa que te da el jefe mientras escuchas la desvariada voz de un locutor que canta gol como si el mundo hubiera llegado al culmen de la perfección en una habitación donde la luz blanca lo vuelve todo transparente. Una hamburguesa en la que se exige cebolla, pan de centeno, una gotita de mayonesa, sin kétchup, carbonizada por fuera y sangrienta por dentro, sin ensalada pero con tres rodajas de tomate, a ser posible fresco, es suficiente para desencadenar un imprevisible tic en tu ojo izquierdo mientras apuntas la comanda. Ya no es necesario que un lobo te muerda a las doce de la noche con luna llena en un desangelado bosque. Basta con que te llames Lorenzo Benavides, Natalia Jiménez, Julio Hinojosa, Ludovica O´Schlissen, Carmelo Onaidía, Josefa Esparza, Pere Fenastrell y la posibilidad de estar escuchando el ajeno ruido de una potente turbina mientras intentas conciliar el sueño con el apoyo de unos inútiles tapones para las orejas. O que te quemes la lengua con el café, te resbales al salir del baño, te caigas por la escalera y unos indiscretos adolescentes desaten carcajadas sin compasión. O que veas la moqueante nariz de un comensal mientras masticas un trozo de una grasienta chuleta de cerdo en un bar con exceso de murmullo o debas limpiar una amarillenta taza de wáter salpicada de orina y con vetas marrones de mierda. El agudo zumbido de un mosquito que ronda tu sangre o los chillones comentarios de la vecina en el rellano de la escalera, el constante y depresivo suspiro del perro que te acompaña en la cama o los bramidos de regocijo de un niño detrás de una pelota. Un semáforo rojo, un inoportuno choque, el dedo corazón estirado para que te duela, la sangre invadida por un gramo de cocaína mientras escuchas la voz acelerada de un amigo que no para de decir vamos, vamos, vamos. Cae la noche mientras las voraces sirenas acuden a recoger los restos de la tragedia.