Posts Tagged ‘sirenas’

Un segundo cualquiera

mayo 21, 2012

Todo ocurre en un segundo. El disparo y el impacto de la bala. Un segundo que condensa en sonido millones de palabras vertidas sobre el nervio y que formaban el tiempo previo a la condensación, su proceso. Condensación de la que no se fue capaz de controlar la presión. Todo estalla. El impacto es sobre el corazón. Un dedo el que aprieta el gatillo. El gas queda liberado y todo se vaporiza con las crecientes sirenas. Una ambulancia es inútil por lo que cabe suponer que solo es menester poner las esposas, ya que no hay huída sino una asunción de lo hecho surgida de la lógica del sentimiento. Un suspiro de alivio, liberador. Todo ello pese a la detención, pese a la  culpabilidad manifiesta y manifestada, sin vacilación, con un deje calmo, en el que se adivina el descanso después de un tiempo tenso, febril, agitado. Es el descanso del culpable, que vacío sube al coche de la policía y mira con ojos perdidos a la muchedumbre que rodea y comenta. Ni siquiera los primeros flashes y focos le perturban. Se ha liberado de sí mismo. Al cabo de los días dirán que era un loco. Pero él sabe que ha dejado salir al diablo, que se lo ha sacado, y que la única forma de hacerlo era mediante un homicidio arbitrario.

Anuncios

Luna llena

octubre 7, 2009

Cae la noche. De tu cuerpo no van a emerger ávidos y ciegos colmillos mientras te pones a cuatro patas. La tragedia está más cerca de un humeante plato de lentejas hervidas que te da en la cara mientras los termómetros marcan cincuenta grados. O a los constantes golpecitos en la espalda sudorosa que te da el jefe mientras escuchas la desvariada voz de un locutor que canta gol como si el mundo hubiera llegado al culmen de la perfección en una habitación donde la luz blanca lo vuelve todo transparente. Una hamburguesa en la que se exige cebolla, pan de centeno, una gotita de mayonesa, sin kétchup, carbonizada por fuera y sangrienta por dentro, sin ensalada pero con tres rodajas de tomate, a ser posible fresco, es suficiente para desencadenar un imprevisible tic en tu ojo izquierdo mientras apuntas la comanda. Ya no es necesario que un lobo te muerda a las doce de la noche con luna llena en un desangelado bosque. Basta con que te llames Lorenzo Benavides, Natalia Jiménez, Julio Hinojosa, Ludovica O´Schlissen, Carmelo Onaidía, Josefa Esparza, Pere Fenastrell y la posibilidad de estar escuchando el ajeno ruido de una potente turbina mientras intentas conciliar el sueño con el apoyo de unos inútiles tapones para las orejas. O que te quemes la lengua con el café, te resbales al salir del baño, te caigas por la escalera y unos indiscretos adolescentes desaten carcajadas sin compasión. O que veas la moqueante nariz de un comensal mientras masticas un trozo de una grasienta chuleta de cerdo en un bar con exceso de murmullo o debas limpiar una amarillenta taza de wáter salpicada de orina y con vetas marrones de mierda. El agudo zumbido de un mosquito que ronda tu sangre o los chillones comentarios de la vecina en el rellano de la escalera, el constante y depresivo suspiro del perro que te acompaña en la cama o los bramidos de regocijo de un niño detrás de una pelota. Un semáforo rojo, un inoportuno choque, el dedo corazón estirado para que te duela, la sangre invadida por un gramo de cocaína mientras escuchas la voz acelerada de un amigo que no para de decir vamos, vamos, vamos. Cae la noche mientras las voraces sirenas acuden a recoger los restos de la tragedia.